S?bado, 28 de noviembre de 2020

El perro guardián

Llegaron las vacaciones de Navidad, Mario fue a pasar unos días en casa de su abuelita María. La abuela había sido maestra y le contaba muchas historias que había vivido con los niños y que al nieto le gustaban mucho.
Una tarde en que nevaba, los dos miraban a través de los cristales la calle, pintada de un blanco inmaculado que la embellecía dándole un aspecto de cuento de Hadas. La abuela tenía al nieto sobre su regazo y le hablaba sobre lo bello que es el mundo en que vivimos. El niño escuchaba atento y en un momento dado, preguntó:
_ ¿Abuelita!, ¿Qué es ese edificio de enfrente? Hay una caseta de perro pegada a él.
_ ¡Ah, sí! Es una guardería. Tiene una historia preciosa. Veras. Hace años, cuando los niños salían de la Guardería, una profesora con una pancarta en la que se leía: ¡STOP!, se colocaba en el paso de peatones para que los coches se detuvieran el tiempo que los niños tardaban en cruzar la calle; una vez el último niño había llegado al otro lado, los coches reanudaban la marcha.
Un día la señorita no salió a tiempo, y de improviso un perro grande, con un pelaje precioso, salió de nadie sabe dónde, y ladrando en medio del paso de cebra, forzó a detenerse a los vehículos que en ese momento iban a pasar por el paso de peatones. Los niños pasaron al otro lado de la calzada donde sus papás les esperaban. Una vez sucedido esto, el perro se escabulló entre la gente y ese día nadie volvió a verlo.
Al día siguiente, a la misma hora, la historia se repitió igualmente. El perro estaba allí, esperando la salida de los niños, y cuando estos salieron se colocó en mitad de la calzada, y ladrando vigorosamente a los coches, estos se detuvieron. Los niños atravesaron sin el menor problema. Los vecinos y padres observaron al animal durante una semana y, al fin, entendieron. El animal amaba a los pequeños y quería protegerles de cualquier mal al atravesar la calle. Él estaba allí para cuidarles.
Una tarde los vecinos se reunieron y viendo que al animal no le cuidaba nadie, ellos decidieron hacerlo. Le pondrían comida y agua, y un nombre, JOB. ¡Ah! Y le harían una caseta para que no pasara frío en las noches y donde pudiera descansar. Le adoptaron como uno de ellos y le cuidaron y quisieron hasta su final. Los niños aprendieron el valor de algunos animales que cuidan de las personas y las aman, y de ahí en adelante, decidieron respetar a todos los animales, aunque su profesora les dijo que algunos son salvajes y el trato con ellos tiene que ser distante.
_ ¿Qué? ¿Te ha gustado la historia? _ preguntó la abuelita a Mario. Al volver su rostro hacia él, vio, emocionada, dos diamantes que descendían por sus mejillas.

1 por María Ángeles


Publicado por Lanzas @ 12:54  | Cuentos
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