Martes, 28 de noviembre de 2017

 

                                                      EL NIÑO Y LOS GLOBOS

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Era la noche del veinticuatro de Diciembre. Los médicos del ala de pediatría habían decidido sacar al jardín del hospital a los pequeños más enfermos  para que viesen el árbol de Navidad y un gigantesco papá Noël que saludaba desde el estanque de aguas de cristal del jardín del hospital.

    Era una noche fría, muy fría, pero eso no detuvo la intención de los facultativos.  Los niños con sus abrigos gruesos cubriendo  los pijamas, unas botas para la nieve con recios y suaves calcetines, unas alegres bufandas de colores y unos gorros de punto, también de cálidas tonalidades que ocultaban unas cabecitas sin cabello, no tenían frío. Los médicos, un especialista en pediatría y una oncóloga, iban también muy abrigados y contentos con varios niños cogidos de sus manos.

   El jardín ofrecía un aspecto bello, muy bello. El suelo cubierto del manto más blanco jamás soñado, iluminado por multitud de luces de muchos colores, figuritas hermosas, delicadas, graciosas, pendían de las ramas del enorme abeto plantado en el centro del jardín. Las luces reflejadas en la nieve, a su vez, lanzaban destellos hacia el cielo ofreciendo un espectáculo encantador.

   Los niños no cabían en sí de gozo. Palmoteaban con sus manecitas enguantadas a todo lo que veían. Papá Noël se bajó de su trineo, se acercó a los pequeños con un saco cargado a su espalda y una vez que hubo depositado un beso en la mejilla de todos los niños comenzó a abrir el saco.

 

   Fue entregando a cada chiquillo uno o dos juguetes, llenando sus caritas de hermosas sonrisas. Después unas bolsitas de chocolatinas y caramelos hicieron las delicias de los pequeños.

 

 

   Toda esta alegría era digna de ser observada por los mayores que, de pronto, vieron a un pequeño que miraba ávidamente hacia la puerta de barrotes de hierro pintados de verde de la salida a la calle. Tras los barrotes se veía a un hombrecillo ya mayor que vendía un manojo de globos que en un haz ascendían hacia las estrellas pendientes de un cordel. El frío hacía presa en sus viejos huesos y trataba de aliviarlo paseando hacia un lado y el otro de la tapia de entrada del hospital.

La oncóloga miraba los ojos del niño y veía en ellos el deseo de poseer uno de aquellos maravillosos globos. Todo lo que había visto en el jardín le había gustado, pero los globos…, los globos, parecía le habían fascinado. Miraba hacia los más altos que anhelaban reunirse con los luceros. La doctora conociendo el mal que padecía el niño no pudo resistirse: introdujo una mano en su bolsillo y sacó unas monedas. Se acercó a la puerta enrejada.

_ ¡Señor! ¿Me puede vender un globo?

_ No faltaba más -  contestó el anciano deseando acabar con la mercancía ¡Mire, le doy todos por el mismo precio!

_¡Oh, muchas gracias, así habrá para todos los niños!

   La doctora dio un globo a cada niño, pero el que los miraba por largo tiempo quiso la mayoría. Los cambiaba por sus juguetes. Los demás niños se lo dieron y él sus juguetes.

   La doctora los unió todos al mismo cordel y se los entregó al pequeño enfermo.  Él  los tomó pletórico de dicha y una vez con todos y atado el cordel a su muñeca, el delicado cuerpo comenzó a elevarse por encima de las tapias del jardín, sobre el bello árbol luminoso, sobre el legendario trineo de Papá Noël,  sobre la hermosa nieve, sobre sus compañeros de enfermedad y sus doctores, hasta que se confundió con las estrellas. Los niños quedaron estupefactos con sus ojos perdidos en el azul de la noche.

   En los ojos del pediatra había una indefinible sonrisa, en los de la oncóloga, una lágrima.

 

 

 


Publicado por Lanzas @ 13:07  | Cuentos
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