Martes, 11 de julio de 2017

La maestra, aquella que un año ya lejano llegó procedente de la Meseta  a  las tierras del sur de España, se había jubilado ya. La alegría de los niños, su cariño, su griterío, su entusiasmo, todo eso se había apagado definitivamente. Y llegó la soledad; esa terrible compañera que nos acecha al final de nuestra vida en la mayoría de los casos. La soledad: el silencio, el orden, nada lo mueve nadie, el tiempo parece que se detiene  pero, sin embargo, discurre y muy lentamente para el que se encuentra solo o sola que es lo mismo.

   En los largos días, la maestra reflexionaba sobre su vida, y había llegado a la conclusión de que no había sido una mujer feliz, excepto en los momentos en que parió a sus hijos, y cuando los profesores, cuando era una estudiante de bachiller y magisterio, la elogiaron repetidas veces por sus exámenes y trabajos. En esos momentos sintió algo especial, breve pero hermoso, que más tarde pensó que fue lo que llaman felicidad.

 Muy pronto la tragedia se deslizó furtivamente en su hogar y lo destrozó.

   Tuvo cuatro hijos: tres niñas y un niño. La tercera niña que llevaba su nombre fue la que marcó a su madre para todo lo que le quedó de vida. Una mañana de noviembre, allí en el frío Valladolid, fue a cogerla de su cuna para darle de mamar. La habitación estaba en penumbra y la madre no veía bien a su hijita pero sentía que lo que sus manos sintieron no era su hija. Eso ya no era la vida. No supo adónde acudir antes para que la penumbra se diluyera, pero si recordaba muy bien el rostro de su pequeña, con su carita colorada por un lado, el que estaba apoyado en la sábana. Parecía inconsciente y la madre trató de reanimarla con lo que había aprendido en el Instituto para reanimar a una persona. Le insufló su aliento por su boquita y luego apretó su pechito, ese aire salía en un leve vagido. Desesperada llamó a la muchacha que tenía de servicio y le pidió que avisara al padre que ya estaba en su trabajo. La chica aturullada no daba con el número ni era capaz de marcar. Lo hizo ella y con una voz que no era la suya dijo:

_Ricardo, ven enseguida; creo que la niña pequeña está muerta.

_Pero ¿Qué dices? ¡Mujer! ¿Estás loca?

_No, no estoy loca, creo que la nena está muerta. ¡Ven, rápido, por favor!

   Todo lo que siguió fue una pesadilla, se llevaron a la pequeña el padre y la vecina de al lado. La maestra se decía:” si tardan es que la están reanimando, vive, pues; pero si no tardan es que está muerta…Diosito, no lo permitas, por favor, dale la oportunidad de vivir”. Estos pensamientos duraron muy poco, culminaron con la llegada del padre con la niña envuelta en una toquilla, procedente del Centro de salud, en el que habían verificado su fallecimiento. El síndrome del lactante en la cuna.

   La maestra que había mantenido una serenidad extraña hasta ese momento, al oír al padre se derrumbó. La cabeza parecía que iba a estallarle y ya no quiso ver más el rostro de su pequeña. Con un  sollozo que estremeció la mañana helada, abandonó la estancia.

   Enfermó gravemente, más de la mente que del cuerpo, aunque ella se sentía extraordinariamente mal. La vieron muchos médicos y cuando la pedían que les hablara de ella, al llegar a este momento de su vida la interrumpían diciendo;

   _Vale, señora, no siga. Usted ha sufrido un trauma muy grande y tiene una gran depresión.

   La causa añadida a esta depresión la tuvo, aparte la pérdida de su hija, la conducta del padre.

   A la maestra le pareció muy mal que éste junto a su familia pusieran la mesa aquel día para comer con el cadáver de la niña en otra habitación cercana  ¡Dios¡ ¿Se puede tener hambre en una situación así, sobre todo el padre? Ella no podía pasar ni el agua.

   Pasados unos pocos días, cuando la pequeña yacía bajo la fría tierra, allá junto al castillo de la Mota, la maestra le dijo a su marido: “¿Cómo pudiste comer con la niña muerta en la habitación?” La voz rota, los ojos brillantes de lágrimas.

_ ¿Y tú? Si tú  te has alegrado de que la niña haya muerto _respondió el marido con voz acerada.

   La maestra sintió como si un sunami la hubiera derribado, arrastrado y dejado caer contra una pared de hormigón armado, al oír estas palabras. Y ahí terminó el amor que un día sintiera por aquel hombre.

 Lo que seguiría a este drama sería para ella un esfuerzo terrible para vivir, solamente aliviado por la presencia de sus otros dos hijos. Porque la maestra se vio privada de poder amar, de compartir, de tener ilusión con aquel hombre del que un día se enamorara. Todo se esfumó al sonido de unas palabras terribles.

    Se dedicó con todo su cariño a su profesión que siempre le gustó mucho. La maestra quiso a sus alumnos y ellos le correspondieron. Fue cuando se jubiló cuando percibió en toda su grandeza su profesión. Ella fue el modelo para muchos niños que se fijaban en todo lo que hacía y decía, y se daba cuenta de la responsabilidad de serlo ya que los alumnos aprenden observando lo que hacen los mayores, no lo que les dicen. Pensaba que el magisterio junto a  la profesión de médico y la de sacerdote eran las más importantes desde el punto de vista social.

   Tuvo la oportunidad de hacer amistades pero siempre rechazaba las invitaciones para tener más tiempo de estar con sus hijos y atenderlos mejor, pero luego se dio cuenta de que se había equivocado cuando los hijos ya no estaban en el hogar y ella se había jubilado. Se quedó sola, muy sola.  Los hijos se fueron poco a poco del nido y con ello vino el alejamiento emocional. La llamaban poco, la visitaban menos y la segunda hija, Laura, la echó de su vida como a un perro callejero. Y a la maestra no le gustaba nada esta expresión. La falta de cariño la dejó vacía, la vida sin sentido. La soledad se hizo su amiga. Tenía siempre un gatito en la casa y alimentaba a los gatos callejeros que no tenían dueño. Adoraba a los animales. En realidad lo que a la maestra le gustaba eran los niños, los animales, los libros y las plantas.

    Colaboraba con varias organizaciones internacionales de ayuda a la infancia y  a los   que huían de la guerra en varios países. Tenía la intención de ayudar a quien fuera para que su vida no hubiera sido en vano, como dijo un día su admirado Martin Luther King.

 

  

      Se jubiló a los sesenta años, y ahí empezó el tener que llenar tantas horas que antes había dedicado a los niños. Les añoraba: sus sonrisas, sus abrazos, su alegría…  La casa parecía mucho más grande. Los hijos ya no estaban en ella y el hombre con el que compartía techo no significaba nada afable, ni cariñoso para ella. Y el vacío y el silencio fueron sus compañeros.

     El conocimiento real de la soledad para ella comenzó cuando sus hijos, uno tras otro fueron abandonando el nido. Las habitaciones se iban quedando vacías. La maestra, antes de acostarse, daba una vuelta por la casa. Abría las puertas de las habitaciones de sus hijos, contemplaba sus fotos en las paredes que la miraban con una sonrisa amorosa y los ojos de ella brillaban intensamente bajo la luz de la lámpara. Ya no había amor en su vida, y lo necesitaba. Se había dado cuenta con la edad que lo más importante de la vida es la familia.  Y ella parecía que la había perdido toda.Había un hombre en su vida, más bien, vivía bajo el mismo techo, pero ya hacía años que no significaba nada para ella.  En un tiempo le había amado, pero ese tiempo fue breve: tres años, los tres años que transcurrieron hasta que la tragedia entró sigilosamente en su hogar: la muerte de su pequeña hija María Ángeles en la cuna. Ella conoció el tacto de la muerte al tomar a su hijita en sus brazos.

 La maestra no quería continuar pensando en este día, negro como el mismo infierno. La maestra pensaba que su hija no había muerto, al menos, mientras ella la recordara todos los días.

   Los hijos la llamaban, como ya se ha dicho, raramente. Excepto la hija segunda, Laura, que por alguna razón que ella desconocía la había echado de su vida. No le cogía el teléfono, no la visitaba, no permitía que sus nietas visitaran a la abuela. Había tratado de hablar con ella y recuperar el cariño filial que un día gritaba a los cuatro vientos a su madre. Venía del trabajo de enfermera por la mañana, y al llegar gritaba: “¡ Mamá, mamá, te quiero”¡ La maestra abría la puerta y dándole un beso le decía:¡” Calla, calla, que es muy pronto, escandalosa;”! pero una gran sonrisa surcaba su rostro. Pero ese amor filial se perdió. Sí. Quizá se quedó prendido de alguna hoja de un rosal, o de una jacaranda, o el viento lo arrastró lejos de aquella casa. La madre lo busco largo tiempo. Salía al jardín, removía las plantas, cortaba flores a ver si en algún pétalo se veía un “TE QUIERO, MAMÁ”, le preguntaba al viento… pero nunca le respondió. No. No halló nada. En algún lugar debió perderse aquel amor filial pero debió de ser un lugar muy lejano de la maestra. Y esto también le dolió mucho, pero que mucho, pero su hija fue inmisericorde. Sabía que estaba enferma de una dolencia grave y nunca preguntó:” Mamá, ¿cómo te encuentras?” Esto hubiera sido suficiente para la mdre. Este episodio destrozó aún más el corazón de la maestra. Lo que le restó de vida se preguntó cómo el cariño puede morir así. El suyo de madre no pudo matarlo.

 

 

 

 

 

     Su vida se despeñó por un barranco sin fondo, como ella misma. Sufrió, sufrió con un dolor no conocido, lacerante, arañando el fondo de su corazón. Había perdido dos hijas. La memoria le jugaba malas pasadas. Por su cerebro se paseaban imágenes terribles sobre su pequeña María: sus manitas, tan chicas, sus piececitos helados allá en su tumba en Medina del Campo, donde se la enterró, su cuerpecito, que sentía se lo habían arrancado de sus entrañas, allí, tan solo, tan quieto, tan frío…estas imágenes le dolían físicamente, la maldita memoria se recreaba en estos detalles arrancando lágrimas muy amargas a la madre que cayó enferma. Tan pequeña, tan sola, tan fría… no podía con estos pensamientos y rogaba a Jesús del Gran Poder que se los alejara de su torturada memoria.  Pasaron los días, los meses, y años. La maestra estuvo muy enferma. Había caído en un pozo muy negro y no veía ni un rayo de luz. Se trasladaron a Andalucía y allí, cuando la herida dolía una pizca menos, quiso tener otra hija. Utilizó a ese hombre para tener otra hija como quien compra algo valioso a alguien que no quiere. Y la tuvo. La hija que sustituyera en su corazón a la que quedó en su tierra castellana. Una preciosa niña a la que llamó Cristina, su Tinita, que la llenó de alegría y felicidad. Era un sueño para la maestra. Ni cien millones que le hubieran tocado, decía a sus amistades, podrían sustituir a la felicidad de tener a su niña en su cuna. Las crueles palabras del padre aún resonaban en su cerebro, pero un poco más lejanas como si el murmullo de la brisa de los olivares y la sonrisa de su pequeña las hubieran diluido un poquito en el corazón de su madre. Su vida fueron sus tres hijos y su trabajo. A los dos mayores los quería con la fuerza del corazón de una madre: inmensa. Se dedicó a educarlos, cuidarlos y quererlos, atendiendo todos sus problemas. Su razón de vivir fueron estas tres personas. El amor dejó de existir para ella.  Con el padre vivió bajo un mismo techo, aunque en tres ocasiones abandonó el hogar por la conducta indebida de él, pero volvió aunque nunca entendió muy bien por qué pues no había ni un solo sentimiento de afecto hacia esa persona, tampoco de odio. La maestra era incapaz de odiar.

   Los hijos fueron creciendo, acabando sus carreras y marchándose del hogar. No la llamaban con la frecuencia que la madre necesitaba, pero la realidad era esa y la aceptaba.

  

   Ahora estaba enferma crónica. Tomaba una medicación que la hacía sentirse muy enferma en algunas ocasiones, otros días eran mejores. Veía la vida más que nunca sin sentido para ella. Todo lo que tenía que hacer estaba hecho. Le hubiera gustado viajar algo más al jubilarse pero el mismo año en que se jubiló cayó enferma, y aunque había hecho algún que otro viaje, sus fuerzas habían mermado mucho. En su camino hacia el final se daba cuenta de muchas cosas en las que no se reflexiona cuando se está muy ocupada. La familia, el amor filial y el amor de un esposo o compañero eran lo más importante. El ayudar al que lo necesitara era para ella algo primordial. Era lo que le daba algún sentido a su vida. Colaboraba con  organizaciones internacionales de ayuda a los más desprotegidos y si sentía irse era por ellos. Los días estaban exentos de alegría para ella, excepto cuando veía a sus hijos Enrique y Cristina y a sus nietos Juan Miguel y Jorge. Se había cambiado de lugar de residencia para estar más cerca de su hija Cristina a la que adoraba. Por su hijo Enrique hubiera dado lo que no tenía, pero como el cariño de madre es infinito, ese sí lo tenía. A su segunda hija, Laura, la había perdonado su abandono y el que no le permitiera ver a sus nietas, pero siendo sincera sí que le gustaría que pasara por la décima parte de lo que ella había sufrido. Quizá así pediría perdón a Dios por su conducta.

   La familia que soñó formar, no llegó serlo por culpa del padre que había actuado de espaldas a la esposa en asuntos muy dudosos. Se había arruinado por completo y durante más de treinta años no dejó de pagar recibos de multitud de préstamos y tarjetas de crédito.

   Esperaba su final con cierta ansiedad. Ya no le atraía leer a sus autores preferidos:  Víctor Hugo, Carlos Dickens, Bécquer, Miguel Hernández, León Tolstoi… y muchos otros cuyo nombre no recordaba ya. Había aprendido mucho de todos ellos.

   Había escrito una novela basada en hechos reales de la vida de sus padres y bastantes relatos. Pensó que antes de irse debería recopilarlos todos y encuadernarlos para que quedara un recuerdo de ella, aunque no sabía si en realidad le importaba a alguien.

   Aquella tarde sentada en su sillón frente al mirador que daba al jardín que tanto había cuidado, pero que ya no podía hacerlo, sintió que la hora había llegado. Así de repente. Miró al  Cristo coronado de espinas que ella misma había pintado y que le parecía el más bello de todos los que había visto y le pidió perdón por si o que deseaba hacer no estaba bien, pero no podía más. Su dolor la podía.

   Se levantó, fue al cesto de mimbre donde guardaba las medicinas y tomó dos cajas enteras. Estaba serena, tranquila. Tenía agua en la mesa y echó sobre la palma de su mano izquierda todas las pastillas de un envase. Con varios sorbos de agua las ingirió, después hizo lo mismo con el otro envase.

 

   Su móvil sonó. Era la mujer e la limpieza. Nadie respondió.

   A la mañana siguiente, lunes, abrió la puerta con la llave que la maestra le dio. No la vio en su habitación cuando fue decirle que ya había llegado. Extrañada recorrió la casa, cuando llegó al comedor la vio en su sillón. Tenía el rostro pálido, tranquilo, echado ligeramente hacia atrás. Su mirada en su amado Cristo. En sus labios se dibujaba una a leve sonrisa.  Una sonrisa de Paz y Perdón.

     

   Esperaba su final con cierta ansiedad. No le gustaban

 


Publicado por Lanzas @ 18:58
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