Domingo, 20 de noviembre de 2016

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MUJER DE TODOS POR AMOR( enviado por mariangeles512)

La pareja lo había pasado mal, muy mal. Él estaba enfermo ya casi tres años. Una dolencia grave que le impedía trabajar; el salario íntegro se pagaba  en su empresa los dos primeros años, y después una aseguradora le pagaba una pequeña cantidad con la cual no llegaban a final de mes, ni podía comprar tantas medicinas que le recetaban los médicos que le atendían. Era ingeniero de sistemas pero la enfermedad tan larga había diezmado totalmente sus ahorros. La esposa trabajaba en una notaría, pero tuvo que dejar el trabajo para atenderle a él, noche y día le había dedicado los últimos años. Cuando los ahorros de la pareja se hubieron consumido, y el marido mejoró un poco, la esposa se colocó por horas en la limpieza de casas. Lo que sacaba no era suficiente, pero podía comprarle comida y medicinas al marido.

 

   Llegaba de la calle alegre con una bolsa  llena de frutas y se dirigía a la habitación conyugal para ver al esposo y decirle:
_ Miguel, ¡mira lo que te he comprado! Frutas frescas y una pequeña merluza para ti. Ya verás como si comes bien recobrarás las fuerzas y te pondrás pronto bueno.

Un cariñoso beso de la esposa acompañaba estas palabras de esperanza. Miguel le tomaba las manos entre las suyas y se las besaba  con devoción.

_ ¿Qué hubiera sido de mí sin tus cuidados? Ángela. Has sido como un ángel de la guarda. Creo que no hubiera sobrevivido a esta terrible enfermedad sin ti. Tengo contigo una deuda eterna, amor. Que Dios te bendiga.

   _ Dios ya me bendijo el día en que nos encontramos. Me puso delante al hombre más bueno y generoso que jamás pude soñar. Hemos sido tan felices todos estos años, que tenemos que dar gracias al Señor.  Solo nos falta un hijo para ser totalmente felices y esto cuando te recuperes podrá ser.

_    Que así sea, cariño mío_ afirmó con la voz quebrada por la emoción.

 

La esposa se veía muy apurada para pagar los gastos de la vivienda, como luz, agua, gas, teléfono…, pero no comentaba nada al marido, ya tenía bastante con su enfermedad, pensaba. Un día de regreso de su trabajo de limpiadora encontró en el buzón de su casa una carta que la sobresaltó. Era de la compañía de la luz y en ella se le decía que el servicio eléctrico iba a ser suspendido por falta de pago.

_ ¡Dios mío! ¿Qué puedo hacer? No podemos quedarnos sin luz; Miguel se dará cuenta de la mala situación en que nos encontramos, y creo que si se preocupa podría empeorar. ¡No, no! Haré cualquier cosa para poder pagar el recibo de la luz antes de que nos la corten.

 Angélica pensó en una amiga que tenía y que vivía dos manzanas más abajo de la calle. Se veían poco debido a lo muy ocupadas que estaban las dos, pero se colocó una chaqueta por los hombros y salió a la calle en dirección de la casa de su amiga Pilar.

   Subió a la tercera planta y un poco nerviosa tocó el timbre. Esperó. Al cabo de unos segundos oyó las pisadas de alguien dirigiéndose a la puerta. La persona que apareció en el umbral preguntó ante la sorpresa de Angélica.

_ ¿Qué desea?, señora.

_ Perdone, pero aquí vive una amiga mía, llamada Pilar. ¿Se encuentra en la casa?

_ Lo siento, señora, pero yo vivo en este piso más de seis meses, sola con mi marido. Quizá su amiga se ha mudado a otro piso.

   Angélica se quedó muda. No sabía nada de Pilar desde hacía tiempo y debió de ser en ese periodo cuando se cambió de casa. Lamentó también que no hubiera sido para ella lo suficientemente importante para comunicárselo. Se despidió con un breve “disculpe” y se dirigió a su casa.

   Por el camino trataba de encontrar la persona que pudiera ayudarla. Miguel no tenía padre y la mamá vivía de la pensión que le quedó del esposo, nada grande, por cierto, y los dos hermanos vivían bien pero sabía con certeza que Miguel no querría que se les pidiese nada. Ella no tenía padres ni hermanos, así pues, no sabía qué hacer. Volvió a sacar la carta del bolso para ver cuánto tiempo tenían para pagar el recibo: una semana. Bueno_ se dijo, tal vez en esos días encontrase el modo de encontrar el dinero.

   Caminaba despacio con la cabeza llena de pensamientos, miraba al piso obstinadamente, levantó la mirada y vio en la esquina que iba a dejar atrás una mujer bastante pintada y con una ropa que le pareció no compaginaba con él tiempo que hacía. Llevaba una falda que apenas le cubría los muslos y unos zapatos con un tacón imponente. Una chaqueta de cuero sintético, le dejaba medio pecho al descubierto. Angélica quedó sorprendida por aquella persona y su atuendo. De pronto un coche aminoró la marcha y fue a estacionarse en la esquina en la que estaban las dos mujeres. Los cristales del auto fueron bajados y una voz aguardentosa emergió del interior:

_ ¡Oye! ¿Cuánto me llevas por una mamada?-Dijo mientras sus ojos se fijaban en Angélica.

   La otra mujer se abalanzó sobre Angélica y de un empellón la apartó del coche que había parado a su lado.

 _ ¡Eh, que esta esquina es mía!

   La mujer empujada no salía de su asombro. Se arrebujó en su chaqueta y con paso rápido siguió calle arriba hasta su casa. Iba temblando.

   La habían confundido con una prostituta. ¡Dios! ¿Cómo pudo ocurrir eso? Ella iba vestida con discreción. No daba pie a equívoco alguno, o eso creía ella. La otra mujer sí que llamaba la atención. Miró un instante a la calzada y vio pasar el vehículo con la mujer sentada en el asiento del copiloto mirándola  con una sonrisa despectiva mientras mascaba ostensiblemente un chicle.

   Angélica sintió unas profundas ganas de llorar, nunca se había sentido tan humillada. Miró algunos escaparates tratando de serenarse, no quería que Miguel le viera los ojos enrojecidos. Pensó en él; no sabía cómo iba a resolver los problemas económicos sin que su esposo se enterara. De pronto le vino a la mente una idea que le pareció maléfica: la mujer que la empujó seguro que ganaría un dinero por irse con el asqueroso conductor del coche, esta idea le parecía repugnante a Angélica, sólo la idea del dinero la hacía menos insoportable. Quiso dejar de pensar en semejante cosa. Llegó a la casa, su esposo la esperaba impaciente.

_ ¡cariño! ¿Cómo has tardado tanto? Dame un beso, tesoro. ¿Vienes muy cansada?

_ He tardado algo más porque he ido a comprar unas cosillas que nos hacían falta. Tú, ¿qué tal lo has pasado?

_ Pues bastante bien, cariño, no he tenido grandes molestias, he paseado un poco por el pasillo. Y he estado leyendo el libro que me regalaste. Muy interesante, me está  pareciendo.

_ ¡Cuánto me alegro de que te encuentres mejor! Todos los días le pido al Señor que te ayude, bueno, y a los demás enfermos también. Parece que Dios nos está escuchando. Los esposos ante estas palabras se abrazaron con todo el amor que se profesaban.

_¡ No me abandones nunca, amor mío! No podría vivir sin tu presencia y tu apoyo.

_ Pero, ¿Cómo dices esas cosa, cariño mío? Si yo no vivo más que por ti. Tú eres mi Norte, mi razón de ser. Mi vida eres tú, así que no vuelvas a decir nunca más lo que has dicho ahora. Me harías llorar.

_ Está bien. ¡Perdóname! No lo volveré a decir más.

   La besó con pasión en los labios, en el cuello, en las manos, esas manos que tanto le habían cuidado.

   La esposa le devolvió las caricias impregnadas de ternura.

_ ¡Anda, vamos a que te acuestes! Allí te llevaré la cena.

 

   Las horas anduvieron su caminar a lo largo de la noche iluminadas por una rutilante luna.

 

 

   Los días se sucedieron con más rapidez de lo que Angélica hubiera deseado. Fue a hablar a la compañía de la luz a ver si podían llegar a un arreglo, pero la persona con la que habló no le pudo dar ninguna solución.

   Angélica salió desolada del edificio. Había ido también al banco para solicitar un préstamo, pero ante los papeles que ella presentó se lo denegaron. Se sintió completamente desamparada. Pero algo tenía claro, Miguel tendría todo lo que necesitaba para su recuperación, tanto medicamentos como alimentos.

   La idea que le rondaba la cabeza se instaló definitivamente en ella. Iría a la esquina en la que vio a aquella mujer y vería lo que pasaba y si tenía que entregarse por dinero a algún hombre, lo haría.

La decisión estaba tomada. Saldría de casa vestida y arreglada normal, como ella iba siempre, pero en su bolso metería unas ropas que se había comprado aquella misma mañana, y todo lo necesario para maquillarse. Esta sería su primera noche.

   Entró en la habitación del esposo:
_ Miguel, cariño, esta noche volveré un poco más tarde, me ha salido otra casa para limpiar. Tienes todo preparado en la cocina, por si quieres cenar. Yo estaré aquí ya para darte las medicinas.

_ Trabajas demasiado amor. No sabes cuánto lamento que el peso mayor de los gastos de la casa los tengas que soportar, tú.

_ No te preocupes, cariño mío. Y ¿qué harías tú si la enferma fuese yo?, pues lo mismo, o, ¿no? ¡Tranquilo! y descansa todo lo que puedas.

   Angélica se acercó a él y le dio un amoroso beso en los labios.

 

 

   Salió a la calle. Se sentía como si fuera a cometer un crimen, y quizá lo era para ella lo que pensaba hacer, pero ninguna puerta se había abierto para tenderle una mano.

   Llegó al lugar. No había nadie. Entró en un portal cuyas puertas estaban abiertas, se situó en un lugar en el que no era visible desde la calle y se cambió de atuendo; luego sacó un espejito y en unos minutos modificó sus bellas facciones en las de una mujer ordinaria y vulgar.

   Salió a la calle, se quedó parada en la esquina mirando hacia un lado y otro de la calzada. Los coches pasaban a toda velocidad. Ninguno parecía iba a detenerse.

De pronto observó cómo un vehículo oscuro rodaba lentamente por la derecha hasta detenerse junto a ella.

   El corazón de la mujer empezó a palpitar locamente.

_ Hola, ¿Quieres que demos un paseíto?

Angélica se acercó a la ventanilla abierta. El hombre era de unos cincuenta años. Su apariencia no repugnó del todo a la mujer que contestó:
_ ¡Vale! Tú mandas.

   Abrió la portezuela y se metió sin querer darse cuenta de lo que hacía.

   El coche arrancó y se desvió por unas calles que Angélica no conocía hasta salir a un descampado, donde había algún vehículo estacionado.

_ ¿Te parece bien aquí?

_ ¡Claro!. Donde a ti te guste.

   Sin mediar palabra el hombre empezó a sacarle la ropa a la mujer que se dejó hacer sin decir palabra. Recorrió con sus manos las zonas erógenas y se detuvo en los senos largo rato y después le introdujo el pene sin más caricias. Angélica creyó que no iba a poder resistirlo, que iba a gritar hasta que Dios la escuchara, pero la mirada de su esposo, su ternura, le hicieron morderse los labios hasta que el rojo de la sangre se confundió con el rojo del carmín.

   Una vez que el hombre hubo eyaculado, se ajustó los pantalones y le dijo:
_ ¡Vístete!

_ Y, ¿el dinero? ¿Cuándo me lo dá?

_ Ahora. ¡Toma!

   Sacó el billetero y extrajo un billete de cincuenta euros que le alargó a la mujer.

_ ¿Sólo esto?_ dijo ella en un susurro.

_ Es lo que suele darse por el tiempo que hemos estado, bueno, toma diez euros más. Al fin y al cabo tú me has parecido distinta, mejor, ¡vamos!

   Sin mediar más palabra el hombre arrancó cuando vio a la mujer vestida. Se dirigió a la esquina donde la había recogido, abrió la portezuela pasando el brazo por delante del pecho de ella y dijo:

_ ¡Bájate! ¿Vienes por aquí a menudo?

_ Bueno…a partir de ahora creo… creo que sí.

_ Está bien. Otro día nos veremos.

 Y arrancó.

   Angélica al ponerse en pie y a pesar de las bragas, notaba como un líquido caliente se deslizaba desde su vagina por sus muslos y piernas. ¡Dios!  ¿Qué podía hacer? No podía ir a casa así, ni a ningún otro sitio. Sintió un miedo atroz. No sabía qué hacer. Apretó las piernas fuertemente, intentando parar el río de semen, pero no lo conseguía. Anduvo unos pasos pegada a la pared y volvió a encontrar en portal donde se cambió de ropa. Aún estaba abierto, Dios era Misericordioso. Se ocultó en el mismo lugar que la primera vez y allí se quitó la ropa de puta y con ella se limpió el líquido lechoso que la había corrompido. Se cambió de ropa. Se vistió con sus ropas de  mujer decente y digna que era, y dejó las otras ropas, mezquinas y horribles, detrás de una puerta. No quería llevar nada a su casa. Con un pañuelo se quitó el carmín exagerado, los coloretes y la máscara de las pestañas, así como el maquillaje que se había puesto de forma excesiva. Se miró en un espejito y no se reconoció. Sus ojos no eran los mismos. La culpabilidad que sentía la mujer se escapaba por ellos inundando el mundo entero y no pudiendo contener la pena  el llanto afloró a su mirada produciendo en la mujer como una catarsis por lo sucedido, por el horror del acto cometido. Se sintió un poco más tranquila. Se peinó su hermoso cabello como siempre, no quería que Miguel notase nada extraño en ella. Se perfumó un poco con su  fragancia habitual, y cuando salió del portal en una fuente que había en una plazuela se lavó las manos con fuerza.

   Caminó largo rato. No podía intentar otro contacto aquella noche, no podría resistirlo. Con los sesenta euros que tenía pagaría la luz. Otro día trataría de reunir algo más para los otros recibos y algo de comida para Miguel. Ella comía en la casa donde trabajaba por la mañana de nueve a dos de la tarde, así pues, el que importaba era él.

 

 

Cuando creyó que nada de su semblante y aspecto podría delatar lo que había hecho, encaminó sus pasos al hogar. Tenía unos enormes deseos de ver a su amado esposo. Le pedía a Dios que le devolviese la salud. Era un hombre muy joven para resignarse.

   Abrió la puerta silenciosamente y al no ver en el salón a Miguel se dirigió a la alcoba matrimonial. Estaba echado del lado izquierdo, de forma que no la vio entrar. Dormía plácidamente. Angélica le miró con amor, acarició sus cabellos con sus manos y depositó un beso en ellos

   Se alegró que el esposo estuviera dormido, así le daría tiempo para bañarse, se sentía muy sucia,  el agua caliente y el jabón quitarían cualquier rastro de la ignominia. Se pondría ropa limpia y quizá pudiera sentirse como antes. Se sentía mal, muy mal, tenía la sensación de que había destruido una vida, su vida, tan bella, tan limpia, tan noble… aunque el motivo por lo que había sido infiel a Miguel fuese por amor a él. Ahora no estaba segura de si no podría haber encontrado el dinero de otra forma. Había tocado muchas puertas y no había conseguido nada, realmente no sabía adonde más podría haberse dirigido. Intentó animarse diciéndose que volvería a pedir trabajo en la notaría cuando Miguel mejorase algo más y pudiese quedarse solo más horas. Con el salario que ganaba en la notaría tendría para cubrir todas las necesidades de la pareja.

   No tenía apetito y se conformó con un vaso de leche. Se lavó los dientes y se acostó al lado de su esposo sin hacer ruido y suavemente para no despertarle.

   En el lecho le vinieron a la mente todos los hechos sucedidos aquella tarde-noche. Sintió profundas ganas de vomitar, pero se contuvo tratando de pensar en otra cosa.

   El sueño reparador entró en ella y su alma pudo dejar de sentir tanta tristeza.

 

 

   Pasaron varias semanas. La vida que Angélica había empezado le había proporcionado ante el asombro de su esposo todo lo que necesitaban  para hacer frente  a sus gastos.

    Ella le había explicado que en la nueva casa donde limpiaba hacia trabajos extras cuidando a una persona mayor y de ahí el aumento de la paga. Miguel aceptó la explicación y beso con ternura a su mujer.

_ No sabes las ganas que tengo de estar listo para volver al trabajo. Vamos a ver lo que me dicen en esta próxima revisión. Así tú no tendrás que ir a más domicilios, aunque ya sabes que yo considero que no hay trabajo indigno.

_ Lo sé. Yo también espero tu revisión pero no por dejar de trabajar, sino por saber si tu enfermedad está remitiendo. Todos los días le pido al Señor tu recuperación, amor mío.

Miguel miró a su esposa con una mirada plena de amor, aunque un brillo especial desconcertó algo a Angélica.

_ Bueno, mira son las cinco de la tarde, tengo que ir a la última  casa. Ya sabes, sobre las diez o algo antes, estaré aquí. Todo lo tienes preparado: la comida, el pijama limpio encima de la cama, el móvil cargado por si necesitas llamarme. No te canses mucho, amor. Acuéstate pronto.

Me voy_ Angélica se acercó al esposo y le abrazó fuertemente besándole con pasión.

Él un poco sorprendido por la fuerza del abrazo dijo:
_ Bueno, que me dejas sin respiración, mujer, que no te vas a la guerra.

_ La vida, Miguel, se parece bastante a una guerra. Todos los días tenemos que librar batallas, y, a veces, perdemos alguna…

    Abrió la puerta y salió con su gran bolso al hombro.

   Se dirigió a la odiada esquina que ahora compartía con la otra prostituta. Ya había encontrado el lugar donde practicarse su metamorfosis. El bar que se encontraba cerca del portal donde se cambió  la primera noche. Entraba, pedía un café, lo pagaba, y mientras se lo servían, entraba a los lavabos y en un par de minutos se cambiaba de ropa, se pintaba y salía sin mirar a nadie hacia la calle.

   Aquella tarde no esperó mucho. Un gran coche blanco se detuvo ante las dos mujeres. Un hombre mayor sacó la cabeza lo más que pudo y llamó la atención de Angélica:
_ Oye, ¿Qué cobras por un completo?

_ La mujer se soltó la melena.

_ Una hora,  cien euros. Te ¿vale?

_ Me vale. Sube.

   La mujer obedeció, se acomodó en el asiento del copiloto y dejó que aquel desconocido la condujera a quién sabe qué lugar. Ella siempre tenía miedo, mucho miedo de estas situaciones pero rogaba al Buen Dios que no le pasara nada peor de lo que ya le pasaba. El coche se detuvo ante un edificio de apartamentos. El hombre ordenó a la mujer que bajase. Angélica lo hizo. En su interior temblaba de pies a cabeza. Subieron al portal y se dirigieron al ascensor. El hombre marcó el piso catorce.

_ Este apartamento lo uso sólo para estas ocasiones, pero es muy confortable.

   Llegaron al fin. El hombre abrió la puerta y entraron en una amplia estancia amueblada someramente. Dos largos sofás, una mesa baja en medio y detrás de uno de los sofás, un mueble bar, repleto de botellas de licor.

El hombre se acercó al bar, tomó dos vasos y una botella, escanció el líquido en ambos y le alargó uno a la mujer.

_¡ Gracias!, pero yo no bebo nunca.

_ Bien, esta será tu primera vez. ¡Bebe!

   La voz era una orden y la mujer comprendió que tendría que beber.

_ Ponte cómoda, ¡siéntate!

   Ella se acomodó en uno de los grandes sofás y bebió un sorbito de aquel líquido que al pasar por su garganta pareció que se la quemaba.

_ Bebe un poco más. Esta bueno, ¿no?

_ Sí, sí, muy bueno…

   Al cabo de un corto periodo de tiempo la vista de la mujer parecía que se enturbiaba. Su cabeza y la percepción de lo que la rodeaba cambiaba por momentos. Trató de levantarse e ir a la puerta pero no pudo mantenerse en pie. El hombre se acercó a ella, y muy lentamente comenzó a quitarle toda la ropa que la mujer vestía. Quedó completamente desnuda. La toco por todos lados de aquel cuerpo. Él se quitó los pantalones y dejó su miembro al aire. Estaba erecto. Cogió la cara de Angélica y acercó su boca al miembro. Ella la tenía cerrada pero el hombre le metió dos dedos y se la abrió y le introdujo el pene en ella todo lo que pudo. La mujer hizo gestos de asfixia, pero él no aflojó la presión del pene en su boca.

_ ¡Chúpala! Seguro que lo has hecho muchas veces.

_ ¡No…, no lo he hecho…. con nadie…., sólo con mi marido!

_ ¡Vamos, vamos, no me digas que eres una mujer formal y que hoy te has soltado la melena, es para reírse.

_ ¡Ríase todo lo que quiera…, pero esa es la verdad! Todo….todo esto lo estoy haciendo por pura desesperación. Mi esposo está muy enfermo y…y… con su ayuda y lo que yo gano… no llega para costear su tratamiento… y mantenernos nosotros y los gastos de la casa_ balbuceó debido al mareo y a lo que le obstruía la boca.

_ Bueno, bueno, yo no he venido aquí para escuchar dramas. Haces lo que yo te diga, te pago y aquí no ha pasado nada. ¿De acuerdo?

   Angélica pensó en todas las cosas necesarias que había podido adquirir vendiendo su cuerpo porque su alma no la habían tocado, y que por una vez más,  ya no podría hacerse más daño a sí misma.  Había colmado todos los vasos.  Con un hilo de voz dijo:
_ Está bien. Como usted diga.

   La mujer en su estado de borrachera nunca vivido, hizo con su boca y lengua los movimientos que pudo. Estuvieron así largo rato mientras el hombre le tocaba los genitales con avidez, ocupando todos los orificios naturales de la mujer. Le lamió los pezones una y otra vez mientas le apretujaba los senos como si fueran de esponja. No quedó un milímetro de cuerpo sin mancillar. Al fin,  un líquido caliente y viscoso profanó, cayendo desde la boca de la mujer, sobre sus senos, vientre, y muslos hasta que las últimas gotas se perdieron el  sofá.

   El hombre sacó el pene de la boca de la mujer que cayó medio desmayada sobre el asiento. No hacía movimiento alguno para arreglarse.

_ Bueno, ¿Qué pasa? ¿Acaso es cierto que nunca habías hecho algo así? ¡Anda, ponte la ropa! Tengo prisa.

   Angélica no daba señales de vida. Parecía que había perdido el sentido. El hombre la zarandeó pero no consiguió nada. Irritado cogió el bolso de ella y miró en su interior. Vio las ropas que usaba habitualmente, un monedero y una agenda, aparte de las pinturas que usaba para su papel de puta.

_ Vaya bolso tan raro, traes de todo, ¡rica! Bueno voy a ver si encuentro un teléfono de tu casa y que venga algún familiar, si es que lo tienes, a buscarte. Yo no puedo llevarte a rastras.

   El individuo escudriñó hoja por hoja  la agenda, hasta que dio con varios nombres que pensó tendrían que ver con la mujer.  En el documento de identidad ponía casada. “Vaya sinvergüenza, engañar así al marido”.

   Al azar marcó un fijo. El timbre rompió el silencio del horror. Al cabo de unos pocos minutos la voz de un hombre se oyó en la distancia:
_ ¡Diga!

_ Por casualidad ¿tiene usted una esposa de nombre Angélica?

   Un largo silencio al otro lado del hilo.

_ ¿Sí?_ Insistió el que llamaba.

_ ¿Quién es usted? ¿Por qué me pregunta por mi esposa?

_ ¡Ah, Con que es su esposa! Pues mire, le llamo porque su esposa, si es que hablamos de la misma persona, esta desmayada en un sofá de mi apartamento y ha quedado así después de emborracharse y hacer el amor conmigo más de una hora.

_ ¡Usted está loco! Esa persona no puede ser mi mujer, se lo aseguro.

_¿ Se apellida su esposa Del Monte Espinar?

_ Pues…sí…sí, así se llama…

La voz había perdido tal intensidad que apenas se oía. El tipo que había contratado el flete se impacientaba y dijo:

_ Escuche, sea usted quien sea. Yo me voy a marchar de aquí. Dejaré la puerta sin cerrar. La dirección es la siguiente… Venga a recogerla y verá de paso si es su mujer. Cierre al salir, por favor. ¡Ah, y según ella, todo lo ha hecho por usted!

   Miguel quedó anonadado cuando colgó el auricular. No podía creerlo. Tenía que haber un terrible error en alguna parte. Un malentendido miserable.  Se vistió lo más rápido que pudo, pidió un taxi y le dio la dirección que acababa de conocer.

   La carrera duró media hora. El edificio estaba a las afueras de la ciudad. El taxi se detuvo, Miguel pagó la carrera y bajó. Miró a su alrededor. Era una gran plaza con varios edificios altos. Se veía solitario el lugar. Llamó al portero para que le abriera la puerta y se dirigió al piso indicado, sintiéndose más enfermo que nunca.

   Recorrió un largo pasillo hasta que llegó a la puerta número 21; no estaba cerrada con el resbalón, sino entornada. La empujó y a sus ojos apareció la visión de un cuerpo de mujer desnudo. Se acercó con el corazón palpitante. Sí, era  su esposa, desmayada sobre el sofá con los cabellos en un puro desorden, los ojos ribeteados de pintura corrida por las lágrimas y unos labios, unos labios que Miguel no había imaginado nunca pudiera verlos en su esposa. Tenía la boca entreabierta y por las comisuras se secaba un líquido espeso y blanquecino que le daba un aspecto atroz. Sintió una pena terrible dentro de él, pero no por él, sino por ella. Conocía a su esposa desde hacía tiempo y sabía su opinión acerca de la prostitución, del engaño, de la infidelidad, aunque no tuvieran que ver mucho entre sí. Sabía que era una mujer íntegra, leal, decente, honesta, buena. Que tenía que haber sufrido indeciblemente para llegar a aquel estado. El individuo que le llamó le dijo:”Lo ha hecho por usted”.

Sonaba muy duro pero lo peor es que estaba seguro de que era cierto. De pronto comprendió con qué dinero compraba todo lo que ella traía a la casa para él, sobretodo comida de calidad, ropa interior nueva, bata de casa, un televisor para el dormitorio para que él se distrajera mientras descansaba…¡pobre Angélica! A qué precio había pagado el bienestar del esposo enfermo.

   Se agachó sobre ella y la llamó suavemente:

_ ¡Angélica, cariño, despierta, vamos a casa!

   Buscó una toalla y limpió como pudo a la esposa mancillada, la fue vistiendo con las ropas de siempre. Lágrimas de dolor por ella, por los dos, cayeron sobre la mujer. El rostro noble de la esposa iba adquiriendo su semblante normal, a pesar de lo vivido.

Una vez vestida llamó a un taxi; cuando llegó le pidió que subiera al apartamento. Necesitaba ayuda. El taxista subió y quedó extrañado del escenario.

_ ¡Por favor! ¡Ayúdeme con mi esposa! la bajaremos al coche, yo sólo no puedo. El taxista sin decir palabra la cogió él solo y salió rumbo al ascensor. Miguel se adelantó para pulsar el botón de bajada y cuando llegaron a la calle se dirigieron al taxi y Miguel abrió la puerta de atrás para que su esposa fuera depositada en el asiento. Él se sentó al lado del conductor y le dio la dirección de su hogar. No pudo pronunciar una palabra más.

   Llegaron, por fin a  la casa. El conductor repitió la misma operación con la mujer y siguió al marido para saber dónde tenía que llevarla. Una vez en la casa, la dejó en su lecho, cobró su trabajo y se alejó de allí. Miguel lavó a su esposa, le colocó un camisón y le tapó con sumo cuidado y cariño. Sus ojos quedaron prendidos del rostro de su esposa, mientras varias cálidas perlas producían su redención.

Después se sentó a la mesa y tomando un folio empezó a escribir. Una vez terminó, lo dobló y lo colocó sobre la mesilla de noche de su esposa. Luego cogió una maleta, metió unas cuantas ropas, las medicinas que tomaba diariamente y salió de la casa silenciosamente, no sin antes dar un amoroso beso en el cabello a su querida esposa.

 

 

    La noche se arrastró penosamente por las almas de los que sufren. Hasta la naturaleza parecía que no deseara que amaneciera para que no se viera tanto dolor. Y  se alió con la espesa niebla.

   Angélica se removió en su cama y extendió el brazo por el lugar que ocupaba el esposo. Allí no estaba. Su mente se despertó al instante a pesar del terrible dolor de cabeza que sentía. ¿Dónde estaba Miguel tan pronto?

_¡Miguel, cariño! ¿Dónde estás? El silencio respondió.  La mujer alarmada se levantó de un salto, y casi vacilante le buscó por toda  la casa. Miguel ya no estaba en su lugar de siempre fuera del dormitorio, la butaca que ella le había regalado para que estuviera lo más cómodo y relajado posible. Los servicios vacíos, la cocina…

Volvió al dormitorio, abrió el armario ropero. Faltaban algunas ropas de él. Angélica se alarmó hasta el extremo. ¿Cómo había podido irse sin decirlo? Miró en rededor y vio sobre su mesilla de noche un papel doblado. Lo tomó, lo abrió temblando y leyó. Era la letra de Miguel.

“Querida mía. Quiero pedirte perdón antes de nada. Perdón por haberte sacrificado de forma tan grande por mí. No tengo nada que reprocharte, sé que lo hiciste fue por amor a mí. ¡Qué buena eres, mi cielo! Jamás podré agradecerte este acto de amor, y como mi amor por ti es tan grande como el tuyo es por lo que me voy. No quiero que hagas más lo que has hecho por mantenerme a mí. Vas a vivir tranquila, con lo que ganas tendrás para vivir bien y si vas a la notaría quizá te admitan de nuevo. Nos veremos de nuevo cuando haya sanado y no sea una carga para ti. Si no vuelvo es porque Dios decidió otro final para nosotros, pero estaré aún más cerca de ti. He sido inmensamente feliz el tiempo que hemos estado juntos.

   Te llevaré cada día en mi pensamiento. Eres mi vida.

   Trata de ser tú un poco feliz, llevas mucho tiempo de sufrimiento, amada mía.

 

   Te amo por siempre:

   Miguel


Publicado por Lanzas @ 19:08  | Dramas
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