Jueves, 27 de junio de 2013

 

La maestra, la maestra que hacía años había llegado al pueblo del interior de aquella hermosa región, que había exhalado el perfume amargo del aceite de oliva recién prensado, enrollado en el aire, que se le había llenado la mirada con el verde gris de las hojas de tantos y tantos olivos… La maestra se había embriagado con aquellas sensaciones, pero también había percibido otras muchas más. Había sufrido al ver la miseria en que vivían muchos de sus alumnos, que iban a las clases de la mañana sin desayunar, que había percibido el dolor de una gran decepción al darse cuenta de que allí, en aquel pueblo del interior, nada era como ella había imaginado en su meseta. Ella había creído que iba a la Costa del sol cuando eligió destino La Costa del sol: clima tibio, buena vida, diversión, alegría…No, aquel pueblo no era nada de aquello. En aquel pueblo hacía frío en invierno, mucho frío, y mucho calor en el verano. La gente en edad de trabajar se iba a los campos a principios del año, con toda la familia, a recoger la aceituna y, más tarde, a Francia a recoger la uva. Los niños perdían sus días de escuela, ¿cómo iba a progresar una zona de España, pensaba la maestra, si la mayoría de los habitantes del pueblo donde ella intentaba introducir la cultura, el saber, era analfabeta? La maestra confiaba en el saber para subir peldaños en la vida hacia un lugar mejor, pero la realidad era tenaz…No, ese pueblo, ella no lo había imaginado así. En su tierra los agricultores, en gran número, eran dueños de la tierra que cultivaban. La maestra había comprobado que la vida de éstos era dura para arrancar a la tierra su riqueza, pero era también mejor. Muchos de sus compañeros de carrera procedían del campo y sus padres les podían pagar los estudios y la estancia en la capital en un Colegio Mayor.

Ella había querido educar a aquellos niños en muchos aspectos de la vida. Los niños habían correspondido a su preocupación por ellos con su cariño, lo más preciado para la maestra.

Llevaba ya dos cursos en aquel pueblo. Había tratado, entre otras muchas cosas, de que las costumbres, algo brutales a veces, en el trato hacia los animales por parte de niños y adultos, cambiasen. En las clases de Ciencias Naturales, siempre contaba alguna historia de algún hecho llamativo de algún perro u otro animal para ayudar al hombre…

Llegaron las fechas de la Navidad. La maestra pensó que lo mejor para sus alumnos, que muchos nunca habían salido del pueblo, sería llevarles de excursión a Granada, que tenía un Parque de las Ciencias, que ella ya había visitado y le había gustado mucho.
El problema del dinero para el autocar y las entradas al Parque lo resolvería haciendo una colecta entre los niños y lo que faltase lo pondría ella, ya que ese mes cobraría paga extra. La maestra se sentía contenta. Sus niños iban a ver multitud de objetos y experimentos jamás imaginados por ellos. Seguro que iban a quedar fascinados.

Llegó el día de la ansiada excursión. El autobús estaba aparcado frente a la puerta del aula.
La maestra arengaba a los niños:
_ ¡Niños! Ya os he comentado que vamos a ver un montón de cosas que nunca habéis visto, por eso tenéis que atender muy bien a todo lo que nos expliquen allí. Cuando volvamos a clase, después de las vacaciones, comentaremos lo que más nos ha gustado o sorprendido. ¡Portaos bien, sin gritos, haciendo caso al guía! ¿De acuerdo?
_ ¡Sí, sí!_ gritaron los niños todos a una.
Fueron subiendo uno por uno, muy ordenados, la maestra subió la última indicándole al conductor que podía arrancar.
Después de unas dos horas de viaje en las que los niños se lo pasaron a lo grande: comiendo chucherías, bebiendo refrescos que la maestra había llevado, y cantando las canciones navideñas que la “seño” les había enseñado, llegaron ante las puertas del Parque de las Ciencias. Allí les esperaba una señorita que les llevaría por las salas de exposición permanente como: Viaje al cuerpo humano: la salud y la vida. Cultura de la Prevención. La Biosfera. Sala de la Percepción. Eureka. Al_ Andalus y la Ciencia. Explora.
Había también otras salas con exposiciones, pero de permanencia limitada.
La voz de la guía se hacía oír con claridad en cada sala. Los niños atendieron con mucho interés, éste, se agrandó vivamente en la sala del cuerpo humano, en el apartado de la genética, detrás de unas puertas en gran parte de cristal, a través de los que algunos niños miraban fijamente; la guía les indicó a los niños que se estaban haciendo experimentos con monos rehsus para comprobar el grado de empatía que estos animales podían sentir. Un alumno levantó la mano y preguntó:
_ ¡Señorita! ¿Podría explicarnos qué es eso de la empatía?
_ ¡Claro, ahora mismo! La empatía, niños, es la capacidad que tienen algunos mamíferos, sobre todo, nosotros los seres humanos, en sentir el dolor y el sufrimiento de los otros. Veréis. Seguro que alguno de vosotros se ha puesto triste cuando su amigo se ha caído y se ha hecho daño en las rodillas, ¿a que sí?, eso significa que habéis sentido empatía con él. Los seres que sienten empatía no quieren hacer daño a nadie, de ahí, que estos seres suelen ser buenos.
Los niños escuchaban, con los ojos muy abiertos y asombrados, lo que la señorita guía les explicaba.
La sala que expone sobre el cuerpo humano, que gira en torno a la vida y la salud, les mantuvo extraordinariamente atentos. La biomedicina, los trasplantes, los nuevos medicamentos, la revolución de la genética, la relación entre los seres vivos…
Allí, sobre unas grandes mesas, se veían varias jaulas. Dentro de ellas, los niños percibieron animales semejantes a los monos. Preguntaron a la guía:
_ ¡Señorita! ¿Qué hacen esos monos ahí dentro?
_ Bueno, hace unos momentos os he hablado algo de esto, cuando un compañero vuestro me ha preguntado. Ese es un experimento muy interesante y que requiere mucho tiempo. Uno de esos monos, el que está a la derecha de la jaula vista desde aquí, cuando quiere comer, tiene que pisar una zona que produce en el otro mono una descarga eléctrica, lo que le causa sufrimiento. Se quiere observar la reacción de ambos animales, ante esta situación de estrés.
Un murmullo de desaprobación se escuchó entre el grupo.
_” ¡Uf, vaya mierda” “Para que uno coma el otro tiene que sufrir, no es justo…”_ una voz infantil destacó entre las demás.
_ ¡Niños! para que la ciencia avance es necesario este tipo de experimentos. Sí, ya sabemos que algunos son dolorosos y que a las personas sensibles les desagradan, pero es el precio que pagamos para avanzar en nuestros conocimientos…
El grupo infantil, acostumbrado a tratar con gatos, perros, burros y otras caballerías, allá en su pueblo, no quedó convencido con las palabras de la guía. La maestra consideró que ya habían observado bastante a los monos y les indicó seguir hacia otras salas. Los alumnos siguieron viendo y participando, como el pedalear en una bicicleta para comprobar su potencia. Manejaron el Giroscopio en la Sala Eureka, observaron el péndulo de Foucault, comprobaron el Principio de Arquímedes…
Se hizo la hora de partir. Los chiquillos iban callados. Sus ojos estaban ahítos de nuevas imágenes; su mente necesitaba tiempo para procesar tanta novedad. El nerviosismo del comienzo del viaje se había trocado en una serena tranquilidad, un poco ausente, como si la mente de los pequeños estuviera aún en aquellas salas…
La maestra al mirar las caras de sus queridos niños experimentó una sensación de alegría. No tenía la menor duda de que la excursión había sido un éxito.
La Navidad quedó atrás y el maravilloso día de los Reyes Magos. Las aulas se abrieron de nuevo, y cientos de niños con sus mochilas, algunas recién estrenadas, a la espalda, hacían cola ante las puertas del centro.
Cuando la maestra, después de los saludos y buenos deseos a sus compañeros y alumnos, se hubo sentado en su sillón, comenzó su clase:
_ ¡Niños! Deseo que lo primero que hagamos esta mañana, sea un trabajo sobre lo que vimos en el Parque de las Ciencias. Cada uno puede elegir el tema que más le interesó, de entre los experimentos y aparatos que vimos. Luego se leerá en alto, una parte, los que nos dé tiempo en esta mañana. ¿De acuerdo?
_ ¡Sí señorita! _ afirmaron todos a una.
La mañana transcurrió volando. La clase se interrumpió a las doce para tomar un bocadillo e ir al servicio. Hacía mucho frío en la calle y los niños no quisieron salir a jugar al patio del colegio.
Pasada la media hora de descanso, los alumnos prosiguieron con su trabajo. Sus caritas estaban enrojecidas por la concentración, mientras sus manitas estaban frías, como pudo comprobar la maestra cuando tocó más de una.
Cuando faltaba una hora para terminar la jornada escolar, la maestra dijo a los niños:
_ ¡Ya debéis de terminar el trabajo! ¡Vamos a comenzar a leer algunos! ¿Quién quiere ser el primero en salir?
Varias manos se alzaron. La maestra señaló a uno de los niños y éste se levantó, se colocó al lado de la mesa de su maestra, delante de sus compañeros, y empezó a leer.
_Antes de las vacaciones fuimos con nuestra señorita a ver un sitio donde hay muchas cosas que se han inventado desde hace muchos años, pero también vimos animales… lo que a mí más me impresionó fue el experimento de dos monos…creo que se llamaban Rehsus, o algo así. Querían saber cuál era su empatía, yo no sabía qué era eso, empatía, pero ya lo he aprendido, y me gusta mucho saber que yo la tengo también, porque a mí no me gusta que mi padre pegue a mi perro cuando entra a la casa, o cuando mi madre le pega un escobazo al gato porque se sube al sofá, ni me gusta que mi hermano mayor le pegue con la fusta a la vieja burra que tenemos porque le cuesta mucho subir cargada la pendiente de la calle de “en medio”. Creo que mi familia no tiene empatía. Tendría que ir al Museo de las Ciencias…aunque…mi padre no creo que quiera ir…

Mientras el niño leía su trabajo, la maestra fue mirando por encima de los hombros de sus alumnos, los trabajos de cada uno, y su sorpresa no fue menor cuando vio que todos trataban sobre lo mismo: la empatía. Así pues, una vez terminado el primer alumno, decidió corregir ella sola los ejercicios, ya que el contenido de todos los trabajos era básicamente el mismo.


El Curso siguió con el ritmo acostumbrado. Las primeras flores de la primavera esparcían sus aromas por aquellos campos apretados de olivares; el frío había cedido, y una leve tibieza se adueñaba del ambiente.
Antes que junio, con sus calores, llegara, la maestra decidió hacer el segundo y último viaje del curso al Parque de las Ciencias de Granada.
_ ¡Niños, como premio a lo bien que os habéis portado y lo mucho que habéis aprendido, he decidido que vayamos este mes de mayo, de nuevo, al Parque de las Ciencias, a ver cómo siguen nuestros amigos, los monos!
_ ¡Bieeeen! ¡” Viva la “seño”!_ aclamaron palmoteando los críos.
_Llevaréis un cuaderno y un lápiz para anotar los cambios observados que la señorita guía nos vaya explicando. Al regreso, haremos una puesta en común, y cada uno leerá sus anotaciones, y tendremos una idea de los resultados del experimento.
El día del viaje llegó. La alegría de los niños era inmensa. Todos llevaban su mochila, con unos bocadillos, una botella de agua, una gorrita para el sol, una libreta y un lápiz o bolígrafo. El autocar partió entre los cantos y las risas de los escolares que miraban los campos plenos de vida, sin percibir su belleza. Los niños estaban ansiosos por ver de nuevo a sus amigos los monos, como ellos los llamaban.
El autocar se estacionó en la zona destinada a los vehículos grandes. La expectación en los niños era intensa. En fila, entraron en el edificio, en silencio, deseando que la señorita guía les llevara ante la puerta de cristales…, la señorita, sonriente, les esperaba:
_ ¡Buenos días, niños! Vamos a comenzar el recorrido.
Fueron pasando por las salas de: Explora, el Desván del Museo, dedicado a los niños; pabellón Tecno-Foro, que contiene los avances tecnológicos, la innovación y el arte. El pabellón Al_ Andalus y la Ciencia, sobre el legado científico y tecnológico de Al- Andalus. Al cabo de un buen rato, los niños comenzaron a dar muestras de cansancio. La guía se detuvo ante ellos:
_ ¡Bueno!, ¿qué os ha parecido?
Uno de los niños levantó con timidez la mano y preguntó:
_ ¡Señorita! ¿Nos va a llevar a la Sala de Viaje al Cuerpo Humano?
_¡Oh!...pues es que…veréis, por ahora no hay nada que enseñar allí…
_ ¿Que no hay nada que enseñar? Pues, ¿y los monos que tenían que demostrar hasta qué punto tenían empatía?
_ ¡Ah, eso!...Bueno, no quería hablaros de esto, pero…
_ ¿Pero qué?_ le apremiaron los niños y la maestra en coro.
La señorita guía parecía ver no conveniente hablar más de esta cuestión. Pero la maestra intervino:
_¡Señorita, escuche, por favor; los niños han vuelto al Parque de las Ciencias, sobre todo, por saber cómo avanzaba el experimento de los monos , sobre su empatía…ese tema les interesó sobremanera. Todos han hecho trabajos sobre ellos. Hoy quieren verlos de nuevo, si no es mucho problema…
_ Yo… pues sí, sí que hay problema, señorita. Desde hace unos meses, los cuidadores de los animales vieron que la comida que diariamente les llevaban, estaba intacta. Decidieron no perderlos de vista a ver qué sucedía. Vieron que el mono más grande, cuando tenía hambre se acercaba al lugar donde estaba la comida, pero que súbitamente se detenía antes de pisar la zona que producía la descarga eléctrica en su compañero de jaula. Esto ocurrió durante doce días…al cabo de los cuales vieron como el mono mayor caía sobre sí. Los observadores entraron y examinaron al animal. ¡Estaba muerto! ¡Había muerto de hambre! Los obser…
Un murmullo, salpicado de sollozos, proveniente del grupo, dejó sin oír la última frase de la guía.
_ ¡Pero, ¿por qué, señorita, por qué?_ preguntó un niño que tenía su cara surcada por las lágrimas.
La guía, carraspeó llevándose la mano a la boca.
_ Creo, según han dicho los que hacían el experimento, que el mono que producía al otro el sufrimiento por las descargas eléctricas, fue consciente de ese dolor de su compañero de jaula y quiso evitarlo. Dejó de ir a buscar su comida…hasta que murió…pare…

La maestra miró a sus alumnos, vio el horror en sus semblantes y dando media vuelta, seguida por el grupo, se dirigió rápidamente a la salida ahogando con el tronar de las pisadas las palabras de la señorita guía…


Publicado por Lanzas @ 19:13  | Cuentos
Comentarios (0)  | Enviar