S?bado, 16 de abril de 2011

EL HOMBRE DE MI VIDA


 

 No sé si sabré expresar lo que me ha ocurrido, ya que he ido muy poco a la escuela, y no he aprendido a escribir bien. Fui una niña muy tímida y no me sentía a gusto entre los demás niños, que apenas me prestaban atención. En el cuarto año de escolarización me puse enferma. Mamá me llevó al médico de atención primaria, y este señor no supo bien qué es lo que tenía. Me recetó unas pastillas y me dijo que volviéramos al cabo de quince días. Tenía fiebre y mi apetito había desaparecido. Mis padres comenzaron a preocuparse por mi falta de mejoría y optaron por llevarme a la consulta  privada de un renombrado doctor de la ciudad. El facultativo, después de auscultarme, ver unas radiografías que me había mandado hacer previamente, y una analítica de sangre, les comunicó a mis padres que no veía nada orgánico en mi mal, ya que las pruebas resultaron normales.

─ ¡Pero doctor! Entonces, ¿qué es lo que tiene la niña? ─ preguntó mi madre llorosa.

─ ¡Señora! A veces suceden estas cosas. No todo son males del cuerpo, también están los males del alma…

─ Perdone, doctor, pero no le entendemos ─ dijo mi madre mirando a mi padre. Éste tenía la cabeza gacha y no le veía bien los ojos.

─ Que lo que su hija puede que sufra sea una enfermedad de origen psicológico, que se manifiesta por estos síntomas que a ustedes tanto les preocupan, pero que no significa que el organismo de la niña esté enfermo..

─ ¿Y qué podemos hacer, entonces, doctor?

─ ¡Señora! yo me permitiría recomendarles un psicólogo. Es un profesional que trata este tipo de problemas. Les puedo dar la dirección de uno que conozco  muy eficiente.

   El doctor sacó de  uno de sus cajones una tarjetita que entregó a mi madre, mientras se levantaba en señal de que la consulta había terminado.

 

 

   Pasaron los días, los meses, y aun los años yendo a la consulta del doctor de la mente. El diagnostico era que  mi autoestima era muy pobre, tenía un gran complejo de inferioridad y que mis relaciones con los demás eran, y serían, sumamente difíciles.

Y creo que todo lo que dijo, y más, era verdad. Dejé de ir al instituto, y mi padre me puso un profesor en casa, con el que no aproveché demasiado por mi falta de interés. No tenía con quien salir, ni amigas, ni amigos, nada. Nadie se interesaba por mí. Esto me dolía mucho, y también a mis padres. Tenía veintitrés años y nunca me había besado un chico. Sentía una terrible envidia por las chicas  de la vecindad que salían, (yo las veía tras los cristales de mi habitación),  y se divertían, según  le contaban  luego a mi madre, que las escuchaba con disimulada tristeza, por mí, por que yo no pudiera llevar la vida que correspondía a una joven como yo.

   Una tarde se presentó en nuestra casa  una amiga de mi madre. Hacía tiempo que no se veían, y se saludaron con alegría. Le comunicó que se casaba su hijo mayor y que estábamos invitadas a la boda.

─ ¡Oye, Felisa! No vayáis a faltar, por favor!

─ ¡No te preocupes, Marta! Estaremos encantadas de asistir a la boda de Carlos.

   Los días siguientes fueron muy divertidos, yendo de tiendas para comprarnos los vestidos, zapatos y complementos. Yo me compré un precioso vestido color berenjena, con unos zapatos y bolsito a juego en el color. Fuimos mamá y yo a la peluquería, y nos quedaron muy bonitas, o así  me lo pareció a mí.

   Llegó el día de la boda y los tres, mis padres y yo, nos montamos en nuestro coche y nos dirigimos a la iglesia. Había ya muchas personas esperando. Bajamos mamá y yo, y papa se fue a estacionar el coche en lugar permitido. Mientras esperábamos la llegada de la novia, saludamos al novio, Carlos, un muchacho muy guapo y simpático.

─ ¡Hola! ¡Cuánto me alegro de  que hayáis venido! ¡Y tú, Gabriela, qué bonita estás! Pero, ¿dónde te habías metido?

 ─ Pues…, la verdad es que salgo muy poco.

─ ¿Y eso por qué?

   Mi madre salió al quite.

─ Verás, hijo, es que ella no ha estado muy bien de salud. Eso ha sido uno de los motivos; ahora que ya está mejor, saldrá más.

─ ¡Desde luego, eso no debe dejar de hacerlo!

   Carlos miró al lado de la calzada y vio el automóvil del que descendía su futura esposa. El coche estaba bellamente engalanado, con ramos de flores y lazadas blancas. La novia era una chica muy linda. Estaba muy guapa ataviada con un vestido blanco ajustado a la cintura, pero que luego se abría en una especie de cola por la parte de atrás. Su cabello estaba recogido en un bonito peinado, y unas florecillas blancas eran todo su adorno. Pero me pareció suficiente, ¡estaba tan bella! Sentí al verla tan feliz, una emoción que no pude controlar y las lágrimas rodaron hasta perderse en mi vestido de fiesta.

   Venía del brazo de un hombre, su padrino, y al mismo tiempo, según nos dijo la madre de Martita, un gran amigo. Carlos nos presentó a los dos. Yo quedé impresionada por el amigo de la novia. Era el hombre más guapo que  había visto nunca, aparte de amable y  cortés. Tengo que confesar que si lo que sentí al verle, es lo que llaman ‘flechazo’,  yo quedé con la flecha hendida en mi pecho hasta el fondo: ¡ me enamoré al instante!

─ Así que te llamas Gabriela ─ me susurró, ya en el banquete, después de la ceremonia, que resultó preciosa.

─ Así es. ¿Te gusta?- pregunté con cierta timidez.

─ ¡Mucho!

   El que algo mío gustase a alguien me produjo una sensación desconocida, pero muy agradable. ¡Gabriela, Gabriela!

─ ¿Te gusta bailar?

 ─ ¿Bailar? Bueno, la verdad es que he practicado muy poco.

─ ¿ Quieres que lo intentemos?

   Estaba como aturdida. Nunca nadie se había ocupado de mí, fuera de mi casa, y aquel momento me parecía un sueño.

─ ¡ Vale! ¡Vamos a intentarlo!

Nos levantamos y me cogió la mano para dirigirnos a la pista central, donde ya había algunas parejas bailando.

 La música que ondeaba en el aire era melodiosa, lenta. Alberto me rodeó la cintura con el otro brazo, y yo le rodeé el cuello con los míos, (lo había visto en las películas).   La aproximación de nuestros cuerpos me perturbó tanto que las piernas empezaron a flaquearme y creí que iba a caerme literalmente al suelo,  a sus pies. Olía su cuerpo a limpio, ligeramente perfumado, su aliento  tan cerca de mi rostro me robaba el mío. Sus brazos…,¡Ay, Dios! que me pareció que  estrechaban más y más mi cuerpo… Creí que iba a desmayarme. ¿Cómo podría una muchacha como yo comprender esta situación y lo que yo sentía? No sabía si era normal sentirme tan sofocada, con el corazón latiendo afanosamente, con una sensación de cosquilleo que me subía hasta la boca del estómago, como si miles de mariposas revoloteasen en mi vientre. No sé, la verdad. No pude entenderlo. Las sensaciones me desbordaron, y me sentí tan fuera de mí que dije:

─ ¡Alberto, perdona!, pero quisiera sentarme…

─ ¿Te encuentras mal?

─ No, no es eso…

─ ¿Entonces?

─ Creo que como no tengo costumbre de bailar ni de salir a lugares como éste, pues me siento algo ‘extraña’…

─ ¡Gabriela!, no tienes ningún motivo para no sentirte cómoda. Eres una joven guapa y muy elegante, y estás perfectamente en tu lugar, en este salón.

   ¡Dios! ¡Dios! ¿Qué había dicho? ¿Guapa? ¿Elegante? ¿Me estaría tomado el pelo?_  pensé para mis adentros. ¡Oh, no, Señor! ¡Que no sea eso! Que sea pura cortesía, pero que no sea burla, ¡por favor, Señor!

─¡ Alberto, gracias por tus palabras!  Pero creo que exageras bastante…

─ ¡De exagerar nada, Gabriela! Sé lo que te digo: eres guapa y elegante, y tienes algo más importante que todo eso: en tus ojos veo que eres una buena muchacha. ¿A que no me equivoco?

   Lo que acababa de escuchar hizo tanto bien a mi alma que, toda las penas pasadas, todas las frustraciones se desbordaron, y rompí a llorar. Él me miró muy sorprendido.

─ ¡Perdona, perdona, si te he dicho algo que te ha molestado, Gabriela!- dijo alargándome un pañuelo.

─ ¡Oh no, no me has molestado! ¿cómo iban a molestarme palabras tan bonitas? ─ susurré entre sollozos

─ Entonces, ¿por qué ese llanto?¡Explícame, por favor!

─ Vas a tener que disculparme, Alberto, pero no soy capaz de explicarte ahora el porqué de mis lágrimas; sólo te puedo decir que, si son de algo, son de felicidad.

   De pronto, Alberto me tomó entre sus brazos y me estampó un beso en mitad de mis labios. Luego, más lentamente, apoyó sus labios sobre los míos, los entreabrió e introdujo su lengua en mi boca. ¡Quedé estupefacta!¡No lo podía creer! Su lengua recorrió despacio cada rincón de mi boca hasta que ya no puede más, y deshaciendo el abrazo, salí corriendo hacia los servicios.

   Ya en los aseos, con el corazón a cien, me miré al espejo: mis mejillas parecían brasas, y mis ojos brillaban de tal manera que hasta yo no me reconocía.

   “¡Dios mío! ¡Esto es lo que debe ser el amor! He oído hablar tanto de él…, y sabía tan poco de lo que significa, que después de lo que he sentido con las caricias de Alberto, me doy cuenta de que me estoy perdiendo lo mejor que la vida me puede ofrecer.”

  Me eché agua en el rostro y en el cuello. Aspiré hondo varias veces, expeliendo lentamente el aire. Cuando me hube serenado, volví a la sala de la recepción y busqué  a mis padres con sigilo. No quería que Alberto me viera; había muchas personas bailando y era fácil evadirse.  Cuando les encontré, me agaché para susurrar al oído de mi madre:

─ ¡Mamá, mamá, por favor! ¡Vámonos a casa, no me siento bien!

─ ¡Claro, hija! ¡Ya nos vamos!, pero ¿Qué es lo que tienes? ─ preguntó  alarmada.

─ Estoy algo mareada, mamá, y me duele la cabeza.

─ ¡Ya! Esto te ha pasado porque como no bebes nunca, lo que has tomado te ha caído mal.

─ ¡Sí, mamá, sí, seguro que es lo que tú dices. Pero dile a papá que vaya a por el coche  lo más rápido que pueda.

   Mamá le dijo algo al oído a mi padre y éste se levanto raudo, saliendo  en unos instantes de la sala, sin despedirse ni de los novios.

   Cuando ya íbamos los tres en dirección a casa, papá preguntó:

─ Pero, Gabriela, ¿qué es lo que te ha pasado? ¿tanto has bebido, realmente?

─ ¡ Oh,  no, papá! No estoy borracha, ni mucho menos, si te refieres a eso; pero como bien sabes, yo no bebo nunca, y quizá por eso me siento tan mal…

   Cuando llegamos a casa, me eché directamente en la cama. El aire nocturno me había aliviado algo, pero necesitaba estar sola y pensar en lo que me había ocurrido aquella noche. Me resultaba extraño que, de pasar casi toda mi vida de adolescente y mujer sin que un solo hombre se fijara  en mí, había pasado a despertar, aparentemente, una admiración y una ilusión enormes, en un hombre guapo y simpático.

¡No me lo podía creer! ¡Eso es lo que me pasaba! Tenía la triste impresión de que todo había sido una especie de pasatiempo  para él. Aunque en el momento que sucedió no me lo pareció, pero yo no tenía  la más mínima experiencia en relaciones con hombres, y, aun si me apuran, diré que tampoco con mujeres.

   Oí los pasos de mamá que se acercaban hacia mi puerta:
─ ¡Gabriela, cariño! ¿Cómo te encuentras?

─ Mejor, mamá.¡ Gracias!

 ─¿ Quieres que te traiga un vaso de leche, u otra cosa?, hija.

 ─ ¡No, mamá, gracias de nuevo! ¡Ah, mamá!, ¡perdona un momento! ¿conoces al padrino de Martita?

 ─ Pues sí, un poco. Su madre es muy amiga de los padres de Marta y yo la he tratado en alguna ocasión. ¿Por qué?

─ Por nada en concreto. He hablado con él en el baile y también hemos bailado. Es un tipo muy agradable, pero sólo  quería saber tu opinión sobre él.¡Oye, mamá! ¿Has dicho madre solo?¿No tiene padre, Alberto?

 ─ Bueno, yo no le conozco; creo que se separó de su madre hace años, cuando él era aún muy pequeño. De todos modos, es de una familia muy formal. Creo que el muchacho cursó  la carrera de Ingeniero de telecomunicaciones, y que está muy bien colocado. Pero ya no sé más de esa familia, cariño.

   Mamá me arregló las almohadas y me dio un beso de buenas noches.

   Me acurruqué entre mis mantas y mi mente volvió a los momentos vividos con Alberto. Habíamos hablado poco durante el baile,  nos habíamos tratado tan poco…y ya sentía una profunda ternura por él. El hecho de que no viviera con su padre me parecía una pérdida insoportable. Yo adoraba a mi padre, y me dolería muchísimo que no viviera con mamá y conmigo. El sueño llegó, con mi mente reviviendo una y otra vez los besos de Alberto. ¡Dios mío! Lo que me había perdido hasta esta noche.

 

   Pasados dos días sonó el teléfono fijo. Lo cogió mamá. La escuché hablar unas palabras y, luego, alargando el brazo hacia mí,   dijo:
─ ¡Hija!, es para ti.  Es Alberto.

   ─ ¿Alberto? Y, ¿qué le digo, mamá?

─ ¡Hija!, pero ¿como voy a decirte yo lo que tienes que hablar con ese muchacho?

Espera a ver qué te dice él, y tu ya le contestas de acuerdo a lo que te diga.

   Tomé el aparato con mano temblorosa. Debía de parecer un junco azotado por el viento. Traté de entonar una voz lo más firme posible para que no se notara el estado tan lamentable en que me encontraba:

─ ¡Hola!¿Cómo estás?

   La voz que ya me parecía la más cálida y bien timbrada del mundo, dijo:

─ ¡Yo, pues…muy bien. Estaba algo preocupado por ti, por lo mal que te sentiste en el baile. No te vi siquiera cuando te fuiste. He estado tentado de llamarte ayer, pero no me atreví por si acaso te molestaba. ¡Dime! ¿Se te pasó el malestar?

   “ ¡Dios mío! El hombre más maravilloso que nunca conocí, preocupándose por mi estado de salud. ¡Gracias Señor!”

─ ¡Ya me siento bien, gracias! Sólo ha sido que algo de lo que comí o bebí me sentó mal. Pero ya pasó.

─ ¡No sabes lo que me alegro! Así podré invitarte para que salgamos mañana al cine…, o donde tú quieras…¿Qué me dices?

   ¿Que qué  decía? Si no podía articular palabra. La lengua se me había quedado trabada entre mis labios y no podía moverla, parecía que tenía la boca desencajada.¡Señor!¡Ayúdame, por favor! ¡Que no me quede muda, ahora, ¡Señor! Que nunca me ha invitado nadie a salir ni un solo día…

─ ¿Estás ahí, Gabriela? ─ la voz sonaba inquieta al otro lado del aparato.

─ ¡Sí…sí!, aquí sigo…

─ ¡Como no me dices nada!

  ─ ¿Decirte? ¿De qué?

─ Pero, ¿No me has escuchado? Que si salimos mañana por ahí, al cine, o a cenar o tomar una copa…, lo que tú prefieras.

   De súbito salí de mi aturdimiento. Ya entendía lo que se me decía: me invitaban a salir. No era algo extraordinario, pero para mí sí lo era, y mucho. Con la voz quebrada  por la emoción que sentía, mis palabras salieron como apelmazadas de mis labios:
─ ¡Claro, claro que sí deseo que vayamos a cualquier sitio!

─ ¡Vaya, por fin! Creí que me ibas a dejar con el teléfono pegado al oído toda la tarde; o que me ibas a rechazar…

   ¡Rechazar…!¡Qué tonto! ¡Si sólo pudiera imaginar lo que he deseado que llegara un momento como éste!

─ ¡Bueno, Gabriela! ¿A qué hora te viene mejor?

─ Pues…,sobre las seis o siete de la tarde. ¿Te parece bien?

─ ¡Estupendo! ¡Mañana nos vemos! ¡Que descanses, bonita!

─ Lo mismo te digo…y gracias por lo… de bonita.

─ Sólo digo la verdad ─ y  su risa, a través del aire, me pareció una caricia.

   Colgué el aparato con una alegría que me corría a chorros como un torrente. Me hubiera puesto a cantar a toda voz.¡Por fin! ¡Por fin! ¡Todo llega!, como decía mamá. Además, el tipo me gustaba un montón. 

   Me tiré al armario a ver qué tenía para ponerme el gran día. Esparcí toda mi ropa sobre  la cama. ¡Nada! Apenas tenía algo atractivo, juvenil. ¡Como casi no salía!

¡Ya, pero esto lo arreglo yo! Mejor dicho, mamá. La voy a convencer para que salgamos de tiendas y me compre un conjunto ‘mono’.

Así fue. Salimos y nos dimos la paliza, entrando y saliendo de tiendas y más tiendas. Al fin,  vi un vestido de calle precioso. Era algo caro, pero mamá me lo compró. La ocasión lo exigía, o, ¿no?  

   La noche aquella fue la más bonita que viví  hasta ese día. Imaginé dónde iríamos, qué hablaríamos;  si me besaría, o no; qué me diría de mi aspecto…,se me ocurrieron tantas cosas que acabé pensando que, si no dormía un poco, iba a parecer en mi primera cita una desenterrada.

   Llegó el día y las seis de la tarde. Pasé más de una hora ante el espejo. Me coloqué el pelo de mil maneras distintas,  a ver cómo me veía mejor. Al final, opté por dejarme el cabello suelto, cayendo sobre mis hombros.  A la hora en punto sonó el timbre de la puerta de entrada, desde la calle. Cogí el bolso en un ‘santiamén’ y salí al descansillo, bajando las escaleras para no perder tiempo esperando al ascensor. Llegué a la puerta de la calle, medio sofocada. Cuando Alberto me vio no disimuló un gesto de aprobación:

 ─¡ Chica¡ ¿Qué te has hecho? Estás guapísima.

   Mientras esto decía se inclinaba hacia mí y posaba sus labios sobre los míos, a modo de saludo.

 ─ ¡Oh, gracias! ¡Eres muy amable! ─ le dije sonriendo, loca de felicidad.

 ─ Tú también estás muy guapo ─ le dije con toda sinceridad, sintiendo que los colores subían todavía más a mi cara.

 ─ ¡Bueno! ¿Adónde quieres que vayamos?

─ ¿Sabes? Me gustaría pasear por el parque adonde he ido desde niña con mis padres. Ahora, seguro, que me gustará mucho más.

─ ¡Vale! ¡Al parque volando! ─ dijo riendo, mientras me cogía del brazo y caminábamos hacia el coche estacionado.

 

   Después de pasear por entre árboles y pavos reales, fuimos a cenar a un restaurante muy conocido. Tomamos pasta, ensalada y pescado ¡ah! Y helado. Todo me supo sabrosísimo. ¡Como no! al lado del chico más guapo de toda la ciudad.

Cuando terminamos de cenar,  fuimos a un lugar de moda a tomar una copa ─ dijo él. Allí, en la semipenumbra, Alberto me rodeó con sus brazos y comenzó a besarme como la primera vez. En esta ocasión, yo le devolví los besos, a mi manera, (no sabía besar) pero se los devolví. Así permanecimos un buen rato, el segundo más hermoso de mi vida de mujer. Llegó el camarero y dejó sendas bebidas sobre la mesa. Bebimos. Yo había pedido un licor de manzana. Junto con el vino, poco, tomado en la cena, el efecto del alcohol no tardó en hacerse notar.

─ ¡Oye, Alberto! Me  gustaría hacerte una pregunta.

  ─ ¡Dime!

─ No me has hablado nada de tus papás. Me gustaría saber algo de ellos.

─ Bueno, de mis papás poco puedo decirte; más bien de mi mamá. A mi padre casi no le conocí. Se fue de casa cuando yo tenía un año y medio o así, según me ha dicho mi madre.

─ Pero, ¿sabes lo que pasó entre ellos?

 ─ ¡No, No!  Mamá no me ha hablado casi nunca de sus problemas.

─  ¡Claro! la  entiendo. Para qué preocupar a un niño con asuntos de mayores.

─ Cierto, pero han pasado los años y sigue sin decir nada y, ¿sabes algo? Ya no quiero saber lo que pasó.

─ Y,  ¿tienes algún recuerdo de tu padre?

─ Recuerdo…,no…bueno tengo una foto de cuando vivió con mamá. Quizá a eso se le pueda llamar recuerdo.

   Alberto se apartó un poco para ahuecarse la americana y sacar su billetero. Cuando lo tuvo en las manos, sacó una pequeña fotografía, tamaño carnet.

─ ¡Mira!, éste es mi padre. Es la única que tengo

   Cogí la pequeña foto en mis manos y achiqué los ojos para verla en la semipenumbra de la sala. Mi corazón dio un vuelco terrible. Aquella cara, aquellos ojos que miraban desde aquella antigua foto, me eran conocidos. Me levanté y salí a los aseos. Allí, la miré con el torrente de luz fluorescente. Las facciones eran las de un hombre joven, sí, pero yo tenía en mi casa fotos con aquella cara y con aquellas facciones de un hombre aún joven. ¡Eran  fotos de mi padre! Quedé paralizada. Ni un terremoto me hubiera conmocionado de aquel modo ¡No podía ser! ¡Tenía que haber algún error! ¡No podía ser que, cuando al fin conocía a un hombre que me gustaba, que se había fijado en mí, resultaba que era mi medio hermano!¡Dios mío! ¿Cómo iba a ser esto posible? Comencé a sentirme tan mal que la vista se nubló y ya no ví mi figura en el espejo del aseo…

   Cuando volví en mí. Estaba en mi habitación, en mi cama. Frente a mí, la ansiosa cara de  mis padres y  de Alberto.

─ ¡Hija! ¿Cómo te encuentras? Parece que te desmayaste en los aseos de una cafetería…

   Mi memoria comenzó a funcionar de nuevo. Miré a mi padre y a Alberto, horrorizada. No sabía qué decir. No quería hablar sobre la foto de…nuestro …padre.

─ ¡Bien, mamá! Ya me encuentro bien. Ha debido bajarme la tensión de repente. ¡Tranquila! Ya estoy bien.

   Alberto se acercó más a la cama e inclinándose sobre mí, musitó:

─ No te imaginas el susto que he pasado, cuando tardabas y no sabía dónde buscarte. Menos mal, que salió una mujer de los aseos, diciendo que allí  había una chica en el suelo, desmayada. Fui allí y te vi. Nunca me he sentido peor. Te cogí en brazos y te lleve al coche para traerte a tu casa.

   La cara de Alberto denotaba auténtica angustia por mí.¡Pobre hermano mío! Y ¡pobre de mí! Apenas había conocido una pizca de lo maravilloso de la vida y ya tenía que terminar. Toda la injusticia de la situación inundó mi mente, y la ira me recorrió como cuchillos  rasgando todo mi ser. Todo había terminado.

─ Perdona, por haberte asustado sin querer, Alberto. ¡Papás! quisiera quedarme sola, si no os importa. Estoy bien, pero necesito  descansar.

─ Está bien, hija ─ dijo papá ─ Nos iremos para que duermas y mañana ya veremos qué tal amaneces.

─ ¡Gracias, papá!

   Los tres salieron de la habitación dejándome en un estado de desolación total.

   Y esto es el final. He escrito siete folios contando lo qué pasó. Quiero que mamá no se atormente por el motivo de…

 

 

   A la mañana siguiente, la madre de Gabriela se levantó temprano para  ver cómo estaba su hija. Llamó a la puerta suavemente. No obtuvo respuesta. Giró el pomo y entró en el cuarto. Se acercó al lecho de su hija. Gabriela yacía sobre la cama, atravesada sobre ella. Los dos envases, vacíos, de medicamentos estaban a su lado. A los pies de la cama, varios folios, escritos a mano, estaban esparcidos sobre el suelo.  La madre se agachó y tomó uno de ellos. Empezó a leer y tuvo que llevarse las manos a la boca para sofocar un grito. Se acercó a gabriela. Parecía que durmiera profundamente. Deseó coger una mano de su hija que pendía de la cama: estaba yerta y fría.

 


Publicado por mariangeles512 @ 19:59  | Amor
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Comentarios
Publicado por Invitado
Mi?rcoles, 11 de mayo de 2011 | 19:14

Maestra, que me encanta su narrativa, así, sin tumbos, sin lastres. Impecable.

 

 

saludos

 

 

mario a.