Mi?rcoles, 15 de diciembre de 2010

LA MENTIRA LLEGÓ DE CHILE


 

LA MENTIRA LLEGÓ DE CHILE

 

 

   La doctora  Cristina Ramos estaba de baja por depresión. La agobiante tarea de atender diariamente a decenas de personas había acabado por enfermarla a ella. Meses antes, había solicitado un ayudante para su consulta y se le había denegado por falta de recursos;  ella arguyó que era necesario otro médico,  debido al número de inmigrantes que habían llegado a la ciudad. Las consultas estaban a tope, y el número de sanitarios no había aumentado. Todo el mundo tenía prisa por ser atendido. Todos exigían mayor tiempo de atención, tiempo que no existía. Salía de su trabajo cada vez más tarde, más agotada; hasta que una mañana se levantó muy mal y ya no pudo asistir a su trabajo.

   Cristina vivía sola. Hacía tiempo que se había separado, y los dos hijos que tenía, ya  mayores, vivían en otras ciudades. Visitó a una psiquiatra, colega suya, que le recetó varios medicamentos: antidepresivos y tranquilizantes, y le recomendó que descansase y volviera a verla el siguiente mes.

   Mientras los días pasaban sumida en la tristeza más desesperante, la doctora pensó que, quizá, si entraba en Internet, en esos lugares en los que se puede charlar un rato, podría distraerse un poco. Se sentó ante el ordenador y buscó un chat. Se registró, y poco después, comenzó a tener ante su pantalla, diversos  ‘personajes’ que querían hablar con ella.

   Las conversaciones empezaban invariablemente:

─ ¡Hola!” ¿“De dónde eres”?

   Cristina en aquellas primeras experiencias no  encontró demasiado interesante esta nueva ‘distracción’.  Alguna vez quedó con algún hombre a tomar un café, y fue un total fracaso para ella, ya que en la primera cita, él  quiso tener relaciones sexuales, a lo que la doctora se negó. Y, ahí quedó todo. Ella necesitaba, al menos, conocer personalmente al hombre un cierto tiempo  antes de tener contacto físico.

    Una noche se conectó de nuevo, un poco desalentada por no  haber podido conocer a nadie interesante. Había mejorado bastante en su enfermedad y había disminuido  mucho su interés en encontrar a un posible amigo o pareja o lo que fuese.

    En su pantalla apareció  el cartelito de alguien que deseaba charlar con ella.  Dijo escribir desde Chile y que su nombre era Carlos. Conectó su cam, y Cristina la suya. Ambos se vieron y  se agradaron. Siguieron conversando esa noche durante largo rato y las siguientes.

   El chileno fue presentando a la doctora  una cálida y posible realidad, en el caso de que él viajase a España. Le dijo que le gustaba mucho como mujer y, que desearía ser su pareja;  la doctora quedó altamente sorprendida de la rapidez de su interés por ella,  pero al mismo tiempo se dio cuenta de que aquellas palabras le hacían revivir, ilusionarse con un posible  nuevo amor. Hacía mucho tiempo que no había sido acariciada con cariño, con ternura por nadie  y, en el fondo de su ser,  percibió que lo anhelaba.

─ Bueno, ¿no es algo pronto para esto?

─ ¡No, Cris! El amor es así. Llega en el momento más inesperado. Y, yo te prometo que, si puedo ir a España, vamos a ser la envidia de todas las parejas cuando vean nuestra felicidad.

─ ¡UF!, creo que eres bastante exagerado ─ arguyó Cris ─ Ya somos mayores, y a esta edad la pasión ya no se siente, digamos, como a los veinte años.

─ La edad, la edad…, la edad, cariño, no un obstáculo para eso. Los sentimientos  no tienen edad. Mis padres se amaron hasta su muerte.

─ ¿Sí? ¡Qué bonita historia! Los míos, por desgracia, se llevaron muy mal.

─ Mi problema para viajar es el trabajo. No soy lo bastante rico como para vivir de mis ahorros.

─ Y, ¿en qué trabajas, Carlos?

─ Soy técnico de prótesis

   Cristina tardó unos minutos en responder. A su mente acudió la idea de que ella podría ayudarle en eso. Conocía a jefes de laboratorios de artículos ortopédicos que, quizá, podrían necesitar un técnico.

─ ¡Carlos!, ¿sabes algo? Yo conozco a algunas personas que te podrían dar trabajo.

─ ¿Sí? ¡No me digas! ¡Es maravilloso!¡Por favor, habla con ellos y dime qué posibilidades hay!

─ ¡Sí, no te preocupes! Mañana mismo hablo con alguno de los que conozco. Por la noche te cuento.

─ ¡Ay, Cris, no te imaginas lo feliz que me haces! Sólo pensar que pueda verte y amarte ya me hace vislumbrar el paraíso.

─ ¡Que no exageres, te digo, Carlos! Yo ya no creo en grandes amores. No he sido feliz en mi matrimonio y no confío casi nada ya en los hombres. Sé que esto te sonará mal, pero es lo que siento.

─ Lo entiendo, lo entiendo perfectamente, y no quiero que mis palabras te molesten, pero tú debes de saber muy bien que no todos los hombres somos iguales, así como no lo sois todas las mujeres, ¿no?

─ Bueno, creo que somos muy diferentes los hombres y las mujeres, ¡vaya, como si fuéramos de dos planetas distintos!

─ ¡Vaya con la doctora! Ahora eres tú la que exagera, ¿no?

─ La verdad es que no creo que me haya excedido. La realidad  de la vida es la que nos destruye la visión  idílica del amor. En estos tiempos, la mayoría de los hombres que se interesan por mí es porque están enfermos y  buscan una enfermera… Bueno,  creo que es mejor que dejemos esta cuestión.

─ ¡Oye, Cris!, no te vayas a molestar por mis palabras, ¡por favor!¡Ah! y ten en cuenta que yo también estoy enfermo. Soy diabético. Pero no te quiero por eso.

─ ¿Sí?  ¡menos mal! ─ bromeó la mujer ─ Bueno, esa enfermedad se puede controlar muy bien.

 

   Pasaron los días y hasta dos meses. La doctora mejoraba de su depresión cada día y ya pensaba en incorporase al trabajo. Le agradaba mucho su profesión. Ayudar le gustaba, y había muchas personas que necesitaban, aparte de una consulta médica, unas palabras de consuelo. Doña Cristina era persona de gran sensibilidad y no era raro el día que aparecía en su casa, después de su jornada de siete horas de trabajo, con el rostro demudado  Uno de aquéllos, fue cuando recibió en su consulta a una conocida paciente. Había llegado  toda vestida de negro. Le preguntó que si le había ocurrido algo:

─ ¡Doctora!, ¡mi hijo, el drogadicto, ha muerto! Le han encontrado en un vertedero de basuras.

─ ¡Cuánto lo  siento, señora Vicenta.

─  ¡Doña Cristina! Yo soy su madre y fíjese lo que le digo: ha sido lo mejor que ha podido pasarle. La vida era para él,  para su padre y para mí, un infierno. Se había llevado de mi casa todo lo que podía malvender para pagarse la droga. Se quedó sin trabajo…bueno, doctora, si usted conoce el resto. Sí, su muerte ha sido lo mejor para todos…

─ Cuando usted lo dice, por algo será ─ contestó la doctora.

─ Lo único que siento y que me provoca un gran dolor es que haya aparecido en un basurero.

   Lágrimas de dolor afluyeron a los ojos de la madre y Doña Cristina compartió con ella su aflicción.

 

   Habían pasado cuatro meses, todo un invierno y ya estaban en el primer mes de la primavera.  La doctora esperaba ansiosa las nueve de la noche en España, hora en la que se conectaba con Carlos en Chile.

─ ¡Hola!, ¿Qué tal el día? ─ empezaban invariablemente.

─ ¡Bien! Hoy me he incorporado al trabajo. Estoy contenta de haber vuelto. Mis pacientes me echaban de menos.

─ ¡Me alegro mucho de que te hayas recuperado, al fin, de esa depresión. Es una mala cosa, ¿no?

─ ¡Ni te lo imaginas, Carlos! No se lo deseo a nadie.

─¡ Cristina! ¿sabes una cosa?

─ ¡Dime!

─ Pues que viajaré a España en el mes de Julio próximo.¿Qué te parece?

─ ¡Estupendo! Pero has elegido un mes de mucho calor aquí.

─ No me importa el calor ni el frío, sólo me importa que estemos juntos de una vez.

─ Yo también tengo ganas de conocerte en persona. Me encantaría que esta relación virtual se convirtiese en real

─ ¡De eso, amor mío, no tengas la menor duda! Te quiero pedir un favor, Cris

─ ¡Dime!

─ Podrías buscarme un hotelito, no muy caro, para los primeros días.

─ ¡Claro! No hay problema.

 

   Cris, en compañía de su amiga Esperanza, recorrió  la ciudad para buscar un hotel barato, pero que reuniera las mejores condiciones; al fin, encontraron uno bastante céntrico y apalabraron una habitación individual,  proporcionando, Cris,  el número de su   tarjeta VISA y entregando una cantidad a cuenta.

   Regresaron a la casa agotadas por el calor y la peregrinación por la ciudad.  Cristina estaba muy contenta. Se sentía como una chiquilla de quince años. Poco a poco, y después de tantas palabras de amor, de tantas promesas de felicidad, harto tiempo ausentes de su vida, había terminado por enamorarse perdidamente del chileno. Esperaba con ansiedad el día de su llegada.

   Llegó el mes de julio y el día de la llegada. Cris se arregló con esmero y fue a buscar a su amiga ‘Espe’ para ir al aeropuerto juntas. Estaba muy nerviosa y necesitaba  compañía.

   El avión tocaba tierra a las cuatro de la tarde, hora intempestiva en la ciudad en

aquella época del año, debido al calor. Las dos mujeres se acercaron lo más que pudieron a la puerta por donde debían pasar los viajeros de llegada. Al fin, después de mirar ansiosamente multitud de rostros morenos, apareció un hombre que se parecía bastante al de las fotografías que Cris había recibido en su ordenador. Les pareció más gordo de lo que suponían, aunque en conjunto su fisonomía resultaba agradable. Él la reconoció enseguida, después de una ligera vacilación fijándose en las mujeres allí presentes. Se acercó y abrazó a la doctora sin más rodeos. Saludó con dos besos en la cara a la amiga, y los tres partieron rumbo al hotel en que la médico había reservado una habitación. Esperanza pidió, por favor, a Cris que la dejara  en la calle donde vivía, ya que suponía que su presencia entre los dos era más bien inoportuna.

─ Bueno, Carlos, ¡encantada! Espero que tu estancia entre nosotros sea la mejor.

─ ¡Gracias, Esperanza! ¡Eres muy amable!

   La doctora y el viajero subieron a la habitación. La mujer pretendía ayudarle un poco con su ropa y luego salir a ver  la cuidad, pero, de repente, el hombre se abalanzó sobre ella,  le despojó de la ropa en un momento, y le hizo el amor con pasión. La doctora que no se esperaba tal reacción tardó unos minutos en ‘ponerse’ en situación’, luego se entregó al recién llegado con toda la pasión de que era capaz.

   Una vez satisfechos, se arreglaron para salir a tomar algo. Cristina se encontró sofocada cuando se miró en el espejo. Lo que acababa de vivir con aquel hombre le había hecho sentirse, de nuevo, viva, y después de muchos años,  feliz.

 

 

   Los días se sucedieron y Carlos comenzó su trabajo en el laboratorio del amigo de Cristina. Iba en autobús, pero comenzó a quejarse de que el maletín que debía de llevar con sus cosas le incomodaba mucho. La doctora le miró por unos minutos y luego exclamó:

─ ¡Carlos! Y ¿qué tal irías en una moto?

─ ¡Oh! Pues creo que mucho mejor. Pondría el maletín en la parte de atrás y…. pero ahora no puedo comprármela, Cris.

─ Tú no vas a comprar nada, chato. La voy a comprar yo.

 ─ ¡Que no, mujer! ¡Que yo no puedo aceptar eso! Ya ahorraré, y en pocos meses  me la podré comprar.

 ─ ¡Vale!, como tu quieras ─ dijo la doctora con un extraño tono en su voz.

 

Una tarde Cristina le dijo a Carlos:

─ ¡Oye!, y ¿para qué tienes que quedarte en el hotel? Es un gasto más. Mejor te vienes a mi casa, es muy amplia.

─ Bueno, cariño, como tú quieras ─ respondió el hombre sonriendo.

   Carlos  se instaló en el piso de cuatro dormitorios y amplio salón que la doctora poseía en una céntrica calle de la capital. Las primeras noches Carlos las pasó en la habitación de Cristina, pero ante los ronquidos del hombre, ésta le pidió que se cambiase, al terminar sus encuentros amorosos, a otra habitación, situada enfrente de la de ella.

   Una tarde, después de que ambos hubieron salido del trabajo, la doctora le dijo a su pareja:

─ ¡Carlos! ¡vamos un momento a la calle! Quiero que veas algo.

   Bajaron en el ascensor y no fue en la calle, sino en el garaje del edificio donde Cristina le llevó. Al lado de su coche granate había una hermosa moto, de color azul noche metalizado.

─ ¡Es tuya! ¿Qué te parece?

   El hombre manifestó una gran sorpresa y no pudiendo dar crédito a lo que veía y escuchaba, optó por abrazar tiernamente a la mujer.

─ ¡ No Te imaginas cuánto te agradezco este detalle, Cris!

─ Así no tendrás problemas con los atascos.

─  ¡Tardaré algún tiempo en poder pagártela, amor!

 ─ ¿Quién ha hablado aquí de pagar nada? ─ dijo mientras le besaba en los labios con  pasión

─ ¡Ay, Cris! ¡ Nadie puede imaginar la suerte que he tenido al encontrarte!

─ Lo mismo pienso yo, Carlos. Creí que eso de Internet no era más que una pura mentira…y, ya ves…

   Transcurrió una semana. Una noche, la doctora esperó en vano  que su amor apareciera en su habitación, pero como estaba muy cansada de todo el trabajo del día  se durmió enseguida, no obstante, extrañarle que él no deseara estar con ella aquella noche.

   Al día siguiente cuando Cris ya estaba desayunado, temprano,  apareció Carlos por la puerta de la cocina.

─ ¡Buenos días, cariño! ¿Qué tal has pasado la noche? ─ saludó medio bostezando.

La doctora le miró interesada. No supo bien por qué el tono de su voz le sonó extraño.

─ ¡Bien! He dormido como un lirón.

   El hombre se sentó a su lado y tomándole una mano que se llevó a los labios  dijo:

 

─ ¡Oye, Cris!, quería decirte algo. Verás, en la moto paso mucho frío por las mañanas. ¿Habría la posibilidad de hacerme con un cochecito, aunque fuera de quinta mano? Te lo pagaría al mismo tiempo que la moto, poco a poco, tú sabes…

─ Veré lo que puedo hacer ─ contestó la doctora pensativa.

   Durante la jornada de su trabajo, Cristina llamó a una amiga que tenía un hijo cuyo coche había oído que deseaba venderlo.

─ ¡Hola Concha! ¿qué tal estás?

─ ¡Muy bien, Cris! Y ¿tú?

─ Pues yo en estos momentos bastante bien. Ya te contaré. ¡Oye, Cocha!,  me interesaría saber si tu hijo ha vendido ya el coche.

─ ¡Oh, pues no! ¿por qué me lo preguntas? Tú tienes uno muy nuevo.

─ No es para mí, Concha, sino para un amigo. ¿Por cuánto lo vende?

La cantidad que Concha le dijo a la doctora le pareció a ésta conveniente y concluyó:

─ Cuando a tu hijo le venga bien, que lo acerque hasta mi casa. Allí hablaremos. Bueno te dejo, tengo la sala de espera llena. Un beso, amiga.

    Aquella misma tarde llamaron desde la calle por video portero. Era el hijo de Concha.

─ ¡Doña Cristina!, soy Mario. Vengo con el coche.

─ ¡Vale! Ahora mismo bajo.

Cristina fue a su habitación a por el talonario  del banco y lo metió en su bolso. En unos minutos estaba en la calle, al lado del hijo de su amiga y del coche, que acababa de adquirir para su pareja. Después de despedirse del muchacho, entró en el vehículo,  sacó del bolso la llave de la puerta del garaje  para abrirla y lo condujo dentro de  él, buscando una plaza de alquiler para la nueva adquisición.

   Cuando llegó Carlos de su trabajo le enseñó el vehículo.

─ ¡Oh, amor! ¡Es estupendo! ¡Está muy nuevo! ¿te habrá costado mucho?, ¿no?

─ No hablemos de dinero ahora, sólo disfrutemos que te gusta, y que ya no pasarás frío, como en la moto.

─ ¡Cris! ¡Qué gran persona eres! ¿Lo sabes, verdad?

─¡ Anda, no exageres! Soy una mujer normal y corriente, que ha tenido suerte al encontrarte a ti.

   El hombre se la quedó mirando durante largos minutos hasta que ella le tomó de la mano y se dirigieron hacia el ascensor.

   Aquella noche, ya en su dormitorio, la doctora esperó a su pareja largo rato. Extrañada de su tardanza, se levantó y fue al dormitorio de él. Estaba echado mirando hacia la pared. Le tocó en un hombro.

─ ¡Carlos! ¡estás despierto?

   Él se giró y la miró.

─ ¡Sí, estoy despierto!

─ Te estaba esperando ─ dijo Cris con suave voz ─ ¿Te pasa algo?

   La mujer trató de acariciarle los cabellos pero observó un gesto de rechazo.

─ ¡Bueno, dime! ¿No deseas que estemos juntos?

─ ¡No!  ─ la respuesta sonó dura en el silencio de la habitación.

─ ¿Cómo? Perdona, pero no te comprendo. ¿Ya no deseas hacer el amor conmigo?

─ Lo siento, Cris, lo siento mucho, pero no, no deseo hacer el amor contigo.

   La doctora se quedó muda. ¿Qué significaba aquello? El hombre que apenas hacia unos meses le había jurado  que estaba loco por ella, que serían la pareja más feliz del mundo, la envidia de todas las demás, en el que ella había creído, después de no creer en ningún hombre durante veinte años, desde el abandonó su marido…Que había conseguido enamorarla con sus melosas y falsas, ahora lo entendía, palabras. Deseó saber más, ahondar en la herida recibida:

─ Pero,  ¿es que no te he gustado una vez que me has conocido personalmente? ¿es eso?

   El hombre la miró largamente con un rictus  en su boca que, en la semioscuridad de la habitación, Cris no pudo  interpretar.

─ ¡No, Cris, no es que no me gustes tú, en concreto! ¡Lo que me ocurre es que no me gustan las mujeres!

   La doctora no daba crédito a lo que oía. Sabía, según le habían dicho, que por Internet se mentía mucho, pero ella se había creído a salvo por su experiencia, pero no; había sido  también engañada profundamente. Se sentía humillada, ridícula,  herida, ya que la mujer se había vuelto a ilusionar con el hombre que tenía enfrente.  Por un momento creyó que iba a reírse, sí, a reírse locamente porque  un homosexual se había burlado de ella  hasta ese extremo.  A él sólo le había interesado el trabajo que pudiera proporcionarle,  y el dinero que le había sacado  poco a poco. Se dio cuenta de que era tan vulnerable como cualquier jovencita que cae en las mentiras de un rufián.

 Las palabras no acudían a su mente y sólo acertó a decir:

 ─ ¡Bien! Ahora es muy tarde, mañana hablaremos de esto. ¡Descansa! ─ dijo mientras se retiraba a su dormitorio.

   Durante horas estuvo la doctora despierta, tratando de asimilar semejante situación. La ira le recorría el cuerpo como un torrente envenenado. Se tomó un valium de diez miligramos para poder dormir, pero no le hizo el menor efecto. El golpe había sido brutal. La mentira de que había sido víctima le había destrozado  las últimas ilusiones que pudiera albergar respecto al amor.

 

   El chileno se dio la vuelta y se echó a dormir.

 

   Doña Cristina se levantó y  fue a la cocina. Abrió el frigorífico y, de uno de los estantes de la puerta, tomó dos frasquitos de insulina. Cada uno de ellos contenía la cantidad justa necesaria para cada una de las inyecciones que debía aplicarse Carlos cada día,  para equilibrar el problema metabólico que padecía. La doctora tomó de un armario una jeringuilla y punzó el tapón de uno de los dos frascos, absorbió una pequeña parte y, a continuación, la introdujo en el otro frasco. Colocó este último en el estante, y guardó el otro en un armario de medicinas.

   La doctora se fue a la cama y se durmió casi al instante.

   A la mañana siguiente estaba desayunado  cuando él apareció en la puerta.

─ ¡Buenos días, Cris! Creo que debemos hablar, ¿no?

─ ¡ Claro, hombre! Pero antes desayunemos. Yo sin un café a estas horas no soy nadie.

─ A mí me pasa lo mismo ─ respondió Carlos, algo extrañado ante la actitud relajada  de la doctora, libre de todo enfado.

    ─ Pero antes debo medirme los niveles de glucosa e inyectarme. A ver cuándo se inventa algo más sencillo para la diabetes.

─ No creas que faltan muchos años para eso. Se están estudiando unos aerosoles, que  por inhalación sustituirán a las inyecciones diarias; aunque aún no están comercializados.

   Carlos se midió con un  aparato electrónico el nivel de glucosa en sangre  y, a continuación,  fue a la nevera a por el frasquito de insulina. Lo preparó y levantándose la chaqueta del pijama, se inyectó en el vientre la hormona. A los pocos minutos se vertió sobre una taza parte de café y un poco de leche.

   La doctora le observaba con atención. Gruesas perlas de sudor comenzaban a deslizarse por la frente del hombre, minutos después,  éste  se echó las manos sobre los ojos, le parecía que la vista se le nublaba. Una gran debilidad le recorría el cuerpo.

─¡ Cris! No sé qué me pasa,  pero es que me estoy poniendo muy malo.

─ ¡Tranquilo, hombre! Será la reacción de la insulina.

─ ¡Sí, claro! Pero me la pongo todos los días… y no me había pasado esto nunca... Creo que debería ir a un hospi…

   La frase quedó  flotando en el limpio aire de la cocina. Carlos se desplomó sobre la mesa, pálido como el mármol.

   Cristina le miró con desprecio y le tomó el pulso. Estaba muy débil. Cogió el teléfono y llamó al mismo hospital donde trabajaba.

─¡ Buenos días! Soy la doctora Ramos. ¿Podrían enviar a mi domicilios una ambulancia? Tengo un invitado que ha sufrido una crisis  cardiaca. ¡Gracias! Les espero…

 

 

 

 

 

 

 


Publicado por mariangeles512 @ 20:03  | Dramas
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