Mi?rcoles, 17 de marzo de 2010





POR UN BESO, CAÍ EN SUS REDES

 

Andaba vagando por la ciudad. No llevaba rumbo fijo, algo así como los perros sueltos.

 Lo mismo iba por el parque y me paraba a mirar como un niño echaba de comer a las palomas unas miguillas de bollicao, que me acercaba a los comercios de la Gran Avenida para ver como ofertaban las primicias de primavera. Llevaba unas tres tardes sin meta fija.

 Hacía tres días que mi novia me había dejado, tachándome de irresponsable por el asunto de haber dejado el trabajo por cuarta vez, para salir con los amigos de juerga. ¡Me despidieron! Claro, ¡pero que mi novia, de hacía tres años largos, me dejara!, me había quedado helado. Conociéndola, pensaba que sería algo pasajero, y que unos días me llamaría de nuevo.

 Lo que no contaba es con el desgraciado de Rufino, que estaba a la que cayera. Y al día siguiente les vi en la terraza de “El Ideal” tomándose unos batidos enormes, seguramente a mi salud, de tonto del culo que soy.

 Pero no estaba dispuesto a seguir solo. No podía estar abandonado más de tres días. Me dirigí al puerto a ver desembarcar a los turistas italianos que venían en el crucero por el Mediterráneo.

 Desde el primer momento me quedé obnubilado  al verla. Era pelirroja, alta, con unas caderas de artista y unas piernas torneadas, como correspondía a una italiana de la Toscana. De forma displicente, me acerqué a ella.

—    Vuoi qu’insegna la città? — le dije practicando mi culto italiano.

—    No te esfuerces, que conozco perfectamente el español . He estudiado tres años aquí.

—    ¡Qué alegría, te invito a un batido y charlamos!— quería vengarme cuanto antes de mi exnovia.

—    ¿Te crees que me dejo invitar por cualquiera?

—    No, no. Es que me encuentro solo y veo que tú también vienes sola. Podemos charlar mientras te enseño la ciudad. Luego, a la noche, ya veremos cuando vuelvas a tu camarote y yo a mi apartamento.

—    Vado con te, amigo, dime como te llamas. Chiamo Carla.

—    Yo me llamo Roberto. Vamos a ver lo primero La Alcazaba y el Parque, donde tomaremos un batido —me encantaba el italiano en boca de una mujer tan hermosa.

Nos dirigimos pausadamente a la parte alta de la ciudad, y durante unas tres horas recorrimos el casco antiguo, visitando varias Iglesias y un museo, además de la emblemática Alcazaba, y también tomamos unos batidos.

—    ¿Tienes que volver al barco, para comer o podemos hacerlo en un buen restaurante que hay junto a la playa?

—    He quedado en el barco con il mio amico Adriano a las tres, para comer en el restaurante. ¡Lo siento!

—    Bueno, ¿Cuándo parte el buque? Te lo digo por si podemos quedar por la noche.

—    Puedes venir a la gala nocturna en el barco— Carla se acercó a mi de forma insinuante— no nos vamos hasta mañana por la tarde.

—    ¡Estupendo! Dime el camarote.

—    Cubierta Sicilia, que es la número 8, el camarote 815, Carla Petacci. Te espero a las seis de la tarde.

 

La acompañé hasta la escalerilla de embarque del Grand Mistral y al despedirse rozó sus labios con los míos. Me supo a miel de Mijas.

Después de dejar a mi reciente amiga en su buque, me retiré a mi apartamento, me preparé unos huevos fritos con salchichas y patatas junto con una gran cerveza y me estiré un rato en mi sofá, mientras oía las malas noticias de turno.

 A las cinco en punto me acicalé y preparé para la que presumía una gran noche en un paquebote de ensueño con una pelirroja de cine.

       — Deseo ver a Carla Petacci, en el camarote 815. —Comunico al marinero que hace las veces de guardia de seguridad en la escalerilla de acceso.

—    Perdone, pero debo comunicar primero con ella. Son medidas de seguridad. — me dice, dirigiéndose a un teléfono de forma inmediata.

—    Comprendo, Dígala que soy Roberto.

—    Pase, en la cubierta ocho —al fin me deja paso libre.

 

Lleno de ilusión, llego al que supongo lujoso camarote y llamo suavemente a la puerta.

—    Carla, soy yo.

 

Nadie responde, pero compruebo que la puerta está sólo empujada y entro. Veo dos camas y una mesa con una lámpara encima, pero no veo a nadie.— ¡El cuarto de baño!— pienso.

—    ¡Hola, Carla!— Una pistola en el suelo, que cojo, ¡idiota de mí! La suelto enseguida, y veo un hombre desnudo en la bañera. Me acerco y además de sus ojos mirando al vacío, observo un gran orifico de bala entre sus cejas. ¡Está muerto! ¿Quién será? Mejor salir y buscar ayuda.

—    ¡È stato, ha sido él!— Era la voz de Carla.

Me doy la vuelta y allí estaba ella con dos policías, que sin mediar palabra conmigo, me empujan sobre una de las camas, de bruces, me esposan a la espalda, y mientras uno me lee no se que derechos, el otro recoge la pistola en una bolsa y llama por el móvil.

—    Soy el inspector Rodriguez, acabamos de detener a un intruso en el crucero Grand Mistral. Parece que ha asesinado a un pasajero.

¡Por un beso!¿Qué he hecho yo  por un beso de una desconocida? ¿En que lío me he metido?


Publicado por Lanzas @ 18:48  | Misterio
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