Viernes, 19 de febrero de 2010

Momentos de soledad

 

Cuando estoy solo,  únicamente con mis pensamientos que me deprimen, pienso en ti.

No debes ser tan mala, cuando sacaste de aquella inquietante situación al que fue mi amigo Fernando, después del accidente que sufrió, o a la vecina Micaela, que con cáncer con metástasis, te invocó durante semanas, hasta que acudiste.

 Cuando leí que aquella muchedumbre desesperada te invocó desde el túnel en llamas y ¡les atendiste! Quedé impresionado. ¡No debes ser tan mala! También me contaron lo del mártir sobre la parrilla y quedé estupefacto, no le dejaste solo.

  Aún recuerdo la historia que me contaron de niño sobre personas sumergidas en un pozo con heridas de balas y que fueron arrojadas a él, y como clamaban por ti y allí estuviste.

  Yo mismo oí a mi abuelo llamarte de forma reiterada y aunque yo le decía:— “No lo hagas, que debe ser muy mala”— finalmente le escuchaste.

  Hace unos días, cuando fui a visitar a mi tía Elena en el Hospital, escuché por los pasillos un clamor sin fin y oí este comentario a una enfermera: “Mañana, varios de estos, ya no están aquí”. ¡Serás tú la responsable!

 Así que finalmente te invoco: ¡Ven a por mí!

 

 

  

 


Publicado por Lanzas @ 18:11  | Dramas
Comentarios (0)  | Enviar
Jueves, 11 de febrero de 2010

La Noria.

 

La Noria.

 

  La noche iba cubriendo con su oscuro manto las calles apenas iluminadas del pueblo. Las sombras se hacían alargadas, como intentando llegar hasta los vados de las casas, como si cada persona buscara la entrada antes de llegar.

  Un hombre bajo y canijo, y con una especie de capa, que seguramente era un chaquetón largo, que de forma grotesca portaba, tratando de taparse hasta los ojos, caminaba junto a las ventanas, evitando las rejas de las mismas y los peldaños de algunos portales. Iba demasiado pegado a las paredes, como sí tuviera miedo de ser descubierto.

  Julio, el panadero, había hecho algo tarde esa noche, porque, como eran días de feria, abría más tarde que nunca la  tahona, ya que la gente en general no madrugaba. Las labores del campo estaban ahora ralentizadas, por ser principios del otoño y aún no era tiempo de siembra. Los que tenían animales, lo tenían peor, porque estos no perdonan ni fiestas, ni domingos. A su espalda dejaba la era, donde se había instalado, como todos los años, los carruseles y la noria. La noria era el artificio, que aunque aquí, no como había disfrutado en la ciudad, no era tan alta, pero no impedía que desde la parte suprema se pudiera divisar el campanario de la Iglesia a la misma altura, y todas las casas, en la lejanía, parecían mucho más pequeñas. Además, era “su noria”.

  Al doblar la esquina, ya próximo a su casa, a la cual se accedía por un amplio patio donde sus dos perros dormitaban mientras no olieran a su amo o a algún extraño, una sombra extraña le soliviantó.

  No pudo entender si el golpe que recibió en la nuca era desde el frente o por la espalda. Ya nunca pudo.

  La sombra terrorífica se agachó sobre Julio y le rebuscó en los bolsillos portamonedas, llaves y documentos. Se quedó con las llaves y lanzó unas chuletas envenenadas que sacó de un “albal” arrugado que llevaba debajo del chaquetón, a los perros, para evitar que ladrarán,  se adentró en la mansión del bueno del hornero.

 Como una exhalación recorrió los bajos de la casa, sin encontrar nada de lo que buscaba. Ni en el recibidor, ni en el salón, donde una aún humeante chimenea daba calor a la casa, ni en la cocina, estaba lo más preciado que buscaba el intruso.

 ¿Estaría en los dormitorios? Sin pausa, y con extremo sigilo, subió las amplias escaleras, que crujían sin estrépito, y al llegar al primer rellano, vio una tenue luz que traspasaba el vano de la primera puerta a la derecha. Se escondió detrás de un chinfonier que se encontraba en el chaflán del descansillo.

—    ¿Quién está ahí? ¿Eres, tú, Julio?—una voz femenina, cortó el tenso silencio de la mansión.

 Nadie contestó, pero el canijo se lanzó sobre ella esgrimiendo una navaja de grandes dimensiones, la cual acercó al cuello de la mujer, mientras le agarraba por la espalda y a empellones la empujó hasta el dormitorio, arrojándola sobre la cama, mientras ella gritaba sin parar:

—    ¡Socorro, socorro, Julio!¿Qué quieres de mi? No tenemos caja fuerte.

—    Tu Julio, ya no vendrá, he dado buena cuenta de él—por primera vez, el sucio asaltante abrió su asquerosa boca.

—    ¡Dios mío, Dios mío!¡No puede ser verdad!

—    Dime enseguida dónde guardas las escrituras de las fincas que me robasteis— mientras apretaba  su navaja sobre el cuello de la mujer, que ahora parecía, a la luz de las lámparas de las mesillas de noche, blanco como el papel.

—    ¿Qué dices? Nosotros nunca hemos robado nada.

—    ¿No recuerdas ya, a tu primo Luis Casas?

—    ¿Luis? ¿No habías muerto en la cárcel por envenenamiento?

—    ¡No, No! Ése fue mi compañero de celda, al cual dí yo mismo el pasaporte. Y os hice llegar la noticia de que había sido yo el fiambre.

Ella estaba al borde del colapso. Apenas veía entre una neblina que le empezaba a parecer mortal. El miedo y la pena que sentía le hacía abandonarse y pensaba en dejarse matar, antes de seguir forcejeando con aquel asesino. Pero de pronto, se le ocurrió algo.

—    ¿No has visto la feria al llegar?— balbuceó.

—    Si, ¿Y, qué?

—    Pues que la noria es nuestra y Julio siempre guarda los documentos en la cabina, con el guardia de seguridad que hay durante las veinticuatro horas— Las fuerzas le fallaban, pero pedía a Dios que la ayudara en su plan improvisado.

—    Ponte un abrigo y vamos de inmediato. La feria está apenas a diez minutos de aquí.

La noche iba abandonando el pueblo,  y sólo se oía el “kikiriki” de algunos gallos y el ladrido de algunos perros. Se intuía en el horizonte, hacia el Este, un sol que resultaría cegador. Ya los últimos en cerrar, que siempre eran las casetas expendedoras de vino y tapas, echaban a los jóvenes borrachos que se resistían a volver a sus catres.

 

  Cuando llegaron a la caseta de la Noria, que era muy amplia, y que respondía a una antigua caravana, María, que así se llamaba la mujer de Julio, llamó a la puerta, mientras el vil asesino se mantenía dos pasos más atrás en actitud amenazante.

—    ¡Abre! Juan, soy María que vengo con mi primo a recoger unos documentos.

—    ¡Voy!— respondió un somnoliento guardián.

 

Según abría la puerta, el asaltante se abalanzó sobre él e intentó darle un golpe como el que había resultado tan certero con Julio, pero con tan mala fortuna para él, que resbaló y cayó.

—    ¡Agárrale, que es un asesino!¡Ha matado a Julio!— gritó María.

El fiel guardián, sacó su pistola del cajón del armario interior  y amenazó al intruso.

—    ¡No te muevas o disparo!

El asaltante, viendo que estaba perdido, se dejó caer sobre un amplio sillón que había en al estancia.

—    Me rindo. No quería matarle, sólo era dejarle sin sentido y que me diera lo mío.

 

Mientras hablaba el delgado asesino, María cogía las escrituras y también rellenó una jeringuilla con dos Valium 10, que tenía por sus problemas de depresión y sin perder un minuto se lo inyectó al que decía ser Luis.

 El efecto no se hizo esperar, y atolondrado le empujó hacia fuera y le encaramó a uno de los asientos de la Noria.

—    Mira Juan, me vas a hacer un gran favor, porque este asesino no se va a reír de la Justicia. Voy a subir con él a la Noria y cuando estemos en lo más alto, paras y esperas a que te indique que de nuevo bajes.

—    Pero es una locura. Mejor llamamos a la Policía.

—    No voy a hacerlo. Lo haremos después, cuando les contemos que este hombre mató a mi marido y quería destrozarnos la Noria, no sabemos por qué oscuros intereses y se cayó desde lo alto. Ya sé que al hacer la autopsia descubrirán el Valium y que les extrañará que se subiera al artefacto. Pero les diré que nos defendimos como pudimos y que yo le inyecté el  sedante, y él mareado se subió al querer escapar y llamamos de inmediato a la Policía, dejándole en lo alto, pero  se resbaló y se mató ¡Hazme caso!

 

 La noria se erguía sobre el horizonte dejando pasar entre sus barras y asientos un sol que parecía querer fulminar el cadáver de un intruso, que ya no lo sería.

 

La policía se acercó al lugar, y los protagonistas vivos de la historia tendrían que explicar los hechos. ¿Podrían hacerlo impunemente?


Publicado por Lanzas @ 17:52  | Misterio
Comentarios (0)  | Enviar
Lunes, 08 de febrero de 2010

¿Asesinato o ejecución?

 

 El sol entraba por la ventana y se reflejaba en la reluciente mesa, cegándome sin misericordia. Todavía tenía en mi mano la pistola Llama, del calibre 9 mm. Parabelum que aún humeaba, después de haber disparado cinco balas seguidas contra la persona que se desangraba en el suelo, encima de la alfombra, que ahora parecía aún más roja que nunca.

 Esa persona era Antonio Lucena Pellicer. Y voy a narrar como llegué a matar a éste “hijoputa”, lo cual, seguramente, acabará para siempre con mi libertad.

 

 

 Hacía dos años conocí a la que sería mi mujer. Fue algo de ensueño. Alicia era un demonio y a la vez un ángel. Su rubio pelo, que casi le llegaba hasta la cintura, era suave como la seda y se movía como si quisiera contradecir a sus oscilantes caderas, cuando andaba. Sus rojos labios eran tan carnosos que cuando les besé por primera vez, casi me ahogo de la emoción. Y sus ojos, deslumbraban a las propias luciérnagas. Eran verdes como el trigo inmaduro y se clavaban en mis órbitas como dos luceros caídos del cielo. Apenas fuimos novios durante dos semanas y nos casamos en la más estricta intimidad de una sala del juzgado de enlaces, con la presencia de su hermana y de mi amigo Ramiro, como únicos testigos.

 

 Al principio nuestra vida fue como la de un cuento de las mil y una noches. Comíamos, hacíamos el amor y nuestro trabajo era hacer la cama para deshacerla de nuevo a las pocas horas, y  al rato, comer en el restaurante de la esquina. Luego, empezamos a hacer viajes cada vez más largos y costosos. El dinero que había  ahorrado durante diez años de Director de una gran compañía aérea se esfumó y tuvimos que regresar a nuestra ciudad natal, donde tuve que trabajar en la Empresa Lucena SA, de la cual era propietario mi amigo Antonio, trabajé de Ingeniero de Sistemas, que era para lo que había estudiado, aunque pasé unos años en Información y Comunicaciones de la Guardia Civil.

 La relación con mi esposa empezó a tambalearse. Ya no hacíamos apenas vida juntos y comencé a beber sin parar. Antonio nos invitaba a sus fiestas en el gran chalet que poseía en Marbella y es cuando empecé a sospechar que andaba detrás de Alicia. Mientras yo bebía en las oscuridades del jardín, ella entraba en la casa y ¡casualmente! Mi amigo Antonio desaparecía.

—    ¿Dónde estabas, Alicia?

—    Es que fui con Mercedes a la cocina, por si podíamos ayudar.

 De esta forma me contestaba o de esta otra:

—    Estaba viendo los cuadros nuevos, que ha comprado Antonio.

—    ¿No los habías contemplado ya, antes?

 Pero un día de aquellos, una Alicia maltrecha y jadeante apareció ante mí.

—    ¡Ayúdame, Roberto, me ha golpeado ese cabrón!

—    ¿Quién te ha puesto así, Alicia? ¿Ha sido Antonio?

—    Ha querido abusar de mí, y al negarme, me ha intentado violar, el muy canalla.

—    Pero,…entonces, ¿Tú no te estabas liando con ese ”hijoputa”? — balbuceé.

—    Nunca te he traicionado.

—    Vámonos, ya veré mañana que hacemos— no muy seguro de mi mismo, al estar bajo los efectos de un whisky doble con hielo, después de unos tres o cuatro martines.

Cogí, casi en volandas, a Alicia  y la metí en el audi que aún debía. Una vez en casa, le espeté:

—    Cuéntame la verdad.

—    Antonio ha intentado violarme. Me llevó a su despacho, con la excusa de enseñarme un cuadro de Picasso, que resultó ser una falsificación,  aunque él siempre había sido amable conmigo— entre sollozos y mientras se quitaba la maltrecha blusa, Alicia me explicaba su desgraciada aventura— y que yo no quería contradecir por tu trabajo, nunca imaginé que intentara violentarme.

—    ¡Va a saber quién soy, ese maldito animal!

 

  Acompañé a mi mujer a la bañera y dejé que se relajara. A pesar de insistirla que fuéramos al Hospital, para que fuera reconocida por un doctor, no quiso hacerlo y mientras ella se arreglaba yo fui a mi habitación, y saqué la pistola Llama, que conservaba desde los tiempos de mi etapa como Guardia Civil, y que pude conservar por desempeñar un cargo peligroso en mi empresa aérea. Comprobé que el cargador estaba a tope, con sus quince balas de 9 mm.

 

 Puse la pistola en el bolso de mi gabardina y salí a la calle. Una fina lluvia me acompañó hasta la esquina, y cogí un taxi.

—    Lléveme al Polígono Industrial, a la rotonda donde se encuentra Lucena S.A.

—    Allá vamos— respondió un taciturno chófer.

  Una vez en la puerta lateral, de la cual tenía llave, y a pesar de ser domingo por la noche, no me pareció extraño encontrar a los ingenieros, Costa y Dalmau, ya que les tocaba la guardia de Sistemas. Les saludé brevemente y me dirigí a mi despacho.

  Me dispuse a esperar que al alba viniese a su empresa el despreciable ex-amigo.

  Metí la pistola en el primer cajón de la derecha de la mesa, junto a un paquete de DVDs  aún vírgenes y debajo de un dossier sobre como mejorar las ventas de ordenadores.

  Un brusco chasquido me despertó y pude ver como entre una neblina a Antonio apuntándome con una pistola.

—    ¡Roberto! No intentes nada, que sé que has venido armado.

—    ¡No, no! ¿Qué te hace pensar tal cosa— exclamé desconcertado.

—    Me ha llamado Alicia y me ha dicho que has salido de casa sin decirla nada y que sabes que yo intenté follármela.

—    ¡Hijoputa! ¡La forzaste, pero no conseguiste nada!

—    No es cierto. Yo no intenté más que ayudarla, porque tú eres un impotente que la tiene olvidada.

—    ¿Y tenías que pegarla?

—    Bueno, es que a última hora ella, que me había provocado, se volvió atrás, seguramente recordando el amor que te tuvo, mariconazo de mierda.

 

 Al oír aquello de “mariconazo”, ya no pude más y me dejé caer al lateral de la mesa, mientras rápidamente sacaba la pistola del maldito cajón.

   El primer disparo se lo envié por debajo de la mesa, alcanzándole en la rodilla, lo cual le hizo caer al suelo. Él disparó según caía, pero no pudo alcanzarme al salir el tiro demasiado alto. Yo me levanté por encima de la mesa y le descargué cuatro tiros más, dos en la cabeza y otros dos en el pecho.

 Aquí estoy, esperando a la policía, de la cual ya oigo las sirenas, y con la sensación de haber actuado correctamente.

 

 


Publicado por Lanzas @ 19:28  | Dramas
Comentarios (0)  | Enviar