Jueves, 11 de febrero de 2010

La Noria.

 

La Noria.

 

  La noche iba cubriendo con su oscuro manto las calles apenas iluminadas del pueblo. Las sombras se hacían alargadas, como intentando llegar hasta los vados de las casas, como si cada persona buscara la entrada antes de llegar.

  Un hombre bajo y canijo, y con una especie de capa, que seguramente era un chaquetón largo, que de forma grotesca portaba, tratando de taparse hasta los ojos, caminaba junto a las ventanas, evitando las rejas de las mismas y los peldaños de algunos portales. Iba demasiado pegado a las paredes, como sí tuviera miedo de ser descubierto.

  Julio, el panadero, había hecho algo tarde esa noche, porque, como eran días de feria, abría más tarde que nunca la  tahona, ya que la gente en general no madrugaba. Las labores del campo estaban ahora ralentizadas, por ser principios del otoño y aún no era tiempo de siembra. Los que tenían animales, lo tenían peor, porque estos no perdonan ni fiestas, ni domingos. A su espalda dejaba la era, donde se había instalado, como todos los años, los carruseles y la noria. La noria era el artificio, que aunque aquí, no como había disfrutado en la ciudad, no era tan alta, pero no impedía que desde la parte suprema se pudiera divisar el campanario de la Iglesia a la misma altura, y todas las casas, en la lejanía, parecían mucho más pequeñas. Además, era “su noria”.

  Al doblar la esquina, ya próximo a su casa, a la cual se accedía por un amplio patio donde sus dos perros dormitaban mientras no olieran a su amo o a algún extraño, una sombra extraña le soliviantó.

  No pudo entender si el golpe que recibió en la nuca era desde el frente o por la espalda. Ya nunca pudo.

  La sombra terrorífica se agachó sobre Julio y le rebuscó en los bolsillos portamonedas, llaves y documentos. Se quedó con las llaves y lanzó unas chuletas envenenadas que sacó de un “albal” arrugado que llevaba debajo del chaquetón, a los perros, para evitar que ladrarán,  se adentró en la mansión del bueno del hornero.

 Como una exhalación recorrió los bajos de la casa, sin encontrar nada de lo que buscaba. Ni en el recibidor, ni en el salón, donde una aún humeante chimenea daba calor a la casa, ni en la cocina, estaba lo más preciado que buscaba el intruso.

 ¿Estaría en los dormitorios? Sin pausa, y con extremo sigilo, subió las amplias escaleras, que crujían sin estrépito, y al llegar al primer rellano, vio una tenue luz que traspasaba el vano de la primera puerta a la derecha. Se escondió detrás de un chinfonier que se encontraba en el chaflán del descansillo.

—    ¿Quién está ahí? ¿Eres, tú, Julio?—una voz femenina, cortó el tenso silencio de la mansión.

 Nadie contestó, pero el canijo se lanzó sobre ella esgrimiendo una navaja de grandes dimensiones, la cual acercó al cuello de la mujer, mientras le agarraba por la espalda y a empellones la empujó hasta el dormitorio, arrojándola sobre la cama, mientras ella gritaba sin parar:

—    ¡Socorro, socorro, Julio!¿Qué quieres de mi? No tenemos caja fuerte.

—    Tu Julio, ya no vendrá, he dado buena cuenta de él—por primera vez, el sucio asaltante abrió su asquerosa boca.

—    ¡Dios mío, Dios mío!¡No puede ser verdad!

—    Dime enseguida dónde guardas las escrituras de las fincas que me robasteis— mientras apretaba  su navaja sobre el cuello de la mujer, que ahora parecía, a la luz de las lámparas de las mesillas de noche, blanco como el papel.

—    ¿Qué dices? Nosotros nunca hemos robado nada.

—    ¿No recuerdas ya, a tu primo Luis Casas?

—    ¿Luis? ¿No habías muerto en la cárcel por envenenamiento?

—    ¡No, No! Ése fue mi compañero de celda, al cual dí yo mismo el pasaporte. Y os hice llegar la noticia de que había sido yo el fiambre.

Ella estaba al borde del colapso. Apenas veía entre una neblina que le empezaba a parecer mortal. El miedo y la pena que sentía le hacía abandonarse y pensaba en dejarse matar, antes de seguir forcejeando con aquel asesino. Pero de pronto, se le ocurrió algo.

—    ¿No has visto la feria al llegar?— balbuceó.

—    Si, ¿Y, qué?

—    Pues que la noria es nuestra y Julio siempre guarda los documentos en la cabina, con el guardia de seguridad que hay durante las veinticuatro horas— Las fuerzas le fallaban, pero pedía a Dios que la ayudara en su plan improvisado.

—    Ponte un abrigo y vamos de inmediato. La feria está apenas a diez minutos de aquí.

La noche iba abandonando el pueblo,  y sólo se oía el “kikiriki” de algunos gallos y el ladrido de algunos perros. Se intuía en el horizonte, hacia el Este, un sol que resultaría cegador. Ya los últimos en cerrar, que siempre eran las casetas expendedoras de vino y tapas, echaban a los jóvenes borrachos que se resistían a volver a sus catres.

 

  Cuando llegaron a la caseta de la Noria, que era muy amplia, y que respondía a una antigua caravana, María, que así se llamaba la mujer de Julio, llamó a la puerta, mientras el vil asesino se mantenía dos pasos más atrás en actitud amenazante.

—    ¡Abre! Juan, soy María que vengo con mi primo a recoger unos documentos.

—    ¡Voy!— respondió un somnoliento guardián.

 

Según abría la puerta, el asaltante se abalanzó sobre él e intentó darle un golpe como el que había resultado tan certero con Julio, pero con tan mala fortuna para él, que resbaló y cayó.

—    ¡Agárrale, que es un asesino!¡Ha matado a Julio!— gritó María.

El fiel guardián, sacó su pistola del cajón del armario interior  y amenazó al intruso.

—    ¡No te muevas o disparo!

El asaltante, viendo que estaba perdido, se dejó caer sobre un amplio sillón que había en al estancia.

—    Me rindo. No quería matarle, sólo era dejarle sin sentido y que me diera lo mío.

 

Mientras hablaba el delgado asesino, María cogía las escrituras y también rellenó una jeringuilla con dos Valium 10, que tenía por sus problemas de depresión y sin perder un minuto se lo inyectó al que decía ser Luis.

 El efecto no se hizo esperar, y atolondrado le empujó hacia fuera y le encaramó a uno de los asientos de la Noria.

—    Mira Juan, me vas a hacer un gran favor, porque este asesino no se va a reír de la Justicia. Voy a subir con él a la Noria y cuando estemos en lo más alto, paras y esperas a que te indique que de nuevo bajes.

—    Pero es una locura. Mejor llamamos a la Policía.

—    No voy a hacerlo. Lo haremos después, cuando les contemos que este hombre mató a mi marido y quería destrozarnos la Noria, no sabemos por qué oscuros intereses y se cayó desde lo alto. Ya sé que al hacer la autopsia descubrirán el Valium y que les extrañará que se subiera al artefacto. Pero les diré que nos defendimos como pudimos y que yo le inyecté el  sedante, y él mareado se subió al querer escapar y llamamos de inmediato a la Policía, dejándole en lo alto, pero  se resbaló y se mató ¡Hazme caso!

 

 La noria se erguía sobre el horizonte dejando pasar entre sus barras y asientos un sol que parecía querer fulminar el cadáver de un intruso, que ya no lo sería.

 

La policía se acercó al lugar, y los protagonistas vivos de la historia tendrían que explicar los hechos. ¿Podrían hacerlo impunemente?


Publicado por Lanzas @ 17:52  | Misterio
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