S?bado, 07 de noviembre de 2009
CHAMPÁN HELADO


Georges salió aquella tarde de su trabajo muy contento. Hacía diez años que trabajaba como ingeniero en una empresa que fabricaba trilladoras y su trabajo había sido tan eficiente que el director de la empresa le llamó esa tarde, al terminar la jornada laboral, para comunicarle que había sido ascendido a ingeniero jefe de la empresa.
Georges sintió en su interior esa extraña y maravillosa sensación que se percibe cuando logramos algo que anhelamos
Ya en la calle dirigió sus pasos a una licorería. Quería comprar una botella de champán para celebrar con su esposa, Susan, el merecido ascenso.

Llevaban nueve años casados. Tenían una hermosa casa y él con su trabajo había podido reunir una nada despreciable cantidad de dinero. La vida trascurría cómoda, agradable, aunque, quizá, también un poco monótona. Los fines de semana por la noche se reunían con otros matrimonios amigos, algunos más jóvenes que ellos, para cenar en casa de aquellos que tenían hijos, no querían dejar solos a los niños. ¡Ah, los niños!
Susan no había podido tenerlos y el vacío que esta carencia le había creado, velaba, a veces, su mirada de cierta melancolía. La relación entre los esposos, en un primer momento apasionada, había ido languideciendo; Susan había empezado a sentir el aburrimiento de toda ama de casa que no sale a un trabajo, y el amor, que un día sintiera por Georges, sin causa aparente, había ido extinguiéndose inexorablemente, hasta el punto de que las relaciones sexuales eran para Susan una desagradable obligación. Georges percibió esta situación, intuyó con toda claridad que Susan ya no le amaba, pero no intentó nada más de lo que ya hacía por suavizar la tirantez que nació entre ellos. Él no había dejado de amarla, y las atenciones y los detalles de afecto hacia ella se manifestaban casi a diario.
El esposo esperaba con auténtica ansiedad que la noticia que hoy le daría, levantara un poco el ánimo a la esposa. Pensó que con la subida de sueldo que el ascenso conllevaría, podría proponerle un viaje por los lugares que ella deseara. Esto, quizá, estrecharía un poco su maltrecha relación.


En el trayecto hasta la tienda de licores se dio cuenta de que nevaba copiosamente; estaba anocheciendo y la visibilidad era muy deficiente. Una vez comprado el champán, entró en su coche y se encaminó a su hogar, en las afueras de la ciudad, conduciendo con mucha precaución.
A esa misma hora, en el comedor de su casa, una conversación telefónica rompía el silencio del hogar:
─ Pero, hija, ¿no crees que lo que te ocurre le pasa a la mayoría de las parejas que llevan varios años de casados?
─ No lo sé, mamá. Puede que sea así, pero yo no soporto ya que me ponga una mano encima.
—Cariño, no sabes lo que siento oírte decir eso. Tu marido es una excelente persona y si pusieras un poco de tu parte…
─ ¡Basta, mamá! Te digo que ya no soporto ni sus besos ni sus caricias. Lo siento, pero es la verdad.
─ Bueno, hija, pues entonces sepárate; quizá puedas rehacer tu vida.
─ ¡No, mamá! Si me separo pierdo esta vida de la que disfruto, y ya sabes que no estudié nada para poder trabajar en algo bien remunerado.
─ Entonces, ¿qué piensas hacer?
─ No es el momento de hablarte de mis intenciones, mamá, pero algo haré, de eso puedes estar segura.
─ Bueno, hija, haz lo que puedas, ya sabes que siempre contarás conmigo.
─ ¡Gracias, mamá! Bueno, te dejo. Un beso muy fuerte.
Susan colgó el auricular, despacio, tranquila, confiada en las medidas que había tomado días atrás. En ese instante sabía que iba a cambiar su vida, que volvería a ser libre, y quién sabe, quizá feliz.

Recorrido el trayecto, Georges, giró el coche para adentrarse por la pequeña calzada que conducía al garaje de la casa; unos metros más hacia la izquierda se encontraban la puerta de entrada y las ventanas de la cocina y de su despacho. Al mirar hacia las ventanas, le extrañó que la de la cocina no tuviera luz; suponía que Susan estaría en ella preparando la cena. Un pequeño patio rodeaba toda la fachada, ahora cubierto de blanco.
Desde el interior del coche, abrió las puertas del garaje con la llave especial que, al mismo tiempo, encendía las luces del interior.
Una vez aparcado el vehículo, cogió la bolsa con la botella de champán y cerró las puertas del garaje, al tiempo que se extinguían las luces.
Anduvo unos pasos por el caminito embaldosado que conducía a la puerta de la casa, cuando, de improviso, una figura apenas visible salió de entre las sombras, apuntándole con un revolver a la cabeza con su mano derecha.
─ ¿Qué quiere? ¿Quién es usted? ─ inquirió Georges asustado.
Vio que el desconocido temblaba visiblemente y oyó que, con voz trémula, le decía:
─ ¡Déme todo lo que lleve encima!
Georges deseó mantener la calma. El nerviosismo del atracador le preocupaba. En cualquier movimiento podía escaparse una bala.
─ ¡Oiga! Tranquilo! ¡Mire!, llevo cien dólares en mi bolsillo del pantalón, el izquierdo.
─ ¡No mueva las manos, o es hombre muerto! ─ le ordenó tajante.
─ ¡No, no las moveré! ¡Cójalos usted mismo!
Georges se acercó ligeramente a su, en aquel momento, enemigo, para que pudiera acceder a sus bolsillo.

El asaltante metió con sigilo la mano libre del arma en el bolso del atemorizado Georges y sacó su billetero; Tomó el dinero y arrojó al suelo la cartera. Casi al mismo tiempo el disparo que atravesó la cabeza de Georges hirió el silencio de la tranquila noche. La botella cayó al suelo, al lado del hombre, en miles de rutilantes trozos. Una montaña de espuma creció al lado de Georges, mientras el líquido ambarino se esparcía como un rosario de fuego licuando la nieve.
Las luces de la ventana de la cocina se encendieron en aquel momento. El asaltante se alejó unos metros del cuerpo sin vida de Georges, difuminado por la nevada.
Segundos después emergió de la casa una figura distorsionada por la nieve y la oscuridad. Se acercó al cuerpo tendido y lo observó largos minutos; después se enderezó y se dirigió al interior de la casa con una enigmática sonrisa en sus labios.


Publicado por mariangeles512 @ 21:01  | Misterio
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Mi?rcoles, 04 de noviembre de 2009

Una luz violácea se abría paso a través de los visillos, inundando la habitación. Ángeles se despertó de  su agitado sueño,  y sin pensarlo ni un momento se tiró de la cama. Tenía mucho qué hacer y no debía perder ni un minuto.

Ese día, tenía pensado acudir a la casa de otro señor que en tiempos pasados, aunque recientes, fue sacado de su domicilio en plena noche por personas cercanas a la C. N. T con la insana intención de acabar con su vida. No se decía, pero todo el mundo sabía que las detenciones solían acabar de esa manera, excepto si alguna persona con  influencia  intervenía, y lograba arrancar al preso de las garras de sus captores.

Éste fue el caso de  Don Carmelo; hombre al que Miguel no apreciaba, ya que pagaba muy mal a los hombres que trabajaban para él, pero que,  cuando fue avisado por su familia, angustiada por su arresto, no dudo un instante en saltar de la cama, y salir a la calle para dar con el citado grupo de hombres que se lo habían llevado. Una vez encontrados, les obligó a ponerle en libertad, bajo responsabilidad del mismo Miguel.

Esta acción no podía haber sido olvidada por  aquel señor, que aún vivía,  y en muy buena posición económica. Así pues, hoy iría a verle y a pedirle que hiciera por su marido lo mismo que  una noche  Miguel  hizo por él.

Ángeles se arregló lo mejor que pudo, y con un vaso de café negro por todo desayuno, salió a la calle a buscar la casa de Don Carmelo.

Al cabo de una hora la encontró. Era una hermosa casa  antigua,  de buen aspecto. La puerta, lustrosa,  ofrecía un bruñido puño de bronce  para llamar. Ángeles lo tomó  y golpeó con suavidad. Al cabo de unos minutos  unos pasos, que se arrastraban por el suelo, se acercaban. La puerta se abrió, y en su umbral, una mujer ya mayor, con aspecto de ama de llaves, le preguntó con voz afable:

-¿Qué desea,  señora?

-¡Perdone señora!…yo quería ver a  Don Carmelo.

-¿Si?, él aún está en cama.

-¿Puedo esperarle? ¿A qué hora suele levantarse? –preguntó Ángeles dispuesta a conseguir su propósito.

- Pues…sobre las doce  de la mañana -  contestó displicente la empleada.

- Bueno…entonces daré una vuelta, y a las doce y media me pasaré por aquí. ¿Le parece bien?

- Sí; yo creo que a esa hora ya podrá recibirla.

-Bien;  entonces ¡hasta luego!

-¡Vaya usted con Dios! –respondió la otra.

Ángeles se dirigió hacia el centro de la ciudad para mirar algunos escaparates y ver el ambiente de sus calles. La ciudad  presentaba  recuerdos de la pasada  guerra. No había  dinero suficiente para reconstruirla más aprisa. La ciudad seguía siendo pobre y la reconstrucción lenta.

Pocas personas deambulaban a esas horas por la plaza.  Dio varias vueltas a la Puerta de Purchena,  y cuando miró el reloj de la Iglesia cercana, se dio cuenta que ya eran casi las doce, así que se dirigió a la casa del llamado Don Carmelo. El corazón latía en su pecho como el  de un animal herido. No sabía cómo iba a ser recibida.  Fuera como fuese iba a intentarlo todo. ¡Aquel hombre debía mucho a Miguel  y no permitiría que lo olvidara!

Volvió a llamar a la reluciente puerta y al cabo de unos instantes abrió  la misma mujer.

-¡Hola! El señor ya puede recibirla. ¡Pase usted!

Ángeles entró en la casa, y el  ama de llaves le hizo pasar a una sala limpia y bien amueblada, sumida en una penumbra que la  hacía agradable. Al cabo de un rato de espera,  Don Carmelo apareció por la puerta. De mediana estatura, algo calvo y con una incipiente barriga, se adelantó hacia la mujer para saludarla:

-¡Hola, Ángeles!  ¿Cómo está usted? – preguntó con voz cortés.

-Pues… no muy bien;  no sé si sabrá que tengo a mi marido preso…

¡Ah! No sabía –contestó el hombre con asombro mal disimulado.

-¡Pues sí,  Don Carmelo! Le han detenido y le han juzgado en minutos, y le han condenado a muerte. ¡Y usted sabe que eso es una terrible injusticia!… pues mi marido ha salvado a mucha gente que antes de la guerra fue detenida también ilegalmente,…como usted,  por ejemplo, –dijo en  un susurro.

El hombre dio unas zancadas por la habitación; de forma palmaria se percibía  que se encontraba incómodo. Como el anterior señor, sabía que todo favor que se le hiciera a alguien encarcelado por los llamados nacionales, podía costar caro al que lo hiciera. Él,  ahora, gozaba de un puesto de confianza del nuevo gobierno, y temía perjudicarse haciendo ese favor.

-¡Mire,  Ángeles!, créame que lo siento - empezó a decir con una voz que a la mujer le supo a negación - pero es que los tiempos que corren son muy peligrosos   y…

  Ángeles no pudo más. Se levantó de la silla donde estaba sentada y de pie, frente al hombre, le espetó:

-¡Mire usted;  Don Carmelo! Yo sé muy bien que estamos viviendo unos tiempos muy difíciles y, si no,  ¡fíjese lo que le ha pasado a Miguel!,  pero usted no puede olvidar que él le sacó del lugar donde lo tenían retenido; y,  que si mi marido no interviene, es muy probable que usted, a estas alturas, ya no estaría en el mundo de los vivos. ¿Fue, o no fue así? - la mujer se detuvo para tomar aire, su corazón bombeaba  sangre al ritmo de la ira que  sentía -  Yo entiendo que usted tenga miedo  a posibles represalias;  pero usted tiene que entender, que yo trate de salvar la vida de mi esposo a cualquier precio; y  más,   siendo inocente, como lo es él. ¡Usted no puede olvidar que  él le salvó la vida! – el jadeo se apoderó de la garganta  por el esfuerzo contenido.

Don  Carmelo Mira, la observó fijamente. En su fuero interno sintió admiración por aquella mujer  y por el amor que profesaba a su marido; en el fondo de su ser le hubiera gustado que alguien le hubiera amado de aquella manera. Sintió que debía ayudarla, no por el marido solamente, sino por ella. Alguien que luchaba de aquella forma por un ser querido merecía ser ayudada.

-¡Está bien; Angelica! ¡Está bien! Voy a hacer lo que esté en mi mano por ustedes. Pondré por escrito todo lo que su esposo hizo por mí. No sé si valdrá para algo, pero por mí no va a quedar.

Diciendo esto se dirigió a una de las puertas que se abrían en la sala, que daba  acceso a su despacho, y cerró la puerta tras de sí.

Ángeles emitió un largo suspiro de alivio. Pensó que por esta vez había ganado  la batalla,  de nuevo, al miedo. Iba a tener en su poder cuatro avales. Creía que suficientes para ayudar a su marido, por lo menos para evitar su muerte.

¡No quería ni pensar en eso!

Pasados algunos minutos, salió Don  Carmelo de su despacho, muy serio, quizá, preocupado por el paso que acababa de dar.

-¡Tenga, Angelica! Aquí está todo. Espero que le sirva de algo y, ¡perdóneme por haber vacilado en ayudarla!; pero la responsabilidad por la familia pesa mucho. ¿Me entiende?  ¿Verdad?

-¡Claro que le entiendo, Don Carmelo! ¡No se preocupe; yo le estoy muy agradecida por lo que ha hecho! - y, levantándose,  le estrechó la mano y salió a la calle.

Publicado por mariangeles512 @ 17:10  | Dramas
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Lunes, 02 de noviembre de 2009

- ¡Muchísimas gracias;  Don  Ramón!  No olvidaré nunca lo que ha hecho por Miguel. Le tendré en mis oraciones a la Virgen del Carmen.

-¡Ande, ande!  Que no ‘pega’ mucho la mujer de un rojo con la Virgen –bromeó Don  Ramón.

-¡No crea; Don  Ramón! Yo puedo ser la mujer de los que ahora llaman, los que han ganado la guerra, rojos, pero sigo creyendo como siempre en Dios y la Virgen del Carmen  y,  estoy segura que me  escuchan – y añadió-.   Bueno, me voy. ¡Quede usted con Dios! ¡Y, que Él se lo pague lo que ha hecho!

-¡Que Él le acompañe, buena mujer!

Ángeles se vio de nuevo en la calle.

Miró el papel que le había  entregado. En él, Don Ramón había hecho constar de su puño y letra, que Miguel Ledesma le había sacado de la prisión Provincial a la que había sido llevado en Abril de 1.936, por un grupo de milicianos; y muy posiblemente le había salvado la vida, exponiéndose con ello a la animosidad de sus compañeros de Sindicato. Además, le constaba,  que dicho detenido no había cometido delito de sangre alguno, ya que le conocía desde que era un chiquillo  y sabía de su nobleza y generosidad.

Y, para que así constara lo firmaba en Almería a 1 de Septiembre de  1939.

La esposa  no sabía si con este papel que tenía en sus manos  bastaría para ayudar a su marido. Tampoco tenía a quién preguntárselo; así que debería decidir ella sola.

Después de unos minutos, creyó que sería mejor reunir todos los avales posibles que pudiera conseguir.

Le constaba que Miguel había ayudado a muchas más personas a salir de las prisiones adonde de manera arbitraria habían sido llevados, quizá  para darles  muerte, como ya les había ocurrido a varios conocidos.

Así  pues, se encaminó hacia la casa de otro conocido hombre de derechas, que fue detenido en los primeros tiempos del llamado Alzamiento: Don José Escamilla, y al que Miguel liberó cuando, prácticamente, le sacaban para darle el “paseíllo”.

Caminó con rapidez;  la tarde se echaba encima. Pocas personas se cruzaron con ella en las calles que iba atravesando;  no le cabía duda que la gente se escondía. Por otra parte, no le extrañaba, el miedo se palpaba. Acabada la contienda, las venganzas seguían produciéndose, tanto en personas que tenían delitos, como en las que no los tenían.

En el bando ganador se conducían como las hordas que en tiempos de la República,  detenían a éste o al otro, de forma totalmente arbitraria, sólo por habladurías. Lo mismo, hombres de letras conocidos y honrados como tales, que anónimos seres, que en lo único en que se distinguían era que no pensaban como los vencedores, que se creían  en posesión de la verdad absoluta y  podían  perfectamente compaginar la alusión constante a Dios y a valores espirituales y eternos,  con la firma de penas de muerte de seres completamente inocentes. E, incluso, aunque hubieran sido culpables, la guerra había terminado.

“¿Quiénes eran ellos para decidir quién vivía o moría? ¿Acaso de tanto citar a Dios, se creían que eran  Él?”  “Y, eso – pensó la mujer – que el buen Dios jamás haría tales desafueros”.

Cansada por la caminata, Ángeles llegó ante la casa de su segundo, creía ella, salvador. Llamó a una campanita que hacía las veces de llamador y esperó. Pasados unos pocos minutos la puerta se abrió  y una mujer de mediana edad, la esposa del dueño de la casa, apareció ante la desfallecida mujer.

-¡Buenas tardes! Verá, yo soy la esposa de Miguel Ledesma… su marido le conoce... ¿Está él en  casa?

-Pues sí. Sí que está. ¿Qué deseaba?

-¡Perdone usted!  Pero es que este es un asunto  que sólo puedo tratar con él.

La mujer del umbral miró a la de la acera con un cierto aire de superioridad. ¡Ella también sabía quién era el tal Miguel  y en qué había estado metido en los últimos años atrás! Seguro que ahora tendría   problemas  y, claro, querrían que ellos se los solucionaran.

-¿Qué ocurre, Luisa?  - la voz venía de adentro  y se acercaba a la puerta.

Apareció detrás de la mujer una figura regordeta, no muy alta, y de piel sospechosamente cárdena, lo cual daba idea de la afición por la bebida que tenía el buen señor.

-¡Esta mujer, que quiere hablar contigo, Pepe!

El hombre se adelantó a la esposa  en el umbral,  y miró detenidamente a Ángeles.

- ¡Ah¡ ¡Ya!; ¡la conozco usted! ¡Pase, hágame el favor!  - dijo -   mientras giraba sobre sí y entraba en la casa. Ángeles le siguió con negras premoniciones en su alma.

Pasaron a una salita, bien arreglada y limpia, con una mesa camilla adornada con unas falda con delicados flecos de seda; y cuatro sillas a su alrededor.

-¡Siéntese, por favor! y dígame qué la ha traído a mi casa.

-Don José, usted recordará que mi marido le salvó la vida hará unos tres años, y que  usted le prometió devolverle el favor, si alguna vez lo necesitaba. Pues bien, ¡ahora lo necesita! ¡Miguel ha sido juzgado y condenado a dos penas de muerte! Usted sabe muy bien que él no ha matado a nadie, ni tampoco ha hecho ningún otro daño, porque le conoce de hace mucho tiempo. Lo único de  lo que pueden acusarle es de  haber sido el secretario general del Sindicato C.N.T,  y el haber impedido que Almería fuera tomada hace un par de años por los que han ganado. Yo he venido a ver si usted puede atestiguar que Miguel le sacó de la cárcel  y ¡evitó que fuera fusilado! - Ángeles se interrumpió al ver la expresión de disgusto en el rostro del hombre. Evidentemente no le agradaba que le recordaran esa parte de su vida.

-Ya, ya. Comprendo su preocupación. Aunque verá, me coge en un momento delicado. Me han ofrecido un puesto en el Ayuntamiento,  y creo que no se vería con buenos ojos el que yo ayudara, precisamente  en estos momentos…  a su marido –dijo-  mientras evitaba la mirada de la mujer.

Ángeles sintió que la ira ascendía por su pecho como un río de sangre,  y se le materializaba en el rostro. Su tono pasó al rojo más intenso, cuando haciendo grandes esfuerzos por no levantar la voz,  dijo:

-¡Oiga, Don  José! – la voz baja pero con dureza contenida   - ¡Perdone que le diga,  que  a mi marido también le miraron con muy ‘malos ojos’, cuando se presentó aquella noche ante el camión que le llevaba a usted seguramente a las tapias del cementerio,  o a cualquier cuneta para pegarle dos tiros en la cabeza, e impidió que esto se llevara a cabo! Tuvo que discutir con aquellos tipos,  e incluso amenazarles  para que le dejaran a usted libre. ¿Y quién le obligaba a hacer eso,  aparte de las súplicas de su familia? ¡Nadie! Sólo su sentido de la justicia, sin importarle que ello pudiera traerle problemas. ¡No! ¡No  puede negarse usted ahora  a darme por escrito ese aval!  ¡Le debe la vida a Miguel! ¡Eso no puede olvidarlo nunca! Aparte que, usted mismo,  fue el que prometió ayudarle si alguna vez lo necesitaba.  Pues bien,  ¡ahora lo necesita! - acabó Ángeles con un hilo de voz quebrado por la emoción y la ira que sentía al comprobar la ‘mala’ memoria de algunas personas en asuntos tan importantes como  deber la vida a  alguien  que no es tu madre.

El hombre bajó ligeramente la cabeza; no se creía un cobarde, pero se estaban viendo tantos horrores, que temía que apareciera su nombre apostando por la inocencia de un  ‘rojo’, y pudiera traerle a él y a su familia grandes problemas. Por otra parte, entendía muy bien a aquella mujer, que sólo pedía un poco de lo que ellos habían dado: generosidad, magnanimidad,  y la lección  de que el prójimo importa, no sólo en teoría, sino en la práctica.

Se levantó del sillón en que estaba sentado y dio unos pasos por la espaciosa habitación. Mientras cavilaba en todo esto no se sintió con fuerzas de seguir negándole su ayuda a aquella mujer que dignamente pedía por la vida de su marido.

-¡Está bien Ángeles!, voy a darle lo que me pide –su voz denotaba una profunda preocupación – Creo que debo hacerlo. Me enseñaron a ser un hombre justo  y no quiero olvidar aquellas magníficas enseñanzas  Si esto me acarrea algún problema, ya veré cómo salgo de él. No me quedaría tranquilo si por mi culpa su esposo no pudiera salir de la grave situación  en que se encuentra. ¡Espere un momento! que ahora mismo voy a escribirlo y se lo traigo.

Y desapareció tras la puerta.

La mujer sintió que la losa que por largos momentos se apoyaba  sobre su pecho se deslizaba hacia alguna parte  y respiró profundamente: ¡Podía creer en los hombres! En los buenos. En aquellos que cumplen su palabra: ¡en los caballeros!

Ya en la calle, con el segundo aval en su mano Ángeles empezó a serenarse Su corazón dejó de galopar dentro del pecho.

El sol acariciaba los tejados por el Oeste tiñendo de rojo  todo el horizonte.

Se marcharía a su casa. Al día siguiente iría a los domicilios de los otros hombres a los que Miguel había salvado. Visitaría a todos. Confiaba en que cuantos más avales tuviera, más fácil sería salvar a Miguel.
Continuará...


Publicado por mariangeles512 @ 20:12  | Dramas
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. Corrían los primeros meses del año 1.936.  El malestar y el desorden eran generalizados.  El secretario general de la C.N.T. viendo los malos tiempos que se cernían sobre todos,  dimitió.  Miguel, desoyendo los consejos de Ángeles, que le pidió que no se metiera en nada, aceptó el cargo de secretario general vacante de aquel Sindicato.

La esposa  intuía, lo que Miguel no alcanzaba o no quería ver.  Ésta fue una época de discusiones entre la pareja, ya que se rumoreaba mucho sobre un levantamiento militar  de las tropas afincadas en África, que podría producirse de un momento a otro. Ángeles temía que si se armaba  algún “jaleo”,  Miguel podría  verse envuelto en problemas, debido al cargo que tenía en el Sindicato de trabajadores.

En estos tiempos  las detenciones arbitrarias, los asesinatos brutales movidos por la envidia y el deseo de venganza,  estaban  a la orden del día. Se detenía a Fulanito porque  iba  a Misa; al otro,  porque se sabía que era de derechas, o sencillamente, por odio y envidia; por un odio largo tiempo reprimido, y que ahora, con el desorden imperante, permitía cobrar venganza de tantos años de hambre, de tantos años de pobreza y falta de esperanzas.

En más de una ocasión, la puerta de la casa de Miguel fue aporreada a cualquier hora del día  por un familiar  desesperado,  porque se habían llevado  sin más explicaciones, al padre, al hermano, o al hijo, un grupo de hombres armados. El destino de estos hombres era incierto. Muchas veces se concretaba en las tapias del cementerio, o en alguna desolada  cuneta de una solitaria carretera, en las que aparecían con dos tiros en la cabeza. En otras ocasiones, eran retenidos en la Plaza de Toros; la cárcel estaba a rebosar. Estos familiares  pedían a  Miguel el enorme favor de que  tratara  de  sacar a su padre, hijo, o marido, del lugar al que se lo habían llevado. Eran los momentos en que Miguel, con el nombre del detenido escrito en un papel, marchaba a preguntar aquí y allá, averiguando dónde estaba Fulanito o Menganito;  y, cuando por fin, daba con el lugar en el que estaba detenido, se identificaba, hablaba  con los hombres  que  eran los responsables de los presos, y con la ’influencia’ que en aquellos momentos pudiera tener, conseguía que esos encarcelados fueran puestos en libertad. Los detenidos, ciertamente, quedaban muy agradecidos,  y  en más de una ocasión le dijeron:

- ¡Miguel!  ¡No  olvidaré el  favor que usted me ha hecho; me ha salvado la vida! Si alguna vez necesita usted de mí, ahí estaré para atenderle en lo  que sea necesario, si es que aún vivo.

La verdad  era que en esos tiempos tener amigos era muy valioso.

Lo que se rumoreaba que iba a ocurrir, se produjo el 18 de Julio de ese año.

El levantamiento triunfó en algunas provincias, pero en otras, no. En Almería no triunfó.

Ángeles vivía con el corazón en un puño. Miguel se pasaba gran parte del día  fuera de casa; en el trabajo, y luego atendiendo asuntos del Sindicato  y, sobre todo,  tratando de paliar, en lo posible, las injusticias y atrocidades que se estaban  cometiendo.

Pasaron los meses; la comida escaseaba y Miguel tenía que ir a los pueblos a ver  qué encontraba. Ángeles tuvo que marcharse a Huércal-Overa, un pueblecito cercano a la capital, ya que  no podía soportar los bombardeos a que se vio sometida la ciudad desde el cielo y el mar.

Un momento crucial para la vida de Miguel, fue cuando se enteró de que un destacamento se dirigía hacia la Estación  con intención de tomarla; sin pensarlo dos veces cogió el teléfono, llamó al cuartel de donde provenían los atacantes y hablando con la autoridad correspondiente dijo:

-¡Al habla Miguel Ledesma!  ¡Les advierto que si intentan llegar a la estación van a encontrarse una fuerte oposición, pues estamos armados hasta los dientes!

Y la Estación no se tomó aquel día.

Cuando ya hacía un  año  que España se debatía entre  ideas tan distintas y  distantes, la pareja se trasladó a vivir a un cortijo que un hermano de Miguel poseía en las afueras de la ciudad. En esta casa se dio cobijo a muchos malagueños, que  una vez tomada Málaga, huían por la carretera que une ambas ciudades; calzada que vio hechos terribles, ya que  los que huían  fueron  ametrallados desde aviones volando a baja altura, y abandonados sus cuerpos en las cunetas.

(¡Ay, si las cunetas hablaran!)

Almería fue “liberada” a finales de la guerra.

Gentes que pudieron huir, huyeron.

Otros que oyeron la proclama de que: “todo aquel que no se hubiera manchado las manos de sangre  no tenía nada que temer”,  y se la creyeron, no huyeron.

¡Y fue su perdición!

Miguel se la creyó y  fue detenido y llevado a la plaza de toros, que  estaba abarrotada de paisanos. Allí pasaron varios días a cual peor. No comieron ni bebieron nada, y por si fuera poco, una tromba de agua irrumpió en la noche almeriense  calando hasta los huesos a los desgraciados allí retenidos. Las ropas se secaron en sus cuerpos y muchos enfermaron, y algunos murieron sin atención alguna.

Miguel fue juzgado el 1 de Septiembre de 1939, el mismo día en que las tropas alemanas invadían Polonia.

Fue condenado por rebelión militar a dos penas de muerte. ¿Rebelión? Pero,  ¿quiénes fueron entonces los que se levantaron?  ¿Los de la Republica o los llamados ‘nacionales’?

Ángeles sintió que las piernas no la sostenían  cuando el juicio acabó y trató de acercarse un poco  adonde estaba Miguel; le vio con la cabeza alta mirando al Presidente del Tribunal que acababa de pronunciar  su sentencia de muerte, con la misma serenidad que hubiera tenido si le hubiera condenado a dos meses de cárcel.

Los ojos de Miguel fuertemente sombreados por unas cejas obstinadamente bajas ocultaban  la  sorpresa a los ojos del presidente que le había condenado a morir. No entendía, cómo sin haber matado a nadie, sino más bien ayudando a muchas personas a salvar sus vidas, le habían  condenado a la última pena.

Tenía treinta  años y una esposa.

¿Y qué había pasado con el bando oído por radio, en el que Franco anunciaba a la nación  aquella promesa de perdón para todo el que no hubiera  cometido un crimen?

¡Mentira!

Como en tantas otras ocasiones, se había mentido al pueblo. Él estuvo tranquilo al oír esto. Le pareció justo. Al ser detenido pensó que se debía a su participación en el  sindicato anarquista. A otros, por mucho menos, les habían dado el “paseíllo”. Por su cabeza pasó, en sus noches de insomnio,  que quizá, le echarían algunos años de cárcel.

¡La muerte, jamás! 

De pronto se acordó de que Ángeles estaba en la Sala.  La buscó con la mirada. Los ojos de ella, clavados en los de él, con expresión de espanto. Sus ojos refulgíendo  por el efecto de las luces sobre las lágrimas,  parecían   cavernas  agrandadas  por el miedo.

El hombre sintió que un río de pena le atravesaba el alma. “¡Pobre mujer! - pensó -  ¿qué será ahora de ella? Y pensar  que me advirtió que era muy peligroso meterse  en cosas de política en estos tiempos.”

Salió de su abstracción al oír la voz de su mujer que le gritaba:

-¡Miguel, no te preocupes! Yo iré a ver a todos esos señores que tú salvaste. Les pediré que intercedan por ti. ¡Nos lo prometieron! ¡Recuérdalo!

– ¡Haz lo que puedas, mujer, haz lo que puedas! - contestó el marido agradecido.

Unos soldados empujando a Miguel  le encaminaron pasillo adelante.

Los ojos de la esposa le siguieron hasta que su figura fue engullida por  el oscuro umbral de una puerta. 

Ángeles salió a la calle corriendo. Iba como loca.

El Sol caía con fuerza aún en septiembre sobre la  calzada. La calle, en estos momentos, estaba atestada de  familiares que habían asistido al juicio  hablando  en voz baja;  el miedo había atenazado  las gargantas de los vencidos.

La promesa de no represalias después de acabada la guerra no se cumpliría  y los sufrimientos de los llamados’ rojos,’ serían terribles.

La mujer del preso  se dirigió hacia la casa de la familia de él. Tenía un hermano falangista;  Antonio.

Ángeles pensó en su cuñado como posible intermediario para salvar a Miguel. Llegó a la casa jadeando.  La puerta estaba entreabierta; entró; vio a su cuñado Antonio sentado en una mecedora,  mirando hacia la ventana. Ella  con voz entrecortada por el miedo y la carrera casi gritó:

-¡Antonio! ¡Antonio! Miguel ha sido juzgado y le han condenado a muerte. ¡Por favor, Antonio! ¡Tienes que hacer algo! Tú tienes influencias  ¡No puedes dejar que le maten!

El  hermano,  sentado en una mecedora de enea, se balanceaba suavemente de espaldas a la puerta. Las súplicas de su cuñada ni siquiera le hicieron girar la cabeza hacia ella.

Ángeles guardó silencio y, pasados unos minutos que le parecieron una eternidad, comprendió que de allí no obtendría ninguna ayuda para su marido, y sin añadir   palabra,  salió de aquella casa que en otro tiempo consideró como propia.

Se dirigió a su hogar. Tenía que pensar lo que iba a hacer. Recorrió penosamente el trayecto.

Nunca imaginó vivir  esta situación. Últimamente había estado muy preocupada por todo lo que había visto a su alrededor: detenciones, asesinatos arbitrarios y toda clase de tropelías  inimaginables. Y  siempre temió por la suerte de Miguel.

Se sentía  perdida. Ella no estaba acostumbrada a resolver grandes problemas. Su vida había sido relativamente fácil, dentro de la modestia en que se desenvolvía. Al casarse con Miguel fue cuando su mundo empezó a agitarse un poco. El carácter de él,  inquieto,  emprendedor,  amigo de ayudar a quien pudiera; (pensaba que si la vida tenía  algún sentido, había de ser por dar a alguien esperanza, ánimo, comprensión), había sido la causa.

La esposa era partidaria de no meterse en problemas, de vivir más para ellos. Por más que le rogó que no se metiera en el Sindicato, no consiguió nada. Ahora, en mitad de la solitaria calle, percibía cuánta razón había tenido. Había visto detener y desaparecer para siempre  a personas que no habían cometido delito alguno, excepto saberse que pensaban de ésta o aquélla manera. Luego,  el odio y la envidia habían hecho el resto.

Miguel sí había hecho algo, no precisamente malo,  (siempre teniendo en cuenta desde dónde se mirase),  desde los dos bandos podían recriminarle: los republicanos, por haber ayudado a los llamados nacionales detenidos,  a salvar sus vidas,  y los nacionales  por haber evitado en un determinado momento  la toma de la Estación de Almería. Con esto último era más que suficiente para que lo condenasen a muerte en esos tiempos.

¡Pero sus manos estaban limpias!

Ángeles siguió caminando. Respiraba  afanosamente; los nervios  y la debilidad por la falta de alimento habían hecho presa en ella. Sentía desfallecer. Deseaba llegar a su casa, tomarse un café ‘negro’, cargado, como le gustaba a ella, y recomponerse un poco. Después iría a las casas de aquellas personas que Miguel había ayudado  para tratar de  que intercediesen por él.

Por fin, llegó a su domicilio. Abrió la puerta  y la sensación de soledad y tristeza la rodeó por completo. La casa era la misma  pero aparecía tan desolada que Ángeles sintió un nudo en la garganta.

Mientras bebía con fruición el café, oyó que alguien golpeaba la puerta; dejó el vaso en la mesa y salió a ver quién era.

Su amiga Pepa Montes apareció en el umbral.

Ésta  era una joven morena y de agraciado rostro, de buen corazón y sonrisa afable. Las dos mujeres se apreciaban mutuamente.

-¡Hola Pepa,  pasa!

-¡Hola Ángeles! Te he visto llegar  y como te conozco tan bien, sé que algo malo te ha pasado. ¡Dime!  ¿Qué ha sido?

-¡Ay, Pepa! - la voz de la mujer se quebró al decir - vengo del juicio de Miguel, y  ¡fíjate,  le han ‘echado’ dos penas de muerte!

-¡Qué barbaridad! ¡Pero si tu marido no ha matado a nadie! ¿Acaso no es cierto lo que dijeron por la radio, que todo aquel que no se hubiera manchado las manos de sangre  no tenía nada que temer?

- ¡No; no!   ¡No es cierto! Y, lo peor, es que su propia familia no quiere echarle una mano. Su hermano Antonio, el falangista, cuando se lo he dicho, ni siquiera ha vuelto la cabeza para mirarme. ¡El muy cabrón! Ahora, que le he echado una maldición que como le caiga ¡ya va bueno, ya!

- ¿Y qué es lo que piensas hacer? –inquirió preocupada la amiga.

- Pues he pensado pedir ayuda a los señores a los que Miguel ayudó al principio  de todo esto. Ahora mismo en cuanto me tome este café, salgo para la casa de Don  Ramón Heredia.

- ¡Me parece muy bien! Ángeles. Esa es  muy buena gente. ¡Ojalá, y consigas algo!

Cuando Pepa se hubo marchado, Ángeles apuró su café;  tomó su cartera y salió a la calle.

El Sol estaba en lo más alto de su recorrido y  pegaba fuerte. La mujer cruzó a la acera de enfrente  donde la sombra hacía menor el castigo solar. La calle desierta; que a esta hora parecía que todos sus habitantes se hubieran escondido.

Ángeles caminaba aturdida, su cabeza colmada de ideas y pensamientos que debía y quería ordenar. No solía  pensar mucho, pero en este instante de su vida un pensamiento le hacía casi daño en el cerebro: ¡salvar a su marido de la muerte a toda costa!

No sabía si lo conseguiría, pero de que lo iba a intentar por cualquier medio, no tenía dudas.

Casi sin darse cuenta, se encontró frente a la hermosa puerta de la casa de Don  Ramón Heredia.

Ésta era una casa grande, de dos plantas, con cuatro balcones en la primera y cuatro enrejadas ventanas en la baja.

Llamó a la puerta  golpeando con el magnífico, bruñido y brillante puño de bronce, situado en la puerta para tal efecto. Esperó. Las piernas le temblaban tanto que tuvo que apoyarse en la pared del dintel. Nunca había pedido favores a nadie, y ahora se veía en la necesidad de pedir por la vida de su marido.

“¿Y si no había nadie? ¿Se iría? ¡No, no!”  Iba a golpear de nuevo, cuando oyó  a lo lejos  unos pies que arrastrándose  se acercaban a la puerta. Ésta se abrió  y en el umbral apareció la vieja criada de la casa, con oscuro traje de percal, y un níveo moño rodeándole la nuca. Su cara mostró  una leve sonrisa  al reconocer a la mujer, que Ángeles agradeció.

- ¡Hola, Angelica!  ¿Qué te trae por aquí?

- Pues verá, Señora  Paca... deseaba ver a Don  Ramón, si es posible, ¡claro!

- ¿Por qué no,  mujer?   Ahora mismo voy a avisarle.

La anciana se perdió en la oscuridad del corredor. Ángeles se quedó en la entrada  observando el orden y la limpieza que allí reinaba. Todo parecía estar en su sitio. Brillantes los muebles y el suelo, a pesar de los muchos años que todo tenía. Curiosamente, esta sensación de orden  produjo en el ánimo de la mujer, algo semejante a un estado de paz. Gozando aún de esta sensación, oyó a su espalda una grave y bien timbrada voz. Se volvió. El dueño de la casa: alto, delgado, entrado en años, algo pálido para aquellas tierras, se dirigía a ella con una sonrisa paternal en su marchito rostro.

- ¡Buenas tardes! Angelica. ¿En qué puedo ayudarle?

- Pues... yo…  Don  Ramón; ¡venía a ver si podía ayudar a mi marido!  Hoy ha sido su juicio  y le han echado dos penas de muerte  y, como él le sacó a usted de la cárcel cuando le detuvieron aquellos milicianos de la C.N.T...  ¿No lo habrá olvidado?, ¿verdad? Pues…yo…

-¿Cómo voy a haberlo olvidado? - le  interrumpió -  ¡Si vivo,  es gracias a su marido! Ya sabe usted,  Ángeles, ¡que es de bien nacidos ser agradecidos! Verá, le voy a hacer un aval que usted va a llevar al Tribunal Militar que ha juzgado a Miguel. Quizás consigamos que le conmuten las penas de muerte. ¡Espere un momento, por favor!

El hombre se alejó  pasillo adentro y un oleada de gratitud envolvió hacia ese caballero que no había olvidado sus promesas,  ahora que se encontraba entre los vencedores, a un hombre que estaba detenido, derrotado, condenado a morir en la flor de su vida.

Ángeles sintió que no estaba tan sola  y aunque  lo estaba, se percató de que aún quedaban hombres en el mundo que no olvidaban  su palabra.

Respiró profundamente y esperó.

Pasaron unos minutos  y de la oscuridad del corredor  emergió la figura del benefactor.

- ¡Tome, Angelica! Espero que le sirva de algo.
Continuará...


Publicado por mariangeles512 @ 20:03  | Dramas
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