S?bado, 07 de noviembre de 2009
CHAMPÁN HELADO


Georges salió aquella tarde de su trabajo muy contento. Hacía diez años que trabajaba como ingeniero en una empresa que fabricaba trilladoras y su trabajo había sido tan eficiente que el director de la empresa le llamó esa tarde, al terminar la jornada laboral, para comunicarle que había sido ascendido a ingeniero jefe de la empresa.
Georges sintió en su interior esa extraña y maravillosa sensación que se percibe cuando logramos algo que anhelamos
Ya en la calle dirigió sus pasos a una licorería. Quería comprar una botella de champán para celebrar con su esposa, Susan, el merecido ascenso.

Llevaban nueve años casados. Tenían una hermosa casa y él con su trabajo había podido reunir una nada despreciable cantidad de dinero. La vida trascurría cómoda, agradable, aunque, quizá, también un poco monótona. Los fines de semana por la noche se reunían con otros matrimonios amigos, algunos más jóvenes que ellos, para cenar en casa de aquellos que tenían hijos, no querían dejar solos a los niños. ¡Ah, los niños!
Susan no había podido tenerlos y el vacío que esta carencia le había creado, velaba, a veces, su mirada de cierta melancolía. La relación entre los esposos, en un primer momento apasionada, había ido languideciendo; Susan había empezado a sentir el aburrimiento de toda ama de casa que no sale a un trabajo, y el amor, que un día sintiera por Georges, sin causa aparente, había ido extinguiéndose inexorablemente, hasta el punto de que las relaciones sexuales eran para Susan una desagradable obligación. Georges percibió esta situación, intuyó con toda claridad que Susan ya no le amaba, pero no intentó nada más de lo que ya hacía por suavizar la tirantez que nació entre ellos. Él no había dejado de amarla, y las atenciones y los detalles de afecto hacia ella se manifestaban casi a diario.
El esposo esperaba con auténtica ansiedad que la noticia que hoy le daría, levantara un poco el ánimo a la esposa. Pensó que con la subida de sueldo que el ascenso conllevaría, podría proponerle un viaje por los lugares que ella deseara. Esto, quizá, estrecharía un poco su maltrecha relación.


En el trayecto hasta la tienda de licores se dio cuenta de que nevaba copiosamente; estaba anocheciendo y la visibilidad era muy deficiente. Una vez comprado el champán, entró en su coche y se encaminó a su hogar, en las afueras de la ciudad, conduciendo con mucha precaución.
A esa misma hora, en el comedor de su casa, una conversación telefónica rompía el silencio del hogar:
─ Pero, hija, ¿no crees que lo que te ocurre le pasa a la mayoría de las parejas que llevan varios años de casados?
─ No lo sé, mamá. Puede que sea así, pero yo no soporto ya que me ponga una mano encima.
—Cariño, no sabes lo que siento oírte decir eso. Tu marido es una excelente persona y si pusieras un poco de tu parte…
─ ¡Basta, mamá! Te digo que ya no soporto ni sus besos ni sus caricias. Lo siento, pero es la verdad.
─ Bueno, hija, pues entonces sepárate; quizá puedas rehacer tu vida.
─ ¡No, mamá! Si me separo pierdo esta vida de la que disfruto, y ya sabes que no estudié nada para poder trabajar en algo bien remunerado.
─ Entonces, ¿qué piensas hacer?
─ No es el momento de hablarte de mis intenciones, mamá, pero algo haré, de eso puedes estar segura.
─ Bueno, hija, haz lo que puedas, ya sabes que siempre contarás conmigo.
─ ¡Gracias, mamá! Bueno, te dejo. Un beso muy fuerte.
Susan colgó el auricular, despacio, tranquila, confiada en las medidas que había tomado días atrás. En ese instante sabía que iba a cambiar su vida, que volvería a ser libre, y quién sabe, quizá feliz.

Recorrido el trayecto, Georges, giró el coche para adentrarse por la pequeña calzada que conducía al garaje de la casa; unos metros más hacia la izquierda se encontraban la puerta de entrada y las ventanas de la cocina y de su despacho. Al mirar hacia las ventanas, le extrañó que la de la cocina no tuviera luz; suponía que Susan estaría en ella preparando la cena. Un pequeño patio rodeaba toda la fachada, ahora cubierto de blanco.
Desde el interior del coche, abrió las puertas del garaje con la llave especial que, al mismo tiempo, encendía las luces del interior.
Una vez aparcado el vehículo, cogió la bolsa con la botella de champán y cerró las puertas del garaje, al tiempo que se extinguían las luces.
Anduvo unos pasos por el caminito embaldosado que conducía a la puerta de la casa, cuando, de improviso, una figura apenas visible salió de entre las sombras, apuntándole con un revolver a la cabeza con su mano derecha.
─ ¿Qué quiere? ¿Quién es usted? ─ inquirió Georges asustado.
Vio que el desconocido temblaba visiblemente y oyó que, con voz trémula, le decía:
─ ¡Déme todo lo que lleve encima!
Georges deseó mantener la calma. El nerviosismo del atracador le preocupaba. En cualquier movimiento podía escaparse una bala.
─ ¡Oiga! Tranquilo! ¡Mire!, llevo cien dólares en mi bolsillo del pantalón, el izquierdo.
─ ¡No mueva las manos, o es hombre muerto! ─ le ordenó tajante.
─ ¡No, no las moveré! ¡Cójalos usted mismo!
Georges se acercó ligeramente a su, en aquel momento, enemigo, para que pudiera acceder a sus bolsillo.

El asaltante metió con sigilo la mano libre del arma en el bolso del atemorizado Georges y sacó su billetero; Tomó el dinero y arrojó al suelo la cartera. Casi al mismo tiempo el disparo que atravesó la cabeza de Georges hirió el silencio de la tranquila noche. La botella cayó al suelo, al lado del hombre, en miles de rutilantes trozos. Una montaña de espuma creció al lado de Georges, mientras el líquido ambarino se esparcía como un rosario de fuego licuando la nieve.
Las luces de la ventana de la cocina se encendieron en aquel momento. El asaltante se alejó unos metros del cuerpo sin vida de Georges, difuminado por la nevada.
Segundos después emergió de la casa una figura distorsionada por la nieve y la oscuridad. Se acercó al cuerpo tendido y lo observó largos minutos; después se enderezó y se dirigió al interior de la casa con una enigmática sonrisa en sus labios.


Publicado por mariangeles512 @ 21:01  | Misterio
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