Mi?rcoles, 04 de noviembre de 2009

Una luz violácea se abría paso a través de los visillos, inundando la habitación. Ángeles se despertó de  su agitado sueño,  y sin pensarlo ni un momento se tiró de la cama. Tenía mucho qué hacer y no debía perder ni un minuto.

Ese día, tenía pensado acudir a la casa de otro señor que en tiempos pasados, aunque recientes, fue sacado de su domicilio en plena noche por personas cercanas a la C. N. T con la insana intención de acabar con su vida. No se decía, pero todo el mundo sabía que las detenciones solían acabar de esa manera, excepto si alguna persona con  influencia  intervenía, y lograba arrancar al preso de las garras de sus captores.

Éste fue el caso de  Don Carmelo; hombre al que Miguel no apreciaba, ya que pagaba muy mal a los hombres que trabajaban para él, pero que,  cuando fue avisado por su familia, angustiada por su arresto, no dudo un instante en saltar de la cama, y salir a la calle para dar con el citado grupo de hombres que se lo habían llevado. Una vez encontrados, les obligó a ponerle en libertad, bajo responsabilidad del mismo Miguel.

Esta acción no podía haber sido olvidada por  aquel señor, que aún vivía,  y en muy buena posición económica. Así pues, hoy iría a verle y a pedirle que hiciera por su marido lo mismo que  una noche  Miguel  hizo por él.

Ángeles se arregló lo mejor que pudo, y con un vaso de café negro por todo desayuno, salió a la calle a buscar la casa de Don Carmelo.

Al cabo de una hora la encontró. Era una hermosa casa  antigua,  de buen aspecto. La puerta, lustrosa,  ofrecía un bruñido puño de bronce  para llamar. Ángeles lo tomó  y golpeó con suavidad. Al cabo de unos minutos  unos pasos, que se arrastraban por el suelo, se acercaban. La puerta se abrió, y en su umbral, una mujer ya mayor, con aspecto de ama de llaves, le preguntó con voz afable:

-¿Qué desea,  señora?

-¡Perdone señora!…yo quería ver a  Don Carmelo.

-¿Si?, él aún está en cama.

-¿Puedo esperarle? ¿A qué hora suele levantarse? –preguntó Ángeles dispuesta a conseguir su propósito.

- Pues…sobre las doce  de la mañana -  contestó displicente la empleada.

- Bueno…entonces daré una vuelta, y a las doce y media me pasaré por aquí. ¿Le parece bien?

- Sí; yo creo que a esa hora ya podrá recibirla.

-Bien;  entonces ¡hasta luego!

-¡Vaya usted con Dios! –respondió la otra.

Ángeles se dirigió hacia el centro de la ciudad para mirar algunos escaparates y ver el ambiente de sus calles. La ciudad  presentaba  recuerdos de la pasada  guerra. No había  dinero suficiente para reconstruirla más aprisa. La ciudad seguía siendo pobre y la reconstrucción lenta.

Pocas personas deambulaban a esas horas por la plaza.  Dio varias vueltas a la Puerta de Purchena,  y cuando miró el reloj de la Iglesia cercana, se dio cuenta que ya eran casi las doce, así que se dirigió a la casa del llamado Don Carmelo. El corazón latía en su pecho como el  de un animal herido. No sabía cómo iba a ser recibida.  Fuera como fuese iba a intentarlo todo. ¡Aquel hombre debía mucho a Miguel  y no permitiría que lo olvidara!

Volvió a llamar a la reluciente puerta y al cabo de unos instantes abrió  la misma mujer.

-¡Hola! El señor ya puede recibirla. ¡Pase usted!

Ángeles entró en la casa, y el  ama de llaves le hizo pasar a una sala limpia y bien amueblada, sumida en una penumbra que la  hacía agradable. Al cabo de un rato de espera,  Don Carmelo apareció por la puerta. De mediana estatura, algo calvo y con una incipiente barriga, se adelantó hacia la mujer para saludarla:

-¡Hola, Ángeles!  ¿Cómo está usted? – preguntó con voz cortés.

-Pues… no muy bien;  no sé si sabrá que tengo a mi marido preso…

¡Ah! No sabía –contestó el hombre con asombro mal disimulado.

-¡Pues sí,  Don Carmelo! Le han detenido y le han juzgado en minutos, y le han condenado a muerte. ¡Y usted sabe que eso es una terrible injusticia!… pues mi marido ha salvado a mucha gente que antes de la guerra fue detenida también ilegalmente,…como usted,  por ejemplo, –dijo en  un susurro.

El hombre dio unas zancadas por la habitación; de forma palmaria se percibía  que se encontraba incómodo. Como el anterior señor, sabía que todo favor que se le hiciera a alguien encarcelado por los llamados nacionales, podía costar caro al que lo hiciera. Él,  ahora, gozaba de un puesto de confianza del nuevo gobierno, y temía perjudicarse haciendo ese favor.

-¡Mire,  Ángeles!, créame que lo siento - empezó a decir con una voz que a la mujer le supo a negación - pero es que los tiempos que corren son muy peligrosos   y…

  Ángeles no pudo más. Se levantó de la silla donde estaba sentada y de pie, frente al hombre, le espetó:

-¡Mire usted;  Don Carmelo! Yo sé muy bien que estamos viviendo unos tiempos muy difíciles y, si no,  ¡fíjese lo que le ha pasado a Miguel!,  pero usted no puede olvidar que él le sacó del lugar donde lo tenían retenido; y,  que si mi marido no interviene, es muy probable que usted, a estas alturas, ya no estaría en el mundo de los vivos. ¿Fue, o no fue así? - la mujer se detuvo para tomar aire, su corazón bombeaba  sangre al ritmo de la ira que  sentía -  Yo entiendo que usted tenga miedo  a posibles represalias;  pero usted tiene que entender, que yo trate de salvar la vida de mi esposo a cualquier precio; y  más,   siendo inocente, como lo es él. ¡Usted no puede olvidar que  él le salvó la vida! – el jadeo se apoderó de la garganta  por el esfuerzo contenido.

Don  Carmelo Mira, la observó fijamente. En su fuero interno sintió admiración por aquella mujer  y por el amor que profesaba a su marido; en el fondo de su ser le hubiera gustado que alguien le hubiera amado de aquella manera. Sintió que debía ayudarla, no por el marido solamente, sino por ella. Alguien que luchaba de aquella forma por un ser querido merecía ser ayudada.

-¡Está bien; Angelica! ¡Está bien! Voy a hacer lo que esté en mi mano por ustedes. Pondré por escrito todo lo que su esposo hizo por mí. No sé si valdrá para algo, pero por mí no va a quedar.

Diciendo esto se dirigió a una de las puertas que se abrían en la sala, que daba  acceso a su despacho, y cerró la puerta tras de sí.

Ángeles emitió un largo suspiro de alivio. Pensó que por esta vez había ganado  la batalla,  de nuevo, al miedo. Iba a tener en su poder cuatro avales. Creía que suficientes para ayudar a su marido, por lo menos para evitar su muerte.

¡No quería ni pensar en eso!

Pasados algunos minutos, salió Don  Carmelo de su despacho, muy serio, quizá, preocupado por el paso que acababa de dar.

-¡Tenga, Angelica! Aquí está todo. Espero que le sirva de algo y, ¡perdóneme por haber vacilado en ayudarla!; pero la responsabilidad por la familia pesa mucho. ¿Me entiende?  ¿Verdad?

-¡Claro que le entiendo, Don Carmelo! ¡No se preocupe; yo le estoy muy agradecida por lo que ha hecho! - y, levantándose,  le estrechó la mano y salió a la calle.
Publicado por mariangeles512 @ 17:10  | Dramas
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