Lunes, 02 de noviembre de 2009

- ¡Muchísimas gracias;  Don  Ramón!  No olvidaré nunca lo que ha hecho por Miguel. Le tendré en mis oraciones a la Virgen del Carmen.

-¡Ande, ande!  Que no ‘pega’ mucho la mujer de un rojo con la Virgen –bromeó Don  Ramón.

-¡No crea; Don  Ramón! Yo puedo ser la mujer de los que ahora llaman, los que han ganado la guerra, rojos, pero sigo creyendo como siempre en Dios y la Virgen del Carmen  y,  estoy segura que me  escuchan – y añadió-.   Bueno, me voy. ¡Quede usted con Dios! ¡Y, que Él se lo pague lo que ha hecho!

-¡Que Él le acompañe, buena mujer!

Ángeles se vio de nuevo en la calle.

Miró el papel que le había  entregado. En él, Don Ramón había hecho constar de su puño y letra, que Miguel Ledesma le había sacado de la prisión Provincial a la que había sido llevado en Abril de 1.936, por un grupo de milicianos; y muy posiblemente le había salvado la vida, exponiéndose con ello a la animosidad de sus compañeros de Sindicato. Además, le constaba,  que dicho detenido no había cometido delito de sangre alguno, ya que le conocía desde que era un chiquillo  y sabía de su nobleza y generosidad.

Y, para que así constara lo firmaba en Almería a 1 de Septiembre de  1939.

La esposa  no sabía si con este papel que tenía en sus manos  bastaría para ayudar a su marido. Tampoco tenía a quién preguntárselo; así que debería decidir ella sola.

Después de unos minutos, creyó que sería mejor reunir todos los avales posibles que pudiera conseguir.

Le constaba que Miguel había ayudado a muchas más personas a salir de las prisiones adonde de manera arbitraria habían sido llevados, quizá  para darles  muerte, como ya les había ocurrido a varios conocidos.

Así  pues, se encaminó hacia la casa de otro conocido hombre de derechas, que fue detenido en los primeros tiempos del llamado Alzamiento: Don José Escamilla, y al que Miguel liberó cuando, prácticamente, le sacaban para darle el “paseíllo”.

Caminó con rapidez;  la tarde se echaba encima. Pocas personas se cruzaron con ella en las calles que iba atravesando;  no le cabía duda que la gente se escondía. Por otra parte, no le extrañaba, el miedo se palpaba. Acabada la contienda, las venganzas seguían produciéndose, tanto en personas que tenían delitos, como en las que no los tenían.

En el bando ganador se conducían como las hordas que en tiempos de la República,  detenían a éste o al otro, de forma totalmente arbitraria, sólo por habladurías. Lo mismo, hombres de letras conocidos y honrados como tales, que anónimos seres, que en lo único en que se distinguían era que no pensaban como los vencedores, que se creían  en posesión de la verdad absoluta y  podían  perfectamente compaginar la alusión constante a Dios y a valores espirituales y eternos,  con la firma de penas de muerte de seres completamente inocentes. E, incluso, aunque hubieran sido culpables, la guerra había terminado.

“¿Quiénes eran ellos para decidir quién vivía o moría? ¿Acaso de tanto citar a Dios, se creían que eran  Él?”  “Y, eso – pensó la mujer – que el buen Dios jamás haría tales desafueros”.

Cansada por la caminata, Ángeles llegó ante la casa de su segundo, creía ella, salvador. Llamó a una campanita que hacía las veces de llamador y esperó. Pasados unos pocos minutos la puerta se abrió  y una mujer de mediana edad, la esposa del dueño de la casa, apareció ante la desfallecida mujer.

-¡Buenas tardes! Verá, yo soy la esposa de Miguel Ledesma… su marido le conoce... ¿Está él en  casa?

-Pues sí. Sí que está. ¿Qué deseaba?

-¡Perdone usted!  Pero es que este es un asunto  que sólo puedo tratar con él.

La mujer del umbral miró a la de la acera con un cierto aire de superioridad. ¡Ella también sabía quién era el tal Miguel  y en qué había estado metido en los últimos años atrás! Seguro que ahora tendría   problemas  y, claro, querrían que ellos se los solucionaran.

-¿Qué ocurre, Luisa?  - la voz venía de adentro  y se acercaba a la puerta.

Apareció detrás de la mujer una figura regordeta, no muy alta, y de piel sospechosamente cárdena, lo cual daba idea de la afición por la bebida que tenía el buen señor.

-¡Esta mujer, que quiere hablar contigo, Pepe!

El hombre se adelantó a la esposa  en el umbral,  y miró detenidamente a Ángeles.

- ¡Ah¡ ¡Ya!; ¡la conozco usted! ¡Pase, hágame el favor!  - dijo -   mientras giraba sobre sí y entraba en la casa. Ángeles le siguió con negras premoniciones en su alma.

Pasaron a una salita, bien arreglada y limpia, con una mesa camilla adornada con unas falda con delicados flecos de seda; y cuatro sillas a su alrededor.

-¡Siéntese, por favor! y dígame qué la ha traído a mi casa.

-Don José, usted recordará que mi marido le salvó la vida hará unos tres años, y que  usted le prometió devolverle el favor, si alguna vez lo necesitaba. Pues bien, ¡ahora lo necesita! ¡Miguel ha sido juzgado y condenado a dos penas de muerte! Usted sabe muy bien que él no ha matado a nadie, ni tampoco ha hecho ningún otro daño, porque le conoce de hace mucho tiempo. Lo único de  lo que pueden acusarle es de  haber sido el secretario general del Sindicato C.N.T,  y el haber impedido que Almería fuera tomada hace un par de años por los que han ganado. Yo he venido a ver si usted puede atestiguar que Miguel le sacó de la cárcel  y ¡evitó que fuera fusilado! - Ángeles se interrumpió al ver la expresión de disgusto en el rostro del hombre. Evidentemente no le agradaba que le recordaran esa parte de su vida.

-Ya, ya. Comprendo su preocupación. Aunque verá, me coge en un momento delicado. Me han ofrecido un puesto en el Ayuntamiento,  y creo que no se vería con buenos ojos el que yo ayudara, precisamente  en estos momentos…  a su marido –dijo-  mientras evitaba la mirada de la mujer.

Ángeles sintió que la ira ascendía por su pecho como un río de sangre,  y se le materializaba en el rostro. Su tono pasó al rojo más intenso, cuando haciendo grandes esfuerzos por no levantar la voz,  dijo:

-¡Oiga, Don  José! – la voz baja pero con dureza contenida   - ¡Perdone que le diga,  que  a mi marido también le miraron con muy ‘malos ojos’, cuando se presentó aquella noche ante el camión que le llevaba a usted seguramente a las tapias del cementerio,  o a cualquier cuneta para pegarle dos tiros en la cabeza, e impidió que esto se llevara a cabo! Tuvo que discutir con aquellos tipos,  e incluso amenazarles  para que le dejaran a usted libre. ¿Y quién le obligaba a hacer eso,  aparte de las súplicas de su familia? ¡Nadie! Sólo su sentido de la justicia, sin importarle que ello pudiera traerle problemas. ¡No! ¡No  puede negarse usted ahora  a darme por escrito ese aval!  ¡Le debe la vida a Miguel! ¡Eso no puede olvidarlo nunca! Aparte que, usted mismo,  fue el que prometió ayudarle si alguna vez lo necesitaba.  Pues bien,  ¡ahora lo necesita! - acabó Ángeles con un hilo de voz quebrado por la emoción y la ira que sentía al comprobar la ‘mala’ memoria de algunas personas en asuntos tan importantes como  deber la vida a  alguien  que no es tu madre.

El hombre bajó ligeramente la cabeza; no se creía un cobarde, pero se estaban viendo tantos horrores, que temía que apareciera su nombre apostando por la inocencia de un  ‘rojo’, y pudiera traerle a él y a su familia grandes problemas. Por otra parte, entendía muy bien a aquella mujer, que sólo pedía un poco de lo que ellos habían dado: generosidad, magnanimidad,  y la lección  de que el prójimo importa, no sólo en teoría, sino en la práctica.

Se levantó del sillón en que estaba sentado y dio unos pasos por la espaciosa habitación. Mientras cavilaba en todo esto no se sintió con fuerzas de seguir negándole su ayuda a aquella mujer que dignamente pedía por la vida de su marido.

-¡Está bien Ángeles!, voy a darle lo que me pide –su voz denotaba una profunda preocupación – Creo que debo hacerlo. Me enseñaron a ser un hombre justo  y no quiero olvidar aquellas magníficas enseñanzas  Si esto me acarrea algún problema, ya veré cómo salgo de él. No me quedaría tranquilo si por mi culpa su esposo no pudiera salir de la grave situación  en que se encuentra. ¡Espere un momento! que ahora mismo voy a escribirlo y se lo traigo.

Y desapareció tras la puerta.

La mujer sintió que la losa que por largos momentos se apoyaba  sobre su pecho se deslizaba hacia alguna parte  y respiró profundamente: ¡Podía creer en los hombres! En los buenos. En aquellos que cumplen su palabra: ¡en los caballeros!

Ya en la calle, con el segundo aval en su mano Ángeles empezó a serenarse Su corazón dejó de galopar dentro del pecho.

El sol acariciaba los tejados por el Oeste tiñendo de rojo  todo el horizonte.

Se marcharía a su casa. Al día siguiente iría a los domicilios de los otros hombres a los que Miguel había salvado. Visitaría a todos. Confiaba en que cuantos más avales tuviera, más fácil sería salvar a Miguel.
Continuará...


Publicado por mariangeles512 @ 20:12  | Dramas
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