Lunes, 02 de noviembre de 2009

. Corrían los primeros meses del año 1.936.  El malestar y el desorden eran generalizados.  El secretario general de la C.N.T. viendo los malos tiempos que se cernían sobre todos,  dimitió.  Miguel, desoyendo los consejos de Ángeles, que le pidió que no se metiera en nada, aceptó el cargo de secretario general vacante de aquel Sindicato.

La esposa  intuía, lo que Miguel no alcanzaba o no quería ver.  Ésta fue una época de discusiones entre la pareja, ya que se rumoreaba mucho sobre un levantamiento militar  de las tropas afincadas en África, que podría producirse de un momento a otro. Ángeles temía que si se armaba  algún “jaleo”,  Miguel podría  verse envuelto en problemas, debido al cargo que tenía en el Sindicato de trabajadores.

En estos tiempos  las detenciones arbitrarias, los asesinatos brutales movidos por la envidia y el deseo de venganza,  estaban  a la orden del día. Se detenía a Fulanito porque  iba  a Misa; al otro,  porque se sabía que era de derechas, o sencillamente, por odio y envidia; por un odio largo tiempo reprimido, y que ahora, con el desorden imperante, permitía cobrar venganza de tantos años de hambre, de tantos años de pobreza y falta de esperanzas.

En más de una ocasión, la puerta de la casa de Miguel fue aporreada a cualquier hora del día  por un familiar  desesperado,  porque se habían llevado  sin más explicaciones, al padre, al hermano, o al hijo, un grupo de hombres armados. El destino de estos hombres era incierto. Muchas veces se concretaba en las tapias del cementerio, o en alguna desolada  cuneta de una solitaria carretera, en las que aparecían con dos tiros en la cabeza. En otras ocasiones, eran retenidos en la Plaza de Toros; la cárcel estaba a rebosar. Estos familiares  pedían a  Miguel el enorme favor de que  tratara  de  sacar a su padre, hijo, o marido, del lugar al que se lo habían llevado. Eran los momentos en que Miguel, con el nombre del detenido escrito en un papel, marchaba a preguntar aquí y allá, averiguando dónde estaba Fulanito o Menganito;  y, cuando por fin, daba con el lugar en el que estaba detenido, se identificaba, hablaba  con los hombres  que  eran los responsables de los presos, y con la ’influencia’ que en aquellos momentos pudiera tener, conseguía que esos encarcelados fueran puestos en libertad. Los detenidos, ciertamente, quedaban muy agradecidos,  y  en más de una ocasión le dijeron:

- ¡Miguel!  ¡No  olvidaré el  favor que usted me ha hecho; me ha salvado la vida! Si alguna vez necesita usted de mí, ahí estaré para atenderle en lo  que sea necesario, si es que aún vivo.

La verdad  era que en esos tiempos tener amigos era muy valioso.

Lo que se rumoreaba que iba a ocurrir, se produjo el 18 de Julio de ese año.

El levantamiento triunfó en algunas provincias, pero en otras, no. En Almería no triunfó.

Ángeles vivía con el corazón en un puño. Miguel se pasaba gran parte del día  fuera de casa; en el trabajo, y luego atendiendo asuntos del Sindicato  y, sobre todo,  tratando de paliar, en lo posible, las injusticias y atrocidades que se estaban  cometiendo.

Pasaron los meses; la comida escaseaba y Miguel tenía que ir a los pueblos a ver  qué encontraba. Ángeles tuvo que marcharse a Huércal-Overa, un pueblecito cercano a la capital, ya que  no podía soportar los bombardeos a que se vio sometida la ciudad desde el cielo y el mar.

Un momento crucial para la vida de Miguel, fue cuando se enteró de que un destacamento se dirigía hacia la Estación  con intención de tomarla; sin pensarlo dos veces cogió el teléfono, llamó al cuartel de donde provenían los atacantes y hablando con la autoridad correspondiente dijo:

-¡Al habla Miguel Ledesma!  ¡Les advierto que si intentan llegar a la estación van a encontrarse una fuerte oposición, pues estamos armados hasta los dientes!

Y la Estación no se tomó aquel día.

Cuando ya hacía un  año  que España se debatía entre  ideas tan distintas y  distantes, la pareja se trasladó a vivir a un cortijo que un hermano de Miguel poseía en las afueras de la ciudad. En esta casa se dio cobijo a muchos malagueños, que  una vez tomada Málaga, huían por la carretera que une ambas ciudades; calzada que vio hechos terribles, ya que  los que huían  fueron  ametrallados desde aviones volando a baja altura, y abandonados sus cuerpos en las cunetas.

(¡Ay, si las cunetas hablaran!)

Almería fue “liberada” a finales de la guerra.

Gentes que pudieron huir, huyeron.

Otros que oyeron la proclama de que: “todo aquel que no se hubiera manchado las manos de sangre  no tenía nada que temer”,  y se la creyeron, no huyeron.

¡Y fue su perdición!

Miguel se la creyó y  fue detenido y llevado a la plaza de toros, que  estaba abarrotada de paisanos. Allí pasaron varios días a cual peor. No comieron ni bebieron nada, y por si fuera poco, una tromba de agua irrumpió en la noche almeriense  calando hasta los huesos a los desgraciados allí retenidos. Las ropas se secaron en sus cuerpos y muchos enfermaron, y algunos murieron sin atención alguna.

Miguel fue juzgado el 1 de Septiembre de 1939, el mismo día en que las tropas alemanas invadían Polonia.

Fue condenado por rebelión militar a dos penas de muerte. ¿Rebelión? Pero,  ¿quiénes fueron entonces los que se levantaron?  ¿Los de la Republica o los llamados ‘nacionales’?

Ángeles sintió que las piernas no la sostenían  cuando el juicio acabó y trató de acercarse un poco  adonde estaba Miguel; le vio con la cabeza alta mirando al Presidente del Tribunal que acababa de pronunciar  su sentencia de muerte, con la misma serenidad que hubiera tenido si le hubiera condenado a dos meses de cárcel.

Los ojos de Miguel fuertemente sombreados por unas cejas obstinadamente bajas ocultaban  la  sorpresa a los ojos del presidente que le había condenado a morir. No entendía, cómo sin haber matado a nadie, sino más bien ayudando a muchas personas a salvar sus vidas, le habían  condenado a la última pena.

Tenía treinta  años y una esposa.

¿Y qué había pasado con el bando oído por radio, en el que Franco anunciaba a la nación  aquella promesa de perdón para todo el que no hubiera  cometido un crimen?

¡Mentira!

Como en tantas otras ocasiones, se había mentido al pueblo. Él estuvo tranquilo al oír esto. Le pareció justo. Al ser detenido pensó que se debía a su participación en el  sindicato anarquista. A otros, por mucho menos, les habían dado el “paseíllo”. Por su cabeza pasó, en sus noches de insomnio,  que quizá, le echarían algunos años de cárcel.

¡La muerte, jamás! 

De pronto se acordó de que Ángeles estaba en la Sala.  La buscó con la mirada. Los ojos de ella, clavados en los de él, con expresión de espanto. Sus ojos refulgíendo  por el efecto de las luces sobre las lágrimas,  parecían   cavernas  agrandadas  por el miedo.

El hombre sintió que un río de pena le atravesaba el alma. “¡Pobre mujer! - pensó -  ¿qué será ahora de ella? Y pensar  que me advirtió que era muy peligroso meterse  en cosas de política en estos tiempos.”

Salió de su abstracción al oír la voz de su mujer que le gritaba:

-¡Miguel, no te preocupes! Yo iré a ver a todos esos señores que tú salvaste. Les pediré que intercedan por ti. ¡Nos lo prometieron! ¡Recuérdalo!

– ¡Haz lo que puedas, mujer, haz lo que puedas! - contestó el marido agradecido.

Unos soldados empujando a Miguel  le encaminaron pasillo adelante.

Los ojos de la esposa le siguieron hasta que su figura fue engullida por  el oscuro umbral de una puerta. 

Ángeles salió a la calle corriendo. Iba como loca.

El Sol caía con fuerza aún en septiembre sobre la  calzada. La calle, en estos momentos, estaba atestada de  familiares que habían asistido al juicio  hablando  en voz baja;  el miedo había atenazado  las gargantas de los vencidos.

La promesa de no represalias después de acabada la guerra no se cumpliría  y los sufrimientos de los llamados’ rojos,’ serían terribles.

La mujer del preso  se dirigió hacia la casa de la familia de él. Tenía un hermano falangista;  Antonio.

Ángeles pensó en su cuñado como posible intermediario para salvar a Miguel. Llegó a la casa jadeando.  La puerta estaba entreabierta; entró; vio a su cuñado Antonio sentado en una mecedora,  mirando hacia la ventana. Ella  con voz entrecortada por el miedo y la carrera casi gritó:

-¡Antonio! ¡Antonio! Miguel ha sido juzgado y le han condenado a muerte. ¡Por favor, Antonio! ¡Tienes que hacer algo! Tú tienes influencias  ¡No puedes dejar que le maten!

El  hermano,  sentado en una mecedora de enea, se balanceaba suavemente de espaldas a la puerta. Las súplicas de su cuñada ni siquiera le hicieron girar la cabeza hacia ella.

Ángeles guardó silencio y, pasados unos minutos que le parecieron una eternidad, comprendió que de allí no obtendría ninguna ayuda para su marido, y sin añadir   palabra,  salió de aquella casa que en otro tiempo consideró como propia.

Se dirigió a su hogar. Tenía que pensar lo que iba a hacer. Recorrió penosamente el trayecto.

Nunca imaginó vivir  esta situación. Últimamente había estado muy preocupada por todo lo que había visto a su alrededor: detenciones, asesinatos arbitrarios y toda clase de tropelías  inimaginables. Y  siempre temió por la suerte de Miguel.

Se sentía  perdida. Ella no estaba acostumbrada a resolver grandes problemas. Su vida había sido relativamente fácil, dentro de la modestia en que se desenvolvía. Al casarse con Miguel fue cuando su mundo empezó a agitarse un poco. El carácter de él,  inquieto,  emprendedor,  amigo de ayudar a quien pudiera; (pensaba que si la vida tenía  algún sentido, había de ser por dar a alguien esperanza, ánimo, comprensión), había sido la causa.

La esposa era partidaria de no meterse en problemas, de vivir más para ellos. Por más que le rogó que no se metiera en el Sindicato, no consiguió nada. Ahora, en mitad de la solitaria calle, percibía cuánta razón había tenido. Había visto detener y desaparecer para siempre  a personas que no habían cometido delito alguno, excepto saberse que pensaban de ésta o aquélla manera. Luego,  el odio y la envidia habían hecho el resto.

Miguel sí había hecho algo, no precisamente malo,  (siempre teniendo en cuenta desde dónde se mirase),  desde los dos bandos podían recriminarle: los republicanos, por haber ayudado a los llamados nacionales detenidos,  a salvar sus vidas,  y los nacionales  por haber evitado en un determinado momento  la toma de la Estación de Almería. Con esto último era más que suficiente para que lo condenasen a muerte en esos tiempos.

¡Pero sus manos estaban limpias!

Ángeles siguió caminando. Respiraba  afanosamente; los nervios  y la debilidad por la falta de alimento habían hecho presa en ella. Sentía desfallecer. Deseaba llegar a su casa, tomarse un café ‘negro’, cargado, como le gustaba a ella, y recomponerse un poco. Después iría a las casas de aquellas personas que Miguel había ayudado  para tratar de  que intercediesen por él.

Por fin, llegó a su domicilio. Abrió la puerta  y la sensación de soledad y tristeza la rodeó por completo. La casa era la misma  pero aparecía tan desolada que Ángeles sintió un nudo en la garganta.

Mientras bebía con fruición el café, oyó que alguien golpeaba la puerta; dejó el vaso en la mesa y salió a ver quién era.

Su amiga Pepa Montes apareció en el umbral.

Ésta  era una joven morena y de agraciado rostro, de buen corazón y sonrisa afable. Las dos mujeres se apreciaban mutuamente.

-¡Hola Pepa,  pasa!

-¡Hola Ángeles! Te he visto llegar  y como te conozco tan bien, sé que algo malo te ha pasado. ¡Dime!  ¿Qué ha sido?

-¡Ay, Pepa! - la voz de la mujer se quebró al decir - vengo del juicio de Miguel, y  ¡fíjate,  le han ‘echado’ dos penas de muerte!

-¡Qué barbaridad! ¡Pero si tu marido no ha matado a nadie! ¿Acaso no es cierto lo que dijeron por la radio, que todo aquel que no se hubiera manchado las manos de sangre  no tenía nada que temer?

- ¡No; no!   ¡No es cierto! Y, lo peor, es que su propia familia no quiere echarle una mano. Su hermano Antonio, el falangista, cuando se lo he dicho, ni siquiera ha vuelto la cabeza para mirarme. ¡El muy cabrón! Ahora, que le he echado una maldición que como le caiga ¡ya va bueno, ya!

- ¿Y qué es lo que piensas hacer? –inquirió preocupada la amiga.

- Pues he pensado pedir ayuda a los señores a los que Miguel ayudó al principio  de todo esto. Ahora mismo en cuanto me tome este café, salgo para la casa de Don  Ramón Heredia.

- ¡Me parece muy bien! Ángeles. Esa es  muy buena gente. ¡Ojalá, y consigas algo!

Cuando Pepa se hubo marchado, Ángeles apuró su café;  tomó su cartera y salió a la calle.

El Sol estaba en lo más alto de su recorrido y  pegaba fuerte. La mujer cruzó a la acera de enfrente  donde la sombra hacía menor el castigo solar. La calle desierta; que a esta hora parecía que todos sus habitantes se hubieran escondido.

Ángeles caminaba aturdida, su cabeza colmada de ideas y pensamientos que debía y quería ordenar. No solía  pensar mucho, pero en este instante de su vida un pensamiento le hacía casi daño en el cerebro: ¡salvar a su marido de la muerte a toda costa!

No sabía si lo conseguiría, pero de que lo iba a intentar por cualquier medio, no tenía dudas.

Casi sin darse cuenta, se encontró frente a la hermosa puerta de la casa de Don  Ramón Heredia.

Ésta era una casa grande, de dos plantas, con cuatro balcones en la primera y cuatro enrejadas ventanas en la baja.

Llamó a la puerta  golpeando con el magnífico, bruñido y brillante puño de bronce, situado en la puerta para tal efecto. Esperó. Las piernas le temblaban tanto que tuvo que apoyarse en la pared del dintel. Nunca había pedido favores a nadie, y ahora se veía en la necesidad de pedir por la vida de su marido.

“¿Y si no había nadie? ¿Se iría? ¡No, no!”  Iba a golpear de nuevo, cuando oyó  a lo lejos  unos pies que arrastrándose  se acercaban a la puerta. Ésta se abrió  y en el umbral apareció la vieja criada de la casa, con oscuro traje de percal, y un níveo moño rodeándole la nuca. Su cara mostró  una leve sonrisa  al reconocer a la mujer, que Ángeles agradeció.

- ¡Hola, Angelica!  ¿Qué te trae por aquí?

- Pues verá, Señora  Paca... deseaba ver a Don  Ramón, si es posible, ¡claro!

- ¿Por qué no,  mujer?   Ahora mismo voy a avisarle.

La anciana se perdió en la oscuridad del corredor. Ángeles se quedó en la entrada  observando el orden y la limpieza que allí reinaba. Todo parecía estar en su sitio. Brillantes los muebles y el suelo, a pesar de los muchos años que todo tenía. Curiosamente, esta sensación de orden  produjo en el ánimo de la mujer, algo semejante a un estado de paz. Gozando aún de esta sensación, oyó a su espalda una grave y bien timbrada voz. Se volvió. El dueño de la casa: alto, delgado, entrado en años, algo pálido para aquellas tierras, se dirigía a ella con una sonrisa paternal en su marchito rostro.

- ¡Buenas tardes! Angelica. ¿En qué puedo ayudarle?

- Pues... yo…  Don  Ramón; ¡venía a ver si podía ayudar a mi marido!  Hoy ha sido su juicio  y le han echado dos penas de muerte  y, como él le sacó a usted de la cárcel cuando le detuvieron aquellos milicianos de la C.N.T...  ¿No lo habrá olvidado?, ¿verdad? Pues…yo…

-¿Cómo voy a haberlo olvidado? - le  interrumpió -  ¡Si vivo,  es gracias a su marido! Ya sabe usted,  Ángeles, ¡que es de bien nacidos ser agradecidos! Verá, le voy a hacer un aval que usted va a llevar al Tribunal Militar que ha juzgado a Miguel. Quizás consigamos que le conmuten las penas de muerte. ¡Espere un momento, por favor!

El hombre se alejó  pasillo adentro y un oleada de gratitud envolvió hacia ese caballero que no había olvidado sus promesas,  ahora que se encontraba entre los vencedores, a un hombre que estaba detenido, derrotado, condenado a morir en la flor de su vida.

Ángeles sintió que no estaba tan sola  y aunque  lo estaba, se percató de que aún quedaban hombres en el mundo que no olvidaban  su palabra.

Respiró profundamente y esperó.

Pasaron unos minutos  y de la oscuridad del corredor  emergió la figura del benefactor.

- ¡Tome, Angelica! Espero que le sirva de algo.
Continuará...


Publicado por mariangeles512 @ 20:03  | Dramas
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