Mi?rcoles, 15 de julio de 2009

Lucía había comprado, por fin  aquella mañana,  el Predictor y,  temblorosa,  se había encerrado en su cuarto de baño para averiguar lo que hacía ya un mes le torturaba la mente.

   Esperó los minutos indicados y con mano trémula, una vez transcurridos, tomó la barrita en la que pudo ver con total nitidez dos rayitas de color rosa: ¡Estaba embarazada! ¡Qué  horror! ¡Si habían tomado todas las precauciones! ¡Ah! ¡No! Sólo,  sólo un día, no…pero Esteban  ‘se había apeado en marcha’. ¡Dios mío! Tenía diecisiete años, pensaba entrar en la universidad el curso próximo… Tenía  que  quitarse ‘eso’ de encima. Llamaría a su novio, Esteban, él sabría qué les convenía hacer.

   Tomo su móvil y le  buscó en la agenda. Apretó el botón y al cabo de unos instantes, la voz familiar.

¡Hola, nena! ¿Qué tal?

-¡Oh  Esteban!,  tenemos que hablar. Me he hecho la prueba de embarazo  y me ha dado ¡positivo!-

¿Queeeeeeeeeeeeeé?

-Sí…como te lo digo.

-¡Pero si siempre nos hemos cuidado…!

-sí, menos un día, en el que no tenías preservativo y habíamos bebido mucha cerveza y no tuviste ganas de ir a una farmacia de guardia…
- ¡Madre mía, por un solo día!

-¿Qué hacemos, Esteban?- inquirió llorosa la joven.

-Escucha, cariño, esto no es para hablarlo por teléfono, mejor nos vemos en la cafetería de la ‘Fac’ cuando acabe la clase de  prácticas.

¡Vale, hasta luego!

 

Sentados frente a frente, alrededor de una mesa, los dos jóvenes se miraban intensamente.

-Esteban, yo no quiero tener ningún niño. ¡No puedo!

-Yo tampoco, pero ahora no hay problema. Con la ley que ha sacado la ministra de Igualdad, se puede abortar desde los dieciséis años y no es necesario, siquiera,  que los padres se enteren.

-¿No me digas? ¿Estás seguro?

-¡Totalmente, cariño!

¿Y cómo hago?

- Vas al Centro de salud que te corresponda y allí te mandarán con el ginecólogo.

-¡Esteban, tengo miedo!Y ¿el niño? ¿No cuenta para nada?

-¿Miedo? ¿De qué? ¡Ahora es lo que ‘prima’, hija! Y en cuanto al niño, eso aún no es un niño.

-¿No? ¿Pues qué es?

-Un montón de celulas vivas, eso sí, pero niño aún, no.

-Pero si la profesora de Biología dijo en clase cuando estudiamos el tema que desde el momento de la concepción,  lo que resulta ya es un ser humano.
-Bueno,  eso será una opinión suya ¿no crees?
-No sé, no sé… y eso de que no lo sepan siquiera mis papás…

-¿Quieres darles un disgusto? ¡Pues ala, tú misma!

-¡No!;  sé que mamá se pondría muy mal y no hablo de papá, con las ideas que tiene…

¿Ves? Tú misma te das cuenta. Lo mejor, quitarte ‘eso’ de encima, y a ¡vivir!

-Tú hablas como si no hubieras tenido nada que ver en este problema. ¡No me parece justo! Yo soy la que lo está pasando mal.

-¡Lo siento, nena, pero es que yo no puedo abortar!

 

Lucía se levantó con gesto abatido de la silla. Encaminó sus pasos al hogar. Tenía necesidad de pensar con serenidad sobre todo aquello.

 Cuando entró se cruzó con su madre en el vestíbulo:

-¡Hola,  hija! ¿Te sucede algo?

-No, mamá; sólo estoy algo cansada. Me voy a echar un rato hasta la hora de la comida.

-Ve; luego te llamo.

 

    El miércoles amaneció  gris, con nubarrones que presagiaban tormenta. Lucía sentía el ánimo encogido, no obstante, se preparó para ir  a informarse qué debía hacer para ‘salir’ del problema.

   Entró al ambulatorio y cuando le llegó su turno, una vez que hubo explicado el asunto, fue informada de los pasos que debía de dar. Todo quedó preparado para el miércoles siguiente.

   Durante el regreso a su casa, Lucía pensó que  esos días serían  los peores sufridos en su vida.

Llegó el miércoles. Se encaminó al Centro indicado. Todo era luz fluorescente, bancos, suelos brillantes, que reflejaban la luz de los focos y  de los ventanales. Sintió un pánico jamás conocido; estaba allí sola, sin el hombre con el que había hecho el hijo, sin sus padres, que la hubieran aconsejado, apoyado seguramente…y de repente, se le vino a la conciencia que estaba allí para matar a un niño: ¡su hijo!

   Deseó salir corriendo, cuando oyó su nombre:

-¡Señorita Lucía Méndez!

-¡Soy yo!- balbució.

¡Pase, haga el favor!

Una puerta giratoria se cerró tras de ella.

-¡Desvístase de cintura para bajo y échese en esa camilla!- la voz impersonal, fría le heló aún más.

 

   Las agujas minuteras giraban más lento de lo deseado en aquella sala. Una ‘pequeña’ complicación con la sangre. Gran hemorragía. Palabras cargadas de ansiedad, carreras en el quirófano, de un extremo a otro.

-¡Se nos va! ¡Hemorragía masiva! ¡Quizá tenía algún problema en la sangre!

 

   El cuerpo de Lucía aparecía sobre la camilla como una deshojada  flor roja, cuyos pétalos descendían hasta el suelo. Dos lágrimas quedaron suspendidas de sus pestañas  reflejando la torturante luz, como si  miles de luceros se hubiesen posado en ellas.

 

 

El timbre del teléfono atronó  la casa paterna de Lucía. El padre, un prestigioso abogado,  lo cogió:

-¿Díga?

-¿Es la casa de Lucía Méndez?

-Sí; yo soy su padre. ¿Qué desea?

-Verá, llamo del hospital… a su hija se le ha practicado esta mañana un aborto de ocho semanas, pero ha surgido un problema...

- ¿Cómo dice? ¿Un aborto? ¿Qué clase de problema?

-Se ha presentado una hemorragía que no se ha podido atajar a tiempo,  y ha… fallecido.

-¿Qué me está usted diciendo? ¿Se ha vuelto loco, o es una broma de pésimo gusto? ¡Si mi hija sufría una plaquetopenía!- sollozó el padre desgarradoramente.

-No, en absoluto.  No bromeamos con estas cosas.¡Lo siento! ¡Ella no nos  dijo que padecía esa enfermedad!  Haga el favor de presentarse en el hospital para cursar los trámites necesarios.

-¡Oígame usted! ¡Esto les va a traer graves consecuencias!

-¡No, no lo creo, señor! ¡Nosotros, en todo momento, hemos actuado conforme a la ley!

 

 


Publicado por mariangeles512 @ 20:08  | Dramas
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