Domingo, 12 de abril de 2009

Sentado  a la mesa de la cafetería que frecuentaba, tomando un coñac, miraba con aburrimiento el deambular de las gentes por la calle. La apatía, el vacio que embargaba mi vida,  me inclinaba a  que, desde tempranas horas del día,  echase mano del alchohol para tratar de evadirme de mí mismo.

   De pronto, una sombra oscurecio mi entorno. Levanté la vista y vi a un amigo al que no frecuentaba desde largo tiempo.

-¡Hola! ¿Cómo te va?- pregunté con cierta alegría por la posible conversación que me depararía.

-¡Oh, muy bien! ¡Soy feliz!

-¡Vaya, hombre, qué suerte! Eso de ser feliz en estos tiempos no es fácil.

-No lo creas.  Aparte que te diría que soy más que feliz, ¡soy MUY FELIZ!

-¿Te ha sucedido algo especialmente bueno?- inquirí intrigado.

-Depende de quién  y cómo lo  vea. Ayer me encontré a un viejo amigo del que no tenía noticias. ¡Vaya, como tú y yo, hasta hoy! Había cambiado bastante en su aspecto. Ahora tenía barba y bigote, parecía mayor que yo. Estuvimos hablando mientras caminábamos por el mercado. Me dijo que, a pesar de no verme, se había acordado todos los días de mí.  Me sentí algo sorprendido, ya que yo casi le había olvidado. Pero en mi interior me sentí halagado, el que alguien se acuerde de uno siempre gusta, ¿no?

-¡Por supuesto! Lo más triste es que no cuentes para nadie en esta vida,  es como si ya no existieras.

-¡Cierto! Como te iba diciendo, le pregunté a mi amigo a qué se dedicaba- no recordaba si había estudiado conmigo, o no.

- Pues mira, -me respondió - acompaño a los enfermos en sus peores momentos, ayudo a los lisiados, a los  que no pueden valerse por ellos mismos, me quedo en las noches junto a los mendigos que duermen al relente, acompaño a los ancianos que viven solos en sus hogares, protejo a las mujeres que llaman de vida fácil - a estas alturas de la conversación temí que aquel hombre me estuviese ‘tomando el pelo’- acaricio a los niños huérfanos, hambrientos de  amor, para que puedan crecer, y tengo en mi mente a todos los seres  humanos que me llaman;  así que no tengo tiempo para mucho más.

 

- Yo…pues no sé ni qué decirte. Te quedarías estupefacto- comenté a mi amigo extrañado.

-¡Y más que eso! Porque siguió hablándome y añadió: sé también que tú no estás en tu mejor momento. Que has perdido el gusto por vivir. Que no  encuentras tu ‘norte’, y vas a la deriva, sin proyectos, ni ilusiones,  y sientes que el no despertar una mañana sería una buena solución.  Lo sé y sufro por ti.

¡Oye!  ¿Pero cómo es posible? ¿Tanto se me nota a simple vista?- exclamé horrorizado.

-Bueno, no se trata de eso. A veces se puede ver mucho más profundo de lo que otros ven. ¡Yo quiero ayudarte a que encuentres un motivo para vivir con alegría! ¡Ten en cuenta que el hombre ha nacido para ser feliz!

 

-¡Uff! ¡Suena muy bien! Pero ¡Lo veo un poco difícil! - argüí excéptico.

-¡Te aseguro que no es tan  difícil! Y, para que ya comiences a no sentirte solo, te diré que yo estaré contigo hasta el final de los tiempos.

    Me estremecí. Sus palabras me eran familiares. Quise detenerme, mirarle de frente, ver sus ojos, pero me fue imposible. ¡Ya no estaba a mi lado! La muchedumbre  parecía que  lo hubiera engullido.

     Quedé consternado, aunque, poco a poco, una extraña paz se apoderó de mí. Sentí, de nuevo,  ilusión por vivir.  Deseé no necesitar  más ‘meterme’algo en el cuerpo para alejarme de todo.  Quería vivir por algo que mereciera la pena, hacer algo por los demás. ¡Recobraba la alegría por vivir!

 Estaba rodeado de gente. La inquirí:

-¿Le han visto? ¿Le han visto? ¿Han visto al hombre que caminaba a mi lado?

 Los que me rodeaban me miraron con ojos burlones, (otro ‘chiflado’- pensaron). Y siguieron caminando…Entre ellos, una sombra,  acompañada de doce sombras más, se alejaba entre la multitud…

   

 


Publicado por mariangeles512 @ 19:41  | Cuentos
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Domingo, 05 de abril de 2009

LA LOCA

Apenas cavaba la aurora la madrugada  buscando el sol, cuando el hombre de pelo cano cerró tras de sí la puerta del jardín. Caminaba rápido, pegado a la vieja tapia; parecía que huyese. Sólo una vez volvió la mirada hacia la vieja puerta de gruesa madera de la que durante muchos años fue su hogar. Nadie. Ella no se había percatado aún de su marcha. ¡No, no quería pensar en eso!

  En una de las estancias, un débil rayo de luz enmarcaba el rostro de una mujer dormida. La luz le hizo abrir los ojos, y al mirar a su lado vio el vacio.

-¡Ramón, Ramón!, ¿estás ahí?

Se levanto precipitada; recorrió la casa donde el silencio reía por su dolor.

   Salió al jardín, quizá esté aquí, pensó. Pero no. El hombre que amara por encima de todo, no estaba. Se había ido. Sin decirle adiós.

   Un fuego ardiente como un río de sangre le subió hasta la garganta, y la pena y la rabia estallaron golpeando  todos los rincones.

¡Ah, quedaba algo! Le llamaría al móvil. ¡Eso! ¿Cómo no lo había pensado antes?

El suave sonido de llamada se prolongó por varios minutos hasta que dejó de sonar.

Ella no entendía. No podía entender. Habían vivido juntos, el uno para el otro, por treinta años de sus vidas; ella amándole como el primer día, y creyendo que él también a ella. Pero ahora se había ido. ¡No podía creerlo!

 

   A partir de esa mañana su rostro se endureció.  Sus ojos se empequeñecieron y sus mejillas quedaron rígidas. Sus cabellos crecieron con hebras de plata sin que nadie los arreglara y recortara, de modo que con el paso del tiempo  su aspecto fue el de una aparición. Sus ropas, ¡Ah, sus ropas! Siempre tan cuidadosa con ellas, ahora eran puros harapos ondeando a los vientos cuando, cada día que llegaba al puerto un barco de pasajeros, ella salía corriendo hacia el  lugar a ver si le encontraba entre las personas que descendían del buque.  ¡Pero no! Nunca llegó.

 

Y ella deambulaba entre los chiquillos del barrio con la mirada  perdida en quién sabe qué lejanos lugares, mientras los muchachos saltando a su alrededor le llamaban: ‘Lola la loca’.’ La loca de Lola’. Ahí viene otra vez, la loca. Ella no escuchaba ya a nadie.  Y vagaba hasta que la noche caía sobre el mar, y ya ningún buque llegaría allí.

 

 La casa, el hogar en el que vivió su gran amor, antaño limpio, cuidado y acogedor, era ahora un cúmulo de estancias polvorientas y oscuras. Las rosas que siempre cuidara con esmero, hacía largo tiempo que habían sembrado con sus pétalos secos la tierra del jardín. El silencio, el abandono y la tristeza eran los habitantes de la casa.

 

   Una mañana se detuvo a las puertas de la casa una ambulancia, y unos hombres vestidos de blanco, llamaron a la mujer y le dijeron:

- ¡Ven con nosotros. Estás enferma!

-¡No, yo no estoy enferma!- repuso airada.

-Sí, todo el pueblo dice que estás loca. Eso es estar enferma- añadieron los hombres de blanco con voz conciliadora.

-¡No, yo  no estoy loca! ¡Lo estuve ayer, ¡sí!,  pero fue por amor!

 

 


Publicado por mariangeles512 @ 20:48  | Amor
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