Domingo, 05 de abril de 2009

LA LOCA

Apenas cavaba la aurora la madrugada  buscando el sol, cuando el hombre de pelo cano cerró tras de sí la puerta del jardín. Caminaba rápido, pegado a la vieja tapia; parecía que huyese. Sólo una vez volvió la mirada hacia la vieja puerta de gruesa madera de la que durante muchos años fue su hogar. Nadie. Ella no se había percatado aún de su marcha. ¡No, no quería pensar en eso!

  En una de las estancias, un débil rayo de luz enmarcaba el rostro de una mujer dormida. La luz le hizo abrir los ojos, y al mirar a su lado vio el vacio.

-¡Ramón, Ramón!, ¿estás ahí?

Se levanto precipitada; recorrió la casa donde el silencio reía por su dolor.

   Salió al jardín, quizá esté aquí, pensó. Pero no. El hombre que amara por encima de todo, no estaba. Se había ido. Sin decirle adiós.

   Un fuego ardiente como un río de sangre le subió hasta la garganta, y la pena y la rabia estallaron golpeando  todos los rincones.

¡Ah, quedaba algo! Le llamaría al móvil. ¡Eso! ¿Cómo no lo había pensado antes?

El suave sonido de llamada se prolongó por varios minutos hasta que dejó de sonar.

Ella no entendía. No podía entender. Habían vivido juntos, el uno para el otro, por treinta años de sus vidas; ella amándole como el primer día, y creyendo que él también a ella. Pero ahora se había ido. ¡No podía creerlo!

 

   A partir de esa mañana su rostro se endureció.  Sus ojos se empequeñecieron y sus mejillas quedaron rígidas. Sus cabellos crecieron con hebras de plata sin que nadie los arreglara y recortara, de modo que con el paso del tiempo  su aspecto fue el de una aparición. Sus ropas, ¡Ah, sus ropas! Siempre tan cuidadosa con ellas, ahora eran puros harapos ondeando a los vientos cuando, cada día que llegaba al puerto un barco de pasajeros, ella salía corriendo hacia el  lugar a ver si le encontraba entre las personas que descendían del buque.  ¡Pero no! Nunca llegó.

 

Y ella deambulaba entre los chiquillos del barrio con la mirada  perdida en quién sabe qué lejanos lugares, mientras los muchachos saltando a su alrededor le llamaban: ‘Lola la loca’.’ La loca de Lola’. Ahí viene otra vez, la loca. Ella no escuchaba ya a nadie.  Y vagaba hasta que la noche caía sobre el mar, y ya ningún buque llegaría allí.

 

 La casa, el hogar en el que vivió su gran amor, antaño limpio, cuidado y acogedor, era ahora un cúmulo de estancias polvorientas y oscuras. Las rosas que siempre cuidara con esmero, hacía largo tiempo que habían sembrado con sus pétalos secos la tierra del jardín. El silencio, el abandono y la tristeza eran los habitantes de la casa.

 

   Una mañana se detuvo a las puertas de la casa una ambulancia, y unos hombres vestidos de blanco, llamaron a la mujer y le dijeron:

- ¡Ven con nosotros. Estás enferma!

-¡No, yo no estoy enferma!- repuso airada.

-Sí, todo el pueblo dice que estás loca. Eso es estar enferma- añadieron los hombres de blanco con voz conciliadora.

-¡No, yo  no estoy loca! ¡Lo estuve ayer, ¡sí!,  pero fue por amor!

 

 


Publicado por mariangeles512 @ 20:48  | Amor
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