Martes, 03 de febrero de 2009

                                           ”EL SEGUNDÓN”

 

Alborozo en el hogar: habían nacido dos preciosos gemelos.

A medida que fueron creciendo las diferencias entre los niños se hicieron  evidentes. El que salió primero del vientre materno creció sano, fuerte,  guapo, de carácter simpatico y alegre;  y el que le siguió minutos más tarde, creció conociendo todas las enfermedades infantiles, lo que hizo que su cuerpo y vitalidad estuviesen  bastante mermados, y su ánimo fuese más bien triste.

 No pudo competir con su hemano y compañeros en los juegos del colegio, en los recreos, porque se agotaba con rapidez; en las marchas caminaba siempre rezagado, solo,  por lo que no pudo conseguir los buenos amigos que se hacen en el colegio. En cuento a las muchachas, envidiaba el coro de chicas atractivas que suspiraban por Esteban, su gemelo, y la rabia le comía  por dentro porque  ninguna muchacha mostrase atracción  por él. Andrés, este era su nombre, sentíase muy desgraciado.

En el hogar,  sus padres trataban de animarle,  haciéndole ver que no todos podemos ser fuertes y vigorosos, pero que existen otras cualidaes,  también muy importantes; que toda la belleza de cualquier ser humano no reside en el exterior. Estas verdades no calaron en Andrés que,  pasados algunos años, comenzó a sentir por su hermano un sentimiento muy parecido al odio.

Una mañana, en el Colegio, el profesor de Ciencias Fisícas, les habló del valor del  esfuerzo, la constancia, la fé en uno mismo para conseguir metas en la vida,  por muy inalcanzables que parezcan. Describió un hecho real que conmovió profundamente a Andrés. Esta argumentación le respondió al muchacho la pregunta que tantas veces se hiciera  a sí mismo: ¿Por qué Dios, si dicen los curas que es un Ser justo, permitía que nacieran seres tan dispares: unos, sanos, fuertes, que  pudieran ser felices en su explendor, y   otros, la antítesis de los primeros, para los que la felicidad fuera  un imposible?


Una  mañana,  Andrés amaneció con fiebre; pensaron que sería un resfriado; pasaron los días,  y al ver que empeoraba se decidió  hacerle  una analítica. El doctor comunicó a los padres que sufría una clase de leucemia juvenil.  Éstos quedaron consternados:

 

-Y, doctor ¿qué posibilidades tiene de sobrevivir?- interrogó, llorando, la madre.

-Bueno, hay tratamientos, y en caso de que estos no den el resultado apetecido, existe el trasplante de médula, aunque para poderlo llevar a cabo, la enfermedad debe haber remitido, aunque sea temporalmente, para que el paciente esté más fuerte. Estén tranquilos; ahora hay muchos adelantos.

 

La enfermedad  fue aliviándose con la medicación  que  Andrés recibía en el hospital, de forma que  llegó el momento de pensar en un trasplante.

 

No hubo que analizar muchas muestras de médula  para encontrar la que  era compatible con Ándrés: la de su gemelo, Esteban. Éste se sometió a la operación que seguramente sanaría  a su hermano. El proceso fue largo, pero Ándrés recuperó la salud. Esta circunstancia debería haber acrecentado  el cariño y el agradecimiento hacia Esteban, pero por oscuros sentimientos que no comprendía, no  ocurrió  así. El sentirse en deuda con el hermano que le había relegado siempre a un segundo plano, inconscientemente, le mortificaba.

 

Una vez recuperado, el muchacho decidió cambiar de vida. Comenzó a correr todos los días; primero, unos cuantos  kilómetros, y más tarde,  acrecentó las distancias

    El ejercicio le fortalecía de manera evidente. La natación también formó parte de sus actividades diarias, con lo que su cuerpo, antes   enclenque y enfermizo, se convirtió en fuerte y atlético. Comprendió la razón que tenía su profesor de Fisica. Empezaba a sentirse bien consigo mismo.

   En aquella primavera, el centro de estudios, preparó una acampada cerca de un hermoso lago. Los  alumnos estaban locos de contento: siete días en plena naturaleza,  con actividades, sí, pero sin libros por delante.

   El lugar se les ofreció paradisiaco. Árboles por doquier rodeando unas aguas verdes, limpias, frescas. En el centro del lago se alzaba, curiosamente, una especie de islote. El profesor encargado de la seguridad de los muchachos les había avisado de que, aunque podían bañarse, no intentaran llegar hasta la islilla, ya que estaba a más distancia de la que parecía.

-¡Bueno, bueno, Don Salvador! ¡Que ya somos mayorcitos y sabemos nadar!- gritaron a coro los acampados

-Ya, ya sé que sabéis nadar, si no fuera así, no habríamos venido a este lugar; pero de cualquier forma, hay que ser precavidos.

-¡Vale, vale; como usted diga!

 

Los días trascurrieron cálidos, relajados, jugando, comiendo, durmiendo, nadando, visitando los alrededores, y tomando muestras de la flora y los minerales que allí se encontraban.

Una tarde, Andrés, en su tienda de campaña, medio adormilado, escuchó gritos de sus compañeros:

- ¡Allí, allí, cerca de la isla!

-¡No puede llegar! ¡Está agotado!

Salió rápidamente al exterior y se hizo con la situación al instante. Un muchacho  que, al principio, no reconoció trataba agónicamente de llegar a la isla, ya que la vuelta a la orilla quedaba muy lejos.

-¡Es tu hermano, es tu hermano!  Soltaron varios, nada más verle.

-¡Mi hermano!

Sin pensarlo ni un minuto, Andrés se lanzó a las hermosas aguas que no tardarían en engullir al hermano, si  él  no nadaba a toda velocidad.

La distancia  entre él y la isla disminuía lentamente, tenía la impresión  de que sus extremidades no impelían su cuerpo hacia delante. Su mente le susurraba las palabras del profesor:” Fuerza, valor, constancia,  fe en lo que haces”.

Sus piernas y brazos se movían con un ritmo vertiginoso, su cabeza apenas emergía  del agua para aspirar el  oxígeno necesario: “Llegaré, tengo que hacerlo. Él salvó mi vida, yo le salvaré ahora a él.”

  La distancia liquída  disminuía, igual  que  las fuerzas de Andrés, aunque su fe en la perseverancia aumentaba.

Las voces de sus camarads le llegaban lejanas.

-¡Ya estás llegando! ¡Sigue, amigo, sigue!

“No es necesario que me animéis. ¡Es mi hermano! Llegaré a salvarle, o moriré  con él.”

Esteban  se hundía y salía a la superficie por breves momentos, la consciencia casi perdida, Andrés, jadeando y mareado, llegó junto a él,  le agarró por el cuello y nadando con un solo brazo le llevó hasta la isla.    Allí le tendió de forma que expeliera el agua tragado; cuando vio que su hermano abría los ojos, se tendió a su lado mirando el índigo  cielo, y una cálida sensación de paz le invadió. Los oscuros sentimientos que siempre sintiera hacia su hermano  habían muerto en el lago.

 


Publicado por mariangeles512 @ 18:04  | Familia
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