Domingo, 23 de noviembre de 2008

LA CINTA AMARILLA

Las puertas de la prisión se abrieron para darme paso hacia la libertad. Había pasado cinco años allí adentro, expiando mis deudas con la sociedad. A pesar de ello, no estaba tranquilo.Tenía miedo; miedo a no ser recibido en mi casa cuando llegara. Hacía varios años que mi esposa dejó de visitarme y escribirme, creo que, en el fondo, se avergonzaba de mí.
Me encaminé hacia la carretera que conducía a la ciudad, que distaba unos cinco kilómetros del penal. Tenía que hacer el camino a pie, ya que ningún autobús pasaba por allí.
De pronto, a mi espalda, sonó un motor. Era un camión. Se detuvo a mi altura y el conductor sacó la cabeza por la ventanilla para gritarme:
-¡Eh, amigo! ¿Va a la ciudad? puedo llevarle, si gusta.
-¡Encantado! ¡Muchas gracias!
De un salto me coloqué en el asiento al lado de aquel buen hombre. Me miró con insistencia y dijo:
-No me lo tome a mal, pero por su palidez, supongo que acaba de salir de prisión, ¿no?
-Así es.
-Pero no parece muy contento de estar libre.
-Sí, sí lo estoy; pero pasa que no estoy seguro de...
-¿Puede decirme de qué no está seguro?
-Pues... verá, no sé si mi mujer querrá que vuelva a casa; hace tiempo que no nos comunicamos.
-Entiendo. ¿Imagina que esté con otro hombre?
-Quizá.
-Escuche, se me ocurre una idea: pararemos en la primera gasolinera que hay y llamará usted por teléfono a su esposa.
-¿Y?
- Sí, le dirá que va camino de su casa, y que si desea que usted se quede con ella, que cuelgue en el árbol más cercano a la puerta de su hogar una cinta amarilla. Si cuando lleguemos está la cinta atada al tronco, usted se baja y se queda, si no es así, seguirá camino. ¿Qué le parece?
-¡Estupenda idea! Ante la puerta de mi casa crece un viejo olmo, bajo el que nos hemos besado hace años, cuando nos amábamos. Bueno, yo aún la sigo amando.
Seguimos camino y al llegar a la gasolinera, me bajé del vehículo y llamé a mi casa. Le dije todo de corrido y colgué sin darle tiempo ni a responderme.
-¿Qué?, ¿ya se lo ha dicho?
-Sí, ya he dicho lo que me recomendó.
Cuando ya alcanzábamos las lindes de la ciudad, mi corazón se aceleró. El camión avanzó inexorable y pasamos al lado de mi casa. Algo amarillo se mecía al viento abrazando el tronco de mi amado olmo. ¡Era una hermosa cinta de tono ambarino! Mi alegría me desbordó y salté del camión sin apenas despedirme de mi "angel". ¡Mi esposa me esperaba aún!

El hecho se comentó en la pequeña ciudad. Y cuentan las gentes del lugar que durante la segunda guerra mundial, las calles de la localidad semejaban jardines de flores amarillas, de esbeltos tallos y afilados pétalos, bailando al viento la danza del regreso.

 

 


Publicado por mariangeles512 @ 20:21  | Amor
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Comentarios
Publicado por mario a.
Lunes, 02 de marzo de 2009 | 6:16
bueno a secas, ingenuo y senciilo, poca cosa para ud.

de todos modos me da harto gusto volverla a leer.


saludos desde mexico:

mario a. (psd67)