Jueves, 06 de noviembre de 2008

LA SECRETARIA ERA ALGO MÁS.


 

Aquella mañana me levanté totalmente deprimido. La tarde anterior habíamos enterrado a mi primo Pablo, mucho más joven que yo, pero que aquejado de una bronconeumonía complicada con un paro cardiaco hizo inútil los esfuerzos de los médicos durante más de dos meses de agonía en la clínica. Además me encontraba solo, porque mi Alicia querida se había cansado de mí por motivos que comprendo, porque no la hacía caso apenas, desde hace unos meses.

 

 

 Con aquellos antecedentes me duché, desayuné sin ganas un zumo de naranja y un café recalentado del día anterior y salí hacia la oficina.

 Al llegar a ella, me saludó, como todas las mañanas, mi secretaria Vanesa San Martín, que atendía mis cartas y escritos de marketing con una celeridad y pulcritud digna de elogio, que le habían hecho merecedora de dos aumentos de sueldo en menos de un año y la promesa que la ascendería a Asesora Principal de Marketing a los dos años.

 Pero apenas me fijaba en ella como mujer, porque era muy serio con los negocios y no quería que ni por asomo se malinterpretara algún gesto como un acoso sexual o algo así. Pero aquella mañana, asqueado de la vida, algún duendecillo interno me cambió:

-         Hola, Vanesa, ¿qué tal anoche? Yo fatal.

-         Siento lo de su primo, yo como siempre, sola como la una.

 

La expresión  “sola como la una” me hizo pensar que Vanesa no quería estar sola y como decía mi abuela “siempre hay un roto para un descosido” y como yo andaba falto de cariño, aventuré:

-         ¿Esta tarde, quieres venir a comer conmigo? Tengo que hablarte de los nuevos diseños para TV que estamos procediendo a enviar a los técnicos y ya sabes que valoro tu opinión.

-         Podemos quedar mejor, para cenar, porque el tiempo de la comida es muy corto y tengo pendientes unos cuarenta e-mails a distintos proveedores de material gráfico y no puedo dejarlos para mañana.

 

Lo de “quedar mejor para cenar” me parecía que”ni pintado”. Según me encontraba de deprimido y con lo sólo que me sentía, me estaba resultando fácil el encontrar pareja. Pero no acababa de encontrarme a gusto, al pensar que iba a mezclar el trabajo con los sentimientos. Miré a Vanesa, como si fuera la primera vez que reparaba en ella.  Me pareció una mujer seria, preciosa e interesante. Me explico:

 Seria, porque en el trabajo apenas sonreía y no dejaba nunca nada para mañana, como muchos de los que conocía, incluido yo mismo.

 Preciosa, pues porque su cara era muy bonita y los senos que se adivinaban debajo de su blusa debían ser el sueño de cualquier hombre, así como sus caderas y sus piernas, en las que apenas había reparado hasta entonces.

 Interesante, porque a sus cuarenta años ya cumplidos, no había perdido el sentido del coqueteo, aunque hasta hoy no había reparado en ello.

-         Perdón, Carlos, ¿Quedamos? Parece que me conoce ahora. Yo no quiero que piense de mi como una mujer fácil Lo de cenar lo digo por motivos de trabajo, nada más.

-         Pienso que eres una mujer estupenda en todos los sentidos y que me gustaría conocerte mejor antes de pensar en nada-dije al  despertar de mi embelesamiento- quedamos a las ocho en el restaurante Excelsor, en el paseo marítimo. Ahora vamos a seguir con nuestro trabajo.

El resto del día se me antojó anodino y casi sin sentido. Vi por dos veces a Vanesa y mi mirada se tornó tímida como si me diera miedo el mirarla a la cara con descaro.

Al fin, después de ducharme, cambiarme de muda, la camisa y el traje, me dirigí, a las 19.30 de mi reloj, al afamado restaurante el cual esperaba fuera el lugar en que mi azarosa vida cambiara de rumbo. Me senté en una mesa para dos, como indiqué al camarero, y adquirí un pequeño ramo de rosas rojas en el puesto que tienen a la entrada, colocándolas encima de la mesa.

 La espera se me hizo muy larga, pero la eficiente secretaria apareció a las 20.05, radiante, con un vestido rojo con generoso escote y unos zapatos a juego de buenos tacones que la hacían parecer más alta. Me levanté para saludarla y acompañarla hasta la silla que estaba frente a la mía. Sus ojos me parecieron dos faros costeros, que ya no podría olvidar. Su talle parecía fuerte y quebradizo a la vez. Cenamos ensalada tropical y mero a la plancha, regado con un vino Barbadillo y reímos entre bromas sobre el peluquín de Peláez y las estridencias de Marta, compañeros de oficina, por otra parte cariñosos y eficientes. Al llegar a los postres, le dije:

-         Vanesa, durante todo este tiempo, nunca pensé que llegáramos a intimar. Tu trabajo es digno de elogio y además sé desde hace poco que vives sola y yo también lo estoy desde hace meses. Me gustaría salir contigo los fines de semana, pero quiero que me conozcas antes de que lleguemos a algo serio.

-         Pienso lo mismo-me respondió- ya me he equivocado dos veces y no quiero hacerlo más. El primero resultó ser un inconsistente y el segundo un hombre acaparador que no me dejaba vivir mi vida, que no es otra que cierta intimidad.

 

Así comenzó una amistad que derivó en un amor duradero y que quería explicitar hoy para que los hombres y mujeres impacientes actuales, aprendan a conocerse antes que acostarse. Merece la pena.


Publicado por quijote_1971 @ 19:36  | Amor
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