Domingo, 02 de noviembre de 2008

UNA FLOR, UN AMOR.



Un cielo rosa-azulado, que exhalaba vapores de hilos de cielo, cubría el pueblito situado en un maravilloso valle, en el centro de Asia, donde habitaba la familia Sung.
El padre, de tez canela, la madre, morena, con hermoso moño azabache anudado a la nuca, de menudos pechos ahumados que gemían baladas redondas, y el hijo, de un año, componían la feliz familia que las hojas de los cerezos y la nieve de las cercanas montañas no osaron soñar.
Los días de fiesta, la familia vestía sus mejores galas y salía al campo a pasear mientras admiraban su belleza.
Un día festivo la familia no salió: el pequeño Shu estaba enfermo.
-Se habrá resfriado- comentó el padre.
-Sí: dentro de unos días estará bien.- sentenció la madre.
Pasaron los días y el niño no mejoraba. La madre, preocupada, viendo la palidez del niño, dijo:
-Escucha, esposo: he pensado que deberíamos llevar a nuestro hijo al sabio que vive en las afueras del pueblo. Él conoce las hierbas que sanan y nos dará alguna para el pequeño.
-Dices bien, esposa, mañana mismo le llevaremos.
Al día siguiente, apenas el alba se abría paso entre la noche, cuando los gallos cavaban buscando la aurora, la pareja salió en busca del sabio.
Una vez delante del anciano, observando éste al pequeño, escucharon las negras palabras:
- Lo siento; pero no tengo ninguna hierba que pueda curar el mal de vuestro hijo.
Los padres se miraron angustiados; la madre suplicó:
-¡Por favor, te lo rogamos! ¡Dinos!, ¿qué podemos hacer para que nuestro hijo viva?
La pena conmovió al sabio.
-¡Escúchame bien!, mujer; irás a lo más profundo del bosque, y en el lugar donde crece el árbol más alto, hallarás una flor.¡Traéla. Tantos pétalos como tenga, tantos días vivirá tu hijo. Sólo puedo decirte esto.
-¿Una flor?
-¡Sí!

La madre, con el rostro de amapola, salió en busca de la maravillosa flor. Con la soledad a cuestas y la sombra sobre sus ojos, llegó al corazón del bosque. El arbol más alto que jamás viera susurraba al sol, mientras su copa se desvanecía entre hilachos de algodón.
Buscó alrededor de él, y al fin, sus ojos captaron una flor, cuya forma, color y perfume, eran la esencia de la belleza. Cortó una, y, horrorizada, vio que su corola tan sólo la formaban cuatro pétalos.
-“¡Oh, no. Mi hijo vivirá sólo cuatro días! ¡No; no lo puedo consentir!”
Y, arrodillándose, depositó la flor en el verde manto, y muy despacio, con sumo cuidado, fue rasgando cada pétalo en finos hilos de perfume y color.
-“¡Mi hijo vivirá muchos días más, ahora!”
Regresó, corriendo, llena de esperanza, a la casa del sabio. Le mostró la flor.
El anciano comenzó a contar los pétalos pero una alada brisa los amontonó y perdió el número de los contados.
-“Tengo que empezar de nuevo”- dijo para sí.
Fue separando delicadamente los pedazos de color, y, de repente, una inesperada lluvia los esparció por el aire.
-Creo- dijo solemne- que es imposible contar los innumerables pétalos de esta flor. Idos tranquilos: esto indica que vuestro hijo contará largos años en su vida


Publicado por mariangeles512 @ 13:03  | Cuentos
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios