Mi?rcoles, 09 de julio de 2008

El anciano en sus prisas dio un traspié y cayó al suelo.  Una desesperación sin grito le atenazó. Tenía que salir temparno: desayunaba con su esposa. Se levantó haciendo acopio de todas sus fuerzas y se dirigió al Centro de salud más cercano para que le atendieran su muñeca dañada.

El alba caminó con él.

 

-¡Buenos  días! ¡Por favor!, ¿quién podría atenderme?; me he caído y creo que me he lastimado la muñeca izquierda.

   La enfermera que estaba en recepción le indicó que pasara a una sala de espera que en aquellos momentos estaba casi desierta.

Una mujer mayor le sonrió al entrar; no pudo evitar pensar en su esposa, y una angustia inusitada le hizo levantarse,  asomar la cabeza por una puerta y rogar a las personas que allí se encontraban:

-¡Perdonen! ¿Podrían atenderme? ¡Tengo mucha prisa; esta mañana he de desayunar con mi esposa! A los presentes les extrañó su ansiedad y una mujer se levanto y le tomó el brazo suavemente.

-A ver,  ¿dónde se ha dañado?

-¡Aquí; me he caido!

-Tranquilo, señor!; habrá que hacerle una radiografía para saber qué es lo que tiene.

-¡No; no!, ¡por favor! No tengo tiempo. Una venda fuerte, eso será suficiente.

La enfermera se paró ante el anciano y con ojos curiosos preguntó:

-Y podría decirme dónde tiene que ir tan urgente. Piense que tiene su muñeca lastimada.

-¡Lo sé; siento un dolor muy agudo! ¡Pero hoy no puedo perder más tiempo; tengo que desayunar con mi mujer!

-Pero…

-¡Señorita ella está ingresada desde hace ocho años; tiene Alzehimer!

-¡Vaya lo siento! Y, ¿cómo se encuentra?

-¡Mal! ¡Hace tres años que ya ni me conoce!

- Entoces, permítame decirle, que si ya no le reconoce, ¿qué más da que llegue a desayunar a la hora con ella?

El hombre miró los ojos de la enfermera;  la luz acerada de los tubos devolvió el dolor.

-¡Señorita, ella no me conoce ya;  pero yo a ella, sí!

 

 

 


Publicado por mariangeles512 @ 18:30  | Amor
Comentarios (0)  | Enviar
Domingo, 06 de julio de 2008

     Ángeles y Miguel se  casaron enamorados; sobre todo, ella. Miguel era alto, bien parecido, blanco de tez; apasionado con las cosas que le interesaban; inteligente,  generoso, amigo de ayudar a los demás;  todo el mundo le parecía bueno.

    Ángeles, por el contrario, era bajita, morena, de grandes ojos negros. Carácter alegre, de lengua suelta; amiga de las bromas, de reírse de todo y de todos, aunque con gracia, ¡eso sí!  No era demasiado inteligente, sino  intuitiva; fiel y honesta. Esta mujer amaba profundamente al vecino de su infancia. No habían jugado juntos; se llevaban muy mal. Miguel era muy loco en sus juegos, y Ángeles no tenía cabida en ellos. Al correr de los años, los dos se dieron cuenta de que existía el otro, a pesar de haberse visto durante  todos los días  de su niñez y adolescencia.

     Sus corazones se encontraron un día del caluroso Agosto almeriense,  durante las Ferias, cuya Patrona es la Virgen del Mar.

 Ambos vivían muy cerca de la Plaza de Toros. Ángeles estaba preparada para ir a la corrida.

 Lucía  guapa con su vestido floreado, destacando su delgado talle y el moreno de su piel, así como el brillo de sus ojos de azabache. A Miguel  le pareció  que la veía  por primera, vez y sintió como  mariposas revoloteando  en la boca de su  estómago.

 Él también estaba  atractivo, muy  bien trajeado para la ocasión.

Se  acercó a Ángeles:

   - ¡Hola!; ¿cómo estás? –  ella le miró de arriba abajo.

- Bien,  ¿y tú? 

- ¡Yo, estupendamente! ¿Vas a los toros? ¿Quieres que te acompañe?  -preguntó con la más encantadora de sus sonrisas.

- Pues... yo, verás, voy con mis amigas… Paquita Campos y Pepa Montes –contestó la vecina con un inoportuno  cosquilleo en  todo el cuerpo.

 

- ¡Vale! pero no creo que les moleste que vaya con vosotras, ¿eh?, todos somos del barrio.

   Y fue el comienzo…

          Se casaron en Abril de 1.933.  A la boda no fue  mucha gente; de la familia de ella, nadie. No tenía ya padres y sus hermanos, sencillamente, no la querían. No se habían criado juntos: Ángeles  nació en casa de los abuelos, y allí se crió  con cierta holgura, mientras sus hermanos, que habían quedado huérfanos a temprana edad, vivían en un abandono y miseria terribles, hasta el punto de que los dos hermanos más pequeños fueron internados en un hospicio. Ella era la mayor, y creían que habría podido ayudarles en algo.

   La familia de Miguel  estaba  económicamente mejor situada que la de Ángeles. El padre, de origen vasco, de Lekeitio, Bilbao, había ido a parar a Almería,  quizá porque era marinero. Allí conoció a Carmen, bella mujer, con la que se casó. Tuvieron cinco hijos, que con el correr del tiempo,  tendrían ideas y visiones de la vida completamente opuestas.

        José, el padre, instaló varios pequeños negocios: carnecería, peluquería de caballeros..., que con el  paso de los años  fueron cayendo en la ruina, por la mala gestión,  y por gastar los hijos más de lo debido. Esta maltrecha situación llevó a Don José a un estado de abatimiento y tristeza  que desembocaría en una muerte prematura.

       Miguel se vio afectado profundamente  por su  desaparición, ya que se tenía previsto que cursara estudios, como alguno de sus hermanos mayores, pero la falta de recursos, por una parte, y la falta de la autoridad  de un padre, por la otra, dieron como resultado que Miguel se desbandara, que faltara al colegio con frecuencia, yéndose con otros muchachos a las afueras de la ciudad  a jugar y a hacer globos de papel. Ante esta situación,  los hermanos mayores,  pensaron que lo mejor era buscar una colocación al muchacho.  En la  Compañía de ferrocarriles  la encontraron.

 

  Una vez casado, construyó,  poco  a poco, los muebles para su hogar, al tiempo que se comprometía en el mundo de la política.

  

 

  Corrían los primeros meses del año 1.936.  El malestar y el desorden eran generalizados.  El secretario general de la C.N.T. viendo los malos tiempos que se cernían sobre todos,  dimitió.  Miguel, desoyendo los consejos de Ángeles, que le pidió que no se metiera en nada, aceptó el cargo de secretario general vacante de aquel Sindicato.

   La esposa  intuía, lo que Miguel no alcanzaba o no quería ver.  Ésta fue una época de discusiones entre la pareja, ya que se rumoreaba mucho sobre un levantamiento militar  de las tropas afincadas en África, que podría producirse de un momento a otro. Ángeles temía que si se armaba  algún “jaleo”,  Miguel podría  verse envuelto en problemas, debido al cargo que tenía en el Sindicato de trabajadores.

 En estos tiempos  las detenciones arbitrarias, los asesinatos brutales movidos por la envidia y el deseo de venganza,  estaban  a la orden del día. Se detenía a Fulanito porque  iba  a Misa; al otro,  porque se sabía que era de derechas, o sencillamente, por odio y envidia; por un odio largo tiempo reprimido, y que ahora, con el desorden imperante, permitía cobrar venganza de tantos años de hambre, de tantos años de pobreza y falta de esperanzas.

    En más de una ocasión, la puerta de la casa de Miguel fue aporreada a cualquier hora del día  por un familiar  desesperado,  porque se habían llevado  sin más explicaciones, al padre, al hermano, o al hijo, un grupo de hombres armados. El destino de estos hombres era incierto. Muchas veces se concretaba en las tapias del cementerio, o en alguna desolada  cuneta de una solitaria carretera, en las que aparecían con dos tiros en la cabeza. En otras ocasiones, eran retenidos en la Plaza de Toros; la cárcel estaba a rebosar. Estos familiares  pedían a  Miguel el enorme favor de que  tratara  de  sacar a su padre, hijo, o marido, del lugar al que se lo habían llevado. Eran los momentos en que Miguel, con el nombre del detenido escrito en un papel, marchaba a preguntar aquí y allá, averiguando dónde estaba Fulanito o Menganito;  y, cuando por fin, daba con el lugar en el que estaba detenido, se identificaba, hablaba  con los hombres  que  eran los responsables de los presos, y con la ’influencia’ que en aquellos momentos pudiera tener, conseguía que esos encarcelados fueran puestos en libertad. Los detenidos, ciertamente, quedaban muy agradecidos,  y  en más de una ocasión le dijeron:

-         ¡Miguel!  ¡No  olvidaré el  favor que usted me ha hecho; me ha salvado la vida! Si alguna vez necesita usted de mí, ahí estaré para atenderle en lo  que sea necesario, si es que aún vivo.

     La verdad  era que en esos tiempos tener amigos era muy valioso.

 Lo que se rumoreaba que iba a ocurrir, se produjo el 18 de Julio de ese año.

   El levantamiento triunfó en algunas provincias, pero en otras, no. En Almería no triunfó.

 Ángeles vivía con el corazón en un puño. Miguel se pasaba gran parte del día  fuera de casa; en el trabajo, y luego atendiendo asuntos del Sindicato  y, sobre todo,  tratando de paliar, en lo posible, las injusticias y atrocidades que se estaban  cometiendo.

     Pasaron los meses; la comida escaseaba y Miguel tenía que ir a los pueblos a ver  qué encontraba. Ángeles tuvo que marcharse a Huércal-Overa, un pueblecito cercano a la capital, ya que  no podía soportar los bombardeos a que se vio sometida la ciudad desde el cielo y el mar.

 Un momento crucial para la vida de Miguel, fue cuando se enteró de que un destacamento se dirigía hacia la Estación  con intención de tomarla; sin pensarlo dos veces cogió el teléfono, llamó al cuartel de donde provenían los atacantes y hablando con la autoridad correspondiente dijo:

-¡Al habla Miguel Ledesma!  ¡Les advierto que si intentan llegar a la estación van a encontrarse una fuerte oposición, pues estamos armados hasta los dientes!

      Y la Estación no se tomó aquel día.

      Cuando ya hacía un  año  que España se debatía entre  ideas tan distintas y  distantes, la pareja se trasladó a vivir a un cortijo que un hermano de Miguel poseía en las afueras de la ciudad. En esta casa se dio cobijo a muchos malagueños, que  una vez tomada Málaga, huían por la carretera que une ambas ciudades; calzada que vio hechos terribles, ya que  los que huían  fueron  ametrallados desde aviones volando a baja altura, y abandonados sus cuerpos en las cunetas.

 (¡Ay, si las cunetas hablaran!)

 Almería fue “liberada” a finales de la guerra.

  Gentes que pudieron huir, huyeron.

 Otros que oyeron la proclama de que: “todo aquel que no se hubiera manchado las manos de sangre  no tenía nada que temer”,  y se la creyeron, no huyeron.

 ¡Y fue su perdición!

    Miguel se la creyó y  fue detenido y llevado a la plaza de toros, que  estaba abarrotada de paisanos. Allí pasaron varios días a cual peor. No comieron ni bebieron nada, y por si fuera poco, una tromba de agua irrumpió en la noche almeriense  calando hasta los huesos a los desgraciados allí retenidos. Las ropas se secaron en sus cuerpos y muchos enfermaron, y algunos murieron sin atención alguna.

       Miguel fue juzgado el 1 de Septiembre de 1939, el mismo día en que las tropas alemanas invadían Polonia.

 Fue condenado por rebelión militar a dos penas de muerte. ¿Rebelión? Pero,  ¿quiénes fueron entonces los que se levantaron?  ¿Los de la Republica o los llamados ‘nacionales’?

     Ángeles sintió que las piernas no la sostenían  cuando el juicio acabó y trató de acercarse un poco  adonde estaba Miguel; le vio con la cabeza alta mirando al Presidente del Tribunal que acababa de pronunciar  su sentencia de muerte, con la misma serenidad que hubiera tenido si le hubiera condenado a dos meses de cárcel.

     Los ojos de Miguel fuertemente sombreados por unas cejas obstinadamente bajas ocultaban  la  sorpresa a los ojos del presidente que le había condenado a morir. No entendía, cómo sin haber matado a nadie, sino más bien ayudando a muchas personas a salvar sus vidas, le habían  condenado a la última pena.

Tenía treinta  años y una esposa.

  ¿Y qué había pasado con el bando oído por radio, en el que Franco anunciaba a la nación  aquella promesa de perdón para todo el que no hubiera  cometido un crimen?

   ¡Mentira!

     Como en tantas otras ocasiones, se había mentido al pueblo. Él estuvo tranquilo al oír esto. Le pareció justo. Al ser detenido pensó que se debía a su participación en el  sindicato anarquista. A otros, por mucho menos, les habían dado el “paseíllo”. Por su cabeza pasó, en sus noches de insomnio,  que quizá, le echarían algunos años de cárcel.

 ¡La muerte, jamás!  

  De pronto se acordó de que Ángeles estaba en la Sala.  La buscó con la mirada. Los ojos de ella, clavados en los de él, con expresión de espanto. Sus ojos refulgíendo  por el efecto de las luces sobre las lágrimas,  parecían   cavernas  agrandadas  por el miedo.

    El hombre sintió que un río de pena le atravesaba el alma. “¡Pobre mujer! - pensó -  ¿qué será ahora de ella? Y pensar  que me advirtió que era muy peligroso meterse  en cosas de política en estos tiempos.”

   Salió de su abstracción al oír la voz de su mujer que le gritaba:

 -¡Miguel, no te preocupes! Yo iré a ver a todos esos señores que tú salvaste. Les pediré que intercedan por ti. ¡Nos lo prometieron! ¡Recuérdalo!

 – ¡Haz lo que puedas, mujer, haz lo que puedas! - contestó el marido agradecido.

       Unos soldados empujando a Miguel  le encaminaron pasillo adelante.  

   Los ojos de la esposa le siguieron hasta que su figura fue engullida por  el oscuro umbral de una puerta.  

Ángeles salió a la calle corriendo. Iba como loca.

 El Sol caía con fuerza aún en septiembre sobre la  calzada. La calle, en estos momentos, estaba atestada de  familiares que habían asistido al juicio  hablando  en voz baja;  el miedo había atenazado  las gargantas de los vencidos.

    La promesa de no represalias después de acabada la guerra no se cumpliría  y los sufrimientos de los llamados’ rojos,’ serían terribles.

    La mujer del preso  se dirigió hacia la casa de la familia de él. Tenía un hermano falangista;  Antonio.

 Ángeles pensó en su cuñado como posible intermediario para salvar a Miguel. Llegó a la casa jadeando.  La puerta estaba entreabierta; entró; vio a su cuñado Antonio sentado en una mecedora,  mirando hacia la ventana. Ella  con voz entrecortada por el miedo y la carrera casi gritó:

-¡Antonio! ¡Antonio! Miguel ha sido juzgado y le han condenado a muerte. ¡Por favor, Antonio! ¡Tienes que hacer algo! Tú tienes influencias  ¡No puedes dejar que le maten!

 El  hermano,  sentado en una mecedora de enea, se balanceaba suavemente de espaldas a la puerta. Las súplicas de su cuñada ni siquiera le hicieron girar la cabeza hacia ella.

   Ángeles guardó silencio y, pasados unos minutos que le parecieron una eternidad, comprendió que de allí no obtendría ninguna ayuda para su marido, y sin añadir   palabra,  salió de aquella casa que en otro tiempo consideró como propia.

 

      Se dirigió a su hogar. Tenía que pensar lo que iba a hacer. Recorrió penosamente el trayecto.

      Nunca imaginó vivir  esta situación. Últimamente había estado muy preocupada por todo lo que había visto a su alrededor: detenciones, asesinatos arbitrarios y toda clase de tropelías  inimaginables. Y  siempre temió por la suerte de Miguel

      Se sentía  perdida. Ella no estaba acostumbrada a resolver grandes problemas. Su vida había sido relativamente fácil, dentro de la modestia en que se desenvolvía. Al casarse con Miguel fue cuando su mundo empezó a agitarse un poco. El carácter de él,  inquieto,  emprendedor,  amigo de ayudar a quien pudiera; (pensaba que si la vida tenía  algún sentido, había de ser por dar a alguien esperanza, ánimo, comprensión), había sido la causa.

 La esposa era partidaria de no meterse en problemas, de vivir más para ellos. Por más que le rogó que no se metiera en el Sindicato, no consiguió nada. Ahora, en mitad de la solitaria calle, percibía cuánta razón había tenido. Había visto detener y desaparecer para siempre  a personas que no habían cometido delito alguno, excepto saberse que pensaban de ésta o aquélla manera. Luego,  el odio y la envidia habían hecho el resto.

     Miguel sí había hecho algo, no precisamente malo,  (siempre teniendo en cuenta desde dónde se mirase),  desde los dos bandos podían recriminarle: los republicanos, por haber ayudado a los llamados nacionales detenidos,  a salvar sus vidas,  y los nacionales  por haber evitado en un determinado momento  la toma de la Estación de Almería. Con esto último era más que suficiente para que lo condenasen a muerte en esos tiempos.

¡Pero sus manos estaban limpias!

   Ángeles siguió caminando. Respiraba  afanosamente; los nervios  y la debilidad por la falta de alimento habían hecho presa en ella. Sentía desfallecer. Deseaba llegar a su casa, tomarse un café ‘negro’, cargado, como le gustaba a ella, y recomponerse un poco. Después iría a las casas de aquellas personas que Miguel había ayudado  para tratar de  que intercediesen por él.

     Por fin, llegó a su domicilio. Abrió la puerta  y la sensación de soledad y tristeza la rodeó por completo. La casa era la misma  pero aparecía tan desolada que Ángeles sintió un nudo en la garganta.

    Mientras bebía con fruición el café, oyó que alguien golpeaba la puerta; dejó el vaso en la mesa y salió a ver quién era.

 Su amiga Pepa Montes apareció en el umbral.

Ésta  era una joven morena y de agraciado rostro, de buen corazón y sonrisa afable. Las dos mujeres se apreciaban mutuamente

 -¡Hola Pepa;  pasa!

-¡Hola Ángeles! Te he visto llegar  y como te conozco tan bien, sé que algo malo te ha pasado. ¡Dime!  ¿Qué ha sido?

-¡Ay, Pepa! - la voz de la mujer se quebró al decir - vengo del juicio de Miguel, y  ¡fíjate,  le han ‘echado’ dos penas de muerte!

-¡Qué barbaridad! ¡Pero si tu marido no ha matado a nadie! ¿Acaso no es cierto lo que dijeron por la radio, que todo aquel que no se hubiera manchado las manos de sangre  no tenía nada que temer?

-¡No; no!   ¡No es cierto! Y, lo peor, es que su propia familia no quiere echarle una mano. Su hermano Antonio, el falangista, cuando se lo he dicho, ni siquiera ha vuelto la cabeza para mirarme. ¡El muy cabrón! Ahora, que le he echado una maldición que como le caiga ¡ya va bueno, ya!

- ¿Y qué es lo que piensas hacer? –inquirió preocupada la amiga.

-Pues he pensado pedir ayuda a los señores a los que Miguel ayudó al principio  de todo esto. Ahora mismo en cuanto me tome este café, salgo para la casa de Don  Ramón Heredia.

-¡Me parece muy bien! Ángeles. Esa es  muy buena gente. ¡Ojalá, y consigas algo!

    Cuando Pepa se hubo marchado, Ángeles apuró su café;  tomó su cartera y salió a la calle.

    El Sol estaba en lo más alto de su recorrido y  pegaba fuerte. La mujer cruzó a la acera de enfrente  donde la sombra hacía menor el castigo solar. La calle desierta; que a esta hora parecía que todos sus habitantes se hubieran escondido.

    Ángeles caminaba aturdida, su cabeza colmada de ideas y pensamientos que debía y quería ordenar. No solía  pensar mucho, pero en este instante de su vida un pensamiento le hacía casi daño en el cerebro: ¡salvar a su marido de la muerte a toda costa!

    No sabía si lo conseguiría, pero de que lo iba a intentar por cualquier medio, no tenía dudas.

   Casi sin darse cuenta, se encontró frente a la hermosa puerta de la casa de Don  Ramón Heredia.

    Ésta era una casa grande, de dos plantas, con cuatro balcones en la primera y cuatro enrejadas ventanas en la baja.

 Llamó a la puerta  golpeando con el magnífico, bruñido y brillante puño de bronce, situado en la puerta para tal efecto. Esperó. Las piernas le temblaban tanto que tuvo que apoyarse en la pared del dintel. Nunca había pedido favores a nadie, y ahora se veía en la necesidad de pedir por la vida de su marido.

  “¿Y si no había nadie? ¿Se iría? ¡No, no!”  Iba a golpear de nuevo, cuando oyó  a lo lejos  unos pies que arrastrándose  se acercaban a la puerta. Ésta se abrió  y en el umbral apareció la vieja criada de la casa, con oscuro traje de percal, y un níveo moño rodeándole la nuca. Su cara mostró  una leve sonrisa  al reconocer a la mujer, que Ángeles agradeció.

-¡Hola, Angelica!  ¿Qué te trae por aquí?

-Pues verá, Señora  Paca... deseaba ver a Don  Ramón, si es posible, ¡claro!

- ¿Por qué no,  mujer?   Ahora mismo voy a avisarle.

     La anciana se perdió en la oscuridad del corredor. Ángeles se quedó en la entrada  observando el orden y la limpieza que allí reinaba. Todo parecía estar en su sitio. Brillantes los muebles y el suelo, a pesar de los muchos años que todo tenía. Curiosamente, esta sensación de orden  produjo en el ánimo de la mujer, algo semejante a un estado de paz. Gozando aún de esta sensación, oyó a su espalda una grave y bien timbrada voz. Se volvió. El dueño de la casa: alto, delgado, entrado en años, algo pálido para aquellas tierras, se dirigía a ella con una sonrisa paternal en su marchito rostro.

- ¡Buenas tardes! Angelica. ¿En qué puedo ayudarle?

 

-Pues... yo…  Don  Ramón; ¡venía a ver si podía ayudar a mi marido!  Hoy ha sido su juicio  y le han echado dos penas de muerte  y, como él le sacó a usted de la cárcel cuando le detuvieron aquellos milicianos de la C.N.T...  ¿No lo habrá olvidado?, ¿verdad? Pues…yo… 

-¿Cómo voy a haberlo olvidado? - le  interrumpió -  ¡Si vivo,  es gracias a su marido! Ya sabe usted,  Ángeles, ¡que es de bien nacidos ser agradecidos! Verá, le voy a hacer un aval que usted va a llevar al Tribunal Militar que ha juzgado a Miguel. Quizás consigamos que le conmuten las penas de muerte. ¡Espere un momento, por favor!

   El hombre se alejó  pasillo adentro y un oleada de gratitud envolvió hacia ese caballero que no había olvidado sus promesas,  ahora que se encontraba entre los vencedores, a un hombre que estaba detenido, derrotado, condenado a morir en la flor de su vida.

    Ángeles sintió que no estaba tan sola  y aunque  lo estaba, se percató de que aún quedaban hombres en el mundo que no olvidaban  su palabra.

   Respiró profundamente y esperó.

   Pasaron unos minutos  y de la oscuridad del corredor  emergió la figura del benefactor.

-¡Tome, Angelica! Espero que le sirva de algo.

-¡Muchísimas gracias;  Don  Ramón!  No olvidaré nunca lo que ha hecho por Miguel. Le tendré en mis oraciones a la Virgen del Carmen.

-¡Ande, ande!  Que no ‘pega’ mucho la mujer de un rojo con la Virgen –bromeó Don  Ramón.

-¡No crea; Don  Ramón! Yo puedo ser la mujer de los que ahora llaman, los que han ganado la guerra, rojos, pero sigo creyendo como siempre en Dios y la Virgen del Carmen  y,  estoy segura que me  escuchan – y añadió-.   Bueno, me voy. ¡Quede usted con Dios! ¡Y, que Él se lo pague lo que ha hecho!

-¡Que Él le acompañe, buena mujer!

    Ángeles se vio de nuevo en la calle.

    Miró el papel que le había  entregado. En él, Don Ramón había hecho constar de su puño y letra, que Miguel Ledesma le había sacado de la prisión Provincial a la que había sido llevado en Abril de 1.936, por un grupo de milicianos; y muy posiblemente le había salvado la vida, exponiéndose con ello a la animosidad de sus compañeros de Sindicato. Además, le constaba,  que dicho detenido no había cometido delito de sangre alguno, ya que le conocía desde que era un chiquillo  y sabía de su nobleza y generosidad.

Y, para que así constara lo firmaba en Almería a 1 de Septiembre de  1939.

       La esposa  no sabía si con este papel que tenía en sus manos  bastaría para ayudar a su marido. Tampoco tenía a quién preguntárselo; así que debería decidir ella sola.  Después de unos minutos, creyó que sería mejor reunir todos los avales posibles que pudiera conseguir.

 Le constaba que Miguel había ayudado a muchas más personas a salir de las prisiones adonde de manera arbitraria habían sido llevados, quizá  para darles una muerte aún más ignominiosa que su arresto.

     Así  pues, se encaminó hacia la casa de otro conocido hombre de derechas, que fue detenido en los primeros tiempos del llamado Alzamiento: Don José Escamilla, y al que Miguel liberó cuando, prácticamente, le sacaban para darle el “paseíllo”.

    Caminó con rapidez;  la tarde se echaba encima. Pocas personas se cruzaron con ella en las calles que iba atravesando;  no le cabía duda que la gente se escondía. Por otra parte, no le extrañaba, el miedo se palpaba. Acabada la contienda, las venganzas seguí


Publicado por mariangeles512 @ 19:45  | Dramas
Comentarios (0)  | Enviar
Mi?rcoles, 02 de julio de 2008

   El aire era templado. Los enormes eucaliptos se mecían majestuosos desertando de su perfume que hacía soñar en un campo abierto.

   Las hojas de tonos rojizos y ocres, bailaban dulcemente en el aire,  tapizando con una multicolor e imposible alfombra todo lo que cubrían. Era otoño; pero el tiempo vestía aún con ardor.

  A pesar de ello,  el chiquillo que caminaba a mi lado tiritaba de frío. Tosía mucho y se posaba una mano de áspero dorso sobre su pecho.

- ¿Te duele?

-Un poco, pero ahora se pasará.

- ¿Tienes frío?

-Sí; mucho.

- ¡Mira; ven!, vamos a ese edificio en construcción; el guarda tiene una hoguera encendida; ahí  podrás calentarte un poco.

Nos acercamos  a la luz resplandeciente de las llamas. El vigilante dormitaba y, al sonido de nuestros pasos, abrió los ojos.

-¿Qué se les ofrece?

-El muchacho, que está enfermo, y tiene algo de frío.

El viejo miró al crío, que no tendría más de diez años, y meneó la cabeza con gesto reprobador.

-Pero, este niño parece estar muy mal. ¿Le ha visto un médico?

-Sí, si le ha visto.

-¿Y qué les ha dicho?

-Nada de importancia; sólo es un resfriado.

Sentí vergüenza al pronunciar estas palabras. El médico había auscultado al muchacho y en su mirada  comprendí la gravedad de su estado. Nos dio una rececta para que comprásemos medinas que  le aliviarían,  pero no fuimos. No tenía un céntimo.  Y seguimos nuestro  camino hacia ninguna parte. El crío no tenía una moneda y yo tampoco. ¿Qué podíamos hacer, pues, en una situación así? Si no había dinero, no había nada qué hacer. Así de sencillo; y aunque nos hubiéramos topado con un rico caritativo, tampoco se habría salvado.

-No me parece a mí que sea sólo un resfriado- insistió el vigilante.

Decidí que lo mejor era que nos fuéramos de allí. Nos levantamos y dijimos adiós al viejo.

-¿Te sientes ya mejor?

-Sí; ya no me duele- dijo con los labios apretados.

-¿Y tu familia? ¿Sabe que estás enfermo?

-No; no tengo familia. Me he escapado de un orfanato.

-Y, ¿por qué has hecho eso, estando como estás?

-No intereso a nadie, y quería ver la calle por última vez. Sé que voy a morir. Mis padres murieron de lo mismo.

-¿De lo mismo?

-¡Sí; tenían SIDA!

Me sentí profundamente turbado. Aquella serenidad en un chiquillo hablando  de su muerte…Traté de reponerme.

-¡No hables de esas cosas; eres un niño! ¡Anda vamos a sentarnos un rato bajo ese árbol!- dije sin saber qué decir ante tamaño desastre.

Nos acurrucamos allí, y el canto  del cristal de una fuente cercana  arrulló nuestro cansancio.  Pasé una mano por la cabeza rapada  del chico. Olía a miseria. Bajé mi mano tratando de acariciar su rostro cuando una ardiente lágrima cayó en mi palma; la retiré y mis dedos chocaron  con algo duro que sonó en mi bolsillo: eran  dos euros; ¡que maravilla!  No sabía que poseía ese dinero, aunque  sólo nos llegaría para un café; pero eso calentaría un poco al enfermo.

-¡Mira, voy al bar de enfrente y traigo unos cafés calentitos para los dos!

No contestó y yo crucé la calle corriendo a por la bebida energizante.

    El bar era un lugar pequeño donde una luz mortecina iluminaba a un viejo camarero, sentado en ese momento.

-¡Déme dos cafés con leche, muy calientes, por favor!- pedí al camarero con los tobillos  hinchados.

    Servidos con mano trémula,  los tomé con cuidado y salí hacia donde estaba el muchacho. Lo encontré con la cabeza entre sus brazos; había llorado; la luna se  miraba  en sus lágrimas. Le toqué un hombro al ver que no atendía a mis palabras; con horror observé que su cabeza caía desmayadamente hacia un lado, sobre uno de sus hombros.

 

El frío había pasado. Y la noche caminó  indiferente, atenta sólo a su belleza.

 

 

 


Publicado por mariangeles512 @ 20:12  | Dramas
Comentarios (0)  | Enviar
Martes, 01 de julio de 2008

¡ENAMORADO!

 

 

 Caminaba  con ella a mi lado bebiendo la húmeda noche.  Mis pies dejando sus huellas en la fina arena. El mar soñaba conmigo, a mi vera.  Me sentía embriagado de placer. Su cálido aliento,  perfumado de jazmín,  escanciaba en mis oídos quejidos de amor que confortaban mi alma. Deseé que la noche no terminara. Me sentía deseado, besado, amado de una manera tan sutil, tan como yo siempre soñara, que jamás creí vivirlo.

     Raudales plateados seguían refulgiendo sobre la ardiente arena,  mientras por el oriente una leve transparencia hacía barruntar un  alba imposible.

 Cuando la realidad se apoderó de mí, y el viento me trajo el primer albor,  ella desapareció. La busqué largo tiempo, pero,  ¡ella no volvió!

Rendido, me dirigí a mi casa; allí esperé todo el día a que ella volviera; pero;  ¡no volvió!

Cuando el cansancio me venció,   me dormí; deseando que el sueño  me alejara de aquella fantasía.

De pronto, y desde lo más profundo, sentí que  me tocaban y me abrazaban.  ¡Era ella!

Todo  en rededor se había tornado garzo, y de nuevo, la argentina luz se atrevía a traspasar mi ventana. Me incorporé y la abracé, sintiendo mi ser pletórico de gozo, de nuevo.

Mi dicha fue inmensa,  porque, yo me enamoré de la noche y,  ¡ella me correspondió!


Publicado por mariangeles512 @ 18:56  | Amor
Comentarios (2)  | Enviar