Mi?rcoles, 02 de julio de 2008

   El aire era templado. Los enormes eucaliptos se mecían majestuosos desertando de su perfume que hacía soñar en un campo abierto.

   Las hojas de tonos rojizos y ocres, bailaban dulcemente en el aire,  tapizando con una multicolor e imposible alfombra todo lo que cubrían. Era otoño; pero el tiempo vestía aún con ardor.

  A pesar de ello,  el chiquillo que caminaba a mi lado tiritaba de frío. Tosía mucho y se posaba una mano de áspero dorso sobre su pecho.

- ¿Te duele?

-Un poco, pero ahora se pasará.

- ¿Tienes frío?

-Sí; mucho.

- ¡Mira; ven!, vamos a ese edificio en construcción; el guarda tiene una hoguera encendida; ahí  podrás calentarte un poco.

Nos acercamos  a la luz resplandeciente de las llamas. El vigilante dormitaba y, al sonido de nuestros pasos, abrió los ojos.

-¿Qué se les ofrece?

-El muchacho, que está enfermo, y tiene algo de frío.

El viejo miró al crío, que no tendría más de diez años, y meneó la cabeza con gesto reprobador.

-Pero, este niño parece estar muy mal. ¿Le ha visto un médico?

-Sí, si le ha visto.

-¿Y qué les ha dicho?

-Nada de importancia; sólo es un resfriado.

Sentí vergüenza al pronunciar estas palabras. El médico había auscultado al muchacho y en su mirada  comprendí la gravedad de su estado. Nos dio una rececta para que comprásemos medinas que  le aliviarían,  pero no fuimos. No tenía un céntimo.  Y seguimos nuestro  camino hacia ninguna parte. El crío no tenía una moneda y yo tampoco. ¿Qué podíamos hacer, pues, en una situación así? Si no había dinero, no había nada qué hacer. Así de sencillo; y aunque nos hubiéramos topado con un rico caritativo, tampoco se habría salvado.

-No me parece a mí que sea sólo un resfriado- insistió el vigilante.

Decidí que lo mejor era que nos fuéramos de allí. Nos levantamos y dijimos adiós al viejo.

-¿Te sientes ya mejor?

-Sí; ya no me duele- dijo con los labios apretados.

-¿Y tu familia? ¿Sabe que estás enfermo?

-No; no tengo familia. Me he escapado de un orfanato.

-Y, ¿por qué has hecho eso, estando como estás?

-No intereso a nadie, y quería ver la calle por última vez. Sé que voy a morir. Mis padres murieron de lo mismo.

-¿De lo mismo?

-¡Sí; tenían SIDA!

Me sentí profundamente turbado. Aquella serenidad en un chiquillo hablando  de su muerte…Traté de reponerme.

-¡No hables de esas cosas; eres un niño! ¡Anda vamos a sentarnos un rato bajo ese árbol!- dije sin saber qué decir ante tamaño desastre.

Nos acurrucamos allí, y el canto  del cristal de una fuente cercana  arrulló nuestro cansancio.  Pasé una mano por la cabeza rapada  del chico. Olía a miseria. Bajé mi mano tratando de acariciar su rostro cuando una ardiente lágrima cayó en mi palma; la retiré y mis dedos chocaron  con algo duro que sonó en mi bolsillo: eran  dos euros; ¡que maravilla!  No sabía que poseía ese dinero, aunque  sólo nos llegaría para un café; pero eso calentaría un poco al enfermo.

-¡Mira, voy al bar de enfrente y traigo unos cafés calentitos para los dos!

No contestó y yo crucé la calle corriendo a por la bebida energizante.

    El bar era un lugar pequeño donde una luz mortecina iluminaba a un viejo camarero, sentado en ese momento.

-¡Déme dos cafés con leche, muy calientes, por favor!- pedí al camarero con los tobillos  hinchados.

    Servidos con mano trémula,  los tomé con cuidado y salí hacia donde estaba el muchacho. Lo encontré con la cabeza entre sus brazos; había llorado; la luna se  miraba  en sus lágrimas. Le toqué un hombro al ver que no atendía a mis palabras; con horror observé que su cabeza caía desmayadamente hacia un lado, sobre uno de sus hombros.

 

El frío había pasado. Y la noche caminó  indiferente, atenta sólo a su belleza.

 

 

 


Publicado por mariangeles512 @ 20:12  | Dramas
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios