Jueves, 26 de junio de 2008

Las dos piedras

 

Las salvajes aguas de un torrente morían en un hermoso lago de claro fondo, en el que miles de piedrecillas refulgían a la luz del sol.

Las había de todos los colores: doradas, negras, marrones, blancas…pero había  dos que destacaban entre todas por su bello color: azul como el cielo.

Ellas, ajenas a su belleza,  se lamentaban de la inutilidad de su vida:

-“ Hija, ya ves, ¡ qué aburrido, todo el día aquí rodando y rodando, con el rugir del agua siempre en el oído”.

- “Sí, es verdad, no valemos para nada, aunque seamos hermosas y pudiéramos estar en la corona de alguna reina”

¿Qué dices, en una corona” ¿No sabes que para eso usan piedras preciosas y no simples quijarros como nosotras?”

- “¡Tienes razón, no valemos para gran cosa,  pero al menos, somos libres y  podemos movernos en este inmenso fondo! ¡Algo es algo!”

Con esta conformidad las garzas piedrecillas se consolaron de su inutilidad.

 

Días más tarde una especie de pala se introdujo en el fondo del lago y arrasó con un buen montón de chinas, entre las que destacaban las de índigo color.

 

Un petreo murmullo se levantó en la herramienta:

-“¡Eh! ¿Dónde nos llevan? ¿Quiénes son ustedes? ¡Seguro que se equivocan, nosotras no tenemos ningún valor!

Ni un sonido respondió a sus quejas. Fueron descargadas en algún lugar donde se respiraba mucho polvo. Las piedras se vieron envueltas en una sustancia muy sólida de la que apenas podían moverse.

-“¡Oigan, saquennos de aquí, no podemos respirar!

Pero nadie les prestó la menor  atención, incluso notaron que alguien con un martillo las gopeaba para introducirlas en un determinado lugar del que no podían moverse. Así quedaron aprisionadas totalmente.

Las chinitas se desesperaron y lloraron toda la noche, pero nadie acudió a consolarlas. Mirando como podían a su alrededor vieron un hilillo de agua que se deslizaba detrás de ellas.

-¡Por favor, amigo agua, haz lo posible por discurrir lo más cerca de nosotras  que puedas, a ver si logras ablandar esta prisión y podemos escapar!

-¡Haré lo que pueda! -  respondió el el agua.

Poco a poco, día tras día, el agua fue deshaciendo la masa que albergaba a las dos piedrecitas, hasta que una noche, al fin, pudieron dar un salto y caer al suelo.

 ¡Libres de nuevo!

No se atrevieron a moverse de allí en toda la noche esperando que una ráfaga de viento, o una  fina lluvia las llevara a otro lugar; y alli los primeros rayos del sol acariciaron su color.

Al poco, unos ágiles pasos oyeron a lo largo de aquel lugar,  que se detuvieron allí, y una voz espantada exclamó:
“¡Dios mío! Las bellas pupilas azules de nustra Señora, han desaparecido!”.


Publicado por mariangeles512 @ 19:12  | Cuentos
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