S?bado, 31 de mayo de 2008

                                                     LA CASA DE AL LADO
   Aquel día había cumplido cuarenta años y había tomado una  gran decisión: irme de mi casa temporalmente y, por fin, escribir la novela que, por  largos años, existía en mi mente.

   Mi matrimonio, el nacimiento de mis hijos, el atender mi casa y mi trabajo,  me habían imposibilitado escribir dos líneas seguidas sin ser interrumpida; así pues, decidí alejarme una temporada de los míos y tratar de concentrarme en el campo en una casa pequeña pero confortable, algo alejada de la ciudad, rodeada de hermoso boscaje;  y cuyo vecino más próximo estaba a doscientos metros, más o menos, de mi casa.

   El día de mi llegada, a primeras horas de la mañana,  no vi a nadie. La casa estaba cómodamente amueblada  y sólo tuve que llevarme mis ropas y el ordenador; las primeras horas del  día las ocupé en conocer la vivienda,  en organizar mis pertenencias y en  situar la mesa de trabajo,  la silla y la computadora, en el lugar que me pareció más adecuado y alegre de la casa: frente a una gran ventana.

   El día siguiente amaneció precioso con un sol magnífico, y me levanté muy temprano para aprovecharlo al máximo. Estaba tomando mi primera taza de café mientras paseaba delante de la fachada de la casa, admirando el paisaje,  cuando de pronto, me pareció ver de soslayo algo parecido a una caja funeraria sacada por dos hombres de la casa de al lado e   introducirla en una furgoneta. Todo fue tan rápido que estuve casi segura que fue una alucinación mía. La gran arboleda, las abundantes sombras proyectadas por las ramas, podrían haberme producido semejante ilusión. Lo que me pareció una  furgoneta, en cuestión de segundos, se perdió en la espesura como si jamás hubiera estado allí, y quizá fuera así.

   Me quedé pensativa sobre lo ocurrido o lo que yo creía haber visto. Había  pasado muy pocas horas en aquel solitario lugar para que ya mi mente desvariara; así pues, decidí, después de comer,  acercarme a la casa  vecina, y conocer a sus inquilinos  con el pretexto de una invitación a tomar un café en mi casa.

   Tal como lo pensé lo hice; sobre las cinco de la tarde  caminé menos de diez minutos y me encontré ante la fachada de la casa. Dos automóviles de alta gama esperaban pacientemente que alguien los diera vida.

   Puerta y ventanas aparecían cerradas, con las contraventanas de madera, también cerradas;  algo extrañó  en un día tan excelente como aquel. Me dio la impresión que en su interior no habitaba nadie pero la presencia de los coches me disuadió de esta suposición.

   Toqué a la puerta y, pasados unos segundos, nadie me respondió. Volví a llamar con más ímpetu y esperé algo inquieta por  mi insistencia. ¡Nada! Ni voces, ni pasos escuché en mi ya larga espera.  Rodeé la casa a ver si en la parte posterior encontraba a mis vecinos, pero allí sólo había grandes cubos, (que supuse serían para la basura, aunque los encontré muy limpios). De pronto reparé en  una pequeña puerta que daba entrada a la vivienda. La empujé con sumo cuidado, la hoja se abrió y un amplio pasillo me invito a entrar. Mi sorpresa iba en aumento: la casa parecía abandonada o deshabitada, aunque su interior estaba ordenado y reluciente. Nadie me interpeló por mi atrevimiento, ni voz alguna llegó a mis oídos; así  que llegué a la conclusión  de que mis vecinos habían salido, por algunos momentos, de su casa, aunque los coches… ¡claro!,  podían estar paseando bajo la hermosa arboleda…¡eso debía de ser!

   Decidí regresar a mi casa y dejar para mejor ocasión la invitación a café, cuando una ventana en un lado del amplio pasillo, acaparó mi atención: era pequeña, con barrotes, algo que me extrañó profundamente, y  un olor muy especial emanaba de ella. No pude reconocerlo en aquel momento, pero tuve la total seguridad  de que era un olor que también percibí en los hospitales. Una imperiosa necesidad de mirar a través de aquella ventana se apoderó de mí. Tomé, sigilosa, una silla y la coloqué  bajo ella. Con gran cuidado me subí y alcancé a ver: mi corazón emitió un latido fuera de tiempo que casi se me sale del pecho ante lo que mis ojos captaron. Era una especie de quirófano. Dos personas ataviadas de cirujanos, con los guantes, la bata e incluso las mascarillas salpicadas de sangre, estaban inclinadas sobre el cuerpo inerme de un hombre desnudo, cuyo tórax estaba abierto en canal. En una mesa adyacente, sobre una bandeja,  palpitaba aún un corazón al que acompañaban un oscuro hígado y dos extraños órganos, que por su forma, deduje eran los riñones. Tres neveras portátiles estaban  a los pies de la mesa. ¡Dios! ¿Qué era  aquello?

A mis oídos llegó un leve murmullo emitido por una de aquellas personas:” por éste pagarán mucho”- señalando al corazón.

No  pude estar ni un segundo más allí, me faltaba el aire y parecía que  iba a desmayarme.

Salí corriendo pero con extremo cuidado, cuando el móvil empezó a sonar. “¡Maldita sea! Si  perciben mi presencia seguro que no salgo viva de aquí. Lo abrí para que dejara de sonar,  volví a cerrarlo y  salí a la calle sin dejar  de correr hasta llegar a mi casa. Un mareo terrible se apoderó de mí.

 De nuevo el sonido del móvil. Ahora sí lo atendería cuando mi respiración se normalizara.

-¡¿Sí?; ¿con quién hablo?

-“Pero mujer,  ¿que te pasa? Me has cortado la comunicación  sin decirme ni ¡hola! ¡Dormilona!,  supongo que estabas  medio dormida, ¿no?  ¡Son las nueve de la mañana y quería saber cómo has  pasado tu primera noche en soledad!


Publicado por mariangeles512 @ 20:00  | Misterio
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Mi abuelo vive en mí.

 

Hace muchos años, cuando yo tenía once, mi abuelo Gildo, mi abuelo materno, murió en su cama, rodeado de sus hijos y nietos sin apenas un lamento. Pero no quiero hablar de mi abuelo muerto. Me he animado a escribir de él, porque veo que otros muchos recuerdan con cariño y respeto a sus abuelos y yo le debo al mío gran parte de lo que soy, aunque fuera un niño cuando él desapareció de forma física de mi lado.

 

-        Dito (éste es el nombre que cariñosamente mi abuelo me dio) ven conmigo a jugar al parchís.

-        Vale abuelo, ¿nos jugamos la perra gorda o la chica?

-        Hoy una gorda, porque es sábado y mañana domingo, y con las ganancias es posible que puedas comprar cacahuetes o barquillos en el Campo Grande cuando tus padres te lleven a pasear.

Con él, siempre nos  jugábamos algo. Porque decía que el juego sin aliciente no tenía gracia. La verdad es que yo siempre ganaba, porque al final me daba la perra e incluso a veces ponía la mía también para empezar.

 Me enseñó a jugar a las cartas, a las damas y a un montón de cosas. Además, algunos veranos iba con mi madre a una casa que tenía en un pueblo de la Sierra de Madrid y allí creo que me hice un auténtico hombre. Además de pasar algunos ratos con mi abuelo, paseando e invitándome a mantecadas en el bar del pueblo, así como ver como construía “cacharritos” de metal para mi hermana pequeña, en una improvisada fragua, como cantaritos, lecheras, baldes, … que aún conserva, por cierto; en ese pueblo aprendí sobre vacas, trillas, burras y sobre el campo en general.

-        Dito, lleva la burra al “praillo”- me decía el vecino, llamado Miguel y que tenía cuadras con vacas y otros animales.

-        Voy, Sr. Miguel, que estoy acabando de desayunar.

Otro día:

-        Dito, ven conmigo a trillar, que te pongo en el trillo y con unas piedras gordas, puedes hacerlo.

Y así era. Me montaba en el trillo y alguna vez no se como no salí disparado en la era, porque las vacas de labor se aceleraban más de la cuenta.

 Recuerdos imborrables que se agolpan en mi mente y que quiero agradecer a mi abuelo. Bueno y a mi abuela materna también. Ésta era más callada y se dedicaba a hacer las comidas, a lavar, y asear la casa sin una queja. De tal manera, que una vez viuda, creo que perdió la cabeza porque ya no tenía que ocuparse de su marido y sus hijos y su mente no daba para más, aunque sabía leer y escribir y yo le daba novelas de Emilio Salgari y las leía enteras, repitiendo los capítulos, porque se le olvidaban de un día para otro.

  Tenía una costumbre que entonces me desagradaba y hasta me hacía chillar, pero que recuerdo ahora con cariño.

-        ¿Ésta rodilla es mía?- me decía mientras me apretaba con su mano una rodilla y yo decía:

-        ¡Ayyy!¡Ayyy!-quejándome, lo cual servía para que me apretara un poco más.

-        Como dices ¡ahí, ahí! Creo que me pides que apriete.

-        Digo ¡Ay! No ¡Ahí!

 

Y así pasábamos un rato en el forcejeo, hasta que me daba un beso, que compensaba con creces el mal rato.

 Ahora cuando veo a mis nietas, recuerdo con nostalgia a mis abuelos. Otro día contaré más cosillas y además también de mis abuelos paternos.

 


Publicado por Lanzas @ 19:13  | Familia
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