S?bado, 31 de mayo de 2008

Mi abuelo vive en mí.

 

Hace muchos años, cuando yo tenía once, mi abuelo Gildo, mi abuelo materno, murió en su cama, rodeado de sus hijos y nietos sin apenas un lamento. Pero no quiero hablar de mi abuelo muerto. Me he animado a escribir de él, porque veo que otros muchos recuerdan con cariño y respeto a sus abuelos y yo le debo al mío gran parte de lo que soy, aunque fuera un niño cuando él desapareció de forma física de mi lado.

 

-        Dito (éste es el nombre que cariñosamente mi abuelo me dio) ven conmigo a jugar al parchís.

-        Vale abuelo, ¿nos jugamos la perra gorda o la chica?

-        Hoy una gorda, porque es sábado y mañana domingo, y con las ganancias es posible que puedas comprar cacahuetes o barquillos en el Campo Grande cuando tus padres te lleven a pasear.

Con él, siempre nos  jugábamos algo. Porque decía que el juego sin aliciente no tenía gracia. La verdad es que yo siempre ganaba, porque al final me daba la perra e incluso a veces ponía la mía también para empezar.

 Me enseñó a jugar a las cartas, a las damas y a un montón de cosas. Además, algunos veranos iba con mi madre a una casa que tenía en un pueblo de la Sierra de Madrid y allí creo que me hice un auténtico hombre. Además de pasar algunos ratos con mi abuelo, paseando e invitándome a mantecadas en el bar del pueblo, así como ver como construía “cacharritos” de metal para mi hermana pequeña, en una improvisada fragua, como cantaritos, lecheras, baldes, … que aún conserva, por cierto; en ese pueblo aprendí sobre vacas, trillas, burras y sobre el campo en general.

-        Dito, lleva la burra al “praillo”- me decía el vecino, llamado Miguel y que tenía cuadras con vacas y otros animales.

-        Voy, Sr. Miguel, que estoy acabando de desayunar.

Otro día:

-        Dito, ven conmigo a trillar, que te pongo en el trillo y con unas piedras gordas, puedes hacerlo.

Y así era. Me montaba en el trillo y alguna vez no se como no salí disparado en la era, porque las vacas de labor se aceleraban más de la cuenta.

 Recuerdos imborrables que se agolpan en mi mente y que quiero agradecer a mi abuelo. Bueno y a mi abuela materna también. Ésta era más callada y se dedicaba a hacer las comidas, a lavar, y asear la casa sin una queja. De tal manera, que una vez viuda, creo que perdió la cabeza porque ya no tenía que ocuparse de su marido y sus hijos y su mente no daba para más, aunque sabía leer y escribir y yo le daba novelas de Emilio Salgari y las leía enteras, repitiendo los capítulos, porque se le olvidaban de un día para otro.

  Tenía una costumbre que entonces me desagradaba y hasta me hacía chillar, pero que recuerdo ahora con cariño.

-        ¿Ésta rodilla es mía?- me decía mientras me apretaba con su mano una rodilla y yo decía:

-        ¡Ayyy!¡Ayyy!-quejándome, lo cual servía para que me apretara un poco más.

-        Como dices ¡ahí, ahí! Creo que me pides que apriete.

-        Digo ¡Ay! No ¡Ahí!

 

Y así pasábamos un rato en el forcejeo, hasta que me daba un beso, que compensaba con creces el mal rato.

 Ahora cuando veo a mis nietas, recuerdo con nostalgia a mis abuelos. Otro día contaré más cosillas y además también de mis abuelos paternos.

 


Publicado por Lanzas @ 19:13  | Familia
Comentarios (1)  | Enviar
Comentarios
Publicado por Invitado
S?bado, 12 de diciembre de 2009 | 0:13
una carta muy bonita yo no conoci a mis abuelos y no pude disfrutar de ellos pero lo que e leido es como me hubiera gustado que seria el tienpo con ellos ,sige relatando esos recuerdos