Jueves, 28 de febrero de 2008

EL MONSTRUO DE LAS GALLETAS
Monstruo de las galletas

El Monstruo de las galletas.

 

 

 En un país llamado Galletallia,  los niños, cuando dejaban de tomar la leche de su madre, eran alimentados con galletas mojadas en crema de vaca.

 Los crios  crecían sanos y hermosos y existían más de veinte fábricas de toda clase de galletas. Las había de vainilla, integrales, del tipo María, tostadas y unas especiales con chocolate, que sólo cuando los niños cumplían los tres años eran autorizados a tomarlas.

 

 Pero no era tan fácil mantener lo del límite de edad, porque todos sabían que existía el MONSTRUO DE LAS GALLETAS; que en cuanto las madres dejaban corretear a sus niños solos por el Parque les sorprendía, y todos aparecían con una galleta de chocolate en cada mano, ¡y teniendo menos de tres años!

 Ningún adulto veía al Monstruo, pero los niños insistían que era un hombre muy alto y muy feo, que llevaba un carro de galletas de chocolate, y en cuanto daba a cada uno dos galletas, desaparecía entre las fuentes y los árboles del Parque y ya no le veían más.

 

 Lucía era una niña con dos años y medio de vida, con una melena casi pelirroja y unos ojos oscuros, que su mamá vestía con mimo y que cuidaba que no comiera galletas de chocolate antes de que cumpliera los tres años requeridos. Le tenía dicho:

-        Lucía, en el Parque nunca te alejes de mi o de tu tita, porque hay monstruos que engañan a los niños con golosinas y a lo mejor son venenos.

-        Mamá, mamá, yo no quiero ver el monstruo, que, que,… el otro día…- contestaba balbuceando,  pero no terminaba.

 La mamá se quedó un poco intranquila, pues no quería resaltarla nada sobre el despreciable ser, aunque no le considerara tanto, porque el que diera galletas de chocolate a los niños antes de tiempo tampoco era para total desprecio. Decidió vigilar estrechamente a Lucía y no perderla de vista, cuando subía a los toboganes, a los columpios y sobre todo cuando jugaba al escondite con sus tres amiguitas del colegio.

 

 Un día de primavera, Lucía se puso detrás de un árbol durante dos minutos y de pronto una gran sombra que podía a la del árbol la envolvió, y la niña preguntó:

-        ¿Eres el monstruo de las galletas?

-        Nooooooooooo, no soy ningún monstruo. Soy un hombre que perdió a sus hijos muy niños, porque les asustaron con el chocolate. Tú ¿te asustas con el chocolate?

-        No sé lo que es. Mi mamá me dice que es malo.

-        El chocolate es muy bueno- oía una voz como de ultratumba.

-        ¡Yo quiero chocolate!- chilló la pequeña.

-        Pues toma dos galletas de chocolate, pero cómetelas delante de mi.

 Lucía cogió las galletas que le ofrecían unas manos como si fueran arbustos o quizás, aunque la niña no lo conocía ¿eran así por la artrosis galopante del anciano? Se las llevó a la boca y se deleitó en un santiamén con el buen gusto de las mismas.

-        Como has sido muy buena, toma otras dos, para que se las enseñes a tu mamá.

-        ¡Gracias, monstruo, digo abuelito!- la niña era muy lista y recordaba que el extraño le había dicho que no era lo que era.

-        Lucía, ven en seguida- era su madre, que apenas vio a la niña detrás del árbol se impacientó.

-        Mama, mamá, he visto al monstruo, mira que galletas me ha dado.

 La chiquilla extendió sus manos hacia su madre, pero estaban totalmente vacías y limpias.

 

 

  

 


Publicado por Lanzas @ 18:50  | Cuentos
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Domingo, 24 de febrero de 2008

EL PESCADOR

 El pescador

 

  El otro día iba paseando por el borde del malecón entre pensativo y preocupado, cuando sin apenas sentir, se me hizo de noche. Me senté en una gran piedra al borde del mar, y desde ella pude escuchar, e incluso sentir, el oleaje. La mar estaba en calma, y las olas rompían de forma mansa contra la escollera sin apenas levantar espuma. Las luces cercanas del puerto me hicieron pensar en la oscuridad del mar. Mirando hacia el horizonte pude ver una luz que tintineaba en la lejanía. Las luces de los barcos de pesca siempre me llaman la atención, no precisamente por desconocidas. La paciencia que tiene un pescador con la caña o con la red me apasiona.

 De adolescente,  había sido muy impaciente y si no conseguía algo enseguida me desilusionaba. Mi abuelo me decía muchas veces:

-        Robertito, ya se te pasará esa impaciencia, con los años.

-        Abuelo, yo quiero ser dinamitero, en las canteras. Poner el cartucho y que vuele lo justo, para recoger las piedras gordas, y luego otros se dediquen a cuartearlas en pedazos más pequeños.

-        Bueno, bueno. Más mérito tienen los pescadores que esperan horas y horas para conseguir unos pocos kilos de pescado, pero luego bien nos gusta paladearlos en el plato.

 

 Y así me convencí que es mejor ser pescador, que dinamitero. Hoy no pude salir con mi barco, porque está en el dique seco, en reparación. Y por eso me encuentro aquí, a la orilla del mar, algo deprimido, porque el mar es toda mi vida, entre boliches, redes, aparejos y nudos se me pasan los meses de pesca. Primero es la sardina, luego, el boquerón y más tarde la dorada, la herrera, la breca, la oblada, el pargo y el borriquete; sin olvidar al jurel.

 

 Los jureles me gustan especialmente. No sólo pescarlos, sino comerlos en una fritura malagueña, por su carne sedosa y agradable.

 

 Las luces cada vez son más nítidas en la oscuridad de la noche. Me tengo que retirar a dormir, porque mañana ya estará mi barco arreglado, y junto al ‘Neme’ y ‘Paco’ , éste que os lo cuenta, y que le llaman ‘ Tito’, partirá de madrugada para regresar dentro de dos o tres días con las bodegas llenas de pescado sabroso y listo para la lonja del puerto.

 

 


Publicado por interazul @ 11:29  | Costumbres
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S?bado, 23 de febrero de 2008


                       ¿ME DA UN ABRAZO?

Salí del edificio en el que había trabajado durante cuatro años, acongojada, hundida. Me habían despedido. ¿Motivos?, reducción de plantilla; salimos los más recientes en la empresa. Yo pensé que debería ser al contrario, ¿no? Si no, yo iba a ser eternamente la recién llegada.,
Esto, unido a que el sábado anterior, mi pareja me había dicho que me dejaba y se fue del piso que compartíamos; había originado que mi autoestima y confianza en mí, rodaran por los suelos
Lágrimas de conmiseración por mí misma pugnaban por salir, pero las contuve. Iba por la calle. “¡No; no des la impresión de una pobrecilla!” ¡Me las tragué!
Al pasar por una librería me detuve, para relajarme un instante, en su escaparate. Me atrajo la atención un libro. Era un libro de autoayuda, y sentí que necesitaba comprarlo. Estaba sola y necesitaba cualquier cosa que pudiera ayudarme.
Llegué a mi casa y tuve que servirme una copa de vino para infundirme energía, o para tranquilizarme; no sé. Estaba hecha un lío.
Abrí el libro y comencé a leer. Enseguida supe lo que a mí me hacía falta para sobrevivir; para sentirme bien; para creer en mí; y afrontar los problemas con entereza y fortaleza. ¡Qué maravilla de libro! ¿Cómo no lo habría visto antes?

¡NECESITABA ABRAZOSSSSSSSSSSSSS!

Pero, ¿a quién abrazar?; vivía sola, mi familia estaba en otra provincia…¡Ah!, mis amigas!
Llamé a Laura, una de mis íntimas:
-¡Hola, querida!, ¿cómo estás?
-¡Hola! ¡Bien, estoy muy bien!, y, ¿tú?
- Yo…¡Laura!, ¿podríamos quedar a tomar un café esta tarde?
-¡Cómo lo siento, Olivia, pero tengo una cita, que no puedo anular!
-Bien…no te preocupes, no pasa nada.
Marqué el número de Tita, compañera de trabajo,
-¡Hola Tita!, ¡Perdona!, pero ,¿podría esperarte a la salida? Tengo un problema.
-¡Uy!, ¡Querida! ¡Cuánto lo siento; pero me espera Luis!; ¿otro día, quizá?
-¡Sí, claro; otro día, cómo no; (¡imbécil!)
Continué marcando hasta cuatro números más; y, ¡nada! Todo el mundo estaba ‘superocupado,’ como para concederme a mí unos minutos.
Entonces, me vino a la mente la idea más genial que había tenido en todo aquel negro día.: LOS DEMÁS.
Salí disparada a la calle más concurrida de la ciudad, y empecé a caminar lentamente, fijándome en el rostro de las personas que venían en sentido opuesto.
“Esta, no; tiene cara de ‘mala leche’; seguro que me da con el bolso en la cabeza”
Vi a una señora madura de aspecto agradable. Me dirigí a ella:
-¡Perdone, señora!, ¿podría darme usted un abrazo?
-¡Señorita, yo ya no estoy para bromas!
-¡Oh; no! ¡Señora; no le estoy gastando una broma! ¡Es que necesito un abrazo!
-¡Bien, pues que se lo dé su mamá!
Y se marchó hablando, enojada, para sí.
Proseguí mi busca, ya algo asustada. No era fácil conseguir abrazos.
Una joven iba a rebasarme cuando la toqué en un brazo y se detuvo:
-¡Perdona,!; ¿Me quieres dar un abrazo, por favor?
-Me miró asombrada, y dijo:
¡Vale!
Y me estrujó por unos momentos entre sus brazos, sintiendo su calor. (¡seguro que esto era lo bueno!
-¡Gracias!, ¡Muchas gracias!
Echó a caminar con una mirada que me dio a entender que me tomaba por chiflada.
¡Un abrazo!, ¡sólo uno, y necesitaba, como mínimo, tres!
Unos cuantos pasos más y me detuve delante de un joven. Me miró sorprendido de que le hubiera cortado el paso:
-¿Qué quieres?- preguntó con una maliciosa sonrisa
-Yo…pues…verás, ¡quiero que me abraces!
-Pero, ¿tan ‘salida’ estás que tienes que pedirlo por la calle?
-¡Oye, no te confundas! ¡No estoy como has dicho! Yo sólo necesito un abrazo.
-¡Bueno, hija, pues si tu novio es tan tonto que no te los da, lo haré yo; ahí va!
Y diciendo esto me tomó en sus brazos, y sentí todo su juvenil cuerpo pegadito al mío.
(Éste me valdría por dos!)
Se alejó un poco y dijo:
-¿Suficiente, o sigo?
-¡No, vale; está bien así!, ¡Muchas gracias!
Cuando me disponía a conseguir otro abrazo, un ligero toque en mi hombro izquierdo me hizo detener.
-¡Eh! ¿Qué pasa?
-¡Señorita!; la he estado observando, y tengo que arrestarla por acoso sexual en plena calle.
¡Oh, no!, ¡Esta equivocado, señor agente! ¡No estoy acosando a nadie!
-Bien, ahora vamos a Comisaría, y allí explica lo que estaba haciendo.
Me hizo entrar en un coche celular y enfiló el camino a Comisaría.
Allí, sentada en un banco metálico, entre varias personas que también tenían que declarar, pensé en lo absurdo de mi situación. “La culpable es esta sociedad que nos enseña desde chiquitos a evitar el roce con los demás. Entro en un ascensor y veo cómo todos nos ponemos tiesos, para que ni un pelo de la ropa del otro, nos roce. ¡Malo, nos han dicho que los roces son malos! ¡Mentirosos! Si vemos a dos mujeres abrazándose, pensamos: son lesbianas. Si son dos hombres, maricones. ¡Y no, no es la verdad! Es que…”
-Señorita Laura Fernández, ¡pase!
Y pasé. Detrás de una amplia mesa un inspector de pelo cano y mirada bondadosa, (“de dónde habrá salido?&rdquoGui?o hace un ademán para que me siente.
-Señorita Laura, ¿podría explicar qué es lo que hacia en la calle parando a varias personas y abrazándolas?
- Señor Inspector, estaba haciendo lo que usted dice: abrazar a todo el que me lo ha permitido.
-Pero, ¿y a qué venía eso? Es rara su actitud, señorita.
-¿Rara?; ¡no, señor! Yo me siento mal conmigo misma. Tengo mi autoestima al nivel de mis tacones; no tengo seguridad ni confianza en mí; y no sé cómo afrontar de una manera digna los problemas que la vida me plantea. No tengo familia aquí, señor inspector, y el hombre con el que compartía mi vida me ha dejado; dice que ya no le atraigo. Y en el trabajo, también mal; hoy, me han despedido. Pero cuando iba destruida a mi casa y compré un libro en el que su autor dice que se necesitan cuatro abrazos al día, para sobrevivir; ¡nada menos que cuatro, señor!; y ¡ocho, para sentirse bien!; comprendí que ahí estaba mi salvación. ¡En los abrazos! Como no tengo cerca a nadie que pueda abrazarme, llamé a varias de mis amigas para que me dieran los abrazos que necesito con urgencia para vivir, pero como ellas no pudieron acudir; he salido a la calle a buscarlos. Eso es todo.
-¿Esta hablando en serio, señorita?
- Completamente, señor inspector.
El señor Inspector estuvo, unos momentos, en actitud reflexiva, me pareció, mientras acariciaba su crespo cabello, dijo:
-No tiene que preocuparse por conseguir esos abrazos que le van hacer sentirse bien; señorita. Como nosotros estamos para solucionar los problemas del ciudadano…- y mirándome directamente a los ojos, gritó - ¡Agente García, haga venir a dos agentes de las oficinas! ¡Rápido!
Dos fornidos agentes hicieron su aparición, esperando órdenes. El inspector se levantó del sillón, y acercando al primer agente a los recién llegados, preguntó:
¿Le parecemos bien los aquí presentes, para abrazarla?

Abrazo

 


Publicado por mariangeles512 @ 19:41  | Dramas
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Martes, 19 de febrero de 2008

La niña “inventora”

niña jugando 

 Los niños son muy proclives a inventarse historias, dando por ciertas lo que únicamente son producto de su mente infantil. Hoy en día con tanta televisión a su alcance y hasta ordenadores sin control, las mentes infantiles son atacadas por un sin fin de aventuras fantásticas que no son capaces de filtrar.

 Lo peor de todo, no es que los niños inventen, que es algo natural, sino que los adultos, las madres sobre todo, no recuerden que ellos hicieron lo mismo y den por cierto todo lo que les cuenten sus hijos, sin cotejar su autenticidad y sin hablar con terceros implicados. Hay adultos condenados por historias inventadas por niños, y niños apartados de otros por sus padres, siendo víctimas de terceros.

 Pero la historia que os voy a contar, basada en hechos reales, no es nada de triste y sí os puede alegrar vuestros azarosos días.

 

 Olivia era una niña de apenas cuatro años, que pasaba delante del televisor más de tres horas diarias, disfrutando de las sanguinarias aventuras de Tom y Jerry e incluso de las lacrimógenas peripecias de Heidi y de Marco. Pero las que más le gustaban a esa edad eran las de Caillou, un niño calvo muy bien educado y dispuesto a colaborar con sus semejantes para que su vida no fuera tan triste como la cruda realidad les da.

 Un día de mayo, la niña dijo:

-¡Mamá, mamá!, esta tarde, he vendido los juguetes que me regaló el abuelo.

- ¿Cómo dices, niña?

- Que he vendido todos los juguetes, que me vendió el abuelo. La Nancy a Rebeca, el tren de madera a Roberto y mi ordenador a Pablo Corrales.

 

 El “ordenador” era un ordenador para niños, que juega con las palabras y los números y que su abuelo le había regalado con dos años y que conocía a la perfección la forma de teclear los muñecos con las canciones y con las formas geométricas y con las palabras. ¡Una “alhaja”!

 La mamá se quedó estupefacta. Si que había llevado al Colegio de infantil, la mochila muy llena, pero como era su ‘tita’ la que la llevaba al “Cole” pensó que habría metido algo ella.

-        ¿Por qué los has vendido?

-        Porque, porque,…-la niña balbuceaba- tengo que conseguir otros nuevos.

-        No entiendo. ¿Qué te ha dado?

-        Caillou lo hace con sus juguetes y a su mamá le parece bien.

-        Pero, ¿precisamente los del abuelo?

-         Porque como el abuelito es muy mayor, sus juguetes son viejos- ¡Anda la niña!

-        ¿Y qué dinero te han dado?

-        ¿Dinero?

-        Si, sí, euros de estos- la mamá enseña a la niña unas monedas y un billete.

-        No, no. Me han dado unos tacos de madera, que la “seño” me ha quitado.

-        Mira, Olivia, mañana voy al Colegio para aclarar esto.

 

Al día siguiente la maestra estaba esperando a la mamá de la niña a la puerta de la clase.

-        Mira, Laura, tu niña ayer me hizo llorar.

-        ¡Además de vender los juguetes!, ¿te hizo llorar?

-        ¿Vender los juguetes?

 

Después de contar la mamá de Olivia lo que ésta le había contado, la maestra se rió.

-        No, nada de vender. Lo que hizo es prestar, como ella mismo dijo, los juguetes que más quiere, porque se los regaló el abuelo, a sus amiguitos del Cole. En más de dos horas todos estuvieron jugando con ellos y los tengo guardados en el armario.

-        ¡Hay que ver, lo inventora que es mi niña! ¿Por qué me diría que hizo lo mismo que Caillou?

-        Porque Caillou comparte sus juguetes con los amigos e incluso en una aventura los vende, los más antiguos, para comprar otros más modernos. Los niños mezclan realidad con fantasía a su antojo.

 

Y así terminó la supuesta “venta de juguetes de Olivia”.

 

 

 


Publicado por Lanzas @ 19:36  | Familia
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Lunes, 18 de febrero de 2008

La Secretaria eficiente

Aguantar al jefe 


Aquella mañana me levanté totalmente deprimido. La tarde anterior habíamos enterrado a mi primo Pablo, mucho más joven que yo, pero que aquejado de una bronconeumonía, complicada con un paro cardiaco, hizo inútil los esfuerzos de los médicos durante más de dos meses de agonía en la clínica. Además, me encontraba solo, porque mi Alicia querida se había cansado de mí por motivos que comprendía, ya que no le prestaba caso apenas, desde hacía unos meses.

 Después de  ducharme, desayuné sin ganas un zumo de naranja y un café recalentado del día anterior con una tostada integral con aceite, que me supo a petróleo, y salí hacia la oficina.

 Al llegar a ella, me saludó, como todas las mañanas, mi secretaria Vanesa San Martín, que atendía mis cartas y escritos de marketing, con una celeridad y pulcritud dignas de elogio, que le habían hecho merecedora de dos aumentos de sueldo en menos de un año, y la promesa que la ascendería a Asesora Principal de Marketing a los dos años.

 Pero apenas me fijaba en ella como mujer, porque era muy serio con los negocios y no quería que ni por asomo se malinterpretara algún gesto como un acoso sexual o algo así. Pero aquella mañana, asqueado de la vida, algún duendecillo interno me cambió:

-        ¡ Hola, Vanesa!, ¿qué tal anoche? Yo fatal.

-         Siento lo de su primo, yo como siempre, sola como la una.

 

La expresión  “sola como la una”, me hizo pensar que Vanesa no quería estar sin compañía, y como decía mi abuela; “siempre hay un roto para un descosido” y como yo andaba falto de cariño, aventuré:

-        Esta tarde,¿quieres venir a comer conmigo? Tengo que hablarte de los nuevos diseños para los anuncios en TV que estamos procediendo a enviar a los técnicos, y ya sabes que valoro tu opinión.

-        ¡Güay! Tengo un hambre esta mañana, que me vendrá requetebién, don Carlos.

-        No me llames don, dime Carlos, Vanesa, creo que debemos tutearnos.

-        ¡Vale!- noté que la muchacha mostraba unos ojillos saltones la mar de contentos, y rematé:

-        A las dos y media en punto nos vamos a “La Posada”, que se come muy bien, y muy tranquilos, porque tienen muchas plantas entre las mesas.

-        ¡Of course!- me respondió la  que intuía como muy pillina.

Esa mañana transcurrió muy lentamente y apenas hubo nada importante que no fuera ultimar los spot  sobre los dichosos chocolates, y pasar los guiones a los técnicos de TV, con la advertencia de que quería ver las primeras pruebas mañana mismo.

 A las dos y media llamé por el teléfono interior a Vanesa.

- ¿Estás lista? ¿Nos vamos?

- ¡Lista del todo!- escuché por el otro lado.

Al pasar delante de su mesa, pude observar a una mujer, que aunque no tendría más de veinticuatro años recientemente cumplidos, era para decirlo de una vez:¡Toda una mujer!. Al ponerse de pie, como si fuera la primera vez que la veía, contemplé sus caderas de ensueño y su pecho para volverse loco.

-        Vamos, niña, que he tenido una  mañana muy ajetreada- mentí- y ni he podido dictarte las cuatro cartas pendientes desde ayer.

-        ¡Carlos!, ¿Llevo al restaurante la agenda electrónica, por si acaso?

-        ¡Claro, claro!- dije mientras pensaba: ¡maldita agenda, veremos si te gusto tanto como tú me gustas!

 

Un día de diario no hace falta reservar mesa en la famosa “Posada”, donde sirven platos caseros, muy ricos y bien cocinados. Desde la sopa de picadillo, al cordero en caldereta, o los macarrones a la italiana, hasta el pescado al horno con cebolla y patatas asadas, por no decir los postres de arroz con leche o natillas a la catalana. ¡Bueno, para qué contar! Esa mañana, lo de menos eran los platos, sino el superpostre, que en mi interior de “macho“ me hacía relamerme de gusto.

 

 Mientras saboreábamos un generoso vino de ribera de Duero le espeté:

-        Vanesa, eres una mujer extraordinaria. Tu dedicación a la empresa y tu porte me lo indican. Pero a mi me verás como muy mayor, claro, y no querrás con un maduro cuarentón tener ninguna aventura, me imagino.

-        Carlos, desde que entré en la empresa he soñado que algún día cenaría contigo y que bailaría pausadamente entre tus brazos.

 

¡Recorcho!- pensé- y yo haciendo el idiota con la pesada de Alicia ¡Qué pena no haberla tanteado antes!

-        Bueno, al menos ya comemos juntos, pero esta noche estoy más solito que un “huno”, si tú no aceptas una cena en la terraza de “Jarpe”( es una cafetería restaurante, al lado del mar, que en estos tiempos de primavera es un ensueño para jóvenes y ricos)

-        ¡Acepto!- me respondió sin pestañear.

 

Aquella tarde fue la más larga de cuantas había pasado en la oficina y a la vez más corta. No hice más que llamar a Vanesa para dictarle, para preguntarla y para piropearla.

-        Vanesa, no te sientes en esa silla, que es muy dura para tu sensible piel.

-        ¡Qué cosas tienes Carlos, lo llevo haciendo durante dos años y sigo así!

-        Bueno, ya son las ocho, vámonos. Te dejo en tu casa una hora para que te arregles, como me dijiste, y te voy a buscar a las nueve en punto. Yo me cambio de traje, después de darme una ducha rápida, y estoy contigo.

 

Lo de menos fue la opípara cena que tomamos. Disfruté viendo a la muchacha, que parecía la primera vez que alguien la invitaba a cenar comentando cada bocado como si de un concurso se tratara.

-        ¡Me gustas mucho, Vanesa!

-        Tú eres mi sueño desde niña, Carlos.

 

Sin más nos bailamos tres piezas de vals o algo así y noté su cálido pecho junto al mío y ella notaría mi virilidad junto a su cuerpo. Creo que temblaba un poco entre mis brazos, y decidí no prolongar más aquél abrazo, dándole un beso en los labios que me supo a miel de la Alcarria.

-        Vamos a mi apartamento y que sea lo que Dios quiera y el demonio nos incite- le dije.

 Subimos en el ascensor enlazados, y ya saboreaba como de forma lujuriosa acabaríamos entrelazados, desnudos y sin más piel que la propia, y la suya entre ambos, para ser uno sólo.

 Al abrir la puerta del ascensor, y darle un azotito cariñoso en su trasero de fábula,  que ya no sería el mismo después de aquella noche, pude escuchar delante, como un poco en la penumbra del descansillo:

- Carlos, ¿quién es ella? Apenas dos meses separados y ¿ya  te traes a otra mujer a casa?- ¡Era la inoportuna Alicia!¡Trágame tierra!

 


Publicado por quijote_1971 @ 20:09  | Cuentos
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Feto

Esta mañana he oído tu voz como hace ya muchas mañanas. Pero tu voz, hoy, no me ha llenado de gozo, mamá, sino que el miedo y la inquietud que en ella percibía, me han asustado.
-“Y, ¿no será ya demasiado tarde, doctor? Estoy de veintisiete semanas de gestación.”
-No, señora; aún es tiempo de terminar con ‘esto’. Lo que tiene ahí dentro son todavía ,‘restos sanitarios’.
-¡Oh; mamá, “restos sanitarios”! Ese hombre con el que hablas dice que yo soy aún un resto; ¡Mamá, dile que no!, que yo tengo mi carita con mis ojos, mi nariz y mi boca; mis manos y mis pies! ¡Que ya estoy toda hecha, mamá!
¡Mamá, por favor!; no consientas que me arrojen lejos de ti: yo estoy loca por conocerte y besarte, y que tú me tomes en tus brazos y me enseñes las cosas hermosas de la vida, que a papá y a ti os he escuchado alabar.
Mamá, quiero ver el mar, el cielo, los pájaros, las flores... ¡Ah, quiero ir a la escuela, tener amigos, jugar; y quiero aprender a leer! Sí, a leer los maravillosos cuentos que tú has leído a mi hermana. Y quiero crecer, y conocer los países del mundo, y, mamá, ¡quiero enamorarme! ¡Sí; quiero sentir lo que tú sientes por papá!

Mamá, vosotros no me pedisteis permiso para engendrarme, pero yo, ahora, te pido permiso para vivir
Quiero trabajar y ser útil a los demás, y quiero ayudarte a ti, querida, mamá; ¡Por favor, no permitas que me consideren ‘restos sanitarios’ porque aún no tengo veinte y ocho semanas en tu vientre, y me echen por un vertedero!

Sé que papá y tú pasáis por un mal momento de dinero. Os escucho lamentaros de que no llegáis a final de mes. ¡No importa, mamá, todo cambiará! Detrás de las nubes sigue brillando el sol.

¡Mamá, igual que sientes en tu vientre mis pataditas, siente ahora mi voz sin palabras! Y te digo algo más: si no podéis alimentarme, no os preocupéis; permíteme nacer, y luego déjame en la puerta de un hospital, o al lado de un contenedor de basura, mamá; sé que hay muchas personas que suspiran por un hijo, y tienen que esperar años para adoptar uno. Yo podría ser una de esos.
Y, puestos en lo peor: ¡Véndeme, mamá! Hay personas que venden sus hijos por tres mil euros, ¡mamá! ¡Así, saldréis del problema!
¡Quiero vivir, mamá!

Siento que has salido del lugar horrible; que tu corazón late más regular; pero aún no sé qué has decidido hacer conmigo. ¡Mamá!, por todas las cosas hermosas, o no, que pueda conocer; por todos los seres humanos buenos, o no, que pueda amar; por todo lo valioso, o no, que yo pueda ofrecer a los demás, ¡dame esta oportunidad!; ¡Es única!
¡Te ruego, que me des permiso para vivir!


Publicado por mariangeles512 @ 13:26  | Familia
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