S?bado, 23 de febrero de 2008


                       ¿ME DA UN ABRAZO?

Salí del edificio en el que había trabajado durante cuatro años, acongojada, hundida. Me habían despedido. ¿Motivos?, reducción de plantilla; salimos los más recientes en la empresa. Yo pensé que debería ser al contrario, ¿no? Si no, yo iba a ser eternamente la recién llegada.,
Esto, unido a que el sábado anterior, mi pareja me había dicho que me dejaba y se fue del piso que compartíamos; había originado que mi autoestima y confianza en mí, rodaran por los suelos
Lágrimas de conmiseración por mí misma pugnaban por salir, pero las contuve. Iba por la calle. “¡No; no des la impresión de una pobrecilla!” ¡Me las tragué!
Al pasar por una librería me detuve, para relajarme un instante, en su escaparate. Me atrajo la atención un libro. Era un libro de autoayuda, y sentí que necesitaba comprarlo. Estaba sola y necesitaba cualquier cosa que pudiera ayudarme.
Llegué a mi casa y tuve que servirme una copa de vino para infundirme energía, o para tranquilizarme; no sé. Estaba hecha un lío.
Abrí el libro y comencé a leer. Enseguida supe lo que a mí me hacía falta para sobrevivir; para sentirme bien; para creer en mí; y afrontar los problemas con entereza y fortaleza. ¡Qué maravilla de libro! ¿Cómo no lo habría visto antes?

¡NECESITABA ABRAZOSSSSSSSSSSSSS!

Pero, ¿a quién abrazar?; vivía sola, mi familia estaba en otra provincia…¡Ah!, mis amigas!
Llamé a Laura, una de mis íntimas:
-¡Hola, querida!, ¿cómo estás?
-¡Hola! ¡Bien, estoy muy bien!, y, ¿tú?
- Yo…¡Laura!, ¿podríamos quedar a tomar un café esta tarde?
-¡Cómo lo siento, Olivia, pero tengo una cita, que no puedo anular!
-Bien…no te preocupes, no pasa nada.
Marqué el número de Tita, compañera de trabajo,
-¡Hola Tita!, ¡Perdona!, pero ,¿podría esperarte a la salida? Tengo un problema.
-¡Uy!, ¡Querida! ¡Cuánto lo siento; pero me espera Luis!; ¿otro día, quizá?
-¡Sí, claro; otro día, cómo no; (¡imbécil!)
Continué marcando hasta cuatro números más; y, ¡nada! Todo el mundo estaba ‘superocupado,’ como para concederme a mí unos minutos.
Entonces, me vino a la mente la idea más genial que había tenido en todo aquel negro día.: LOS DEMÁS.
Salí disparada a la calle más concurrida de la ciudad, y empecé a caminar lentamente, fijándome en el rostro de las personas que venían en sentido opuesto.
“Esta, no; tiene cara de ‘mala leche’; seguro que me da con el bolso en la cabeza”
Vi a una señora madura de aspecto agradable. Me dirigí a ella:
-¡Perdone, señora!, ¿podría darme usted un abrazo?
-¡Señorita, yo ya no estoy para bromas!
-¡Oh; no! ¡Señora; no le estoy gastando una broma! ¡Es que necesito un abrazo!
-¡Bien, pues que se lo dé su mamá!
Y se marchó hablando, enojada, para sí.
Proseguí mi busca, ya algo asustada. No era fácil conseguir abrazos.
Una joven iba a rebasarme cuando la toqué en un brazo y se detuvo:
-¡Perdona,!; ¿Me quieres dar un abrazo, por favor?
-Me miró asombrada, y dijo:
¡Vale!
Y me estrujó por unos momentos entre sus brazos, sintiendo su calor. (¡seguro que esto era lo bueno!
-¡Gracias!, ¡Muchas gracias!
Echó a caminar con una mirada que me dio a entender que me tomaba por chiflada.
¡Un abrazo!, ¡sólo uno, y necesitaba, como mínimo, tres!
Unos cuantos pasos más y me detuve delante de un joven. Me miró sorprendido de que le hubiera cortado el paso:
-¿Qué quieres?- preguntó con una maliciosa sonrisa
-Yo…pues…verás, ¡quiero que me abraces!
-Pero, ¿tan ‘salida’ estás que tienes que pedirlo por la calle?
-¡Oye, no te confundas! ¡No estoy como has dicho! Yo sólo necesito un abrazo.
-¡Bueno, hija, pues si tu novio es tan tonto que no te los da, lo haré yo; ahí va!
Y diciendo esto me tomó en sus brazos, y sentí todo su juvenil cuerpo pegadito al mío.
(Éste me valdría por dos!)
Se alejó un poco y dijo:
-¿Suficiente, o sigo?
-¡No, vale; está bien así!, ¡Muchas gracias!
Cuando me disponía a conseguir otro abrazo, un ligero toque en mi hombro izquierdo me hizo detener.
-¡Eh! ¿Qué pasa?
-¡Señorita!; la he estado observando, y tengo que arrestarla por acoso sexual en plena calle.
¡Oh, no!, ¡Esta equivocado, señor agente! ¡No estoy acosando a nadie!
-Bien, ahora vamos a Comisaría, y allí explica lo que estaba haciendo.
Me hizo entrar en un coche celular y enfiló el camino a Comisaría.
Allí, sentada en un banco metálico, entre varias personas que también tenían que declarar, pensé en lo absurdo de mi situación. “La culpable es esta sociedad que nos enseña desde chiquitos a evitar el roce con los demás. Entro en un ascensor y veo cómo todos nos ponemos tiesos, para que ni un pelo de la ropa del otro, nos roce. ¡Malo, nos han dicho que los roces son malos! ¡Mentirosos! Si vemos a dos mujeres abrazándose, pensamos: son lesbianas. Si son dos hombres, maricones. ¡Y no, no es la verdad! Es que…”
-Señorita Laura Fernández, ¡pase!
Y pasé. Detrás de una amplia mesa un inspector de pelo cano y mirada bondadosa, (“de dónde habrá salido?&rdquoGui?o hace un ademán para que me siente.
-Señorita Laura, ¿podría explicar qué es lo que hacia en la calle parando a varias personas y abrazándolas?
- Señor Inspector, estaba haciendo lo que usted dice: abrazar a todo el que me lo ha permitido.
-Pero, ¿y a qué venía eso? Es rara su actitud, señorita.
-¿Rara?; ¡no, señor! Yo me siento mal conmigo misma. Tengo mi autoestima al nivel de mis tacones; no tengo seguridad ni confianza en mí; y no sé cómo afrontar de una manera digna los problemas que la vida me plantea. No tengo familia aquí, señor inspector, y el hombre con el que compartía mi vida me ha dejado; dice que ya no le atraigo. Y en el trabajo, también mal; hoy, me han despedido. Pero cuando iba destruida a mi casa y compré un libro en el que su autor dice que se necesitan cuatro abrazos al día, para sobrevivir; ¡nada menos que cuatro, señor!; y ¡ocho, para sentirse bien!; comprendí que ahí estaba mi salvación. ¡En los abrazos! Como no tengo cerca a nadie que pueda abrazarme, llamé a varias de mis amigas para que me dieran los abrazos que necesito con urgencia para vivir, pero como ellas no pudieron acudir; he salido a la calle a buscarlos. Eso es todo.
-¿Esta hablando en serio, señorita?
- Completamente, señor inspector.
El señor Inspector estuvo, unos momentos, en actitud reflexiva, me pareció, mientras acariciaba su crespo cabello, dijo:
-No tiene que preocuparse por conseguir esos abrazos que le van hacer sentirse bien; señorita. Como nosotros estamos para solucionar los problemas del ciudadano…- y mirándome directamente a los ojos, gritó - ¡Agente García, haga venir a dos agentes de las oficinas! ¡Rápido!
Dos fornidos agentes hicieron su aparición, esperando órdenes. El inspector se levantó del sillón, y acercando al primer agente a los recién llegados, preguntó:
¿Le parecemos bien los aquí presentes, para abrazarla?

Abrazo

 


Publicado por mariangeles512 @ 19:41  | Dramas
Comentarios (3)  | Enviar
Comentarios
Publicado por Invitado
Domingo, 24 de febrero de 2008 | 23:25
No te cortes y da abrazos a tanto idiota como anda suelto y se le caeran las babas.(con r y con g)
Publicado por Invitado
Domingo, 24 de febrero de 2008 | 23:28
no te cortes y da abrazos a todos los idiotas que te encuentres.
Publicado por Invitado
Lunes, 25 de febrero de 2008 | 20:18
Sencillo original y sorpresivo tu relato. Gracias.
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