Lunes, 28 de enero de 2008
Capítulo 4
Visita a la cárcel


Terminado su escaso trabajo sobre las cuatro y media de la tarde, Ángeles se despidió de su jefe y con paso rápido se encaminó a la cárcel. En esta ocasión el camino le pareció menos feo y desolado, ya que su estado de ánimo cuando iba a ver al esposo le hacía ver el mundo más hermoso. La carretera estaba muy transitada por los familiares de los presos que también iban a verlos. La mayoría eran mujeres. Algunas, en grupo, otras, solas como Ángeles. Todas con la sonrisa muerta.
La alegría había desaparecido de Almería. Al menos, entre los que habían perdido la guerra.
Al llegar a la puerta de la cárcel unos soldados les ordenaron ponerse en fila para entrar en la prisión.
Ángeles, junto a los demás visitantes, recorrió un oscuro pasillo de altos techos y desconchadas paredes. Olía a humedad y miseria. Al poco, desembocaron en una amplia galería recorrida en toda su longitud por dos vallas metálicas semejantes a las que circundan los campos, pero más fuertes.
Altos y enrejados ventanales alumbraban escasamente la amplia estancia, brindando la mísera iluminación un aspecto aún más lóbrego al recinto y a todo lo que allí ocurría.
Por el centro de ambas vallas metálicas había un pasillo por el que hacían guardia dos soldados.
Ante la verja que daba al pasillo por donde habían entrado los visitantes se amontonaban los familiares de los presos, y detrás de la otra reja estaban los reclusos que recibían visitas.
La mujer del ‘rojo’, entre aquel gentío no veía a Miguel. Recorrió la galería mirando ansiosamente hacia los rostros desdibujados por el enrejado. Sentía una angustia indescriptible. Temía que ya no estuviera.
Rostros afilados, sin afeitar, buscando con avidez la cara de la persona amada. De pronto, se estremeció. De entre un montón de rostros macilentos, descubrió el del hombre por el cual vivía. Su cara estaba muy pálida. Sus ojos más hundidos, o quizás fuera efecto de la luz. Cuando sus miradas se encontraron la angustia desapareció. El amor que se profesaban afloró a ellos.
Los labios de Miguel se movieron pero ella no entendió nada.
El griterío en la galería era terrible.
Todos querían hacerse oír, elevando la voz todo lo que podían. Ángeles trató de acercarse todo lo que pudo a la reja, apretujada por otras mujeres que gritaban detrás de su cabeza.
- ¿Cómo estas? ¿Te encuentras bien? - gritó la esposa en medio de aquella algarabía.
- ¡Sí, estoy bien! ¿Sabes que me han perdonado las penas, pero que nos van a mandar a otra ciudad? - gritó el marido.
Estas nuevas las oyó su mujer perfectamente. Por la primera sintió una inmensa alegría pero al oír la segunda sintió como si el suelo se deslizara bajo sus pies. Eso significaba que no podría verlo, ni mandarle algo de comida ni ropa limpia ni jabón.
Sintió que no podía articular palabra y menos delante de toda aquella gente.
Se repuso sacando fuerzas de donde pudo:
-¡No te preocupes! Yo iré a verte donde te lleven - le gritó con la voz rota por la emoción.
El esposo nada contestó. En sus profundos ojos algo semejante a una lágrima se adivinó.
El barullo en la galería aumentaba por momentos. Los sollozos se entremezclaban con el sonido confuso de las voces.
Ángeles pensaba seguir a Miguel hasta el fin del mundo, no importaba lo lejos que lo llevaran, no importaba nada, excepto poder verle. Pero otras mujeres en el mismo caso no podrían, y esto significaba lo mismo que si los hubieran fusilado. Esta reflexión la llenó de dolor por tantas madres, esposas e hijas que, quizá, ya no volverían a ver más sus seres queridos.
Los guardias avisaron que el tiempo se había terminado y conminaron a la muchedumbre a que fuera saliendo.
Ángeles miraba intensamente el rostro de su marido deseando dejarlo grabado en sus retinas por mucho tiempo.
No articularon palabra alguna.
No podían.
Con la mirada trataron de darse fuerzas para seguir adelante. Uno dentro, la otra fuera. Quizá, algún día todo este calvario terminase y pudieran reunirse de nuevo. Decididamente ese día estaba lejos.
Confiaban en que su amor les mantuviera firmes, sin decaer, esperando un mañana prometedor.
-¡Venga, señora! ¡Es usted la última.¡ ¡Salga ya! - oyó Ángeles a su lado.
Levantó la mano en señal de despedida. Miguel hizo lo mismo. Una lágrima caía suavemente por la mejilla de la mujer. Debido a la distancia y a la mala luz, no vio que por las mejillas de Miguel resbalaban otras.
Tal vez, había que agradecer la mísera iluminación.
El regreso hacia el hogar fue triste. La noticia de que iban a llevar a los presos a otro penal, a otra ciudad, era algo que la trastornaba profundamente.
El mayor problema que Ángeles tenía era la falta de dinero para el viaje. No sabía tampoco cuándo se llevaría a cabo el dichoso traslado. Si tenía algo de tiempo pondría en venta su dormitorio. Muebles hechos también por Miguel. Con el dinero de la venta tendría para el billete del tren. Este dinero lo guardaría, por supuesto, junto con el que le quedaba de la venta del comedor. Comería con lo poco que le pagaban en la sastrería. Claro, que de ahí también habría que sacar para llevarle al marido algo de comida mientras permaneciera en Almería
Mientras caminaba con estos pensamientos, los ojos clavados en el suelo, no veía a nadie. Se dio cuenta que se acercaba a la capital cuando alguien la llamó:
-¡Angélica! ¿De dónde vienes por estos andurriales?
Ángeles volvió la cabeza y vio a una de sus antiguas vecinas de la calle donde tenían la casa sus abuelos Detuvo su caminar y contestó:
- Pues, por este camino, ¿de dónde puedo venir? - preguntó la aludida a su vez - ¡Encarna! Vengo de la cárcel de ver a mi marido....
- ¿Ah sí? - le interrumpió la otra - Y, ¿cómo está?
- Bueno, ¡bien!… dentro de lo que cabe. La verdad, pasando mucha hambre, Encarna. Todos, pasando mucha necesidad. Yo, casi todos los días le traigo algo de comida, pero a pesar de todo le he visto muy delgado.
- ¡Claro, mujer! Tu marido es un hombretón y necesita alimentarse bien; aunque en estos tiempos es muy difícil encontrar bastante comida.
Las dos mujeres siguieron caminando juntas hacia la ciudad hablando de los mil y un sufrimientos que se estaban padeciendo en aquellos años.
Al llegar a la bocacalle donde vivía Ángeles, las conocidas se desearon suerte y cada una se encaminó a su casa.
Cuando entró en el silencioso y vacío hogar sus pasos la llevaron al dormitorio. Quería verlo, evaluarlo; imaginar cuánto dinero podría pedir por él, si es que encontraba a alguien que quisiera comprarlo. Pensó que también podría vender las dos mecedoras que tenía en el dormitorio y en las cuales, Miguel y ella habían soñado en esas noches en que hacía demasiado calor para poder dormir.
Todo junto quizá fuera suficiente para el viaje y para poder alojarse algunos días en alguna pensión, hasta que encontrara una habitación con ‘derecho a cocina’.
El tener que desprenderse de todas sus cosas le producía un dolor sordo en la garganta. Un nudo que le impedía tragar hasta la saliva. Todo lo que estaba sucediendo era como si le fueran arrancando trozos de su ser en carne viva.
Nunca imaginó que podría suceder tal cosa. Verse sin nada. Todos los sueños hechos añicos.
Pero había que seguir adelante. No podía hundirse. Miguel no contaba más que con ella. La familia de él, de quien podría haber obtenido algún beneficio, ya que alguno de sus hermanos era falangista, le había vuelto completamente la espalda. Estaba, pues, sola para ayudarle, para hacer lo que hubiera que hacer.

Miró en la alacena qué había para cenar. Poca cosa. Algo de pescado y un trozo de pan. Para ella era suficiente e incluso le sobraba, la náusea era su sensación habitual. Después de haber tomado un par de jureles fritos, abrazada por la soledad, se dirigió al dormitorio.
Lo miró detenidamente. Si tenía suerte pronto dejaría de verlo, aunque por paradojas de la vida esto le supusiera un dolor imposible de soportar. Se quitó la ropa y se metió bajo las sábanas que ella misma había confeccionado antes de casarse. Todo lo que la rodeaba había sido elaborado por ellos, y por lo tanto, era más caro a su corazón. Pero por encima de todas estas cosas, estaba él. Su vida, su hambre, su salud. Esto tenía que cuidarlo al precio que fuera. No cabía duda que iba a ser muy alto, pero no importaba. Cuando lo único que se tiene en el mundo y que se ama apasionadamente necesita ayuda, todo lo demás carece de importancia.
A pesar de estos pensamientos el sueño la venció por fin y su alma dejó de sufrir.
Durmió toda la noche y los primeros rayos de un hermoso amanecer de Octubre le dieron en el rostro a través de los ligeros visillos.
La mujer abrió los ojos, vio el lado de la cama vacío como ya tantos días, y la realidad se le hizo presente. La angustia y las preocupaciones volvieron a su ánimo.
Se levantó, se aseó y se dirigió a la cocina para hacer su adulterado café. Con este sólo alimento salió a la calle.
El vientecillo matinal le dio en el rostro y sintió una agradable sensación.
Olía a mar, a salitre; olor muy familiar y amado por la mujer. Sintió que su ánimo se vivificaba. Con buen paso se encaminó a la sastrería.
Después iría a ver qué se podría comprar. Todo estaba racionados, pero no importaba. Lo que le correspondía a ella, se lo llevaría a él. Ángeles se arreglaría con cualquier cosilla. Con un trozo de pan y café, malta o lo que fuera, se conformaba.
La calle estaba desierta a esas horas de la mañana. Sólo algunos obreros trabajando en la retirada de escombros.
Por la cabeza de la mujer pasó como un rayo la idea de que si Miguel le hubiera hecho caso cuando le dijo que no se metiera en nada de política, quizá ahora no se verían así. Una especie de rabia le nació muy adentro. Pero no supo bien contra quién. “Por otra parte - pensó - conocía a muchos desgraciados que habían sido fusilados sin meterse en nada. Sólo porque se dijo que eran rojos o que estaban de acuerdo con el régimen legal vigente, la República”.
Ella no podía oponerse a los pensamientos de su marido. Afortunadamente, las ideas sólo le pertenecen a uno La rabia inicial dio paso a la admiración cuando recordó cómo era su esposo: su generosidad, su creencia de que todo hombre con el que trataba era una bellísima persona, como él solía decir, a pesar de las decepciones que se llevó. Su afán por ayudar a todo aquel que le pidiera algo. Lo trabajador que era.
Reconocía que era una persona valiosa.
Le necesitaba profundamente.
El vivir como ahora vivía, era un horrible castigo. Sintió que las lágrimas le borraban la visión y por unos momentos no supo dónde ponía los pies. Todo andaba mal. Pero ella tenía que ayudarle como fuera. Esto era lo único que sabía con certeza en estos momentos tan inciertos.
Llegó a la sastrería cuando el dueño estaba terminando de abrir.
-¡Buenos días, Angelica! ¿Qué tal hemos amanecido hoy?- preguntó el sastre con tono afectuoso.
- Pues como todos los días, Don Fermín. ¡Mal! Ayer me comunicó mi marido que se lo van a llevar, junto a otros presos, a otra ciudad, no sabe dónde aún. Esto nos trae muchos problemas, Don Fermín, porque ¿cómo le voy a poder llevar ahora lo poco de comer y la ropa limpia que le llevo? Puede que se muera de hambre o se ponga enfermo de tanta miseria como hay en la cárcel, y yo ni siquiera me entere.
-¿Y tú, piensas hacer algo? ¡Angelica! - preguntó el sastre con cara de preocupación.
- Pues, yo, Don Fermín, si algo tengo claro, es que me voy tras él. ¡Adonde sea! ¡No importa! Como no tengo hijos no tengo que pensar en las calamidades que podrían pasar. Lo que haya que sufrir, lo sufriré yo sola. Me falta saber adónde los llevarán y reunir el dinero para el viaje y para vivir unos días hasta que encuentre algo de trabajo - terminó Ángeles con decisión.
-Veo en eso una actitud muy valiente, Angelica, y un gran amor por tu marido. Te deseo que tengas mucha suerte, hija.
Entraron los dos a la sastrería, encaminándose cada uno a su quehacer. El de la mujer consistía en hacer unos arreglos en tres prendas ya usadas. La demanda de trajes nuevos era muy escasa en aquel año de 1.940.
Pasaron las horas de trabajo y Ángeles salió a la calle con el propósito de comprar algo de comida que llevarle a Miguel. En una callejuela vio a un hombrecillo vendiendo sardinas en un cubo. Ángeles las echó un vistazo. Estaban como la plata. Le pidió una cantidad suficiente para los dos y se alejó calle abajo en busca del pan. Éste estaba racionado y daban una pequeña pieza por persona.
Con la bolsa que portaba sus escasas viandas se dirigió a casa. Tenía que cocinar aquello; ir al trabajo y a la salida llegarse hasta la cárcel para entregarle la cesta al soldado que en ese momento estuviera haciendo guardia. “Y, ojalá - pensó Ángeles - fuera de buena madre”: había oído decir que algunos soldados no entregaban las cestas a los presos”.
Eran poco más de las dos y medía cuando se dirigía a toda prisa a su trabajo. Quería llegar lo más pronto posible para ver si también podía salir un poco antes.
En la cesta había metido un plato con cuatro sardinas fritas y las dos raciones de pan; una muda limpia y un trozo de jabón.
Ella se había comido tres sardinitas sin una miga de pan pues no quedaba nada en la casa. No importaba. Quizá a la noche, se haría unas tortitas como las que le hacía su abuela. Un poco de harina, sal y un poco de agua. Y si se echaba un huevo, mejor que mejor.
Cuando se hizo la hora salió de la sastrería casi corriendo. La idea de que su marido estaba hambriento le ponía alas en los pies.
Recorrió el largo camino hasta el presidio y cuando ya lo vislumbraba una desagradable sensación se apoderó de ella.
¡Maldito edificio!
Comprendía que tenía que haber lugares como ése donde meter a los delincuentes, a los criminales; pero recluir en esos lugares a hombres que nunca habían hecho daño a nadie no le parecía justo.
¿Cómo podía estar condenado el pensar de manera distinta de otros hombres que habían ganado una guerra? Ángeles no lo podía entender. Quizá, era muy ingenua. Pero pensaba que con los hombres que habían muerto durante la guerra y todas las calamidades que ésta trajo a tantos hogares, ya era harto sufrimiento.
Llegó a las puertas de la prisión. Se acercó al soldado que hacía guardia.
- ¡Por favor! ¿Podría entregar esta cesta a mi marido? Se llama... se llama Miguel Ledesma - dijo Ángeles con miedo a la respuesta del joven.
Éste la miró con ojos escrutadores. Se fijó en los hermosos ojos negros de la mujer. La recorrió con la mirada de arriba abajo. Ángeles desvió sus ojos de los de aquel hombre. Si no hubiera sido por las circunstancias habría mandado a tomar por culo al tipo aquel. Pero bajó la cabeza y esperó la respuesta.
-¡Trae; mujer! ¡Miguel! dices que se llama tu marido; ¿no? Espera un poco.
Y entró con la pequeña cesta en su mano.
La mujer sin poderlo evitar, empezó a temblar.
El miedo; siempre presente. ¡El miedo!
Al cabo de unos minutos, que le parecieron horas, salió el soldado con la cesta vacía.
- ¡Muchas gracias! de verdad, se lo agradezco mucho.
-Vale, vale, mujer, no es para tanto. Ven a traer comida a tu marido siempre que quieras. Si yo estoy de guardia, no habrá problema. No todos los días se ve a una mujer bonita - bromeó el soldado.
Ángeles dio media vuelta y, sin añadir palabra, se alejó de allí
Esta escena se repetiría una y otra vez hasta que en el mes de Noviembre corrió la voz de que los presos serían llevados a una ciudad de la meseta Norte, llamada Valladolid.
En una de las visitas a su marido aquel mes, éste, entre el habitual griterío le dijo que salían al día siguiente hacía esa ciudad, situada a unos ochocientos kilómetros aproximadamente, en calidad de desterrados.
La mujer no podía articular palabra. El dolor se lo impedía.
El fatídico día había llegado. Y ella todavía no había vendido los muebles.
Sintió que se le iba la cabeza. Se agarró a la tela metálica que tenía delante. Las lágrimas discurrieron libremente por su rostro hasta el sucio suelo. Vio a Miguel que intentaba animarla, sus ojos clavados en los de ella. Se reprochó a sí misma su flaqueza, su poca entereza en estos momentos. Hubiera deseado comportarse de otra manera. Pero nuevamente, como con tantas otras cosas, esto también le salía mal. La visita terminaba y Ángeles no podía pronunciar palabra. Se maldijo a sí misma. Notó que alguien la empujaba hacia fuera. Levantó la mano en señal de despedida. Su marido le respondió.
Salió de allí como atontada, tropezando con unos y con otros. La riada humana la conducía hasta la calle. Ya en ésta el aire de la tarde le despejó algo la atormentada cabeza.
Encaminó sus pasos por la carretera bordeada de viejos árboles, deseando llegar a casa lo antes posible. Quería estar sola. Poder desahogarse. Recobrar la calma que había perdido por completo.
Sabía de la noticia pero cuando vio que la partida era inminente no pudo controlar su angustia y su miedo.
El camino hasta la capital se le hizo eterno. Se sentía enferma, sin fuerzas, próxima a vomitar no sabía qué amargas hieles.
Llegó a casa. Entró y la terrible sensación de vacío y soledad la abatió.
No pudo más. La visión de la desnuda habitación acabó con su escasa resistencia. Se dejó caer en el suelo de la cocina y echándose las manos a la cabeza gritó con toda la fuerza que le permitían sus pulmones.
Y lloró, lloró hasta que sintió que ya no le quedaban lágrimas.
Ya no le importó que la oyeran los vecinos.
Todo le daba ya igual.
Lo único que le importaba de veras en el mundo se lo iban a llevar Dios sabría a qué distancia de su tierra. Ella no podía seguirle de inmediato ya que carecía del dinero para el viaje y para los primeros días de estancia en esa ciudad, llamada Valladolid. Esto era lo que más la desesperaba.
En los tiempos de pobreza que se vivían no sabía cuánto tiempo tardaría en vender el dormitorio y el resto de enseres que le quedaban.
Se puso en pie y trató de hacerse un café para reanimarse un poco. Cuando estuvo preparado, se sirvió un vaso de los de agua del negro brebaje.
Sintió que poco a poco las fuerzas volvían a su atormentado cuerpo. Su mente empezó a cavilar. Al día siguiente iría a ver a sus amigas, después de ir a despedir a Miguel, y les contaría la necesidad que tenía. A ver si ellas podían comentar entre sus conocidos que se vendían unos muebles a buen precio y encontrar un posible comprador, tan necesario para Ángeles como el aire que respiraba
Se acostó con el terrible pensamiento de la partida.
Había visto las malas condiciones en que se encontraban los presos y no podía soportar la idea de no poder asistir a Miguel en lo poco que ahora hacía por él.
Sintió un miedo atroz de que enfermara y muriera y que ni siquiera pudiera verlo.
De repente, el cansancio producido por la enorme tensión nerviosa se apoderó de ella. Deseó dormir, no pensar más, no sufrir más...de momento.
La partida de los presos sería a las seis de la mañana. Tenía pues, que madrugar para ir a despedirle. Necesitaba descansar.

La noche se diluyó y cuando aún los primeros rayos de sol no habían aparecido por el oriente la mujer se encaminaba hacia la estación de trenes.
Un gran gentío encontró en ella.
Supuso que muchos serían familiares de los presos que, como ella, habían ido a darles su adiós.
El trepidar de viejos motores le hizo volver la cabeza hacia la zona de la entrada.
Viejos camiones militares llegaban cargados con los hombres que iban a ser desterrados. Al mismo tiempo soldados armados descendían de los vehículos formando dos filas con un pasillo en medio por donde circulaban los presos que, con las manos atadas a la espalda, caminaban lentamente hacia el tren.
Ángeles no veía Miguel.
Las cabezas de los allí presentes le tapaban la visión de los presos. Se abrió paso entre la gente para acercarse a la fila de soldados, y por un momento la alta figura de su marido apareció ante su vista. Quiso llamarle, pero se habían prohibido los gritos. Levantó el brazo agitando la mano al aire tratando de atraer la atención del esposo. Miguel ladeó la cabeza y la vio. Los ojos de ambos se quedaron por unos segundos prendidos unos en los otros. Decían muchas cosas que los hombres y las circunstancias no les dejaban decir. Los de él: ¡Te amo! ¡No me olvides!
Los de ella: ¡Te quiero! Te seguiré en cuanto pueda. No te abandonaré a tu suerte. ¡Adiós!
Miguel continuó caminando mientras los ojos de ella seguían prendidos en su espalda, ahora cubierta con harapos. Su mirada le siguió hasta que el delgado cuerpo fue engullido por el tren.
Después, lentamente, enfiló sus pasos hacia la salida de la estación, sin mirar a nadie y, sintiendo que el mundo daba vertiginosas vueltas alrededor de ella y sus piernas parecía que se habían transformado en algodón, se hundió en un pozo de negrura.


Publicado por mariangeles512 @ 19:34
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PR?LOGO



El d?a en que mi hermana mayor tom? su primera Comuni?n fue el m?s horrible de mi infancia; y lo recuerdo as? porque fue el primer d?a en el que nadie me prest? la menor atenci?n.
Despu?s de la Misa, era costumbre llevar a los ni?os a que les vieran las amistades; ?stas, les ofrec?an un regalo o una propina, y esto fue lo que rompi? mi alma infantil: que nadie me diera nada. Cuando ya no pude aguantar m?s y romp? a llorar, mi madre me dijo:
- ?No llores, Mar?a!, que cuando t? hagas la Comuni?n, a ti tambi?n te har?n regalos. ?Anda; vamos!, que quiero que Don F?lix, el que fue mi jefe en la sastrer?a, vea a tu hermana - dijo mi madre con su acento andaluz.

Me asi? de la mano, y con mi hermana caminando delante de nosotros con su bonito vestido blanco con encajes y jaretas, llena de alegr?a en su d?a tan especial, nos dirigimos a casa del sastre. Yo, sin embargo, me ve?a fea, mal vestida. Una vecina me lav? en el fregadero de piedra de la cocina, y me puso un vestido que me colgaba m?s por delante que por detr?s ?Un adefesio!
Otro recuerdo persistente, que no he podido olvidar a trav?s de los a?os, fue el comentario que Don F?lix le hizo a mi padre en un momento de la conversaci?n:
-Pues s?, Miguel, se lo digo muy en serio; donde ?ngeles pusiera los pies, ?usted deber?a poner los labios!

Me qued? pensativa. ?Qu? hab?a querido decir ese hombre? ?Por qu? mi padre deber?a besar donde mi madre pisara? ?Vaya frase! No la pude entender.
Yo jam?s vi besarse a mis padres, o, por lo menos ahora, no lo recuerdo; aunque si los hubiera visto, creo que no lo hubiera olvidado. Yo lo que vi desde mis m?s tiernos a?os fue a mis padres peleando: que mi padre hubiera tocado al gato y luego no se hubiese lavado las manos, pues a la basura todo lo que hab?a tocado. Si mi padre volv?a de la f?brica con aspecto preocupado, mi madre le dec?a:
- ?Oye! Si vienes ?hinchao? del trabajo no la vengas a pagar conmigo; ?eh?
Y era lo que Miguel necesitaba; pues su ira, si es que la tra?a, ante las palabras de mi madre la descargaba como una tormenta en casa. Cualquier motivo era v?lido para enfrascarse en una disputa. ?Cu?nto he sentido durante toda mi vida esta realidad! Creo que la ha marcado, as? como la de mi hermana. Si algo he envidiado a alguna de mis amigas de aquella ?poca, era el ver la uni?n entre sus padres.
Yo percib?a cuando iba a sus casas algo especial, algo que en aquel entonces no sab?a qu? era, pero que me daba cuenta que en mi casa no exist?a. Sent?a una alegr?a en la casa de mi amiga Azucena, que nunca goc? en la m?a. En una ocasi?n, y por casualidad, vi en la cama matrimonial a los padres de mi amiga; y fue ah? cuando me d? cuenta que en mi casa deb?a ocurrir algo extra?o y distinto a lo que suced?a en aquella casa, ya que mis padres no dorm?an en la misma cama. Mi padre dorm?a solo, mi hermana en otra habitaci?n, sola tambi?n, y yo con mi madre en la cama matrimonial. Y esto para m?, era lo normal, no hab?a conocido otra cosa.
Para comprender esta situaci?n, hay que remontarse a bastantes a?os atr?s:
Abril de 1933.



CAP?TULO PRIMERO
LA DETENCI?N


?ngeles y Miguel se casaron enamorados, sobre todo, ella. Miguel era alto, bien parecido, blanco de tez; apasionado con las cosas que le interesaban; inteligente, amigo de ayudar a los dem?s; todo el mundo le parec?a buena gente. Generoso.
?ngeles, por el contrario, era bajita, morena, de grandes ojos negros. Car?cter alegre, de lengua suelta; amiga de las bromas, de re?rse de todo y de todos, aunque con gracia, ?eso s?! No era demasiado inteligente, sino m?s bien intuitiva; fiel y honesta. Esta mujer amaba profundamente al vecino de su infancia. No hab?an jugado juntos; se llevaban muy mal. Miguel era muy loco en sus juegos, y ?ngeles no ten?a cabida en ellos. Al correr de los a?os, los dos se dieron cuenta que exist?a el otro, a pesar de haberse visto durante todos los d?as de su ni?ez y adolescencia.
Sus corazones se encontraron un d?a del caluroso Agosto almeriense, durante las Ferias, cuya Patrona es la Virgen del Mar.
Ambos viv?an muy cerca de la Plaza de Toros. ?ngeles estaba preparada para ir a la corrida.
Luc?a guapa con su vestido floreado, destacando su delgado talle, y el moreno de su piel, as? como el brillo de sus grandes ojos negros. Miguel al verla, le pareci? que la ve?a por primera vez y sinti? como mariposas revoloteando en la boca de su est?mago.
?l tambi?n estaba atractivo, muy bien trajeado para la ocasi?n.
Se acerc? a ?ngeles:
- ?Hola!; ?c?mo est?s? ? ella le mir? de arriba abajo.
- Bien, ?y t??
- ?Yo, estupendamente! ?Vas a los toros? ?Quieres que te acompa?e? -pregunt? con la m?s encantadora de sus sonrisas.
- Pues... yo, ver?s, voy con mis amigas? Paquita Campos y Pepa Montes ?contest? la vecina con un inoportuno cosquilleo en todo el cuerpo.

- ?Vale! pero no creo que las moleste que vaya con vosotras, ?eh?, todos somos del barrio.
Y fue el comienzo?
Se casaron en Abril de 1.933. A la boda no fue mucha gente; de la familia de ella, nadie. No ten?a ya padres y sus hermanos, sencillamente, no la quer?an. No se hab?an criado juntos: ?ngeles se cri? junto a sus abuelos paternos con cierta holgura, mientras sus hermanos viv?an en un abandono y miseria terribles, hasta el punto que los dos hermanos m?s peque?os fueron internados en un hospicio. Ella era la mayor y cre?an que habr?a podido ayudarles en algo.
La familia de Miguel estaba econ?micamente mejor situada que la de ?ngeles. El padre, de origen vasco, de Lekeitio, Bilbao, hab?a ido a parar a Almer?a, quiz? porque era marinero. All? conoci? a Carmen, bella mujer, con la que se cas?. Tuvieron cinco hijos; hijos, que en el futuro tendr?an ideas y visiones de la vida completamente opuestas.
Jos?, el padre, instal? varios peque?os negocios: carnecer?a, peluquer?a de caballeros..., que con el paso de los a?os fueron cayendo en la ruina, por la mala gesti?n y por gastar los hijos m?s de lo debido. Esta maltrecha situaci?n llev? a Don Jos? a un estado de abatimiento y tristeza, que desembocar?a en una muerte prematura.
Miguel se vio afectado profundamente por su desaparici?n, ya que se ten?a previsto que cursara estudios, como alguno de sus hermanos mayores, pero la falta de recursos, por una parte, y la falta de orientaci?n de un padre, por la otra, dieron como resultado que Miguel se desbandara, que faltara al colegio con frecuencia, y?ndose con otros muchachos a las afueras de la ciudad a jugar y a hacer globos de papel. Ante esta situaci?n, los hermanos mayores, pensaron que lo mejor era buscar una colocaci?n a Miguel. En la Compa??a de ferrocarriles la encontraron.

Una vez casado, construy?, poco a poco, los muebles para su hogar, al tiempo que se compromet?a en el mundo de la pol?tica.


Corr?an los primeros meses del a?o 1.936 y el malestar y el desorden eran generalizados. El secretario general de la C.N.T. viendo los malos tiempos que se cern?an sobre todos, dimiti?. Miguel, desoyendo los consejos de ?ngeles, que le pidi? que no se metiera en nada, acept? el cargo de secretario general de aquel Sindicato.
La esposa con su gran intuici?n, ve?a con ese sexto sentido, lo que Miguel no alcanzaba o no quer?a ver. ?sta fue una ?poca de discusiones entre la pareja, ya que se rumoreaba mucho sobre un levantamiento militar de las tropas afincadas en ?frica, que podr?a producirse de un momento a otro. ?ngeles tem?a que si se armaba alg?n ?jaleo?, Miguel podr?a verse envuelto en problemas, debido al cargo que ten?a en el Sindicato de trabajadores.
En estos tiempos las detenciones arbitrarias, los asesinatos brutales movidos por la envidia y el deseo de venganza, estaban a la orden del d?a. Se deten?a a Fulanito porque iba a Misa; al otro, porque se sab?a que era de derechas, o sencillamente, por odio y envidia; por un odio largo tiempo reprimido, y que ahora, con el desorden imperante permit?a cobrar venganza de tantos a?os de hambre, de tantos a?os de pobreza y falta de esperanzas.
En m?s de una ocasi?n, la puerta de la casa de Miguel fue aporreada a cualquier hora del d?a por un familiar desesperado porque se hab?an llevado sin m?s explicaciones, al padre, al hermano, o al hijo, un grupo de hombres armados. El destino de estos hombres era incierto. Muchas veces se concretaba en las tapias del cementerio, o en alguna desolada cuneta de alguna mal pavimentada carretera, en las que aparec?an con dos tiros en la cabeza. En otras ocasiones, eran retenidos en la Plaza de Toros; la c?rcel estaba a rebosar. Estos familiares ped?an a Miguel el enorme favor de que tratara de sacar a su padre, hijo, o marido, del lugar al que se lo hab?an llevado. Eran los momentos en que Miguel, con el nombre del detenido en un papel en la mano, marchaba a preguntar aqu? y all?, si sab?an d?nde estaba Fulanito o Menganito; y cuando por fin daba con el lugar en el que estaba detenido, se identificaba, hablaba con los hombres que de alguna manera eran los responsables de los presos, y con la ?influencia? que en aquellos momentos pudiera tener, consegu?a que esos encarcelados fueran puestos en libertad. Los detenidos, ciertamente, quedaban muy agradecidos, y en m?s de una ocasi?n le dijeron:
- ?Miguel! No olvidar? el favor que usted me ha hecho. ?Me ha salvado la vida! Si alguna vez necesita usted de m?, ah? estar? para atenderle en lo que sea necesario, si es que a?n vivo.
La verdad era que en esos tiempos tener amigos era muy valioso.
Lo que se rumoreaba que iba a ocurrir se produjo el 18 de Julio de ese a?o.
El levantamiento triunf? en algunas provincias, pero en otras, no. En Almer?a no triunf?.
?ngeles viv?a con el coraz?n en un pu?o. Miguel se pasaba gran parte del d?a fuera de casa; en el trabajo y luego atendiendo asuntos del Sindicato y, sobre todo, tratando de paliar, en lo posible, las injusticias y atrocidades que se estaban cometiendo.
Pasaron los meses; la comida escaseaba y Miguel ten?a que ir a los pueblos a ver qu? encontraba. ?ngeles tuvo que marcharse a Hu?rcal-Overa, un pueblecito cercano a la capital, ya que no pod?a soportar los bombardeos a que se vio sometida la ciudad desde el cielo y el mar.
Un momento crucial para la vida de Miguel, fue cuando se enter? de que un destacamento se dirig?a hacia la Estaci?n con intenci?n de tomarla; sin pensarlo dos veces cogi? el tel?fono, llam? al cuartel de donde proven?an los atacantes y hablando con la autoridad correspondiente dijo:
-?Al habla Miguel Ledesma! ?Les advierto que si intentan llegar a la estaci?n van a encontrarse una fuerte oposici?n, pues estamos armados hasta los dientes!
Y la Estaci?n no se tom? aquel d?a.
Cuando ya hac?a un a?o, m?s o menos, que Espa?a se debat?a entre ideas tan distintas y distantes, la pareja se traslad? a vivir a un cortijo que un hermano de Miguel pose?a a las afueras de la ciudad. En esta casa se dio cobijo a muchos malague?os, que una vez tomada M?laga, hu?an por la carretera que une ambas ciudades; calzada que vio hechos terribles, pues los que hu?an fueron ametrallados desde aviones volando a baja altura, y abandonados sus cuerpos en las cunetas.
(?Ay, si las cunetas hablaran!)
Almer?a fue ?liberada? a finales de la guerra.
Gentes que pudieron huir, huyeron.
Otros que oyeron la proclama de que: ?todo aquel que no se hubiera manchado las manos de sangre no ten?a nada que temer?, y se la creyeron, no huyeron.
?Y fue su perdici?n!
Miguel se la crey?, y fue detenido y llevado a la plaza de toros, que estaba abarrotada de paisanos. All? pasaron varios d?as a cual peor. No comieron ni bebieron nada, y por si fuera poco, una tromba de agua irrumpi? en la noche almeriense calando hasta los huesos a los desgraciados all? retenidos. Las ropas se secaron en sus cuerpos, y muchos enfermaron, y algunos murieron sin atenci?n alguna.
Miguel fue juzgado el 1 de Septiembre de 1939, el mismo d?a en que las tropas alemanas invad?an Polonia.
Fue condenado por rebeli?n militar a dos penas de muerte. ?Rebeli?n? Pero, ?qui?nes fueron entonces los que se levantaron? ?Los de la Republica o los llamados Nacionales?
?ngeles sinti? que las piernas no la sosten?an cuando el juicio acab? y trat? de acercarse un poco adonde estaba Miguel; le vio con la cabeza alta mirando al Presidente del Tribunal que acababa de pronunciar su sentencia de muerte, con la misma naturalidad que hubiera tenido si le hubiera mandado a otra provincia.
Los ojos de Miguel fuertemente sombreados por unas cejas obstinadamente bajas miraban con sorpresa a los ojos del presidente que le hab?a condenado a morir. No entend?a, c?mo sin haber matado a nadie, sino m?s bien ayudando a muchas personas a salvar sus vidas, le hab?an condenado a la ?ltima pena.
Ten?a treinta a?os y una esposa.
?Y qu? hab?a pasado con el bando o?do por radio, en el que Franco anunciaba a la naci?n aquella promesa de perd?n para todo el que no hubiera cometido un crimen?
?Mentira!
Como en tantas otras ocasiones, se hab?a mentido al pueblo. ?l, estuvo tranquilo al o?r esto. Le pareci? justo. Al ser detenido pens? que se deb?a a su participaci?n en el sindicato anarquista. A otros, por mucho menos les hab?an dado el ?pase?llo?. Por su cabeza pas?, en sus noches de insomnio, que quiz?s le echar?an algunos a?os de c?rcel.
?La muerte, jam?s!
De pronto se acord? que ?ngeles estaba en la Sala. La busc? con la mirada. Los ojos de ella, clavados en los de ?l, con expresi?n de espanto. Sus ojos refulg?endo por el efecto de las luces sobre las l?grimas, parec?an cavernas, agrandadas por el miedo.
El hombre sinti? que un r?o de pena le atravesaba el cuerpo. ??Pobre mujer! - pens? - ?qu? ser? ahora de ella? Y pensar que me advirti? que era muy peligroso meterse en cosas de pol?tica en estos tiempos.?
Sali? de su abstracci?n al o?r la voz de su mujer que le gritaba:
-?Miguel, no te preocupes! Yo ir? a ver a todos esos se?ores que t? salvaste. Les pedir? que intercedan por ti. ?Nos lo prometieron! ?Recu?rdalo!
? ?Haz lo que puedas, mujer, haz lo que puedas! - contest? el marido agradecido.
Unos soldados empujando a Miguel le encaminaron pasillo adelante.
Los ojos de la esposa le siguieron hasta que su figura fue engullida por el oscuro umbral de una puerta.
?ngeles sali? a la calle corriendo. Iba como loca.
El Sol ca?a con fuerza a?n en septiembre sobre la triste calzada. La calle, en estos momentos, estaba atestada de familiares que hab?an asistido al juicio hablando en voz baja; el miedo hab?a atenazado las gargantas de los vencidos.
La promesa de no represalias despu?s de acabada la guerra no se cumplir?a y los sufrimientos de los llamados? rojos,? ser?an terribles.
La mujer del preso se dirigi? hacia la casa de la familia de ?l. Ten?a un hermano falangista; Antonio.
?ngeles pens? en su cu?ado como posible intermediario para salvar a Miguel. Lleg? a la casa jadeando. La puerta estaba entreabierta; entr?; vio a su cu?ado Antonio sentado en una mecedora, mirando hacia la ventana. Ella con voz entrecortada por el miedo y la carrera casi grit?:
-?Antonio! ?Antonio! Miguel ha sido juzgado y le han echado dos penas de muerte. ?Por favor, Antonio! ?Tienes que hacer algo! T? tienes influencias ?No puedes dejar que le maten!
El hermano, sentado en una mecedora de enea, se balanceaba suavemente de espaldas a la puerta. Las s?plicas de su cu?ada ni siquiera le hicieron girar la cabeza hacia ella.
?ngeles guard? silencio y, pasados unos minutos que le parecieron una eternidad, comprendi? que de all? no obtendr?a ninguna ayuda para su marido, y sin a?adir palabra, sali? de aquella casa que en otro tiempo consider? un hogar.

Se dirigi? a su hogar. Ten?a que pensar lo que iba a hacer. Recorri? penosamente el trayecto.
Nunca imagin? vivir esta situaci?n. ?ltimamente hab?a estado muy preocupada por todo lo que hab?a visto a su alrededor: detenciones, asesinatos arbitrarios y toda clase de tropel?as inimaginables. Y siempre temi? por la suerte de Miguel
Se sent?a perdida. Ella no estaba acostumbrada a resolver grandes problemas. Su vida hab?a sido relativamente f?cil, dentro de la modestia en que se desenvolv?a. Al casarse con Miguel fue cuando su mundo empez? a agitarse un poco. El car?cter de ?l, inquieto, emprendedor, amigo de ayudar a quien pudiera; (pensaba que si la vida ten?a alg?n sentido, hab?a de ser por dar a alguien esperanza, ?nimo, comprensi?n).
La esposa era partidaria de no meterse en problemas, de vivir m?s para ellos. Por m?s que le rog? que no se metiera en el Sindicato, no consigui? nada. Ahora, en mitad de la solitaria calle, percib?a cu?nta raz?n hab?a tenido. A pesar de no entender de pol?tica, presinti? el peligro. Hab?a visto detener y desaparecer para siempre a personas que no hab?an cometido delito alguno, excepto saberse que pensaban de ?sta o aqu?lla manera. Luego, el odio y la envidia hab?an hecho el resto.
Miguel s? hab?a hecho algo, no precisamente malo, (siempre teniendo en cuenta desde d?nde se mirase), desde los dos bandos pod?an recriminarle: los republicanos, por haber ayudado a los llamados nacionales detenidos a salvar sus vidas, y los nacionales por haber evitado en un determinado momento la toma de la Estaci?n de Almer?a. Con esto ?ltimo era m?s que suficiente para que lo condenasen a muerte en esos tiempos.
?Pero sus manos estaban limpias!
?ngeles sigui? caminando. Respiraba afanosamente; los nervios y la debilidad por la falta de alimento hab?an hecho presa en ella. Sent?a desfallecer. Deseaba llegar a su casa, tomarse un caf? ?negro?, cargado, como le gustaba a ella, y recomponerse un poco. Despu?s ir?a a las casas de aquellas personas que Miguel hab?a ayudado para tratar de que intercediesen por ?l.
Por fin, lleg? a su domicilio. Abri? la puerta y la sensaci?n de soledad y tristeza la rode? por completo. La casa era la misma pero aparec?a tan desolada que ?ngeles sinti? un nudo en la garganta.
Mientras beb?a con fruici?n el caf?, oy? que alguien golpeaba la puerta; dej? el vaso en la mesa y sali? a ver qui?n era.
Su amiga Pepa Montes apareci? en el umbral.
?sta era una joven morena y de agraciado rostro, de buen coraz?n y sonrisa afable. Las dos mujeres se apreciaban mutuamente
-?Hola Pepa; Pasa!
-?Hola ?ngeles! Te he visto llegar y como te conozco tan bien, s? que algo malo te ha pasado. ?Dime! ?Qu? ha sido?
-?Ay, Pepa! - la voz de la mujer se quebr? al decir - vengo del juicio de Miguel, y ?f?jate, le han echado dos penas de muerte!
-?Qu? barbaridad! ?Pero si tu marido no ha matado a nadie! ?Acaso no es cierto lo que dijeron por la radio, que todo aquel que no se hubiera manchado las manos de sangre no ten?a nada que temer?
-?No; no! ?No es cierto! Y, lo peor, es que su propia familia no quiere echarle una mano. Su hermano Antonio, el falangista, cuando se lo he dicho, ni siquiera ha vuelto la cabeza para mirarme. ?El muy cabr?n! Ahora, que le he echado una maldici?n que como le caiga ?ya va bueno, ya!
- ?Y qu? es lo que piensas hacer? ?inquiri? preocupada la amiga.
-Pues he pensado pedir ayuda a los se?ores a los que Miguel ayud? al principio de todo esto. Ahora mismo en cuanto me tome este caf?, salgo para la casa de Don Ram?n Heredia.
-?Me parece muy bien! ?ngeles. Esa es muy buena gente. ?Ojal?, y consigas algo!
Cuando Pepa se hubo marchado, ?ngeles apur? su caf?; tom? su cartera y sali? a la calle.
El Sol estaba en lo m?s alto de su recorrido y pegaba fuerte. La mujer cruz? a la acera de enfrente donde la sombra hac?a menor el castigo solar. La calle desierta; que a esta hora parec?a que todos sus habitantes se hubieran escondido.
?ngeles caminaba aturdida, su cabeza colmada de ideas y pensamientos que deb?a y quer?a ordenar. No sol?a pensar mucho, pero en este instante de su vida un pensamiento le hac?a casi da?o en el cerebro: ?salvar a su marido de la muerte a toda costa!
No sab?a si lo conseguir?a, pero de que lo iba a intentar por cualquier medio, no ten?a dudas.
Casi sin darse cuenta, se encontr? frente a la hermosa puerta de la casa de Don Ram?n Heredia.
?sta era una casa grande, de dos plantas, con cuatro balcones en la primera y cuatro enrejadas ventanas en la baja.
Llam? a la puerta golpeando con el magn?fico, bru?ido y brillante pu?o de bronce, situado en la puerta para tal efecto. Esper?. Las piernas le temblaban tanto que tuvo que apoyarse en la pared del dintel. Nunca hab?a pedido favores a nadie, y ahora se ve?a en la necesidad de pedir por la vida de su marido.
??Y si no hab?a nadie? ?Se ir?a? ?No, no!? Iba a golpear de nuevo, cuando oy? a lo lejos unos pies que arrastr?ndose se acercaban a la puerta. ?sta se abri? y en el umbral apareci? la vieja criada de la casa, con oscuro traje de percal, y un n?veo mo?o rode?ndole la nuca. Su cara mostr? una leve sonrisa al reconocer a la mujer, que ?ngeles agradeci?.
-?Hola, Angelica! ?Qu? te trae por aqu??
-Pues ver?, Se?ora Paca... deseaba ver a Don Ram?n, si es posible, ?claro!
- ?Por qu? no, mujer? Ahora mismo voy a avisarle.
La anciana se perdi? en la oscuridad del corredor. ?ngeles se qued? en la entrada observando el orden y la limpieza que all? reinaba. Todo parec?a estar en su sitio. Brillantes los muebles y el suelo, a pesar de los muchos a?os que todo ten?a. Curiosamente, esta sensaci?n de orden produjo en el ?nimo de la mujer, algo semejante a un estado de paz. Gozando a?n de esta sensaci?n, oy? a sus espadas una grave y bien timbrada voz. Se volvi?. El due?o de la casa: alto, delgado, entrado en a?os, algo p?lido para aquellas tierras, se dirig?a a ella con una sonrisa paternal en su marchito rostro.
- ?Buenas tardes! Angelica. ?En qu? puedo ayudarle?

-Pues... yo? Don Ram?n; ?ven?a a ver si pod?a ayudar a mi marido! Hoy ha sido su juicio y le han echado dos penas de muerte y, como ?l le sac? a usted de la c?rcel cuando le detuvieron aquellos milicianos de la C.N.T... ?No lo habr? olvidado?, ?verdad? Pues?yo?
-?C?mo voy a haberlo olvidado? - le interrumpi? - ?Si vivo, es gracias a su marido! Ya sabe usted, ?ngeles, ?que es de bien nacidos ser agradecidos! Ver?, le voy a hacer un aval que usted va a llevar al Tribunal Militar que ha juzgado a Miguel. Quiz?s consigamos que le conmuten las penas de muerte. ?Espere un momento, por favor!
El hombre se alej? pasillo adentro y la mujer volvi? a sentir una oleada de gratitud hacia ese caballero que no hab?a olvidado sus promesas, ahora que se encontraba entre los vencedores, a un hombre que estaba detenido, derrotado, condenado a morir en la flor de su vida.
?ngeles sinti? que no estaba tan sola y aunque hab?a decidido tomar por vez primera las riendas de su vida, comprendi? que para algunas cuestiones hac?a falta ayuda y parec?a que la hab?a encontrado.
Respir? profundamente y esper?.
Pasaron unos minutos y de la oscuridad del corredor emergi? la figura del benefactor.
-?Tome, Angelica! Espero que le sirva de algo.
-?Much?simas gracias; Don Ram?n! No olvidar? nunca lo que ha hecho por Miguel. Le tendr? en mis oraciones a la Virgen del Carmen.
-?Ande, ande! Que no ?pega? mucho la mujer de un rojo con la Virgen ?brome? Don Ram?n.
-?No crea; Don Ram?n! Yo puedo ser la mujer de los que ahora llaman, los que han ganado la guerra, rojos, pero sigo creyendo como siempre en Dios y la Virgen del Carmen y, estoy segura que me escuchan ? y a?adi?-. Bueno, me voy. ?Quede usted con Dios! Y, que ?l se lo pague lo que ha hecho.
-?Que ?l le acompa?e, buena mujer!
?ngeles se vio de nuevo en la calle.
Mir? el papel que le hab?a entregado. En ?l, Don Ram?n hab?a hecho constar de su pu?o y letra, que Miguel Ledesma le hab?a sacado de la prisi?n Provincial a la que hab?a sido llevado en Abril de 1.936, por un grupo de milicianos; y muy posiblemente le hab?a salvado la vida, exponi?ndose con ello a la animosidad de sus compa?eros de Sindicato. Adem?s, le constaba, que dicho detenido no hab?a cometido delito de sangre alguno, ya que le conoc?a desde que era un chiquillo y sab?a de su nobleza y generosidad.
Y, para que as? constara lo firmaba en Almer?a a 1 de Septiembre de 1939.
La esposa no sab?a si con este papel que ten?a en sus manos bastar?a para ayudar a su marido. Tampoco ten?a a qui?n pregunt?rselo; as? que deber?a decidir ella sola. Despu?s de unos minutos, crey? que ser?a mejor reunir todos los avales posibles que pudiera conseguir.
Le constaba que Miguel hab?a ayudado a muchas m?s personas a salir de las prisiones adonde de manera arbitraria hab?an sido llevados, quiz? para darles una muerte a?n m?s ignominiosa que su arresto.
As? pues, se encamin? hacia la casa de otro conocido hombre de derechas, que fue detenido en los primeros tiempos del llamado Alzamiento: Don Jos? Escamilla, y al que Miguel liber? cuando, pr?cticamente, le sacaban para darle el ?pase?llo?.
Camin? con rapidez; la tarde se echaba encima. Pocas personas se cruzaron con ella en las calles que iba atravesando; no le cab?a duda que la gente se escond?a. Por otra parte, no le extra?aba, el miedo se palpaba. Acabada la contienda, las venganzas segu?an produci?ndose, tanto en personas que ten?an delitos, como en las que no los ten?an.
En el bando ganador se conduc?an como las hordas que en tiempos de la Rep?blica, deten?an a ?ste o al otro, de forma totalmente arbitraria, s?lo por habladur?as. Lo mismo, hombres de letras conocidos y honrados como tales, que an?nimos seres, que en lo ?nico en que se distingu?an era que no pensaban como los vencedores, que se cre?an en posesi?n de la verdad absoluta y pod?an perfectamente compaginar la alusi?n constante a Dios y a valores espirituales y eternos, con la firma de penas de muerte de seres completamente inocentes. E, incluso, aunque hubieran sido culpables, la guerra hab?a terminado.
??Qui?nes eran ellos para decidir qui?n viv?a o mor?a? ?Acaso de tanto citar a Dios, se cre?an que eran ?l?? ?Y, eso ? pens? la mujer ? que el buen Dios jam?s har?a tales desafueros?.
Cansada por la caminata, ?ngeles lleg? ante la casa de su segundo, cre?a ella, salvador. Llam? a una campanita que hac?a las veces de llamador y esper?. Pasados unos pocos minutos la puerta se abri? y una mujer de mediana edad, la esposa del due?o de la casa, apareci? ante la desfallecida mujer.
-?Buenas tardes! Ver?, yo soy la esposa de Miguel Ledesma? su marido le conoce... ?Est? ?l en casa?
-Pues s?. S? que est?. ?Qu? deseaba?
-?Perdone usted! Pero es que este es un asunto que s?lo puedo tratar con ?l.
La mujer del umbral mir? a la de la acera con un cierto aire de superioridad. ?Ella tambi?n sab?a qui?n era el tal Miguel y en qu? hab?a estado metido en los ?ltimos a?os atr?s! Seguro que ahora tendr?a problemas y, claro, querr?an que ellos se los solucionaran.
-?Qu? ocurre, Luisa? - la voz ven?a de adentro y se acercaba a la puerta.
Apareci? detr?s de la mujer una figura regordeta, no muy alta, y de piel sospechosamente c?rdena, lo cual daba idea de la afici?n por la bebida que ten?a el buen se?or.
-?Esta mujer, que quiere hablar contigo, Pepe!
El hombre se adelant? a la esposa en el umbral, y mir? detenidamente a ?ngeles.
- ?Ah? ?Ya!; ?la conozco usted! ?Pase, h?game el favor! - dijo - mientras giraba sobre s? y entraba en la casa. ?ngeles le sigui? con negras premoniciones en su alma.
Pasaron a una salita, bien arreglada y limpia, con una mesa camilla adornada con unas falda con delicados flecos de seda; y cuatro sillas a su alrededor.
-?Si?ntese, por favor! y d?game qu? la ha tra?do a mi casa.
-Don Jos?, usted recordar? que mi marido le salv? la vida har? unos tres a?os, y que usted le prometi? devolverle el favor, si alguna vez lo necesitaba. Pues bien, ?ahora lo necesita! ?Miguel ha sido juzgado y condenado a dos penas de muerte! Usted sabe muy bien que ?l no ha matado a nadie, ni tampoco ha hecho ning?n otro da?o, porque le conoce de hace mucho tiempo. Lo ?nico de lo que pueden acusarle es de haber sido el secretario general del Sindicato C.N.T, y el haber impedido que Almer?a fuera tomada hace un par de a?os por los que han ganado. Yo he venido a ver si usted puede atestiguar que Miguel le sac? de la c?rcel y ?evit? que fuera fusilado! - ?ngeles se interrumpi? al ver la expresi?n de disgusto en el rostro del hombre. Evidentemente no le agradaba que le recordaran esa parte de su vida.
-Ya, ya. Comprendo su preocupaci?n. Aunque ver?, me coge en un momento delicado. Me han ofrecido un puesto en el Ayuntamiento, y creo que no se ver?a con buenos ojos el que yo ayudara, precisamente en estos momentos? a su marido ?dijo- mientras evitaba la mirada de la mujer.
?ngeles sinti? que la ira ascend?a por su pecho como un r?o de sangre, y se le materializaba en el rostro. Su tono pas? al rojo m?s intenso, cuando haciendo grandes esfuerzos por no levantar la voz, dijo:
-?Oiga, Don Jos?! ? la voz baja pero con dureza contenida - ?Perdone que le diga, que a mi marido tambi?n le miraron con muy ?malos ojos?, cuando se present? aquella noche ante el cami?n que le llevaba a usted seguramente a las tapias del cementerio, o a cualquier cuneta para pegarle dos tiros en la cabeza, e impidi? que esto se llevara a cabo! Tuvo que discutir con aquellos tipos, e incluso amenazarles para que le dejaran a usted libre. ?Y qui?n le obligaba a hacer eso, aparte de las s?plicas de su familia? ?Nadie! S?lo su sentido de la justicia, sin importarle que ello pudiera traerle problemas. ?No! ?No puede negarse usted ahora a darme por escrito ese aval! ?Le debe la vida a Miguel! ?Eso no puede olvidarlo nunca! Aparte que, usted mismo, fue el que prometi? ayudarle si alguna vez lo necesitaba. Pues bien, ?ahora lo necesita! - acab? ?ngeles con un hilo de voz quebrado por la emoci?n y la ira que sent?a al comprobar la ?mala? memoria de algunas personas en asuntos tan importantes como deber la vida a alguien que no es tu madre.

El hombre baj? ligeramente la cabeza; no se cre?a un cobarde, pero se estaban viendo tantos horrores, que tem?a que apareciera su nombre apostando por la inocencia de un ?rojo?, y pudiera traerle a ?l y a su familia grandes problemas. Por otra parte, entend?a muy bien a aquella mujer, que s?lo ped?a un poco de lo que ellos hab?an dado: generosidad, magnanimidad, y la lecci?n de que el pr?jimo importa, no s?lo en teor?a, sino en la pr?ctica.
Se levant? del sill?n en que estaba sentado y dio unos pasos por la espaciosa habitaci?n. Mientras cavilaba en todo esto no se sinti? con fuerzas de seguir neg?ndole su ayuda a aquella mujer que dignamente ped?a por la vida de su marido.
-?Est? bien ?ngeles!, voy a darle lo que me pide ?su voz denotaba una profunda preocupaci?n ? Creo que debo hacerlo. Me ense?aron a ser un hombre justo y no quiero olvidar aquellas magn?ficas ense?anzas Si esto me acarrea alg?n problema, ya ver? c?mo salgo de ?l. No me quedar?a tranquilo si por mi culpa su esposo no pudiera salir de la grave situaci?n en que se encuentra. ?Espere un momento! que ahora mismo voy a escribirlo y se lo traigo.
Y desapareci? tras la puerta.
La mujer sinti? que la losa que por largos momentos se apoyaba sobre su pecho se deslizaba hacia alguna parte y respir? profundamente: ?Pod?a creer en los hombres! En los buenos. En aquellos que cumplen su palabra: ?en los caballeros!

Ya en la calle, con el segundo aval en su mano ?ngeles empez? a serenarse Su coraz?n dej? de galopar dentro del pecho.
El sol acariciaba los tejados por el Oeste ti?endo de rojo todo el horizonte.
Se marchar?a a su casa. Al d?a siguiente ir?a a los domicilios de los otros hombres a los que Miguel hab?a salvado. Visitar?a a todos. Confiaba en que cuantos m?s avales tuviera, m?s f?cil ser?a salvar a Miguel.
Lleg? a lo que fue su hogar, cuando ya las primeras sombras de la noche envolv?an la peque?a ciudad. Al llegar a la puerta, ?ngeles sinti? una incontrolable congoja; sab?a que estaba a punto de romper a llorar. No quer?a meterse en su casa, sola. Necesitaba hablar con alguien de los suyos. Gir? sobre s?, y se dirigi? a la casa que fue de sus padres, donde viv?an algunos de sus hermanos.
En la humilde vivienda, s?lo se encontraba Luisa, una de las hermanas, de gran parecido f?sico con ?ngeles, aunque de car?cter muy distinto.
-?Hola, Luisa! ?C?mo est?is por aqu??
-Regular. Estoy sola. Pepe y Nicol?s est?n detenidos, me han dicho, en un campo de concentraci?n de Francia, no s? en qu? parte. Rosa se ha quedado a vivir en la casa de sus se?ores; ya sabr?s que est? pre?ada del hijo mayor de la familia, un tal Juan. La vi el otro d?a, y me dijo que va a casarse con ella. No habr? fiesta de boda, ni nada de eso; s?lo la ceremonia en la iglesia y en el juzgado. Y yo, aqu?, sin saber qu? hacer porque trabajo, no encuentro por ninguna parte. Ni de criada, ?chica!, porque cuando me preguntan de qu? familia soy y descubren qu? somos o fuimos, que yo ya no s? ni lo que somos, no me admiten. Estoy viviendo de lo que me manda Rosa, de vez en cuando.
?ngeles se dio cuenta que se hab?a equivocado de lugar donde contar sus penas. Pero, ?acaso hab?a en estos tiempos un lugar adecuado para contar desgracias, cuando en muchas familias faltaban miembros que hac?a tan s?lo cuatro a?os gozaban de buena salud?
Cada uno ten?a sus propios sufrimientos, que deb?a tragarse y tratar de superar solo, ya que la desgracia y la calamidad estaban en todas partes.
?ngeles entendi? que deb?a enfrentarse sola a la prisi?n de Miguel; a la b?squeda de certificados que acreditaran que su marido no era ning?n criminal; que sus manos estaban limpias; que lo que hab?a hecho hab?a sido defender el r?gimen legalmente establecido mediante elecciones; que no se hab?a sublevado contra nadie, aunque ahora se leyera en sus papeles de prisionero, que se le juzgaba por: ?Rebeli?n militar?.
La esposa del ?rebelde?, no entend?a nada. Si los que se hab?an sublevado eran los hombres dirigidos por Franco y otros generales, ?c?mo es que ahora los rebeldes eran los hombres que hab?an acatado la Rep?blica?
??No lo entend?a! La verdad que no?. - pens? la mujer muy fatigada.
-Bueno, Luisa, me marcho; que no me gusta andar de noche por la calle. ?Queda con Dios!
Sali? a la calle, estaba desierta. La sombra era su due?a.
El viento proveniente del desierto de Tabernas era seco y c?lido. Le gustaba a la mujer aquel viento. Le tra?a recuerdos de otros tiempos que, quiz?, por pertenecer al pasado, los sent?a m?s felices.
Lleg? a su casa. Entr?; encendi? las luces y se dirigi? a la cocina. Mir? en la alacena qu? hab?a para cenar. ?Nada! Hab?a pasado todo el d?a de aqu? para all?, buscando avales, sin ocuparse en ning?n momento de la comida. Ahora se daba cuenta que ni siquiera hab?a comido desde la ma?ana.
Todo su pensamiento hab?a girado en torno a su marido. Ella no hab?a contado para nada. En la bolsa del pan no quedaba siquiera un mendrugo que llevarse a la boca. Mir? si quedaba algo de harina, porque como hubiera, se iba a hacer unas tortas que su abuela le ense?ara, ?m?s ricas que el pan! Por suerte, a?n hab?a algo de harina. ?ngeles prepar? unas tortitas que, con un vaso de caf? negro, le supieron a gloria.
Ma?ana ser?a otro d?a, y ya comprar?a algo para comer. Tom? su monedero, lo abri? y esparci? por la mesa el contenido: dos pesetas reuni? contando las monedas. No era mucho, pero s? podr?a comprar algo de comida. Lo malo iba a ser al d?a siguiente, en el que ya no la quedar?a nada de dinero. ?Bueno! Ya pensar?a c?mo le hac?a.
La noche transcurri?, como tantas otras, en la m?s completa desolaci?n.
Durante horas permanec?a despierta, buscando una salida a sus problemas, y ya muy avanzada la madrugada, el cansancio la venc?a y entraba en un sue?o en el que los fantasmas de la muerte y el miedo eran los protagonistas.
Una luz viol?cea se abr?a paso a trav?s de los visillos, inundando la habitaci?n. ?ngeles se despert? de su agitado sue?o, y sin pensarlo ni un momento se tir? de la cama. Ten?a mucho qu? hacer y no deb?a perder ni un minuto.
Ese d?a, ten?a pensado acudir a la casa de otro se?or que en tiempos pasados, aunque recientes, fue sacado de su domicilio en plena noche por personas cercanas a la C. N. T con la insana intenci?n de acabar con su vida. No se dec?a, pero todo el mundo sab?a que las detenciones sol?an acabar de esa manera, excepto si alguna persona con influencia interven?a, y lograba arrancar al preso de las garras de sus captores.
?ste fue el caso de Don Carmelo; hombre al que Miguel no apreciaba, ya que pagaba muy mal a los hombres que trabajaban para ?l, pero que, cuando fue avisado por su familia, angustiada por su arresto, no dudo un instante en saltar de la cama, y salir a la calle para dar con el citado grupo de hombres que se lo hab?an llevado. Una vez encontrados, les oblig? a ponerle en libertad, bajo responsabilidad del mismo Miguel.
Esta acci?n no pod?a haber sido olvidada por aquel se?or, que a?n viv?a, y en muy buena posici?n econ?mica. As? pues, hoy ir?a a verle y a pedirle que hiciera por su marido lo mismo que una noche Miguel hizo por ?l.
?ngeles se arregl? lo mejor que pudo, y con un vaso de caf? negro por todo desayuno, sali? a la calle a buscar la casa de Don Carmelo.
Al cabo de una hora la encontr?. Era una hermosa casa antigua, de buen aspecto. La puerta, lustrosa, ofrec?a un bru?ido pu?o de bronce para llamar. ?ngeles lo tom? y golpe? con suavidad. Al cabo de unos minutos unos pasos, que se arrastraban por el suelo, se acercaban. La puerta se abri?, y en su umbral, una mujer ya mayor, con aspecto de ama de llaves, le pregunt? con voz afable:
-?Qu? desea, se?ora?
-?Perdone se?ora!?yo quer?a ver a Don Carmelo.
-?Si?, ?l a?n est? en cama.
-?Puedo esperarle? ?A qu? hora suele levantarse? ?pregunt? ?ngeles dispuesta a conseguir su prop?sito.
- Pues?sobre las doce de la ma?ana - contest? displicente la empleada.
-Bueno?entonces dar? una vuelta, y a las doce y media me pasar? por aqu?. ?Le parece bien?
- S?; yo creo que a esa hora ya podr? recibirla.
-Bien; entonces ?hasta luego!
-?Vaya usted con Dios! ?respondi? la otra.
?ngeles se dirigi? hacia el centro de la ciudad para mirar algunos escaparates y ver el ambiente de sus calles. La ciudad presentaba recuerdos de la pasada guerra. No hab?a dinero suficiente para reconstruirla m?s aprisa. La ciudad segu?a siendo pobre y la reconstrucci?n lenta.
Pocas personas deambulaban a esas horas por la plaza. Dio varias vueltas a la Puerta de Purchena, y cuando mir? el reloj de la Iglesia cercana, se dio cuenta que ya eran casi las doce, as? que se dirigi? a la casa del llamado Don Carmelo. El coraz?n lat?a en su pecho como el de un animal herido. No sab?a c?mo iba a ser recibida. Fuera como fuese iba a intentarlo todo. ?Aquel hombre deb?a mucho a Miguel y no permitir?a que lo olvidara!

Volvi? a llamar a la reluciente puerta y al cabo de unos instantes abri? la misma mujer.
-?Hola! El se?or ya puede recibirla. ?Pase usted!
?ngeles entr? en la casa, y el ama de llaves le hizo pasar a una sala limpia y bien amueblada, sumida en una penumbra que la hac?a agradable. Al cabo de un rato de espera, Don Carmelo apareci? por la puerta. De mediana estatura, algo calvo y con una incipiente barriga, se adelant? hacia la mujer para saludarla:
-?Hola, ?ngeles! ?C?mo est? usted? ? pregunt? con voz cort?s.
-Pues? no muy bien; no s? si sabr? que tengo a mi marido preso?
?Ah! No sab?a ?contest? el hombre con asombro mal disimulado.
-?Pues s?, Don Carmelo! Le han detenido y le han juzgado en minutos, y le han condenado a muerte. ?Y usted sabe que eso es una terrible injusticia!? pues mi marido ha salvado a mucha gente que antes de la guerra fue detenida tambi?n ilegalmente,?como usted, por ejemplo, ?dijo en un susurro.
El hombre dio unas zancadas por la habitaci?n; de forma palmaria se percib?a que se encontraba inc?modo. Como el anterior se?or, sab?a que todo favor que se le hiciera a alguien encarcelado por los llamados nacionales, pod?a costar caro al que lo hiciera. ?l, ahora, gozaba de un puesto de confianza del nuevo gobierno, y tem?a perjudicarse haciendo ese favor.
-?Mire, ?ngeles!, cr?ame que lo siento - empez? a decir con una voz que a la mujer le supo a negaci?n - pero es que los tiempos que corren son muy peligrosos y?
?ngeles no pudo m?s. Se levant? de la silla donde estaba sentada y de pie, frente al hombre, le espet?:
-?Mire usted; Don Carmelo! Yo s? muy bien que estamos viviendo unos tiempos muy dif?ciles y, si no, ?f?jese lo que le ha pasado a Miguel!, pero usted no puede olvidar que ?l le sac? del lugar donde lo ten?an retenido; y, que si mi marido no interviene, es muy probable que usted, a estas alturas, ya no estar?a en el mundo de los vivos. ?Fue, o no fue as?? - la mujer se detuvo para tomar aire, su coraz?n bombeaba sangre al ritmo de la ira que sent?a - Yo entiendo que usted tenga miedo a posibles represalias; pero usted tiene que entender, que yo trate de salvar la vida de mi esposo a cualquier precio; y m?s, siendo inocente, como lo es ?l. ?Usted no puede olvidar que ?l le salv? la vida! ? el jadeo se apoder? de la garganta por el esfuerzo contenido.
Don Carmelo Mira, la observ? fijamente. En su fuero interno sinti? admiraci?n por aquella mujer y por el amor que profesaba a su marido; en el fondo de su ser le hubiera gustado que alguien le hubiera amado de aquella manera. Sinti? que deb?a ayudarla, no por el marido solamente, sino por ella. Alguien que luchaba de aquella forma por un ser querido merec?a ser ayudada.
-?Est? bien; Angelica! ?Est? bien! Voy a hacer lo que est? en mi mano por ustedes. Pondr? por escrito todo lo que su esposo hizo por m?. No s? si valdr? para algo, pero por m? no va a quedar.
Diciendo esto se dirigi? a una de las puertas que se abr?an en la sala, que daba acceso a su despacho, y cerr? la puerta tras de s?.
?ngeles emiti? un largo suspiro de alivio. Pens? que por esta vez hab?a ganado la batalla, de nuevo, al miedo. Iba a tener en su poder cuatro avales. Cre?a que suficientes para ayudar a su marido, por lo menos para evitar su muerte.
?No quer?a ni pensar en eso!
Pasados algunos minutos, sali? Don Carmelo de su despacho, muy serio, quiz?, preocupado por el paso que acababa de dar.
-?Tenga, Angelica! Aqu? est? todo. Espero que le sirva de algo y, ?perd?neme por haber vacilado en ayudarla!; pero la responsabilidad por la familia pesa mucho. ?Me entiende? ?Verdad?
-?Claro que le entiendo, Don Carmelo! ?No se preocupe; yo le estoy muy agradecida por lo que ha hecho! - y, levant?ndose, le estrech? la mano y sali? a la calle.
Andaba r?pido, con el coraz?n alegre. Sus pasos la guiaron a los edificios de los juzgados. Cuando lleg? a una de sus grandes puertas, pregunt? a un soldado que la custodiaba.
-?Oiga, por favor! ?Podr?a decirme d?nde est? el Tribunal Militar n?mero tres?
Con voz hosca, queriendo aparentar seguridad en s? mismo, pregunt?:
- ?Qu? es lo que quieres? ?Mujer!
-Pues... yo quer?a entregar estos documentos en ese tribunal. Ver?, es algo muy importante. Se trata de la vida de mi marido.
El soldado no pudo evitar una mirada compasiva. Todas dec?an lo mismo. Estaba claro que para todas estas mujeres, las vidas de sus maridos eran muy importantes. Y ?l, que hab?a o?do hablar de la promiscuidad de las mujeres de la zona roja; del amor libre, y de tantas otras cosas m?s que le hab?an inducido al concepto de que estas gentes eran poco menos que animales; y, mira por donde, parec?a que no; que cada una amaba profundamente a un s?lo hombre, cuya vida les importaba m?s que ninguna otra cosa en el mundo.
-?Pase! La tercera puerta a la derecha, ??sa es! - dijo el soldado.
-?Muchas gracias!
Y entr? con el coraz?n latiendo dentro de su pecho tan fuerte que casi le hac?a da?o. No sab?a c?mo la iban a recibir; si le admitir?an los avales o si la echar?an de all? de mala manera, pero al mismo tiempo pensaba que no hay peor batalla que la que no se lucha y llam? a la puerta. A los pocos segundos oy? una voz gritando:
-?Pase!
En la sala hab?a dos hombres y una mujer que seguramente - pens? ?ngeles - hac?a las funciones de secretaria. Los hombres sentados ante una gran mesa parec?an que estudiasen documentos. La mujer escrib?a fluidamente a m?quina. Al entrar ?ngeles, ?sta se levant? y se dirigi? a ella pregunt?ndole:
-?Qu? desea, se?ora?
Al ser una mujer la que le preguntaba, ?ngeles se seren? un poco y le dijo:
-?Se?orita! Yo soy la esposa de un preso que fue juzgado ayer y al que han condenado a muerte. Ver?, mi marido es inocente de cualquier crimen; muy al contrario, ?l salv? de morir a bastantes personas de los que han ganado la guerra. Y, estos mismos se?ores, bueno no todos, porque a todos no los he encontrado, pero s? a cuatro de ellos, me han dado estos certificados en los que aseguran que mi marido les salv? la vida, sin obtener nada a cambio, por supuesto. Yo quer?a entregar estos documentos a las personas que tengan que ver en ello, a ver si pueden salvar la vida a mi esposo. ?Yo le pido a usted, por lo que m?s quiera, que entregue estos papeles a esas personas! Se lo agradecer?a eternamente, se?orita.
La ?se?orita? que tambi?n era esposa, mir? los angustiados ojos negros; vio la terrible ansiedad que la ahogaba, y su coraz?n se conmovi?.
-?No se preocupe! Yo voy a entregar estos avales a las autoridades a las cuales compete esta cuesti?n. Ya se enterar? por su marido si hay alg?n cambio en su condena cuando vaya a verle.
Pugnando por contener las l?grimas, ?ngeles cogi? las manos de aquella mujer y se las llev? a los labios.
-?Gracias! - s?lo dijo.

El sentimiento de haber hecho algo grande por el hombre que amaba, la embargaba de felicidad en el camino de vuelta a casa. No es que tuviera nada que pagarle, pero s? cre?a que el haber intentado salvarle la vida, ser?a como un lazo m?s fuerte que se anudar?a entre ambos. Ella lo hab?a hecho por ?l, pero tambi?n por ella; su vida sin Miguel no ten?a ning?n sentido. Si hubieran tenido alg?n hijo, quiz? hubiera sentido que deber?a vivir por ?l, pero sin ?ste, la vida era como una c?scara vac?a.
De pronto record? que ten?a que pasar por el mercado para comprar algo de comida; as? que se encamin? hacia la parte de la ciudad donde se encontraba, lo que ella llamaba la ?plaza?. All? la animaci?n era grande. Puestos y gentes deambulando de un lado a otro. Se detuvo ante un puesto de pescado. Pidi? unos pocos jurelillos, que le costaron cinco c?ntimos. Tambi?n compr? dos ?riches? de pan, y un poco de jam?n serrano, esto para llev?rselo a Miguel, cuando pudiera visitarlo.
Una vez hecha la compra, ?ngeles se dio cuenta que ya no le quedaba ni un c?ntimo. Pens? qu? podr?a hacer, y no se le ocurri? otra cosa m?s que tratar de vender algunos muebles. Esta decisi?n le produc?a un dolor desconocido y amargo. Desprenderse de los muebles que su propio marido hab?a construido, le resultaba insoportable.
Lleg? a su casa poco antes del mediod?a. Haces de plomo atormentaban la cabeza de los transe?ntes, incluida la mujer del ?rebelde?, que entr? en su casa sudorosa y acalorada.
La casa, de nuevo, le produjo una devastadora sensaci?n de abandono. Antes de que detuvieran a Miguel, hab?a llegado a su casa encontr?ndola vac?a y no hab?a percibido ese silencio; ese horrible silencio que, sin embargo, gritaba a voces las injusticias contra los de siempre, las tristezas nunca resueltas, los abusos para con los m?s d?biles; abusos que pareciera que por siempre tendr?an que triunfar.
?ngeles, por primera vez en el d?a, sinti? unas terribles ganas de llorar y se abandon? a ellas.
Se sent? en una silla de enea, apoy? la cabeza en el borde de la mesa de la cocina y dej? que la pena se derramara como un chorro amargo. Llor? bajo; no quer?a alarmar a los vecinos si la o?an llorar. Su dolor era suyo, y sola deber?a asimilarlo.
Una vez que el torrente de penas se hubo secado, se levant? y se dispuso a prepararse la comida.
Despu?s de comer, saldr?a, e ir?a a la c?rcel a ver si consegu?a ver a Miguel.

Publicado por mariangeles512 @ 19:27
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Jueves, 17 de enero de 2008
¡VAYA "SOBRESUELDO"!
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Me sentía cansado, aburrido a la salida del trabajo. Iría a casa y no habría nadie. Mi mujer se había colocado por las tardes y noches en el cuidado de una anciana, ya que con mi salario no llegábamos a fin de mes. No me gustaba nada el horario, ya que llegaba a la casa por la mañana, cuando yo me iba al trabajo, así que no coincidíamos ni en la cama. Pero sacaba un buen dinerillo que nos venía muy bien. Yo estaba hasta los cojones de trabajar ocho horas diarias para cobrar algo más de mil euros. ¿Es que no se daban cuenta los gobernantes de cómo habían subido los alimentos y otros artículos de primera necesidad? A mí me iban a subir cincuenta euros al mes, ¡todo un capital!; con ese dinero tendríamos para comer todo el mes. ¡Y una mierda!

Iba tan jodido que me interné en la Casa de Campo. Quería echar una ‘cana al aire’. A ver si veía a una tía ‘buena’ que me levantara el ánimo, o lo que fuera. No tenía mucho dinero en el bolsillo pero seguí adelante con mi coche.

Observé que en un largo trecho no había ninguna puta; “se ve que las han retirado por el mal ejemplo que dan”- recordé haber oído algo en la televisión sobre esto.” Gritos, peleas, hacer el acto sexual en cualquier parte…”

Sí, la verdad, una vergüenza- pensé cínicamente, porque todos decimos lo mismo, pero luego todos vamos a buscarlas para que nos hagan lo que nuestra ‘santa’ mujer no quiere hacernos en casa. ¡Vaya panda de cabrones que somos!

Unos kilómetros más adentro del aquel paraje comencé a divisar desnudas piernas y cuerpos a medio vestir a pesar del frío que reinaba. Pasé de largo ante varias que asomaron su rostro a mi ventanilla: ¡no me gustaban nada, para eso lo hago con mi mujer!

Aminoré la marcha lo más que pude y casi me detengo ante una mujer de hermosas piernas con botas hasta medio muslo

y pechos blancos que refulgían en la noche.

“A por esta”- me dije.

Me detuve y asomé mi cara por la ventanilla. Ella se acercó.

-¡Hola, guapa!; ¿quieres subir?

-¡Claro, muñeco!

Mi corazón dio un respingo. ¡Aquella voz!

La mujer se acomodaba con rapidez en el asiento de al lado cuando vi su rostro con total claridad:

¡Era mi mujer!

¡La madre que nos parió!


Publicado por quijote_1971 @ 19:39  | Cuentos
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