Lunes, 28 de enero de 2008
Cap?tulo 4
Visita a la c?rcel

Terminado su escaso trabajo sobre las cuatro y media de la tarde, ?ngeles se despidi? de su jefe y con paso r?pido se encamin? a la c?rcel. En esta ocasi?n el camino le pareci? menos feo y desolado, ya que su estado de ?nimo cuando iba a ver al esposo le hac?a ver el mundo m?s hermoso. La carretera estaba muy transitada por los familiares de los presos que tambi?n iban a verlos. La mayor?a eran mujeres. Algunas, en grupo, otras, solas como ?ngeles. Todas con la sonrisa muerta.
La alegr?a hab?a desaparecido de Almer?a. Al menos, entre los que hab?an perdido la guerra.
Al llegar a la puerta de la c?rcel unos soldados les ordenaron ponerse en fila para entrar en la prisi?n.
?ngeles, junto a los dem?s visitantes, recorri? un oscuro pasillo de altos techos y desconchadas paredes. Ol?a a humedad y miseria. Al poco, desembocaron en una amplia galer?a recorrida en toda su longitud por dos vallas met?licas semejantes a las que circundan los campos, pero m?s fuertes.
Altos y enrejados ventanales alumbraban escasamente la amplia estancia, brindando la m?sera iluminaci?n un aspecto a?n m?s l?brego al recinto y a todo lo que all? ocurr?a.
Por el centro de ambas vallas met?licas hab?a un pasillo por el que hac?an guardia dos soldados.
Ante la verja que daba al pasillo por donde hab?an entrado los visitantes se amontonaban los familiares de los presos, y detr?s de la otra reja estaban los reclusos que recib?an visitas.
La mujer del ?rojo?, entre aquel gent?o no ve?a a Miguel. Recorri? la galer?a mirando ansiosamente hacia los rostros desdibujados por el enrejado. Sent?a una angustia indescriptible. Tem?a que ya no estuviera.
Rostros afilados, sin afeitar, buscando con avidez la cara de la persona amada. De pronto, se estremeci?. De entre un mont?n de rostros macilentos, descubri? el del hombre por el cual viv?a. Su cara estaba muy p?lida. Sus ojos m?s hundidos, o quiz?s fuera efecto de la luz. Cuando sus miradas se encontraron la angustia desapareci?. El amor que se profesaban aflor? a ellos.
Los labios de Miguel se movieron pero ella no entendi? nada.
El griter?o en la galer?a era terrible.
Todos quer?an hacerse o?r, elevando la voz todo lo que pod?an. ?ngeles trat? de acercarse todo lo que pudo a la reja, apretujada por otras mujeres que gritaban detr?s de su cabeza.
- ?C?mo estas? ?Te encuentras bien? - grit? la esposa en medio de aquella algarab?a.
- ?S?, estoy bien! ?Sabes que me han perdonado las penas, pero que nos van a mandar a otra ciudad? - grit? el marido.
Estas nuevas las oy? su mujer perfectamente. Por la primera sinti? una inmensa alegr?a pero al o?r la segunda sinti? como si el suelo se deslizara bajo sus pies. Eso significaba que no podr?a verlo, ni mandarle algo de comida ni ropa limpia ni jab?n.
Sinti? que no pod?a articular palabra y menos delante de toda aquella gente.
Se repuso sacando fuerzas de donde pudo:
-?No te preocupes! Yo ir? a verte donde te lleven - le grit? con la voz rota por la emoci?n.
El esposo nada contest?. En sus profundos ojos algo semejante a una l?grima se adivin?.
El barullo en la galer?a aumentaba por momentos. Los sollozos se entremezclaban con el sonido confuso de las voces.
?ngeles pensaba seguir a Miguel hasta el fin del mundo, no importaba lo lejos que lo llevaran, no importaba nada, excepto poder verle. Pero otras mujeres en el mismo caso no podr?an, y esto significaba lo mismo que si los hubieran fusilado. Esta reflexi?n la llen? de dolor por tantas madres, esposas e hijas que, quiz?, ya no volver?an a ver m?s sus seres queridos.
Los guardias avisaron que el tiempo se hab?a terminado y conminaron a la muchedumbre a que fuera saliendo.
?ngeles miraba intensamente el rostro de su marido deseando dejarlo grabado en sus retinas por mucho tiempo.
No articularon palabra alguna.
No pod?an.
Con la mirada trataron de darse fuerzas para seguir adelante. Uno dentro, la otra fuera. Quiz?, alg?n d?a todo este calvario terminase y pudieran reunirse de nuevo. Decididamente ese d?a estaba lejos.
Confiaban en que su amor les mantuviera firmes, sin decaer, esperando un ma?ana prometedor.
-?Venga, se?ora! ?Es usted la ?ltima.? ?Salga ya! - oy? ?ngeles a su lado.
Levant? la mano en se?al de despedida. Miguel hizo lo mismo. Una l?grima ca?a suavemente por la mejilla de la mujer. Debido a la distancia y a la mala luz, no vio que por las mejillas de Miguel resbalaban otras.
Tal vez, hab?a que agradecer la m?sera iluminaci?n.
El regreso hacia el hogar fue triste. La noticia de que iban a llevar a los presos a otro penal, a otra ciudad, era algo que la trastornaba profundamente.
El mayor problema que ?ngeles ten?a era la falta de dinero para el viaje. No sab?a tampoco cu?ndo se llevar?a a cabo el dichoso traslado. Si ten?a algo de tiempo pondr?a en venta su dormitorio. Muebles hechos tambi?n por Miguel. Con el dinero de la venta tendr?a para el billete del tren. Este dinero lo guardar?a, por supuesto, junto con el que le quedaba de la venta del comedor. Comer?a con lo poco que le pagaban en la sastrer?a. Claro, que de ah? tambi?n habr?a que sacar para llevarle al marido algo de comida mientras permaneciera en Almer?a
Mientras caminaba con estos pensamientos, los ojos clavados en el suelo, no ve?a a nadie. Se dio cuenta que se acercaba a la capital cuando alguien la llam?:
-?Ang?lica! ?De d?nde vienes por estos andurriales?
?ngeles volvi? la cabeza y vio a una de sus antiguas vecinas de la calle donde ten?an la casa sus abuelos Detuvo su caminar y contest?:
- Pues, por este camino, ?de d?nde puedo venir? - pregunt? la aludida a su vez - ?Encarna! Vengo de la c?rcel de ver a mi marido....
- ?Ah s?? - le interrumpi? la otra - Y, ?c?mo est??
- Bueno, ?bien!? dentro de lo que cabe. La verdad, pasando mucha hambre, Encarna. Todos, pasando mucha necesidad. Yo, casi todos los d?as le traigo algo de comida, pero a pesar de todo le he visto muy delgado.
- ?Claro, mujer! Tu marido es un hombret?n y necesita alimentarse bien; aunque en estos tiempos es muy dif?cil encontrar bastante comida.
Las dos mujeres siguieron caminando juntas hacia la ciudad hablando de los mil y un sufrimientos que se estaban padeciendo en aquellos a?os.
Al llegar a la bocacalle donde viv?a ?ngeles, las conocidas se desearon suerte y cada una se encamin? a su casa.
Cuando entr? en el silencioso y vac?o hogar sus pasos la llevaron al dormitorio. Quer?a verlo, evaluarlo; imaginar cu?nto dinero podr?a pedir por ?l, si es que encontraba a alguien que quisiera comprarlo. Pens? que tambi?n podr?a vender las dos mecedoras que ten?a en el dormitorio y en las cuales, Miguel y ella hab?an so?ado en esas noches en que hac?a demasiado calor para poder dormir.
Todo junto quiz? fuera suficiente para el viaje y para poder alojarse algunos d?as en alguna pensi?n, hasta que encontrara una habitaci?n con ?derecho a cocina?.
El tener que desprenderse de todas sus cosas le produc?a un dolor sordo en la garganta. Un nudo que le imped?a tragar hasta la saliva. Todo lo que estaba sucediendo era como si le fueran arrancando trozos de su ser en carne viva.
Nunca imagin? que podr?a suceder tal cosa. Verse sin nada. Todos los sue?os hechos a?icos.
Pero hab?a que seguir adelante. No pod?a hundirse. Miguel no contaba m?s que con ella. La familia de ?l, de quien podr?a haber obtenido alg?n beneficio, ya que alguno de sus hermanos era falangista, le hab?a vuelto completamente la espalda. Estaba, pues, sola para ayudarle, para hacer lo que hubiera que hacer.

Mir? en la alacena qu? hab?a para cenar. Poca cosa. Algo de pescado y un trozo de pan. Para ella era suficiente e incluso le sobraba, la n?usea era su sensaci?n habitual. Despu?s de haber tomado un par de jureles fritos, abrazada por la soledad, se dirigi? al dormitorio.
Lo mir? detenidamente. Si ten?a suerte pronto dejar?a de verlo, aunque por paradojas de la vida esto le supusiera un dolor imposible de soportar. Se quit? la ropa y se meti? bajo las s?banas que ella misma hab?a confeccionado antes de casarse. Todo lo que la rodeaba hab?a sido elaborado por ellos, y por lo tanto, era m?s caro a su coraz?n. Pero por encima de todas estas cosas, estaba ?l. Su vida, su hambre, su salud. Esto ten?a que cuidarlo al precio que fuera. No cab?a duda que iba a ser muy alto, pero no importaba. Cuando lo ?nico que se tiene en el mundo y que se ama apasionadamente necesita ayuda, todo lo dem?s carece de importancia.
A pesar de estos pensamientos el sue?o la venci? por fin y su alma dej? de sufrir.
Durmi? toda la noche y los primeros rayos de un hermoso amanecer de Octubre le dieron en el rostro a trav?s de los ligeros visillos.
La mujer abri? los ojos, vio el lado de la cama vac?o como ya tantos d?as, y la realidad se le hizo presente. La angustia y las preocupaciones volvieron a su ?nimo.
Se levant?, se ase? y se dirigi? a la cocina para hacer su adulterado caf?. Con este s?lo alimento sali? a la calle.
El vientecillo matinal le dio en el rostro y sinti? una agradable sensaci?n.
Ol?a a mar, a salitre; olor muy familiar y amado por la mujer. Sinti? que su ?nimo se vivificaba. Con buen paso se encamin? a la sastrer?a.
Despu?s ir?a a ver qu? se podr?a comprar. Todo estaba racionados, pero no importaba. Lo que le correspond?a a ella, se lo llevar?a a ?l. ?ngeles se arreglar?a con cualquier cosilla. Con un trozo de pan y caf?, malta o lo que fuera, se conformaba.
La calle estaba desierta a esas horas de la ma?ana. S?lo algunos obreros trabajando en la retirada de escombros.
Por la cabeza de la mujer pas? como un rayo la idea de que si Miguel le hubiera hecho caso cuando le dijo que no se metiera en nada de pol?tica, quiz? ahora no se ver?an as?. Una especie de rabia le naci? muy adentro. Pero no supo bien contra qui?n. ?Por otra parte - pens? - conoc?a a muchos desgraciados que hab?an sido fusilados sin meterse en nada. S?lo porque se dijo que eran rojos o que estaban de acuerdo con el r?gimen legal vigente, la Rep?blica?.
Ella no pod?a oponerse a los pensamientos de su marido. Afortunadamente, las ideas s?lo le pertenecen a uno La rabia inicial dio paso a la admiraci?n cuando record? c?mo era su esposo: su generosidad, su creencia de que todo hombre con el que trataba era una bell?sima persona, como ?l sol?a decir, a pesar de las decepciones que se llev?. Su af?n por ayudar a todo aquel que le pidiera algo. Lo trabajador que era.
Reconoc?a que era una persona valiosa.
Le necesitaba profundamente.
El vivir como ahora viv?a, era un horrible castigo. Sinti? que las l?grimas le borraban la visi?n y por unos momentos no supo d?nde pon?a los pies. Todo andaba mal. Pero ella ten?a que ayudarle como fuera. Esto era lo ?nico que sab?a con certeza en estos momentos tan inciertos.
Lleg? a la sastrer?a cuando el due?o estaba terminando de abrir.
-?Buenos d?as, Angelica! ?Qu? tal hemos amanecido hoy?- pregunt? el sastre con tono afectuoso.
- Pues como todos los d?as, Don Ferm?n. ?Mal! Ayer me comunic? mi marido que se lo van a llevar, junto a otros presos, a otra ciudad, no sabe d?nde a?n. Esto nos trae muchos problemas, Don Ferm?n, porque ?c?mo le voy a poder llevar ahora lo poco de comer y la ropa limpia que le llevo? Puede que se muera de hambre o se ponga enfermo de tanta miseria como hay en la c?rcel, y yo ni siquiera me entere.
-?Y t?, piensas hacer algo? ?Angelica! - pregunt? el sastre con cara de preocupaci?n.
- Pues, yo, Don Ferm?n, si algo tengo claro, es que me voy tras ?l. ?Adonde sea! ?No importa! Como no tengo hijos no tengo que pensar en las calamidades que podr?an pasar. Lo que haya que sufrir, lo sufrir? yo sola. Me falta saber ad?nde los llevar?n y reunir el dinero para el viaje y para vivir unos d?as hasta que encuentre algo de trabajo - termin? ?ngeles con decisi?n.
-Veo en eso una actitud muy valiente, Angelica, y un gran amor por tu marido. Te deseo que tengas mucha suerte, hija.
Entraron los dos a la sastrer?a, encamin?ndose cada uno a su quehacer. El de la mujer consist?a en hacer unos arreglos en tres prendas ya usadas. La demanda de trajes nuevos era muy escasa en aquel a?o de 1.940.
Pasaron las horas de trabajo y ?ngeles sali? a la calle con el prop?sito de comprar algo de comida que llevarle a Miguel. En una callejuela vio a un hombrecillo vendiendo sardinas en un cubo. ?ngeles las ech? un vistazo. Estaban como la plata. Le pidi? una cantidad suficiente para los dos y se alej? calle abajo en busca del pan. ?ste estaba racionado y daban una peque?a pieza por persona.
Con la bolsa que portaba sus escasas viandas se dirigi? a casa. Ten?a que cocinar aquello; ir al trabajo y a la salida llegarse hasta la c?rcel para entregarle la cesta al soldado que en ese momento estuviera haciendo guardia. ?Y, ojal? - pens? ?ngeles - fuera de buena madre?: hab?a o?do decir que algunos soldados no entregaban las cestas a los presos?.
Eran poco m?s de las dos y med?a cuando se dirig?a a toda prisa a su trabajo. Quer?a llegar lo m?s pronto posible para ver si tambi?n pod?a salir un poco antes.
En la cesta hab?a metido un plato con cuatro sardinas fritas y las dos raciones de pan; una muda limpia y un trozo de jab?n.
Ella se hab?a comido tres sardinitas sin una miga de pan pues no quedaba nada en la casa. No importaba. Quiz? a la noche, se har?a unas tortitas como las que le hac?a su abuela. Un poco de harina, sal y un poco de agua. Y si se echaba un huevo, mejor que mejor.
Cuando se hizo la hora sali? de la sastrer?a casi corriendo. La idea de que su marido estaba hambriento le pon?a alas en los pies.
Recorri? el largo camino hasta el presidio y cuando ya lo vislumbraba una desagradable sensaci?n se apoder? de ella.
?Maldito edificio!
Comprend?a que ten?a que haber lugares como ?se donde meter a los delincuentes, a los criminales; pero recluir en esos lugares a hombres que nunca hab?an hecho da?o a nadie no le parec?a justo.
?C?mo pod?a estar condenado el pensar de manera distinta de otros hombres que hab?an ganado una guerra? ?ngeles no lo pod?a entender. Quiz?, era muy ingenua. Pero pensaba que con los hombres que hab?an muerto durante la guerra y todas las calamidades que ?sta trajo a tantos hogares, ya era harto sufrimiento.
Lleg? a las puertas de la prisi?n. Se acerc? al soldado que hac?a guardia.
- ?Por favor! ?Podr?a entregar esta cesta a mi marido? Se llama... se llama Miguel Ledesma - dijo ?ngeles con miedo a la respuesta del joven.
?ste la mir? con ojos escrutadores. Se fij? en los hermosos ojos negros de la mujer. La recorri? con la mirada de arriba abajo. ?ngeles desvi? sus ojos de los de aquel hombre. Si no hubiera sido por las circunstancias habr?a mandado a tomar por culo al tipo aquel. Pero baj? la cabeza y esper? la respuesta.
-?Trae; mujer! ?Miguel! dices que se llama tu marido; ?no? Espera un poco.
Y entr? con la peque?a cesta en su mano.
La mujer sin poderlo evitar, empez? a temblar.
El miedo; siempre presente. ?El miedo!
Al cabo de unos minutos, que le parecieron horas, sali? el soldado con la cesta vac?a.
- ?Muchas gracias! de verdad, se lo agradezco mucho.
-Vale, vale, mujer, no es para tanto. Ven a traer comida a tu marido siempre que quieras. Si yo estoy de guardia, no habr? problema. No todos los d?as se ve a una mujer bonita - brome? el soldado.
?ngeles dio media vuelta y, sin a?adir palabra, se alej? de all?
Esta escena se repetir?a una y otra vez hasta que en el mes de Noviembre corri? la voz de que los presos ser?an llevados a una ciudad de la meseta Norte, llamada Valladolid.
En una de las visitas a su marido aquel mes, ?ste, entre el habitual griter?o le dijo que sal?an al d?a siguiente hac?a esa ciudad, situada a unos ochocientos kil?metros aproximadamente, en calidad de desterrados.
La mujer no pod?a articular palabra. El dolor se lo imped?a.
El fat?dico d?a hab?a llegado. Y ella todav?a no hab?a vendido los muebles.
Sinti? que se le iba la cabeza. Se agarr? a la tela met?lica que ten?a delante. Las l?grimas discurrieron libremente por su rostro hasta el sucio suelo. Vio a Miguel que intentaba animarla, sus ojos clavados en los de ella. Se reproch? a s? misma su flaqueza, su poca entereza en estos momentos. Hubiera deseado comportarse de otra manera. Pero nuevamente, como con tantas otras cosas, esto tambi?n le sal?a mal. La visita terminaba y ?ngeles no pod?a pronunciar palabra. Se maldijo a s? misma. Not? que alguien la empujaba hacia fuera. Levant? la mano en se?al de despedida. Su marido le respondi?.
Sali? de all? como atontada, tropezando con unos y con otros. La riada humana la conduc?a hasta la calle. Ya en ?sta el aire de la tarde le despej? algo la atormentada cabeza.
Encamin? sus pasos por la carretera bordeada de viejos ?rboles, deseando llegar a casa lo antes posible. Quer?a estar sola. Poder desahogarse. Recobrar la calma que hab?a perdido por completo.
Sab?a de la noticia pero cuando vio que la partida era inminente no pudo controlar su angustia y su miedo.
El camino hasta la capital se le hizo eterno. Se sent?a enferma, sin fuerzas, pr?xima a vomitar no sab?a qu? amargas hieles.
Lleg? a casa. Entr? y la terrible sensaci?n de vac?o y soledad la abati?.
No pudo m?s. La visi?n de la desnuda habitaci?n acab? con su escasa resistencia. Se dej? caer en el suelo de la cocina y ech?ndose las manos a la cabeza grit? con toda la fuerza que le permit?an sus pulmones.
Y llor?, llor? hasta que sinti? que ya no le quedaban l?grimas.
Ya no le import? que la oyeran los vecinos.
Todo le daba ya igual.
Lo ?nico que le importaba de veras en el mundo se lo iban a llevar Dios sabr?a a qu? distancia de su tierra. Ella no pod?a seguirle de inmediato ya que carec?a del dinero para el viaje y para los primeros d?as de estancia en esa ciudad, llamada Valladolid. Esto era lo que m?s la desesperaba.
En los tiempos de pobreza que se viv?an no sab?a cu?nto tiempo tardar?a en vender el dormitorio y el resto de enseres que le quedaban.
Se puso en pie y trat? de hacerse un caf? para reanimarse un poco. Cuando estuvo preparado, se sirvi? un vaso de los de agua del negro brebaje.
Sinti? que poco a poco las fuerzas volv?an a su atormentado cuerpo. Su mente empez? a cavilar. Al d?a siguiente ir?a a ver a sus amigas, despu?s de ir a despedir a Miguel, y les contar?a la necesidad que ten?a. A ver si ellas pod?an comentar entre sus conocidos que se vend?an unos muebles a buen precio y encontrar un posible comprador, tan necesario para ?ngeles como el aire que respiraba
Se acost? con el terrible pensamiento de la partida.
Hab?a visto las malas condiciones en que se encontraban los presos y no pod?a soportar la idea de no poder asistir a Miguel en lo poco que ahora hac?a por ?l.
Sinti? un miedo atroz de que enfermara y muriera y que ni siquiera pudiera verlo.
De repente, el cansancio producido por la enorme tensi?n nerviosa se apoder? de ella. Dese? dormir, no pensar m?s, no sufrir m?s...de momento.
La partida de los presos ser?a a las seis de la ma?ana. Ten?a pues, que madrugar para ir a despedirle. Necesitaba descansar.

La noche se diluy? y cuando a?n los primeros rayos de sol no hab?an aparecido por el oriente la mujer se encaminaba hacia la estaci?n de trenes.
Un gran gent?o encontr? en ella.
Supuso que muchos ser?an familiares de los presos que, como ella, hab?an ido a darles su adi?s.
El trepidar de viejos motores le hizo volver la cabeza hacia la zona de la entrada.
Viejos camiones militares llegaban cargados con los hombres que iban a ser desterrados. Al mismo tiempo soldados armados descend?an de los veh?culos formando dos filas con un pasillo en medio por donde circulaban los presos que, con las manos atadas a la espalda, caminaban lentamente hacia el tren.
?ngeles no ve?a Miguel.
Las cabezas de los all? presentes le tapaban la visi?n de los presos. Se abri? paso entre la gente para acercarse a la fila de soldados, y por un momento la alta figura de su marido apareci? ante su vista. Quiso llamarle, pero se hab?an prohibido los gritos. Levant? el brazo agitando la mano al aire tratando de atraer la atenci?n del esposo. Miguel lade? la cabeza y la vio. Los ojos de ambos se quedaron por unos segundos prendidos unos en los otros. Dec?an muchas cosas que los hombres y las circunstancias no les dejaban decir. Los de ?l: ?Te amo! ?No me olvides!
Los de ella: ?Te quiero! Te seguir? en cuanto pueda. No te abandonar? a tu suerte. ?Adi?s!
Miguel continu? caminando mientras los ojos de ella segu?an prendidos en su espalda, ahora cubierta con harapos. Su mirada le sigui? hasta que el delgado cuerpo fue engullido por el tren.
Despu?s, lentamente, enfil? sus pasos hacia la salida de la estaci?n, sin mirar a nadie y, sintiendo que el mundo daba vertiginosas vueltas alrededor de ella y sus piernas parec?a que se hab?an transformado en algod?n, se hundi? en un pozo de negrura.

Publicado por mariangeles512 @ 19:34
Comentarios (1)  | Enviar
Comentarios
Publicado por Invitado
Mi?rcoles, 16 de abril de 2008 | 15:51
5z16m6 bdogjoigkeyn, [url=http://qpcinezxxykg.com/]qpcinezxxykg[/url], [link=http://argujfckkrua.com/]argujfckkrua[/link], http://gvyjsxaqqitn.com/