Lunes, 28 de enero de 2008
PR?LOGO



El d?a en que mi hermana mayor tom? su primera Comuni?n fue el m?s horrible de mi infancia; y lo recuerdo as? porque fue el primer d?a en el que nadie me prest? la menor atenci?n.
Despu?s de la Misa, era costumbre llevar a los ni?os a que les vieran las amistades; ?stas, les ofrec?an un regalo o una propina, y esto fue lo que rompi? mi alma infantil: que nadie me diera nada. Cuando ya no pude aguantar m?s y romp? a llorar, mi madre me dijo:
- ?No llores, Mar?a!, que cuando t? hagas la Comuni?n, a ti tambi?n te har?n regalos. ?Anda; vamos!, que quiero que Don F?lix, el que fue mi jefe en la sastrer?a, vea a tu hermana - dijo mi madre con su acento andaluz.

Me asi? de la mano, y con mi hermana caminando delante de nosotros con su bonito vestido blanco con encajes y jaretas, llena de alegr?a en su d?a tan especial, nos dirigimos a casa del sastre. Yo, sin embargo, me ve?a fea, mal vestida. Una vecina me lav? en el fregadero de piedra de la cocina, y me puso un vestido que me colgaba m?s por delante que por detr?s ?Un adefesio!
Otro recuerdo persistente, que no he podido olvidar a trav?s de los a?os, fue el comentario que Don F?lix le hizo a mi padre en un momento de la conversaci?n:
-Pues s?, Miguel, se lo digo muy en serio; donde ?ngeles pusiera los pies, ?usted deber?a poner los labios!

Me qued? pensativa. ?Qu? hab?a querido decir ese hombre? ?Por qu? mi padre deber?a besar donde mi madre pisara? ?Vaya frase! No la pude entender.
Yo jam?s vi besarse a mis padres, o, por lo menos ahora, no lo recuerdo; aunque si los hubiera visto, creo que no lo hubiera olvidado. Yo lo que vi desde mis m?s tiernos a?os fue a mis padres peleando: que mi padre hubiera tocado al gato y luego no se hubiese lavado las manos, pues a la basura todo lo que hab?a tocado. Si mi padre volv?a de la f?brica con aspecto preocupado, mi madre le dec?a:
- ?Oye! Si vienes ?hinchao? del trabajo no la vengas a pagar conmigo; ?eh?
Y era lo que Miguel necesitaba; pues su ira, si es que la tra?a, ante las palabras de mi madre la descargaba como una tormenta en casa. Cualquier motivo era v?lido para enfrascarse en una disputa. ?Cu?nto he sentido durante toda mi vida esta realidad! Creo que la ha marcado, as? como la de mi hermana. Si algo he envidiado a alguna de mis amigas de aquella ?poca, era el ver la uni?n entre sus padres.
Yo percib?a cuando iba a sus casas algo especial, algo que en aquel entonces no sab?a qu? era, pero que me daba cuenta que en mi casa no exist?a. Sent?a una alegr?a en la casa de mi amiga Azucena, que nunca goc? en la m?a. En una ocasi?n, y por casualidad, vi en la cama matrimonial a los padres de mi amiga; y fue ah? cuando me d? cuenta que en mi casa deb?a ocurrir algo extra?o y distinto a lo que suced?a en aquella casa, ya que mis padres no dorm?an en la misma cama. Mi padre dorm?a solo, mi hermana en otra habitaci?n, sola tambi?n, y yo con mi madre en la cama matrimonial. Y esto para m?, era lo normal, no hab?a conocido otra cosa.
Para comprender esta situaci?n, hay que remontarse a bastantes a?os atr?s:
Abril de 1933.



CAP?TULO PRIMERO
LA DETENCI?N


?ngeles y Miguel se casaron enamorados, sobre todo, ella. Miguel era alto, bien parecido, blanco de tez; apasionado con las cosas que le interesaban; inteligente, amigo de ayudar a los dem?s; todo el mundo le parec?a buena gente. Generoso.
?ngeles, por el contrario, era bajita, morena, de grandes ojos negros. Car?cter alegre, de lengua suelta; amiga de las bromas, de re?rse de todo y de todos, aunque con gracia, ?eso s?! No era demasiado inteligente, sino m?s bien intuitiva; fiel y honesta. Esta mujer amaba profundamente al vecino de su infancia. No hab?an jugado juntos; se llevaban muy mal. Miguel era muy loco en sus juegos, y ?ngeles no ten?a cabida en ellos. Al correr de los a?os, los dos se dieron cuenta que exist?a el otro, a pesar de haberse visto durante todos los d?as de su ni?ez y adolescencia.
Sus corazones se encontraron un d?a del caluroso Agosto almeriense, durante las Ferias, cuya Patrona es la Virgen del Mar.
Ambos viv?an muy cerca de la Plaza de Toros. ?ngeles estaba preparada para ir a la corrida.
Luc?a guapa con su vestido floreado, destacando su delgado talle, y el moreno de su piel, as? como el brillo de sus grandes ojos negros. Miguel al verla, le pareci? que la ve?a por primera vez y sinti? como mariposas revoloteando en la boca de su est?mago.
?l tambi?n estaba atractivo, muy bien trajeado para la ocasi?n.
Se acerc? a ?ngeles:
- ?Hola!; ?c?mo est?s? ? ella le mir? de arriba abajo.
- Bien, ?y t??
- ?Yo, estupendamente! ?Vas a los toros? ?Quieres que te acompa?e? -pregunt? con la m?s encantadora de sus sonrisas.
- Pues... yo, ver?s, voy con mis amigas? Paquita Campos y Pepa Montes ?contest? la vecina con un inoportuno cosquilleo en todo el cuerpo.

- ?Vale! pero no creo que las moleste que vaya con vosotras, ?eh?, todos somos del barrio.
Y fue el comienzo?
Se casaron en Abril de 1.933. A la boda no fue mucha gente; de la familia de ella, nadie. No ten?a ya padres y sus hermanos, sencillamente, no la quer?an. No se hab?an criado juntos: ?ngeles se cri? junto a sus abuelos paternos con cierta holgura, mientras sus hermanos viv?an en un abandono y miseria terribles, hasta el punto que los dos hermanos m?s peque?os fueron internados en un hospicio. Ella era la mayor y cre?an que habr?a podido ayudarles en algo.
La familia de Miguel estaba econ?micamente mejor situada que la de ?ngeles. El padre, de origen vasco, de Lekeitio, Bilbao, hab?a ido a parar a Almer?a, quiz? porque era marinero. All? conoci? a Carmen, bella mujer, con la que se cas?. Tuvieron cinco hijos; hijos, que en el futuro tendr?an ideas y visiones de la vida completamente opuestas.
Jos?, el padre, instal? varios peque?os negocios: carnecer?a, peluquer?a de caballeros..., que con el paso de los a?os fueron cayendo en la ruina, por la mala gesti?n y por gastar los hijos m?s de lo debido. Esta maltrecha situaci?n llev? a Don Jos? a un estado de abatimiento y tristeza, que desembocar?a en una muerte prematura.
Miguel se vio afectado profundamente por su desaparici?n, ya que se ten?a previsto que cursara estudios, como alguno de sus hermanos mayores, pero la falta de recursos, por una parte, y la falta de orientaci?n de un padre, por la otra, dieron como resultado que Miguel se desbandara, que faltara al colegio con frecuencia, y?ndose con otros muchachos a las afueras de la ciudad a jugar y a hacer globos de papel. Ante esta situaci?n, los hermanos mayores, pensaron que lo mejor era buscar una colocaci?n a Miguel. En la Compa??a de ferrocarriles la encontraron.

Una vez casado, construy?, poco a poco, los muebles para su hogar, al tiempo que se compromet?a en el mundo de la pol?tica.


Corr?an los primeros meses del a?o 1.936 y el malestar y el desorden eran generalizados. El secretario general de la C.N.T. viendo los malos tiempos que se cern?an sobre todos, dimiti?. Miguel, desoyendo los consejos de ?ngeles, que le pidi? que no se metiera en nada, acept? el cargo de secretario general de aquel Sindicato.
La esposa con su gran intuici?n, ve?a con ese sexto sentido, lo que Miguel no alcanzaba o no quer?a ver. ?sta fue una ?poca de discusiones entre la pareja, ya que se rumoreaba mucho sobre un levantamiento militar de las tropas afincadas en ?frica, que podr?a producirse de un momento a otro. ?ngeles tem?a que si se armaba alg?n ?jaleo?, Miguel podr?a verse envuelto en problemas, debido al cargo que ten?a en el Sindicato de trabajadores.
En estos tiempos las detenciones arbitrarias, los asesinatos brutales movidos por la envidia y el deseo de venganza, estaban a la orden del d?a. Se deten?a a Fulanito porque iba a Misa; al otro, porque se sab?a que era de derechas, o sencillamente, por odio y envidia; por un odio largo tiempo reprimido, y que ahora, con el desorden imperante permit?a cobrar venganza de tantos a?os de hambre, de tantos a?os de pobreza y falta de esperanzas.
En m?s de una ocasi?n, la puerta de la casa de Miguel fue aporreada a cualquier hora del d?a por un familiar desesperado porque se hab?an llevado sin m?s explicaciones, al padre, al hermano, o al hijo, un grupo de hombres armados. El destino de estos hombres era incierto. Muchas veces se concretaba en las tapias del cementerio, o en alguna desolada cuneta de alguna mal pavimentada carretera, en las que aparec?an con dos tiros en la cabeza. En otras ocasiones, eran retenidos en la Plaza de Toros; la c?rcel estaba a rebosar. Estos familiares ped?an a Miguel el enorme favor de que tratara de sacar a su padre, hijo, o marido, del lugar al que se lo hab?an llevado. Eran los momentos en que Miguel, con el nombre del detenido en un papel en la mano, marchaba a preguntar aqu? y all?, si sab?an d?nde estaba Fulanito o Menganito; y cuando por fin daba con el lugar en el que estaba detenido, se identificaba, hablaba con los hombres que de alguna manera eran los responsables de los presos, y con la ?influencia? que en aquellos momentos pudiera tener, consegu?a que esos encarcelados fueran puestos en libertad. Los detenidos, ciertamente, quedaban muy agradecidos, y en m?s de una ocasi?n le dijeron:
- ?Miguel! No olvidar? el favor que usted me ha hecho. ?Me ha salvado la vida! Si alguna vez necesita usted de m?, ah? estar? para atenderle en lo que sea necesario, si es que a?n vivo.
La verdad era que en esos tiempos tener amigos era muy valioso.
Lo que se rumoreaba que iba a ocurrir se produjo el 18 de Julio de ese a?o.
El levantamiento triunf? en algunas provincias, pero en otras, no. En Almer?a no triunf?.
?ngeles viv?a con el coraz?n en un pu?o. Miguel se pasaba gran parte del d?a fuera de casa; en el trabajo y luego atendiendo asuntos del Sindicato y, sobre todo, tratando de paliar, en lo posible, las injusticias y atrocidades que se estaban cometiendo.
Pasaron los meses; la comida escaseaba y Miguel ten?a que ir a los pueblos a ver qu? encontraba. ?ngeles tuvo que marcharse a Hu?rcal-Overa, un pueblecito cercano a la capital, ya que no pod?a soportar los bombardeos a que se vio sometida la ciudad desde el cielo y el mar.
Un momento crucial para la vida de Miguel, fue cuando se enter? de que un destacamento se dirig?a hacia la Estaci?n con intenci?n de tomarla; sin pensarlo dos veces cogi? el tel?fono, llam? al cuartel de donde proven?an los atacantes y hablando con la autoridad correspondiente dijo:
-?Al habla Miguel Ledesma! ?Les advierto que si intentan llegar a la estaci?n van a encontrarse una fuerte oposici?n, pues estamos armados hasta los dientes!
Y la Estaci?n no se tom? aquel d?a.
Cuando ya hac?a un a?o, m?s o menos, que Espa?a se debat?a entre ideas tan distintas y distantes, la pareja se traslad? a vivir a un cortijo que un hermano de Miguel pose?a a las afueras de la ciudad. En esta casa se dio cobijo a muchos malague?os, que una vez tomada M?laga, hu?an por la carretera que une ambas ciudades; calzada que vio hechos terribles, pues los que hu?an fueron ametrallados desde aviones volando a baja altura, y abandonados sus cuerpos en las cunetas.
(?Ay, si las cunetas hablaran!)
Almer?a fue ?liberada? a finales de la guerra.
Gentes que pudieron huir, huyeron.
Otros que oyeron la proclama de que: ?todo aquel que no se hubiera manchado las manos de sangre no ten?a nada que temer?, y se la creyeron, no huyeron.
?Y fue su perdici?n!
Miguel se la crey?, y fue detenido y llevado a la plaza de toros, que estaba abarrotada de paisanos. All? pasaron varios d?as a cual peor. No comieron ni bebieron nada, y por si fuera poco, una tromba de agua irrumpi? en la noche almeriense calando hasta los huesos a los desgraciados all? retenidos. Las ropas se secaron en sus cuerpos, y muchos enfermaron, y algunos murieron sin atenci?n alguna.
Miguel fue juzgado el 1 de Septiembre de 1939, el mismo d?a en que las tropas alemanas invad?an Polonia.
Fue condenado por rebeli?n militar a dos penas de muerte. ?Rebeli?n? Pero, ?qui?nes fueron entonces los que se levantaron? ?Los de la Republica o los llamados Nacionales?
?ngeles sinti? que las piernas no la sosten?an cuando el juicio acab? y trat? de acercarse un poco adonde estaba Miguel; le vio con la cabeza alta mirando al Presidente del Tribunal que acababa de pronunciar su sentencia de muerte, con la misma naturalidad que hubiera tenido si le hubiera mandado a otra provincia.
Los ojos de Miguel fuertemente sombreados por unas cejas obstinadamente bajas miraban con sorpresa a los ojos del presidente que le hab?a condenado a morir. No entend?a, c?mo sin haber matado a nadie, sino m?s bien ayudando a muchas personas a salvar sus vidas, le hab?an condenado a la ?ltima pena.
Ten?a treinta a?os y una esposa.
?Y qu? hab?a pasado con el bando o?do por radio, en el que Franco anunciaba a la naci?n aquella promesa de perd?n para todo el que no hubiera cometido un crimen?
?Mentira!
Como en tantas otras ocasiones, se hab?a mentido al pueblo. ?l, estuvo tranquilo al o?r esto. Le pareci? justo. Al ser detenido pens? que se deb?a a su participaci?n en el sindicato anarquista. A otros, por mucho menos les hab?an dado el ?pase?llo?. Por su cabeza pas?, en sus noches de insomnio, que quiz?s le echar?an algunos a?os de c?rcel.
?La muerte, jam?s!
De pronto se acord? que ?ngeles estaba en la Sala. La busc? con la mirada. Los ojos de ella, clavados en los de ?l, con expresi?n de espanto. Sus ojos refulg?endo por el efecto de las luces sobre las l?grimas, parec?an cavernas, agrandadas por el miedo.
El hombre sinti? que un r?o de pena le atravesaba el cuerpo. ??Pobre mujer! - pens? - ?qu? ser? ahora de ella? Y pensar que me advirti? que era muy peligroso meterse en cosas de pol?tica en estos tiempos.?
Sali? de su abstracci?n al o?r la voz de su mujer que le gritaba:
-?Miguel, no te preocupes! Yo ir? a ver a todos esos se?ores que t? salvaste. Les pedir? que intercedan por ti. ?Nos lo prometieron! ?Recu?rdalo!
? ?Haz lo que puedas, mujer, haz lo que puedas! - contest? el marido agradecido.
Unos soldados empujando a Miguel le encaminaron pasillo adelante.
Los ojos de la esposa le siguieron hasta que su figura fue engullida por el oscuro umbral de una puerta.
?ngeles sali? a la calle corriendo. Iba como loca.
El Sol ca?a con fuerza a?n en septiembre sobre la triste calzada. La calle, en estos momentos, estaba atestada de familiares que hab?an asistido al juicio hablando en voz baja; el miedo hab?a atenazado las gargantas de los vencidos.
La promesa de no represalias despu?s de acabada la guerra no se cumplir?a y los sufrimientos de los llamados? rojos,? ser?an terribles.
La mujer del preso se dirigi? hacia la casa de la familia de ?l. Ten?a un hermano falangista; Antonio.
?ngeles pens? en su cu?ado como posible intermediario para salvar a Miguel. Lleg? a la casa jadeando. La puerta estaba entreabierta; entr?; vio a su cu?ado Antonio sentado en una mecedora, mirando hacia la ventana. Ella con voz entrecortada por el miedo y la carrera casi grit?:
-?Antonio! ?Antonio! Miguel ha sido juzgado y le han echado dos penas de muerte. ?Por favor, Antonio! ?Tienes que hacer algo! T? tienes influencias ?No puedes dejar que le maten!
El hermano, sentado en una mecedora de enea, se balanceaba suavemente de espaldas a la puerta. Las s?plicas de su cu?ada ni siquiera le hicieron girar la cabeza hacia ella.
?ngeles guard? silencio y, pasados unos minutos que le parecieron una eternidad, comprendi? que de all? no obtendr?a ninguna ayuda para su marido, y sin a?adir palabra, sali? de aquella casa que en otro tiempo consider? un hogar.

Se dirigi? a su hogar. Ten?a que pensar lo que iba a hacer. Recorri? penosamente el trayecto.
Nunca imagin? vivir esta situaci?n. ?ltimamente hab?a estado muy preocupada por todo lo que hab?a visto a su alrededor: detenciones, asesinatos arbitrarios y toda clase de tropel?as inimaginables. Y siempre temi? por la suerte de Miguel
Se sent?a perdida. Ella no estaba acostumbrada a resolver grandes problemas. Su vida hab?a sido relativamente f?cil, dentro de la modestia en que se desenvolv?a. Al casarse con Miguel fue cuando su mundo empez? a agitarse un poco. El car?cter de ?l, inquieto, emprendedor, amigo de ayudar a quien pudiera; (pensaba que si la vida ten?a alg?n sentido, hab?a de ser por dar a alguien esperanza, ?nimo, comprensi?n).
La esposa era partidaria de no meterse en problemas, de vivir m?s para ellos. Por m?s que le rog? que no se metiera en el Sindicato, no consigui? nada. Ahora, en mitad de la solitaria calle, percib?a cu?nta raz?n hab?a tenido. A pesar de no entender de pol?tica, presinti? el peligro. Hab?a visto detener y desaparecer para siempre a personas que no hab?an cometido delito alguno, excepto saberse que pensaban de ?sta o aqu?lla manera. Luego, el odio y la envidia hab?an hecho el resto.
Miguel s? hab?a hecho algo, no precisamente malo, (siempre teniendo en cuenta desde d?nde se mirase), desde los dos bandos pod?an recriminarle: los republicanos, por haber ayudado a los llamados nacionales detenidos a salvar sus vidas, y los nacionales por haber evitado en un determinado momento la toma de la Estaci?n de Almer?a. Con esto ?ltimo era m?s que suficiente para que lo condenasen a muerte en esos tiempos.
?Pero sus manos estaban limpias!
?ngeles sigui? caminando. Respiraba afanosamente; los nervios y la debilidad por la falta de alimento hab?an hecho presa en ella. Sent?a desfallecer. Deseaba llegar a su casa, tomarse un caf? ?negro?, cargado, como le gustaba a ella, y recomponerse un poco. Despu?s ir?a a las casas de aquellas personas que Miguel hab?a ayudado para tratar de que intercediesen por ?l.
Por fin, lleg? a su domicilio. Abri? la puerta y la sensaci?n de soledad y tristeza la rode? por completo. La casa era la misma pero aparec?a tan desolada que ?ngeles sinti? un nudo en la garganta.
Mientras beb?a con fruici?n el caf?, oy? que alguien golpeaba la puerta; dej? el vaso en la mesa y sali? a ver qui?n era.
Su amiga Pepa Montes apareci? en el umbral.
?sta era una joven morena y de agraciado rostro, de buen coraz?n y sonrisa afable. Las dos mujeres se apreciaban mutuamente
-?Hola Pepa; Pasa!
-?Hola ?ngeles! Te he visto llegar y como te conozco tan bien, s? que algo malo te ha pasado. ?Dime! ?Qu? ha sido?
-?Ay, Pepa! - la voz de la mujer se quebr? al decir - vengo del juicio de Miguel, y ?f?jate, le han echado dos penas de muerte!
-?Qu? barbaridad! ?Pero si tu marido no ha matado a nadie! ?Acaso no es cierto lo que dijeron por la radio, que todo aquel que no se hubiera manchado las manos de sangre no ten?a nada que temer?
-?No; no! ?No es cierto! Y, lo peor, es que su propia familia no quiere echarle una mano. Su hermano Antonio, el falangista, cuando se lo he dicho, ni siquiera ha vuelto la cabeza para mirarme. ?El muy cabr?n! Ahora, que le he echado una maldici?n que como le caiga ?ya va bueno, ya!
- ?Y qu? es lo que piensas hacer? ?inquiri? preocupada la amiga.
-Pues he pensado pedir ayuda a los se?ores a los que Miguel ayud? al principio de todo esto. Ahora mismo en cuanto me tome este caf?, salgo para la casa de Don Ram?n Heredia.
-?Me parece muy bien! ?ngeles. Esa es muy buena gente. ?Ojal?, y consigas algo!
Cuando Pepa se hubo marchado, ?ngeles apur? su caf?; tom? su cartera y sali? a la calle.
El Sol estaba en lo m?s alto de su recorrido y pegaba fuerte. La mujer cruz? a la acera de enfrente donde la sombra hac?a menor el castigo solar. La calle desierta; que a esta hora parec?a que todos sus habitantes se hubieran escondido.
?ngeles caminaba aturdida, su cabeza colmada de ideas y pensamientos que deb?a y quer?a ordenar. No sol?a pensar mucho, pero en este instante de su vida un pensamiento le hac?a casi da?o en el cerebro: ?salvar a su marido de la muerte a toda costa!
No sab?a si lo conseguir?a, pero de que lo iba a intentar por cualquier medio, no ten?a dudas.
Casi sin darse cuenta, se encontr? frente a la hermosa puerta de la casa de Don Ram?n Heredia.
?sta era una casa grande, de dos plantas, con cuatro balcones en la primera y cuatro enrejadas ventanas en la baja.
Llam? a la puerta golpeando con el magn?fico, bru?ido y brillante pu?o de bronce, situado en la puerta para tal efecto. Esper?. Las piernas le temblaban tanto que tuvo que apoyarse en la pared del dintel. Nunca hab?a pedido favores a nadie, y ahora se ve?a en la necesidad de pedir por la vida de su marido.
??Y si no hab?a nadie? ?Se ir?a? ?No, no!? Iba a golpear de nuevo, cuando oy? a lo lejos unos pies que arrastr?ndose se acercaban a la puerta. ?sta se abri? y en el umbral apareci? la vieja criada de la casa, con oscuro traje de percal, y un n?veo mo?o rode?ndole la nuca. Su cara mostr? una leve sonrisa al reconocer a la mujer, que ?ngeles agradeci?.
-?Hola, Angelica! ?Qu? te trae por aqu??
-Pues ver?, Se?ora Paca... deseaba ver a Don Ram?n, si es posible, ?claro!
- ?Por qu? no, mujer? Ahora mismo voy a avisarle.
La anciana se perdi? en la oscuridad del corredor. ?ngeles se qued? en la entrada observando el orden y la limpieza que all? reinaba. Todo parec?a estar en su sitio. Brillantes los muebles y el suelo, a pesar de los muchos a?os que todo ten?a. Curiosamente, esta sensaci?n de orden produjo en el ?nimo de la mujer, algo semejante a un estado de paz. Gozando a?n de esta sensaci?n, oy? a sus espadas una grave y bien timbrada voz. Se volvi?. El due?o de la casa: alto, delgado, entrado en a?os, algo p?lido para aquellas tierras, se dirig?a a ella con una sonrisa paternal en su marchito rostro.
- ?Buenas tardes! Angelica. ?En qu? puedo ayudarle?

-Pues... yo? Don Ram?n; ?ven?a a ver si pod?a ayudar a mi marido! Hoy ha sido su juicio y le han echado dos penas de muerte y, como ?l le sac? a usted de la c?rcel cuando le detuvieron aquellos milicianos de la C.N.T... ?No lo habr? olvidado?, ?verdad? Pues?yo?
-?C?mo voy a haberlo olvidado? - le interrumpi? - ?Si vivo, es gracias a su marido! Ya sabe usted, ?ngeles, ?que es de bien nacidos ser agradecidos! Ver?, le voy a hacer un aval que usted va a llevar al Tribunal Militar que ha juzgado a Miguel. Quiz?s consigamos que le conmuten las penas de muerte. ?Espere un momento, por favor!
El hombre se alej? pasillo adentro y la mujer volvi? a sentir una oleada de gratitud hacia ese caballero que no hab?a olvidado sus promesas, ahora que se encontraba entre los vencedores, a un hombre que estaba detenido, derrotado, condenado a morir en la flor de su vida.
?ngeles sinti? que no estaba tan sola y aunque hab?a decidido tomar por vez primera las riendas de su vida, comprendi? que para algunas cuestiones hac?a falta ayuda y parec?a que la hab?a encontrado.
Respir? profundamente y esper?.
Pasaron unos minutos y de la oscuridad del corredor emergi? la figura del benefactor.
-?Tome, Angelica! Espero que le sirva de algo.
-?Much?simas gracias; Don Ram?n! No olvidar? nunca lo que ha hecho por Miguel. Le tendr? en mis oraciones a la Virgen del Carmen.
-?Ande, ande! Que no ?pega? mucho la mujer de un rojo con la Virgen ?brome? Don Ram?n.
-?No crea; Don Ram?n! Yo puedo ser la mujer de los que ahora llaman, los que han ganado la guerra, rojos, pero sigo creyendo como siempre en Dios y la Virgen del Carmen y, estoy segura que me escuchan ? y a?adi?-. Bueno, me voy. ?Quede usted con Dios! Y, que ?l se lo pague lo que ha hecho.
-?Que ?l le acompa?e, buena mujer!
?ngeles se vio de nuevo en la calle.
Mir? el papel que le hab?a entregado. En ?l, Don Ram?n hab?a hecho constar de su pu?o y letra, que Miguel Ledesma le hab?a sacado de la prisi?n Provincial a la que hab?a sido llevado en Abril de 1.936, por un grupo de milicianos; y muy posiblemente le hab?a salvado la vida, exponi?ndose con ello a la animosidad de sus compa?eros de Sindicato. Adem?s, le constaba, que dicho detenido no hab?a cometido delito de sangre alguno, ya que le conoc?a desde que era un chiquillo y sab?a de su nobleza y generosidad.
Y, para que as? constara lo firmaba en Almer?a a 1 de Septiembre de 1939.
La esposa no sab?a si con este papel que ten?a en sus manos bastar?a para ayudar a su marido. Tampoco ten?a a qui?n pregunt?rselo; as? que deber?a decidir ella sola. Despu?s de unos minutos, crey? que ser?a mejor reunir todos los avales posibles que pudiera conseguir.
Le constaba que Miguel hab?a ayudado a muchas m?s personas a salir de las prisiones adonde de manera arbitraria hab?an sido llevados, quiz? para darles una muerte a?n m?s ignominiosa que su arresto.
As? pues, se encamin? hacia la casa de otro conocido hombre de derechas, que fue detenido en los primeros tiempos del llamado Alzamiento: Don Jos? Escamilla, y al que Miguel liber? cuando, pr?cticamente, le sacaban para darle el ?pase?llo?.
Camin? con rapidez; la tarde se echaba encima. Pocas personas se cruzaron con ella en las calles que iba atravesando; no le cab?a duda que la gente se escond?a. Por otra parte, no le extra?aba, el miedo se palpaba. Acabada la contienda, las venganzas segu?an produci?ndose, tanto en personas que ten?an delitos, como en las que no los ten?an.
En el bando ganador se conduc?an como las hordas que en tiempos de la Rep?blica, deten?an a ?ste o al otro, de forma totalmente arbitraria, s?lo por habladur?as. Lo mismo, hombres de letras conocidos y honrados como tales, que an?nimos seres, que en lo ?nico en que se distingu?an era que no pensaban como los vencedores, que se cre?an en posesi?n de la verdad absoluta y pod?an perfectamente compaginar la alusi?n constante a Dios y a valores espirituales y eternos, con la firma de penas de muerte de seres completamente inocentes. E, incluso, aunque hubieran sido culpables, la guerra hab?a terminado.
??Qui?nes eran ellos para decidir qui?n viv?a o mor?a? ?Acaso de tanto citar a Dios, se cre?an que eran ?l?? ?Y, eso ? pens? la mujer ? que el buen Dios jam?s har?a tales desafueros?.
Cansada por la caminata, ?ngeles lleg? ante la casa de su segundo, cre?a ella, salvador. Llam? a una campanita que hac?a las veces de llamador y esper?. Pasados unos pocos minutos la puerta se abri? y una mujer de mediana edad, la esposa del due?o de la casa, apareci? ante la desfallecida mujer.
-?Buenas tardes! Ver?, yo soy la esposa de Miguel Ledesma? su marido le conoce... ?Est? ?l en casa?
-Pues s?. S? que est?. ?Qu? deseaba?
-?Perdone usted! Pero es que este es un asunto que s?lo puedo tratar con ?l.
La mujer del umbral mir? a la de la acera con un cierto aire de superioridad. ?Ella tambi?n sab?a qui?n era el tal Miguel y en qu? hab?a estado metido en los ?ltimos a?os atr?s! Seguro que ahora tendr?a problemas y, claro, querr?an que ellos se los solucionaran.
-?Qu? ocurre, Luisa? - la voz ven?a de adentro y se acercaba a la puerta.
Apareci? detr?s de la mujer una figura regordeta, no muy alta, y de piel sospechosamente c?rdena, lo cual daba idea de la afici?n por la bebida que ten?a el buen se?or.
-?Esta mujer, que quiere hablar contigo, Pepe!
El hombre se adelant? a la esposa en el umbral, y mir? detenidamente a ?ngeles.
- ?Ah? ?Ya!; ?la conozco usted! ?Pase, h?game el favor! - dijo - mientras giraba sobre s? y entraba en la casa. ?ngeles le sigui? con negras premoniciones en su alma.
Pasaron a una salita, bien arreglada y limpia, con una mesa camilla adornada con unas falda con delicados flecos de seda; y cuatro sillas a su alrededor.
-?Si?ntese, por favor! y d?game qu? la ha tra?do a mi casa.
-Don Jos?, usted recordar? que mi marido le salv? la vida har? unos tres a?os, y que usted le prometi? devolverle el favor, si alguna vez lo necesitaba. Pues bien, ?ahora lo necesita! ?Miguel ha sido juzgado y condenado a dos penas de muerte! Usted sabe muy bien que ?l no ha matado a nadie, ni tampoco ha hecho ning?n otro da?o, porque le conoce de hace mucho tiempo. Lo ?nico de lo que pueden acusarle es de haber sido el secretario general del Sindicato C.N.T, y el haber impedido que Almer?a fuera tomada hace un par de a?os por los que han ganado. Yo he venido a ver si usted puede atestiguar que Miguel le sac? de la c?rcel y ?evit? que fuera fusilado! - ?ngeles se interrumpi? al ver la expresi?n de disgusto en el rostro del hombre. Evidentemente no le agradaba que le recordaran esa parte de su vida.
-Ya, ya. Comprendo su preocupaci?n. Aunque ver?, me coge en un momento delicado. Me han ofrecido un puesto en el Ayuntamiento, y creo que no se ver?a con buenos ojos el que yo ayudara, precisamente en estos momentos? a su marido ?dijo- mientras evitaba la mirada de la mujer.
?ngeles sinti? que la ira ascend?a por su pecho como un r?o de sangre, y se le materializaba en el rostro. Su tono pas? al rojo m?s intenso, cuando haciendo grandes esfuerzos por no levantar la voz, dijo:
-?Oiga, Don Jos?! ? la voz baja pero con dureza contenida - ?Perdone que le diga, que a mi marido tambi?n le miraron con muy ?malos ojos?, cuando se present? aquella noche ante el cami?n que le llevaba a usted seguramente a las tapias del cementerio, o a cualquier cuneta para pegarle dos tiros en la cabeza, e impidi? que esto se llevara a cabo! Tuvo que discutir con aquellos tipos, e incluso amenazarles para que le dejaran a usted libre. ?Y qui?n le obligaba a hacer eso, aparte de las s?plicas de su familia? ?Nadie! S?lo su sentido de la justicia, sin importarle que ello pudiera traerle problemas. ?No! ?No puede negarse usted ahora a darme por escrito ese aval! ?Le debe la vida a Miguel! ?Eso no puede olvidarlo nunca! Aparte que, usted mismo, fue el que prometi? ayudarle si alguna vez lo necesitaba. Pues bien, ?ahora lo necesita! - acab? ?ngeles con un hilo de voz quebrado por la emoci?n y la ira que sent?a al comprobar la ?mala? memoria de algunas personas en asuntos tan importantes como deber la vida a alguien que no es tu madre.

El hombre baj? ligeramente la cabeza; no se cre?a un cobarde, pero se estaban viendo tantos horrores, que tem?a que apareciera su nombre apostando por la inocencia de un ?rojo?, y pudiera traerle a ?l y a su familia grandes problemas. Por otra parte, entend?a muy bien a aquella mujer, que s?lo ped?a un poco de lo que ellos hab?an dado: generosidad, magnanimidad, y la lecci?n de que el pr?jimo importa, no s?lo en teor?a, sino en la pr?ctica.
Se levant? del sill?n en que estaba sentado y dio unos pasos por la espaciosa habitaci?n. Mientras cavilaba en todo esto no se sinti? con fuerzas de seguir neg?ndole su ayuda a aquella mujer que dignamente ped?a por la vida de su marido.
-?Est? bien ?ngeles!, voy a darle lo que me pide ?su voz denotaba una profunda preocupaci?n ? Creo que debo hacerlo. Me ense?aron a ser un hombre justo y no quiero olvidar aquellas magn?ficas ense?anzas Si esto me acarrea alg?n problema, ya ver? c?mo salgo de ?l. No me quedar?a tranquilo si por mi culpa su esposo no pudiera salir de la grave situaci?n en que se encuentra. ?Espere un momento! que ahora mismo voy a escribirlo y se lo traigo.
Y desapareci? tras la puerta.
La mujer sinti? que la losa que por largos momentos se apoyaba sobre su pecho se deslizaba hacia alguna parte y respir? profundamente: ?Pod?a creer en los hombres! En los buenos. En aquellos que cumplen su palabra: ?en los caballeros!

Ya en la calle, con el segundo aval en su mano ?ngeles empez? a serenarse Su coraz?n dej? de galopar dentro del pecho.
El sol acariciaba los tejados por el Oeste ti?endo de rojo todo el horizonte.
Se marchar?a a su casa. Al d?a siguiente ir?a a los domicilios de los otros hombres a los que Miguel hab?a salvado. Visitar?a a todos. Confiaba en que cuantos m?s avales tuviera, m?s f?cil ser?a salvar a Miguel.
Lleg? a lo que fue su hogar, cuando ya las primeras sombras de la noche envolv?an la peque?a ciudad. Al llegar a la puerta, ?ngeles sinti? una incontrolable congoja; sab?a que estaba a punto de romper a llorar. No quer?a meterse en su casa, sola. Necesitaba hablar con alguien de los suyos. Gir? sobre s?, y se dirigi? a la casa que fue de sus padres, donde viv?an algunos de sus hermanos.
En la humilde vivienda, s?lo se encontraba Luisa, una de las hermanas, de gran parecido f?sico con ?ngeles, aunque de car?cter muy distinto.
-?Hola, Luisa! ?C?mo est?is por aqu??
-Regular. Estoy sola. Pepe y Nicol?s est?n detenidos, me han dicho, en un campo de concentraci?n de Francia, no s? en qu? parte. Rosa se ha quedado a vivir en la casa de sus se?ores; ya sabr?s que est? pre?ada del hijo mayor de la familia, un tal Juan. La vi el otro d?a, y me dijo que va a casarse con ella. No habr? fiesta de boda, ni nada de eso; s?lo la ceremonia en la iglesia y en el juzgado. Y yo, aqu?, sin saber qu? hacer porque trabajo, no encuentro por ninguna parte. Ni de criada, ?chica!, porque cuando me preguntan de qu? familia soy y descubren qu? somos o fuimos, que yo ya no s? ni lo que somos, no me admiten. Estoy viviendo de lo que me manda Rosa, de vez en cuando.
?ngeles se dio cuenta que se hab?a equivocado de lugar donde contar sus penas. Pero, ?acaso hab?a en estos tiempos un lugar adecuado para contar desgracias, cuando en muchas familias faltaban miembros que hac?a tan s?lo cuatro a?os gozaban de buena salud?
Cada uno ten?a sus propios sufrimientos, que deb?a tragarse y tratar de superar solo, ya que la desgracia y la calamidad estaban en todas partes.
?ngeles entendi? que deb?a enfrentarse sola a la prisi?n de Miguel; a la b?squeda de certificados que acreditaran que su marido no era ning?n criminal; que sus manos estaban limpias; que lo que hab?a hecho hab?a sido defender el r?gimen legalmente establecido mediante elecciones; que no se hab?a sublevado contra nadie, aunque ahora se leyera en sus papeles de prisionero, que se le juzgaba por: ?Rebeli?n militar?.
La esposa del ?rebelde?, no entend?a nada. Si los que se hab?an sublevado eran los hombres dirigidos por Franco y otros generales, ?c?mo es que ahora los rebeldes eran los hombres que hab?an acatado la Rep?blica?
??No lo entend?a! La verdad que no?. - pens? la mujer muy fatigada.
-Bueno, Luisa, me marcho; que no me gusta andar de noche por la calle. ?Queda con Dios!
Sali? a la calle, estaba desierta. La sombra era su due?a.
El viento proveniente del desierto de Tabernas era seco y c?lido. Le gustaba a la mujer aquel viento. Le tra?a recuerdos de otros tiempos que, quiz?, por pertenecer al pasado, los sent?a m?s felices.
Lleg? a su casa. Entr?; encendi? las luces y se dirigi? a la cocina. Mir? en la alacena qu? hab?a para cenar. ?Nada! Hab?a pasado todo el d?a de aqu? para all?, buscando avales, sin ocuparse en ning?n momento de la comida. Ahora se daba cuenta que ni siquiera hab?a comido desde la ma?ana.
Todo su pensamiento hab?a girado en torno a su marido. Ella no hab?a contado para nada. En la bolsa del pan no quedaba siquiera un mendrugo que llevarse a la boca. Mir? si quedaba algo de harina, porque como hubiera, se iba a hacer unas tortas que su abuela le ense?ara, ?m?s ricas que el pan! Por suerte, a?n hab?a algo de harina. ?ngeles prepar? unas tortitas que, con un vaso de caf? negro, le supieron a gloria.
Ma?ana ser?a otro d?a, y ya comprar?a algo para comer. Tom? su monedero, lo abri? y esparci? por la mesa el contenido: dos pesetas reuni? contando las monedas. No era mucho, pero s? podr?a comprar algo de comida. Lo malo iba a ser al d?a siguiente, en el que ya no la quedar?a nada de dinero. ?Bueno! Ya pensar?a c?mo le hac?a.
La noche transcurri?, como tantas otras, en la m?s completa desolaci?n.
Durante horas permanec?a despierta, buscando una salida a sus problemas, y ya muy avanzada la madrugada, el cansancio la venc?a y entraba en un sue?o en el que los fantasmas de la muerte y el miedo eran los protagonistas.
Una luz viol?cea se abr?a paso a trav?s de los visillos, inundando la habitaci?n. ?ngeles se despert? de su agitado sue?o, y sin pensarlo ni un momento se tir? de la cama. Ten?a mucho qu? hacer y no deb?a perder ni un minuto.
Ese d?a, ten?a pensado acudir a la casa de otro se?or que en tiempos pasados, aunque recientes, fue sacado de su domicilio en plena noche por personas cercanas a la C. N. T con la insana intenci?n de acabar con su vida. No se dec?a, pero todo el mundo sab?a que las detenciones sol?an acabar de esa manera, excepto si alguna persona con influencia interven?a, y lograba arrancar al preso de las garras de sus captores.
?ste fue el caso de Don Carmelo; hombre al que Miguel no apreciaba, ya que pagaba muy mal a los hombres que trabajaban para ?l, pero que, cuando fue avisado por su familia, angustiada por su arresto, no dudo un instante en saltar de la cama, y salir a la calle para dar con el citado grupo de hombres que se lo hab?an llevado. Una vez encontrados, les oblig? a ponerle en libertad, bajo responsabilidad del mismo Miguel.
Esta acci?n no pod?a haber sido olvidada por aquel se?or, que a?n viv?a, y en muy buena posici?n econ?mica. As? pues, hoy ir?a a verle y a pedirle que hiciera por su marido lo mismo que una noche Miguel hizo por ?l.
?ngeles se arregl? lo mejor que pudo, y con un vaso de caf? negro por todo desayuno, sali? a la calle a buscar la casa de Don Carmelo.
Al cabo de una hora la encontr?. Era una hermosa casa antigua, de buen aspecto. La puerta, lustrosa, ofrec?a un bru?ido pu?o de bronce para llamar. ?ngeles lo tom? y golpe? con suavidad. Al cabo de unos minutos unos pasos, que se arrastraban por el suelo, se acercaban. La puerta se abri?, y en su umbral, una mujer ya mayor, con aspecto de ama de llaves, le pregunt? con voz afable:
-?Qu? desea, se?ora?
-?Perdone se?ora!?yo quer?a ver a Don Carmelo.
-?Si?, ?l a?n est? en cama.
-?Puedo esperarle? ?A qu? hora suele levantarse? ?pregunt? ?ngeles dispuesta a conseguir su prop?sito.
- Pues?sobre las doce de la ma?ana - contest? displicente la empleada.
-Bueno?entonces dar? una vuelta, y a las doce y media me pasar? por aqu?. ?Le parece bien?
- S?; yo creo que a esa hora ya podr? recibirla.
-Bien; entonces ?hasta luego!
-?Vaya usted con Dios! ?respondi? la otra.
?ngeles se dirigi? hacia el centro de la ciudad para mirar algunos escaparates y ver el ambiente de sus calles. La ciudad presentaba recuerdos de la pasada guerra. No hab?a dinero suficiente para reconstruirla m?s aprisa. La ciudad segu?a siendo pobre y la reconstrucci?n lenta.
Pocas personas deambulaban a esas horas por la plaza. Dio varias vueltas a la Puerta de Purchena, y cuando mir? el reloj de la Iglesia cercana, se dio cuenta que ya eran casi las doce, as? que se dirigi? a la casa del llamado Don Carmelo. El coraz?n lat?a en su pecho como el de un animal herido. No sab?a c?mo iba a ser recibida. Fuera como fuese iba a intentarlo todo. ?Aquel hombre deb?a mucho a Miguel y no permitir?a que lo olvidara!

Volvi? a llamar a la reluciente puerta y al cabo de unos instantes abri? la misma mujer.
-?Hola! El se?or ya puede recibirla. ?Pase usted!
?ngeles entr? en la casa, y el ama de llaves le hizo pasar a una sala limpia y bien amueblada, sumida en una penumbra que la hac?a agradable. Al cabo de un rato de espera, Don Carmelo apareci? por la puerta. De mediana estatura, algo calvo y con una incipiente barriga, se adelant? hacia la mujer para saludarla:
-?Hola, ?ngeles! ?C?mo est? usted? ? pregunt? con voz cort?s.
-Pues? no muy bien; no s? si sabr? que tengo a mi marido preso?
?Ah! No sab?a ?contest? el hombre con asombro mal disimulado.
-?Pues s?, Don Carmelo! Le han detenido y le han juzgado en minutos, y le han condenado a muerte. ?Y usted sabe que eso es una terrible injusticia!? pues mi marido ha salvado a mucha gente que antes de la guerra fue detenida tambi?n ilegalmente,?como usted, por ejemplo, ?dijo en un susurro.
El hombre dio unas zancadas por la habitaci?n; de forma palmaria se percib?a que se encontraba inc?modo. Como el anterior se?or, sab?a que todo favor que se le hiciera a alguien encarcelado por los llamados nacionales, pod?a costar caro al que lo hiciera. ?l, ahora, gozaba de un puesto de confianza del nuevo gobierno, y tem?a perjudicarse haciendo ese favor.
-?Mire, ?ngeles!, cr?ame que lo siento - empez? a decir con una voz que a la mujer le supo a negaci?n - pero es que los tiempos que corren son muy peligrosos y?
?ngeles no pudo m?s. Se levant? de la silla donde estaba sentada y de pie, frente al hombre, le espet?:
-?Mire usted; Don Carmelo! Yo s? muy bien que estamos viviendo unos tiempos muy dif?ciles y, si no, ?f?jese lo que le ha pasado a Miguel!, pero usted no puede olvidar que ?l le sac? del lugar donde lo ten?an retenido; y, que si mi marido no interviene, es muy probable que usted, a estas alturas, ya no estar?a en el mundo de los vivos. ?Fue, o no fue as?? - la mujer se detuvo para tomar aire, su coraz?n bombeaba sangre al ritmo de la ira que sent?a - Yo entiendo que usted tenga miedo a posibles represalias; pero usted tiene que entender, que yo trate de salvar la vida de mi esposo a cualquier precio; y m?s, siendo inocente, como lo es ?l. ?Usted no puede olvidar que ?l le salv? la vida! ? el jadeo se apoder? de la garganta por el esfuerzo contenido.
Don Carmelo Mira, la observ? fijamente. En su fuero interno sinti? admiraci?n por aquella mujer y por el amor que profesaba a su marido; en el fondo de su ser le hubiera gustado que alguien le hubiera amado de aquella manera. Sinti? que deb?a ayudarla, no por el marido solamente, sino por ella. Alguien que luchaba de aquella forma por un ser querido merec?a ser ayudada.
-?Est? bien; Angelica! ?Est? bien! Voy a hacer lo que est? en mi mano por ustedes. Pondr? por escrito todo lo que su esposo hizo por m?. No s? si valdr? para algo, pero por m? no va a quedar.
Diciendo esto se dirigi? a una de las puertas que se abr?an en la sala, que daba acceso a su despacho, y cerr? la puerta tras de s?.
?ngeles emiti? un largo suspiro de alivio. Pens? que por esta vez hab?a ganado la batalla, de nuevo, al miedo. Iba a tener en su poder cuatro avales. Cre?a que suficientes para ayudar a su marido, por lo menos para evitar su muerte.
?No quer?a ni pensar en eso!
Pasados algunos minutos, sali? Don Carmelo de su despacho, muy serio, quiz?, preocupado por el paso que acababa de dar.
-?Tenga, Angelica! Aqu? est? todo. Espero que le sirva de algo y, ?perd?neme por haber vacilado en ayudarla!; pero la responsabilidad por la familia pesa mucho. ?Me entiende? ?Verdad?
-?Claro que le entiendo, Don Carmelo! ?No se preocupe; yo le estoy muy agradecida por lo que ha hecho! - y, levant?ndose, le estrech? la mano y sali? a la calle.
Andaba r?pido, con el coraz?n alegre. Sus pasos la guiaron a los edificios de los juzgados. Cuando lleg? a una de sus grandes puertas, pregunt? a un soldado que la custodiaba.
-?Oiga, por favor! ?Podr?a decirme d?nde est? el Tribunal Militar n?mero tres?
Con voz hosca, queriendo aparentar seguridad en s? mismo, pregunt?:
- ?Qu? es lo que quieres? ?Mujer!
-Pues... yo quer?a entregar estos documentos en ese tribunal. Ver?, es algo muy importante. Se trata de la vida de mi marido.
El soldado no pudo evitar una mirada compasiva. Todas dec?an lo mismo. Estaba claro que para todas estas mujeres, las vidas de sus maridos eran muy importantes. Y ?l, que hab?a o?do hablar de la promiscuidad de las mujeres de la zona roja; del amor libre, y de tantas otras cosas m?s que le hab?an inducido al concepto de que estas gentes eran poco menos que animales; y, mira por donde, parec?a que no; que cada una amaba profundamente a un s?lo hombre, cuya vida les importaba m?s que ninguna otra cosa en el mundo.
-?Pase! La tercera puerta a la derecha, ??sa es! - dijo el soldado.
-?Muchas gracias!
Y entr? con el coraz?n latiendo dentro de su pecho tan fuerte que casi le hac?a da?o. No sab?a c?mo la iban a recibir; si le admitir?an los avales o si la echar?an de all? de mala manera, pero al mismo tiempo pensaba que no hay peor batalla que la que no se lucha y llam? a la puerta. A los pocos segundos oy? una voz gritando:
-?Pase!
En la sala hab?a dos hombres y una mujer que seguramente - pens? ?ngeles - hac?a las funciones de secretaria. Los hombres sentados ante una gran mesa parec?an que estudiasen documentos. La mujer escrib?a fluidamente a m?quina. Al entrar ?ngeles, ?sta se levant? y se dirigi? a ella pregunt?ndole:
-?Qu? desea, se?ora?
Al ser una mujer la que le preguntaba, ?ngeles se seren? un poco y le dijo:
-?Se?orita! Yo soy la esposa de un preso que fue juzgado ayer y al que han condenado a muerte. Ver?, mi marido es inocente de cualquier crimen; muy al contrario, ?l salv? de morir a bastantes personas de los que han ganado la guerra. Y, estos mismos se?ores, bueno no todos, porque a todos no los he encontrado, pero s? a cuatro de ellos, me han dado estos certificados en los que aseguran que mi marido les salv? la vida, sin obtener nada a cambio, por supuesto. Yo quer?a entregar estos documentos a las personas que tengan que ver en ello, a ver si pueden salvar la vida a mi esposo. ?Yo le pido a usted, por lo que m?s quiera, que entregue estos papeles a esas personas! Se lo agradecer?a eternamente, se?orita.
La ?se?orita? que tambi?n era esposa, mir? los angustiados ojos negros; vio la terrible ansiedad que la ahogaba, y su coraz?n se conmovi?.
-?No se preocupe! Yo voy a entregar estos avales a las autoridades a las cuales compete esta cuesti?n. Ya se enterar? por su marido si hay alg?n cambio en su condena cuando vaya a verle.
Pugnando por contener las l?grimas, ?ngeles cogi? las manos de aquella mujer y se las llev? a los labios.
-?Gracias! - s?lo dijo.

El sentimiento de haber hecho algo grande por el hombre que amaba, la embargaba de felicidad en el camino de vuelta a casa. No es que tuviera nada que pagarle, pero s? cre?a que el haber intentado salvarle la vida, ser?a como un lazo m?s fuerte que se anudar?a entre ambos. Ella lo hab?a hecho por ?l, pero tambi?n por ella; su vida sin Miguel no ten?a ning?n sentido. Si hubieran tenido alg?n hijo, quiz? hubiera sentido que deber?a vivir por ?l, pero sin ?ste, la vida era como una c?scara vac?a.
De pronto record? que ten?a que pasar por el mercado para comprar algo de comida; as? que se encamin? hacia la parte de la ciudad donde se encontraba, lo que ella llamaba la ?plaza?. All? la animaci?n era grande. Puestos y gentes deambulando de un lado a otro. Se detuvo ante un puesto de pescado. Pidi? unos pocos jurelillos, que le costaron cinco c?ntimos. Tambi?n compr? dos ?riches? de pan, y un poco de jam?n serrano, esto para llev?rselo a Miguel, cuando pudiera visitarlo.
Una vez hecha la compra, ?ngeles se dio cuenta que ya no le quedaba ni un c?ntimo. Pens? qu? podr?a hacer, y no se le ocurri? otra cosa m?s que tratar de vender algunos muebles. Esta decisi?n le produc?a un dolor desconocido y amargo. Desprenderse de los muebles que su propio marido hab?a construido, le resultaba insoportable.
Lleg? a su casa poco antes del mediod?a. Haces de plomo atormentaban la cabeza de los transe?ntes, incluida la mujer del ?rebelde?, que entr? en su casa sudorosa y acalorada.
La casa, de nuevo, le produjo una devastadora sensaci?n de abandono. Antes de que detuvieran a Miguel, hab?a llegado a su casa encontr?ndola vac?a y no hab?a percibido ese silencio; ese horrible silencio que, sin embargo, gritaba a voces las injusticias contra los de siempre, las tristezas nunca resueltas, los abusos para con los m?s d?biles; abusos que pareciera que por siempre tendr?an que triunfar.
?ngeles, por primera vez en el d?a, sinti? unas terribles ganas de llorar y se abandon? a ellas.
Se sent? en una silla de enea, apoy? la cabeza en el borde de la mesa de la cocina y dej? que la pena se derramara como un chorro amargo. Llor? bajo; no quer?a alarmar a los vecinos si la o?an llorar. Su dolor era suyo, y sola deber?a asimilarlo.
Una vez que el torrente de penas se hubo secado, se levant? y se dispuso a prepararse la comida.
Despu?s de comer, saldr?a, e ir?a a la c?rcel a ver si consegu?a ver a Miguel.

Publicado por mariangeles512 @ 19:27
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