Jueves, 17 de enero de 2008
¡VAYA "SOBRESUELDO"!
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Me sentía cansado, aburrido a la salida del trabajo. Iría a casa y no habría nadie. Mi mujer se había colocado por las tardes y noches en el cuidado de una anciana, ya que con mi salario no llegábamos a fin de mes. No me gustaba nada el horario, ya que llegaba a la casa por la mañana, cuando yo me iba al trabajo, así que no coincidíamos ni en la cama. Pero sacaba un buen dinerillo que nos venía muy bien. Yo estaba hasta los cojones de trabajar ocho horas diarias para cobrar algo más de mil euros. ¿Es que no se daban cuenta los gobernantes de cómo habían subido los alimentos y otros artículos de primera necesidad? A mí me iban a subir cincuenta euros al mes, ¡todo un capital!; con ese dinero tendríamos para comer todo el mes. ¡Y una mierda!

Iba tan jodido que me interné en la Casa de Campo. Quería echar una ‘cana al aire’. A ver si veía a una tía ‘buena’ que me levantara el ánimo, o lo que fuera. No tenía mucho dinero en el bolsillo pero seguí adelante con mi coche.

Observé que en un largo trecho no había ninguna puta; “se ve que las han retirado por el mal ejemplo que dan”- recordé haber oído algo en la televisión sobre esto.” Gritos, peleas, hacer el acto sexual en cualquier parte…”

Sí, la verdad, una vergüenza- pensé cínicamente, porque todos decimos lo mismo, pero luego todos vamos a buscarlas para que nos hagan lo que nuestra ‘santa’ mujer no quiere hacernos en casa. ¡Vaya panda de cabrones que somos!

Unos kilómetros más adentro del aquel paraje comencé a divisar desnudas piernas y cuerpos a medio vestir a pesar del frío que reinaba. Pasé de largo ante varias que asomaron su rostro a mi ventanilla: ¡no me gustaban nada, para eso lo hago con mi mujer!

Aminoré la marcha lo más que pude y casi me detengo ante una mujer de hermosas piernas con botas hasta medio muslo

y pechos blancos que refulgían en la noche.

“A por esta”- me dije.

Me detuve y asomé mi cara por la ventanilla. Ella se acercó.

-¡Hola, guapa!; ¿quieres subir?

-¡Claro, muñeco!

Mi corazón dio un respingo. ¡Aquella voz!

La mujer se acomodaba con rapidez en el asiento de al lado cuando vi su rostro con total claridad:

¡Era mi mujer!

¡La madre que nos parió!


Publicado por quijote_1971 @ 19:39  | Cuentos
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