Martes, 04 de diciembre de 2007
¡HONOR A LOS GUARDIAS CIVILES ASESINADOS!

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Sus músculos estaban relajados pero su mente no descansaba .Recuerdos de días y años pasados aparecían una y otra vez en su cerebro: veía a su hijo mayor jugando en la playa con sus amigos, felices, vitales, vigorosos. ¡Qué delicia la juventud, en todo su esplendor!
A pesar de esas visiones, sombras de angustia trataban de acercarse a ella. No entendía a qué venía aquello.
En otro momento vio a su hijo, a su amado hijo, vestir las galas de guardia civil, la profesión que siempre había admirado, quizá porque su padre también lo era. No le había gustado aquella elección: mucho peligro en los tiempos que corren – pensó – pero no había dicho nada. Respetó la decisión de su hijo.
A medida que pasaban los minutos sentía que algo iba mal. Un temblor le estremecía el cuerpo de pies a cabeza y un sudor frío ponía perlas en su piel.
Desechó esos temores. Todo estaba bien. La familia unida, como siempre. Sólo la ausencia del hijo destinado al Norte de España. Pero llamaba casi todos los días:
-¡Mamá!, ¿cómo estás?
-¡Muy bien, hijo, muy bien!
-¿Y papá y mi hermana?
-También están bien. No te preocupes; aquí todo anda bien. Tú eres el que debes cuidarte mucho.
-¡Sí, mamá!; por supuesto. Lo hacemos todos. Bueno, mamá, te dejo; tengo que irme. Estamos de maniobras. Un beso muy grande.
-Adiós, corazón mío, adiós.
Y su corazón de madre quedaba tranquilo.
Aquella noche, a pesar de sentirse muy cansada, se despertó sobresaltada. Miró a su lado y vio que el esposo no estaba.
Se levantó pesadamente; no le cabía duda que había tomado algo no habitual en ella. Sus ojos aparecían hinchados y enrojecidos. No recordaba bien a qué podría deberse eso. Una especie de opresión en el pecho también la alarmó. Decidió buscar al esposo y hablar un poco a ver si se tranquilizaba. Tenía la mente vacía.
Por la puerta del salón una débil luz le anunció la presencia de alguien. Se acercó muy despacio. En el dintel se quedó parada. El marido, sentado en un sillón con las manos ocultando su rostro, sollozaba quedamente. Miró a su alrededor: todo estaba en orden. En la mesa había algo que lanzaba dorados destellos a la luz de la lámpara. Vio con extrañeza que eran una cruz y una medalla de oro, reposando sobre los colores rojo y gualda de una bandera española cuidadosamente doblada. Y, entonces comprendió. Toda la terrible realidad arrastró su memoria del oscuro lugar donde los ansiolíticos la habían hundido.
Y se vio junto al esposo recibiendo de manos del jefe del Estado las condecoraciones póstumas concedidas a su hijo asesinado sirviendo a su Patria, que yacía inerme en un ataúd cubierto por la bandera de España.


Publicado por mariangeles512 @ 20:48  | Dramas
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