Jueves, 04 de octubre de 2007
LOCURA

(FINAL RECTIFICADO)

Imagen



Me fue comunicado el traslado a mi nuevo puesto de trabajo, aquella mañana.
Supondría un trastorno: encontrar una casa; escuela para el niño... en fin, todo tendría solución- pensé resignado- aparte que me compensaba el aumento de sueldo que mi nuevo cargo me proporcionaba.
Pasados unos días recogimos lo más imprescindible y salimos rumbo al pueblo de la sierra, donde había sido destinado. Nos pareció grande y muy hermoso: casas enjalbegadas, con bellas flores colgado de las paredes; con un aire limpio donde era un placer respirar
Vimos una casa muy acogedora con un pequeño jardín delantero; mi mujer y mi hijo se entusiasmaron con ella. Decidimos comprarla. A los pocos días un camión cargado con nuestros enseres se presentaba ante la puerta. Los tres nos sentíamos felices y contentos con el cambio de residencia.
-¡Papá, papá! ¿Podría tener aquí un perrito?- preguntó mi hijo alborozado con la idea.
Dudé un instante, pero viendo su mirada, opté:
-¡Sí, hijo! Tendrás un perrito.
Pocos días después estábamos instalados. Mi hijo Carlos había sido inscrito en el Colegio más cercano a nuestra casa; aun así, estaba algo distante por lo que, cada mañana, su madre le acompañaba hasta el Centro.

Mi esposa amaneció una mañana, indispuesta:
-Carlos; no me encuentro bien.
-¿Quieres que llame al médico?
-¡No!; no creo que sea necesario. Esperaré unos días; si no se me pasa, le avisaremos.
-Bien, cariño; como quieras. ¿Te traigo algo para la fiebre? ¿Una aspirina con leche?
-Está bien; ¡gracias; eres un encanto!.
Esa mañana me encargué de acompañar a mi pequeño a la escuela. Cuando llegamos ante la puerta esperamos un poco hasta que el conserje la abriera. De repente, mi hijo dando un tirón de la manga de mi americana, casi gritó:
-¡Papá, papá! Esa mujer que viene por ahí, es mi ‘seño’.
Dirigí mis ojos hacia donde el niño señalaba y avisté a la mujer más bonita e interesante que jamás soñé. Caminaba rápido y en su rostro se dibujaba una leve y encantadora sonrisa. No sé qué me ocurrió; sentí que algo vibraba en mi interior; mis piernas perdieron firmeza y el vello de mi cuerpo pareció que se electrizaba. No supe qué hacer; si adelantarme para presentarme y saludarla o quedarme paralizado, que es como en realidad estaba.
Me incliné por lo primero:
-¡Buenos días!, señorita. Mi hijo me ha dicho que es usted su profesora y deseaba saludarla.
- ¡Oh! Muy amable. Sí, soy la profesora de su hijo. Me llamo Ángela.
- Yo, Carlos; claro, como el niño- bromeé- sin saber qué más decir.
-¡Encantada! Carlos. Su niño es un buen alumno.
- Es un placer- dije apresurado mientras estrechaba su mano.

El conserje abrió la doble puerta, y los niños en alegre algarabía desaparecieron tras de ella. La profesora se despidió con una blanca sonrisa y entró en el patio del colegio.
Quedé allí parado completamente turbado; no tanto por la belleza y simpatía de la profesora, como por el impacto que me había provocado. No lo entendía, sencillamente. Estaba casado con una mujer maravillosa a la que amaba y respetaba sinceramente; estábamos compenetrados, y yo me sentía satisfecho en todos los aspectos. ¿A qué demonios venía aquel torrente de extrañas sensaciones que arrasaba mi cuerpo por la simple visión de una mujer? Y, ¿por qué nunca antes había sentido algo así, ni siquiera cuando conocí a mi esposa? Lo peor fue que, a pesar de los minutos pasados desde que la viera, seguía trastornado con su imagen. Sus ojos habían quedado grabados a fuego en mis retinas, y sus labios en mi corazón. Decidí no volver más al colegio y que mi esposa se encargara de todo lo relacionado con el niño y sus estudios fuera de la casa.
En los días siguientes que tuve que acompañarle no me acerqué a la puerta; permanecía alejado, vigilando a mi hijo que hablaba y reía con otros críos. No quería encontrarme con la profesora; ni siquiera verla, ya que no había podido relegar de mi mente la excitación que me produjo.

Un día, una vez que todos los niños hubieron entrado, vislumbré un objeto sobre el suelo. Me acerqué y vi que era una pequeña libreta. Pensé que pertenecería a algún alumno que la habría caído. La introduje en mi bolsillo para ojearla más tarde a ver si algún nombre en ella me daba pistas para devolverla,o se la daría la conserje. Cuando me encontraba en mi despacho la tomé y la abrí. Quedé muy sorprendido: en la segunda página un nombre escrito provocó un vuelco a mi corazón. Ángela Rivera, ¡la profesora de mi hijo!
Su imagen no abandonó mi mente durante toda la noche; di vueltas y más vueltas en la cama; mi esposa me preguntó si yo también me encontraba enfermo.
-No; no me pasa nada; sólo que me he desvelado. Y, ¿tú?, ¿cómo te encuentras?
-Yo muy bien; mañana ya llevaré al niño al colegio.
Sentí un gran alivio. La pesadilla había terminado. Todo lo vivido me parecía algo irreal, absurdo en un hombre como yo: hecho y derecho. Me había sentido como un adolescente al que se le pone el vello erizado al contemplar a la mujer de su vida. No; no iría más por allí. Ni siquiera me acercaría para devolverle la dichosa libreta; que se la entregara mi esposa.
Minutos antes de que mi hijo y su madre salieran hacia el colegio, se me ocurrió revisar el resto del contenido de aquellas hojas. Notas sobre lecciones, objetivos a cumplir, observaciones sobre algunos alumnos …y de pronto: “Hoy conocí a un padre muy especial; nunca me he sentido tan nerviosa como delante de este hombre”.
Mis ojos rastrearon la página buscando desesperadamente una fecha; al fin, en un ángulo, abajo, a la derecha: “25 de septiembre.” ¡Justo el día en que nos conocimos!
Sin tener certeza de nada, me sentí como un tonto; lleno de una alegría loca. No traté ya de entenderme. ¡No podía! Y además era igual. Yo tenía en la garganta desde que conocí a esa mujer, como un río de sangre fresco; como una herida que atravesara de parte a parte mi cuerpo; mi cabeza sufría como si una corona de alfileres se hubiese incrustado en mis sienes; mis manos y mis dedos parecían estar atravesados por clavos y cuchillos negros; ¡era tanto el dolor que sentía al darme cuenta que me había enamorado como un loco y yo era un hombre casado!
¡No podía ser! Tenía que levantar un muro entre esa mujer y yo; un muro de silencio; de distancia;y de viento; un muro en torno a mis sentimientos. Nadie podía enterarse. En un pueblo como ése sería un escándalo. ¡No!; y sobre todo mi esposa, mi pobre y amada esposa ¡qué golpe tan terrible para ella si tan sólo intuyera algo!
Decidí no devolver la libreta; iba a ser lo único que tendría de ella. Lo único que yo poseería en que ella había puesto sus manos y en donde yo, ahora, pondría mis labios.
Sentí irrefrenables ganas de reír y de llorar al sentirme como un adolescente, temblando con tan sólo oír su nombre en los labios de mi hijo.
Soñaba todas las noches con Ángela, mientras mis manos acariciaban a mi mujer; era injusto, me reprochaba, pero así era.

Mi esposa había acudido a hablar con la tutora del niño. A su regreso comentó que se iba a celebrar una fiesta de carnaval en el Colegio, y que se necesitaba la colaboración de los padres. Venía muy contenta por lo bien que se había entendido con la ‘seño’ de Carlitos.
-Es una mujer encantadora y muy bonita, ¡Carlos!, ¿la conoces?
-Sí, sí- me apresuré - la conocí el primer día que acompañé al niño a la escuela.
-Verás, tenemos que hacerle al niño un disfraz y luego acompañarle a la fiesta, disfrazados también.
Una corriente helada recorrió mi espalda, ¡Una fiesta!
-Y, ¿tenemos que ir necesariamente los dos?- pregunté con tono indiferente.
-¡Oh! Sí. A carlitos le gustará mucho que vayamos los dos. ¿Qué pasa? ¿No quieres ir?
-Sí; claro que deseo ir; sólo que como tengo tanto trabajo atrasado.
-¡Es sólo una tarde; hombre!
-Está bien - dije resignado.
Llegó el día de la fiesta de disfraces. El niño fue vestido de Arlequín; estaba muy gracioso. Mi esposa y yo nos disfrazamos de reina María Antonieta y del personaje del Zorro, respectivamente. De tal guisa partimos hacia el colegio.
El salón de Actos estaba concurrido. El escenario, decorado con formas fantásticas e infantiles nos encantó. En la primera fila, un grupo de profesores y padres formaba el jurado para elegir el disfraz más original.
Los niños fueron desfilando con sus bellos disfraces, felices ante los aplausos de sus compañeros y padres. Todo resultaba alegre y emotivo. Se dieron tres premios a los mejores y más originales disfraces, y a continuación pasamos a un salón contiguo dónde se había preparado un ‘bufett.’
Mis ojos, camuflados por el antifaz, la buscaban afanosamente, cuando de improviso, oí una cálida voz a mi lado:
-¿Qué tal la fiesta, señor Ledesma?.
Me giré y pude percibir detrás de su atuendo los hermosos ojos de Ángela; de nuevo la debilidad en las piernas, y mi voz que no sonaba con la firmeza habitual.
-¡Hola, señorita! ¡Muy bien!; ha estado muy bonito el desfile.
Mis ojos buscaban a mi esposa desesperadamente a ver si me ayudaba a mantener una conversación coherente
-¿Le ocurre algo?- su voz sonó melodiosa.
-¡No!, nada de particular; todo está bien. ¡Gracias!
-Es usted, parece, poco hablador, ¿no?- dijo, mientras los blancos dientes brillaban entre los ansiados labios.
-Bueno; depende de la ocasión- dije sin pensar muy bien lo que decía.
-¡Ah!, ¿le parece que hoy no es un día adecuado para hablar?
Me planté ante ella, me arranqué el antifaz y la miré intensamente. No me importó que alguien pudiera advertir la situación. ¡No podía más!
-¡Ángela!; me es difícil hablar con usted por algo muy importante que me ha sucedido de manera totalmente imprevisible y que no he podido controlar: ¡me he enamorado de usted!, ¿entiende? Algo realmente increíble; ajeno a mi voluntad.; ocurrió el primer día que la vi; por eso prefiero no verla, pues no quiero que esto que siento llegue a más.
La profesora se quitó el antifaz y me miró a los ojos. Sentí como un mareo.
-Y, ¿no ha pensado que yo también podría sentir lo mismo por usted?
-¿Cómo?
-Lo que ha escuchado, señor Ledesma. Si usted se ha sincerado conmigo, debo hacerlo yo también. Desde que le vi, supe que había encontrado, algo tarde, al hombre de mi vida. Las cosas son así. El amor no se busca; se encuentra. Yo lo he encontrado en usted.-dijo sin titubear.
Perdí las palabras para describir lo que pasó por mi mente al oír su declaración. Un abrumador impulso de abrazarla y besar todo su bello rostro tuve que refrenarlo apretando los dientes hasta que sentí crujir mis mandíbulas.
¡Dios! ¿Quién lo iba a decir? ¡Ella también había sentido lo mismo que yo!
La tomé ligeramente de una mano y la llevé hasta el patio sumido ya en las sombras; la estreché entre mis brazos y la besé con pasión. Mis labios mordieron los suyos con una locura jamás sentida y mi lengua jugó en su boca haciendo de las dos, una.
Voces cercanas hicieron que aflojara el abrazo. Nos compusimos un poco y tratamos de volver al salón; no veía a mi esposa y tenía la terrible sensación de haber cometido un crimen.
El ‘bufett’ estaba muy animado; la gente comía y reía; los niños jugaban entre los papás. De pronto oí la voz de mi esposa tras de mí.
-¿Qué tal tu conversación con la señorita Ángela?
-¿Con la señori…?, quedé anonadado. Comprendí. Mi esposa debía haber estado en algún lugar desde el que había visto todo lo sucedido. Lo mejor era enfrentar la situación.
-Cariño, lo siento de veras. Hay cosas que no se pueden controlar: Lo siento. Haremos lo que tú decidas.
-De momento, nos quedaremos donde estamos. Dijo con voz impersonal.
Busqué con la mirada a Ángela y en aquel preciso instante estaba arrodillada ante mi pequeño y le depositaba un beso en su mejilla. La emoción me embargó. Cuando mi hijo se alejó de su profesora, me acerqué a él y con suavidad puse mi boca donde ella la había posado. ¡Le robé el beso a mi hijo!
Completamente aturdido salí al exterior. La noche estaba hermosa; la luna lucía como una estrella.
Me dejé caer en el borde de la acera y estrujando la libreta entre mis manos, lloré como nunca lo había hecho. Lloré de alegría y de pena por amarla como la amaba.


Publicado por cristine47 @ 12:05  | Familia
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