Viernes, 28 de septiembre de 2007
La”tromba”





La”tromba”


Unas nubes negras como velos antiguos, ribeteadas de rojo, adornaban el horizonte. Los montes cercanos apenas se veían por la bruma entre violeta y gris. De pronto el relámpago deslumbrante brilló en el espacio, y cinco segundos más tarde un trueno aterrorizador retumbó en mis oídos.

Gotas gruesas como peñascos rebotaban en los cristales, que pronto se tornaron en cortina de catarata, y las calles hacía unos minutos secas y polvorientas se volvieron primero arroyos, y al poco ríos arrastrando hojas, ramas, bolsas, contenedores, bicicletas, motos y hasta coches, de forma que la corriente zarandeaba contra las paredes de las casas como si de cañas se tratara. Algunas personas pedían auxilio agarradas a las farolas y otras trepaban a los tejados de las casas corriendo el peligro de ser engullidas por la “tromba” de agua.

Recordaba haber visto llover de forma pausada muchas veces. Gustándome notar el fino elemento resbalar por mis mejillas. No hacía mucho tiempo corrí bajo la lluvia alegre queriendo abarcar con mis brazos un ramillete de chorros de agua. Hasta había jugado al fútbol bajo un pequeño aguacero. Disfruté viendo como las alcantarillas tragaban mansamente los pequeños arroyuelos y como jugueteaban con las hojas caídas de los árboles del paseo. Pero ahora, ¡no disfrutaba! Las cortinas de agua duraban de una forma desproporcionada y grosera, convirtiendo el parque cercano en fantasmagórico por el mar que lo inundaba. La calle era como un río infame que se desbocaba y nadie podía parar. La sorpresa, por lo inusual era mayúscula. Las madres querían ir a auxiliar a sus hijos a los Colegios, donde suponían atrapados. Los padres salieron de sus trabajos a por sus esposas. El caos era impresionante.
Pasada una hora, la tormenta dejó paso al arco iris y las calles y parques se vieron convertidos en cementerios de coches y de gentes. Según bajaba la riada el barro dejaba ver familias enteras abrazadas junto a su coche o junto a la puerta de su casa, presas de escorzos increíbles y con el último gesto desgarrador en sus rostros. Los bomberos no dieron abasto durante semanas para desatascar alcantarillas, vaciar garajes y sótanos, abrir portones que escondían tragedias.
Testigo de excepción desde mi ático, desde ese día temí y odié a la lluvia.
Después de diez años, aún me dicen:
- ¡Que importa que llueva!

Y yo respondo:
- Prefiero el sol y la luna clara.








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Jueves, 27 de septiembre de 2007
El muerto que denunció a su asesino.
Capítulo VI y final.


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El Inspector volvió a revisar el maletín y se puso a pensar. Si el tal Morantin, que resultó ser un ruso de Investigaciones Científicas, vivió en España durante al menos dos años en Marbella, ¿Cómo es que ahora se metió en esta trama? Había que investigar ¿cuándo había llegado, y en calidad de qué había entrado en España? ¿Qué había hecho durante los dos años anteriores? El Ministerio de Asuntos Exteriores debería implicarse en estas averiguaciones.
Mientras queda a su oficial al tanto de la llamada de la abogada, se pone en comunicación con la policía de Marbella.
- ¡Qué han averiguado sobre Morantin y sus representaciones?
- Veamos- le contesta la inspectora encargada- Iba a llamarle ahora, precisamente, porque acabamos de averiguar, que este hombre, por las huellas, ha sido identificado como el ruso que viajaba mucho, sirviendo de enlace a un hombre dedicado al contrabando de cuadros y posiblemente de otros objetos. Hemos detenido, para que cante lo que sepa a otro ruso que se le había visto con él y sabe lo mejor, que por el traductor, ha pedido de abogado a la Orellana.
- Tenéis que insistir para que nos diga si el tal Iván Lepovichiv tenía que ver con Investigaciones Científicas. Me llamas en cuanto averigües algo, mientras nosotros estamos en comunicación con Exteriores, para que indaguen en Rusia sobre él.

El fax llegó esa misma tarde:
“Iván Lepovichiv fue delegado de Investigaciones Científicas en Moscú. Renunció a su cargo con la caída de Gorbachof. El Ministerio de Medio Ambiente de Putín le busca por relacionarse con mafias de la antigua URSS que tienen como finalidad dominar el Mundo de forma fraudulenta, empezando por la Rusia democrática que ya tenemos. Si conocen su paradero, adjuntamos orden de extradición para ser juzgado en Moscú, por delitos contra la salud y contrabando de mercancías peligrosas.”

Un rayo de luz empezaba a entrar sobre la investigación. Había que enredar a la abogada, para que se descubriera como enlace en España de estas mafias peligrosísimas que padece el Mundo.
Mientras, en la Delegación del Medio Ambiente, habían elaborado un informe más detallado sobre el virus inmerso en el líquido verdoso.
“Inoculado a un chimpancé, éste dejó guiarse de forma dócil, como nunca había sucedido anteriormente, haciendo lo que su cuidador le indicaba por gestos. Y sólo comió por indicación de él. Si se le deja a su libre albedrío no reconoce ni la comida ni otros objetos con los cuales jugaba antes. Llegamos a la conclusión, ya que no conocemos cómo curarlo, que si un humano lo ingiere, será esclavo de quién se lo suministre. Por lo cual lo reconocemos como altamente tóxico. Y más que un virus, se trata de una pócima elaborada por humanos, como una especie de veneno.”

Parecía sacado de alguna película de ciencia ficción. Muñoz deducía del informe, que si unos delincuentes se lo inoculan, por ejemplo, a un Director de Banco, éste abriría la caja fuerte a su antojo. Y si se lo inoculan a un Juez de Revisiones Penitenciarias, dejaría en libertad a quien ellos quisieran, Bueno, no quería seguir divagando, pero era preciso detener a todos los que poseyeran ese brebaje. Y creía a estas alturas que Lepovichiv había impedido el que se conociera de su existencia, lo que no supo o no quiso es eliminarlo.

La abogada llamó al oficial a las ocho de la tarde:
- Ya tengo el dinero. Tiene que llevar el termo en un maletín y vernos a las nueve en el puente de los alemanes. Vaya solo. El maletín debe ser de piel negra, tamaño folio. El intercambio será por el mío de las mismas características, y se para dos minutos delante de mí para que podamos comprobar que la mercancía es la correcta. Si hay alguien en el puente en ese momento, siga de largo y vuelve a los cinco minutos.
- De acuerdo. Todo listo entonces.

El dispositivo tenía que montarse a toda prisa y son sigilo. El puente de los alemanes debería ser rodeado de forma que si había cómplices de la abogada fueran también detenidos. Hay que tener en cuenta que este puente es peatonal y no se puede acceder con vehículos.

- ¡Queda detenida, Sra. Orellana!- le grita el Inspector, en el momento de entreabrir el maletín que contenía el falso termo- por contrabando de mercancías peligrosas para la salud.
El Inspector apareció junto a dos agentes por la barandilla, ya que habían permanecido escondidos debajo del puente, justo hasta el momento en que el oficial había causado la confianza necesaria para que la abogada cogiera el maletín.
Otros dos hombres intentaron huir, uno de ellos en una moto como la que fue vista en La Palmilla, pero los agentes de paisano, que habían rodeado el puente y los aledaños, les detuvieron.

- Usted mató a Lepovichiv, porque no quería entregarle el brebaje. El caso es que aunque él fue el descubridor del mismo, no quería utilizarlo en humanos. Parece que España era su campo de pruebas. Ya en Rusia ha sido descubierta la trama y aquí, con usted entre rejas, creo que la pesadilla se ha terminado. Y él mismo al dejar sus datos escritos le denunció como su asesino.
- Inspector, no lo crea. Somos muchos y aunque yo no pueda coordinar, otros lo harán.
La sensación de no haber resuelto del todo este embrollo, le dejó preocupado al bueno de Muñoz, pero pensaba que su misión, de momento había terminado. Agentes especiales se ocuparían ahora de seguir todas las implicaciones.
La abogada y los dos detenidos con ella, uno ruso y el otro español, fueron acusados y condenados por los asesinatos de Lepovichiv y del conserje. A éste le asesinaron porque les amenazó con denunciarles sino le daban una buena tajada de lo que suponía tráfico de drogas. Al menos esto estaba claro. El líquido quedó en manos de los investigadores del Ministerio de Medio Ambiente y se trabajará la forma de hacerlo aprovechable para la humanidad.
FIN


Publicado por interazul @ 17:44  | Misterio
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Martes, 25 de septiembre de 2007
Sueño o realidad.


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Desanimado de como me trataba mi mujer, decidí tener una aventura con la hija de mi jefe. Lo decidí como que no quiere la cosa. Ella estaba muy bien, era una niña muy “mona” de veinte años recién cumplidos y con una “delantera” de tirarte de frente.
La verdad es que ya me había insinuado unas tres veces. La invitaba, ya que ella trabajaba también la redacción del periódico, a tomar café en la media “horilla “ que teníamos libre y aunque ella se dedicaba más a la labor de calle, y yo a la labor de linotipista, como todo se hace con los ordenadores hoy en día, no faltaba el día que no cruzáramos unas frases amables.
- Diana, no crees que la cabecera debes pensarla un poco más.
- Tienes razón, Carlos. Voy a cambiar lo de “El barrio de Leganés se manifiesta contra la chapuza del metro” por “Vecinos de Leganés protestan por las obras del metro”.
- Está mucho mejor. Y tú tan guapa como siempre. Si tú quisieras,…
- Bueno, que tienes mujer, no te pases.
- Pero si vamos a separarnos.
- Bien, entonces hablaremos.

Y cosas así. Hasta que el día 4 de septiembre de este año, debido al cabreo que traía de casa, concluí “atacar” y dejarme de tonterías. Ya sé que era peligroso, porque le llevo quince años largos y mi jefe es un poco “chinche”, pero al fin y al cabo, somos personas mayores y además no andaba para muchas disquisiciones.

- Diana, esta noche te invito a cenar. Tenemos que ultimar lo de la serie que publicamos a partir del domingo y no nos va a dar tiempo en la redacción- le solté como que no quiere la cosa.
- ¿En tu casa?- respondió la pícara jovencita.
- Pero si mi mujer y yo no hacemos más que discutir y no nos va a dejar ni hablar de nuestros problemas periodísticos. Te invito a El Templario, que es un restaurante muy tranquilo y con posibilidades de aislarse del resto.
- Bueno, ¿y luego?
- Luego podemos continuar en el apartamento que tengo ahora sin alquilar, en la carretera de Valencia. Está muy bien comunicado.
- ¡O.K.!- dijo ella de forma rápida.

A partir de aquella noche, las escapadas al apartamento, del cual le di llaves a Diana, se sucedieron dos veces por semana. La chica estaba como un “trenecillo” y yo la hacía vibrar, entre noticia comentada y noticia, como si de un terremoto se tratara.
Pero una noche que habíamos quedado, al entrar en el apartamento, un fuerte olor a “porro” y alcohol, me desquició. Estaba sentada en el sofá del salón con un joven de su edad fumando y bebiendo, y no llegué a ver nada más, porque el joven se levantó rápido y se disculpó diciendo.
- Usted debe ser Carlos, es que mi amiga me invitó a subir un momento. No solemos fumar, pero ella es así de caprichosa.
- Bueno, vete, ya hablaremos- dice Diana.
Salió de forma acelerada y entonces me enfrenté a ella:
- ¿Te drogas y haces el amor con ese chico?
- Tú no eres mi dueño. Y tú puedes hacer lo que quieras, y yo lo mismo.
- Pero es mi casa- aduje yo.
- ¡Si quieres te devuelvo las llaves y no nos vemos más!- me gritó.
- Bueno, lo olvidaré si no se repite- pero observo un moratón en su ojo izquierdo. ¿Y eso, cómo te lo hiciste?
- No es asunto tuyo.

Ella me cogió de la cintura y me volcó sobre el diván. Me desabrochó la bragueta y al poco una felación salvaje me hizo olvidar todo lo anterior. Yo empujaba su cabeza entre mis piernas y ella acabó transportándome al paraíso.
Dos noches más tarde, al entrar en el apartamento, de nuevo un fuerte olor a droga me soliviantó. Pero ésta vez no había nadie en el salón, avancé despacio y con cuidado de no hacer ruido hasta el dormitorio y entreabrí la puerta con sumo sigilo.
La sorpresa fue impactante. Sobre la cama yacía un cuerpo desnudo ensangrentado, el cual reconocí enseguida como el del joven de la otra noche, y su sangre resbalaba sobre la alfombra desde la sien. La lámpara de noche estaba en el suelo con su pie de mármol roto y con el líquido rojizo pegado en varios de los fragmentos.
La habitación, entonces me di cuenta, estaba totalmente revuelta y unas cuerdas rotas estaban esparcidas por el suelo.
De Diana no había ni rastro, pero cuando iba a llamar a la policía desde el teléfono del hall, la “niña” apareció por la puerta, tan tranquila.
- Carlos, creo que le he matado. ¿Qué hacemos?
- Voy a llamar a la policía. ¡Que ellos te lleven y ya veremos!
- Si lo haces diré que es cosa tuya. Tus huellas están en la lámpara y además por celos, me creerán a mí.
- ¡Arpía del demonio! Vamos a pensar.
- Debemos deshacernos del cadáver. Lo envolvemos en una alfombra y lo bajamos al coche. Lo tiramos al río. Como lleva una vida muy desgraciada creerán que se suicidó o algo así. Limpiamos todo y nadie sospechará de nosotros- soltó la mujer que en esos momentos deseé no haber tratado nunca.
- Pero atarán cabos, si alguien sabe que salías con él.
- Mira.., me pegó otra vez. ¡Yo no quería matarle! ¡Mierda de drogas!- me dijo, mientras me enseñaba unos cortes en la cara, seguramente producidos por algún objeto punzante.
- ¿Y esas cuerdas?
- Me ató, pero cuando estaba encima de mí me pude desatar una mano y golpearle con la lámpara, creo...
Me caí sobre el sofá y estuve pensando unos minutos. Si la denunciaba, creo que mi carrera y mi vida profesional se habrían terminado. La agarré fuertemente de las manos y la acerqué hasta mí.
- Diana, vamos a grabar una confesión de lo que has hecho y la guardamos bajo siete llaves, es la única forma de que te ayude a tapar todo y ¡sea lo que Dios quiera!
- ¡O.K!- me contestó como si nada.
- A las tres lo llevamos al remanso del río Tajo, en ese sitio que conocemos cerca de Aranjuez, después quemamos la alfombra y todos sus objetos personales y ropas de él se las ponemos con guantes de látex.

La operación de vestirle y colocarle todo duró más de dos horas. El enrollarle en la alfombra del salón y sacarle por la escalera de forma sigilosa al menos otra, pero a esas horas nadie, nos pareció al menos, se percató de nuestras maniobras.
Lo tiramos al río y a unos dos kilómetros quemamos la alfombra y los guantes con un chorreo de gasolina como acompañamiento.

El coche decidimos limpiarle a fondo al día siguiente y ¡que Dios repartiera suerte!
Pasaron dos días hasta que pudimos recibir la noticia en la redacción.
“Un joven de veinte años es encontrado muerto en el Tajo. Se cree que debido al gran nivel de drogas que consumía se cayó al río. No se descarta que alguien lo empujara, y la policía trabaja para esclarecer las circunstancias.”
- Esta noche te veo en el apartamento- le digo a Diana- tenemos que hablar.
- ¡O.K.!- me exasperaba, la tranquilidad de esta niña mimada y peligrosa, según sabía ahora.

Esa noche esperé a Diana tomando una copa, que posiblemente fueron varias.
Al fin apareció con su sonrisa de gatita caprichosa e intentó seducirme al minuto.
- Vamos a hablar. Mi esposa me ha pedido el divorcio y de alguna manera estoy atado a ti de forma dramática. ¿Te casarías conmigo en cuanto me divorcie y así nuestra alianza será eterna?
- Pues claro, tonto. Tú eres bueno y voy a dejar las drogas.¡Ayudamé!
- Tenemos que hacer una vida normal hasta entonces y no vernos tan a menudo.
- ¿Por qué? Nadie sospecha que el “yonki” ese tuviera algo que ver con nosotros.
- Es lo que he visto en las películas. De todas formas esto va a ser un contrato entre nosotros. Tengo tu declaración en una caja de seguridad y no debo temer tus veleidades.
- Eres un desconfiado. Ya no saldré con nadie que no seas tú.

Pasó un mes y estaba viviendo con mi “gatita”, cuando una noche, según subía en el ascensor, la vecina del 3ºD, que creo que está colada por mí me dice:
- Dentro de una hora te espero en mi casa. Sé lo que hiciste en septiembre.

Me quedé de una piedra. No supe que responder. Había visto las películas esas de “Sé lo que hiciste el último verano” y ella dijo: “Sé lo que hiciste en septiembre”. Claro estábamos en octubre y el mes pasado fue cuando ‘lo del muchacho drogadicto’.
Antes de la hora estaba llamando a la puerta de Berta, la del 3º.
- Hola, dime, Berta, ¿Qué es lo que hice en septiembre?
- Bajaste, junto con tu amiga, una alfombra muy grande por la escalera, y de esa alfombra salían unos pies.
- ¿Yo? Te equivocas. No hice mudanzas- no sabía como salir del atolladero.
- He pensado que tú y yo podrías llevarnos bien- observé que estaba con una batita transparente que dejaba ver sus senos y el bello púbico- para ello, yo y no esa niñata, podía ser tu amiguita.
- ¡Déjame que me reponga del susto y lo piense! ¿Y sí no accedo?
- Tendré que ir a la policía y contar lo que sé.
- Pero te preguntarán por qué esperaste tanto- me defendí.
- Les diré que me amenazaste-¡no tenía escapatoria.!
Bueno, lo hablé con Diana, y saben lo que me dijo:
- Hay que eliminarla. Tienes que bajar con una ampolla que yo te voy a suministrar e inoculársela. Es mortal.
- ¡Dios mío, Dios mío!- grité, mientras sentía unas ganas irresistibles de vomitar.
- No tenemos otro remedio, Si no lo ‘nuestro’ se viene abajo.

Estaba en la cama debatiéndome entre matar a Diana o matar a Berta, pues quizás, barajaba que si acaba con la primera acababan mis problemas, ¡pero era igual de malo, caer en las garras de la segunda!, mi confusión era total, cuando alguien me susurró al oído:
- Carlos, vas a llegar tarde a la oficina.
- ¿Qué hora es y qué día?
- ¿Cómo, que qué día?- pude reconocer a mi esposa detrás de esas palabras.
- Sí, cariño, sí ¿qué día?
- Cuatro de septiembre de 2007.

Respiré tranquilo. Y más cuando al llegar a la oficina, la hija de mi jefe no me hizo ¡ni puto caso!


Publicado por quijote_1971 @ 19:18  | Misterio
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Martes, 18 de septiembre de 2007
Luminarias.



La feria estaba en su auge. Era el segundo día de fiestas en Málaga. Y la gente corría a las casetas a tomarse la merienda, para coger fuerzas, para soportar al de la tómbola de las bicicletas, con sus chirriantes llamadas para que no dejes el premio en la caseta, a las turbulentas músicas de los carruseles de los niños y sobre todo las luminarias. Los arcos multicolores, los focos potentes que señalaban las entradas de las casetas, las fuentes de los paseos con sus luces cambiantes hacían casi cegadora la estancia.
Cuando se llevan unos cuantos “finos” y algunas “manzanillas”, esas luces ya no son problema. Se acerca uno al hombre que se mantiene como “payaso” sin risa, hasta que le echas una moneda en el gorro a sus pies, inamovible dentro de aquél cúmulo de fanales y fanfarrias. Se observa a unos jóvenes como discuten allá, pues parece, uno de ellos abrazó a la novia del otro mientras se ajustaban en los asientos del “martillo”.
Un poco más allá los autos de choque no dejan de batirse, como en duelo de alguno contra todos o varios contra varios.
La “caseta de los horrores” se engalana con una bruja aterradora a la puerta, reclamando que la gente entre, que va a sufrir dentro como nunca lo ha hecho. ¡Y la cola, para entrar llega hasta la “caseta de los animales salvajes”! Incluso, entramos, en el barracón de los espejos. Vidrios donde te ves cheposo, como un fideo, gordo como un hipopótamo o enano como un gnomo, mientras los acompañantes se destornillan hilarantes de tus deformidades.
La noria. La rueda majestuosa domina todo el paisaje del recinto ferial. Está al final, pero es la guía, el gran monstruo que atrae y desde el cual puedes sentirte como un dios que camina hacia a los cielos.
Los puestos de turrones, mantecados, galletas de cualquier sabor, con grandes caramelos del tamaño de una persona, con diminutas grageas de chocolate y miel, ahí están entre los puestos de los helados de mil sabores y formas. Y también el clásico “algodón” de azúcar blanco o rosa.
Los caballitos con su pausada y a la vez constante subir y bajar mientras giran sin freno. A su lado, aparatosas carrozas que emulan a la de la cenicienta y pesados elefantes de cartón piedra que soportan en su lomo carrozas llenas de niños chillones.
Un poco más y ahí tenemos los ponis reales, con sus cabezales sujetos a la maroma que les orienta en su caminar dentro de un círculo, algunos no llevan jinete, otros a algún niño o niña aprendiz de montador .
Pero todo esto y más, sin las luminarias no sería una feria. Podrían intentar correr todos a las casetas a escuchar a los cantantes, mientras comen los calamares o los pimientos fritos y se encasquetan dos finos “tío Pepe” o se beben dos litros de cerveza, podrían subirse a múltiples látigos de carricoches, incluso a la noria, ¡sin las luces de colores en sus diversas formas, no seria la feria!


Publicado por Lanzas @ 13:38  | Costumbres
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Viernes, 14 de septiembre de 2007
El muerto que denunció a su asesino
Capítulo V



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El Comisario, con gesto de preocupación, escuchó al Inspector Muñoz, en el que tenía plena confianza, por la multitud de casos resueltos y de asesinos atrapados con pericia.

- Mire, Lara- este era el apellido del Comisario- se necesitan más efectivos para escudriñar este caso. Labordeta y yo creemos que una trama internacional está detrás del dichoso virus, y encima que puede ser una mafia rusa.
- Tengo noticias de esta mañana del Ministerio de Interior, de que ha sido detenido en Barajas un individuo que llevaba un termo con un líquido verduzco, que tomaron por un explosivo, pero resultó ser un virus nocivo. Está siendo interrogado y creo que usted debe ir de inmediato, con lo que conoce, para ver la relación. Aquí tiene los billetes para el oficial y usted mismo.
- Me deja sin reacción- ya veo que el avión a Madrid sale en dos horas- Volveré de inmediato con lo que averigüe.
Acostumbrado a cumplir con su trabajo, informa a Labordeta que recoja un pequeño maletín, que intentarán volver en un avión de la noche. La salida a las 15.30 y la vuelta a las 21.30. Eso rezaban los billetes reservados. No hace falta más equipaje que una muda y una camisa para cambiarse. ¿Comer? Comerían un par de bocatas y una cerveza antes de embarcarse en el mismo Aeropuerto, ensuciado por las obras de ampliación, de Málaga.

El interrogatorio en Madrid, al cual asistieron, reveló que el individuo detenido era un ruso buscado por la INTERPOL por mercadear con obras de arte robadas, y que él creía que el cilindro transportaba un lienzo pequeño de Monet. Tenía que entregárselo a una persona en Málaga, a cambio de cien mil euros, el cual, después de amenazarle con las cárceles rusas, acusándole de algo gordo, como intentar atentar contra el embajador ruso de Putin, cantó que con quien tenía que verse era un rumano que se llamaba Estilov.

- Ese rumano ha sido asesinado ayer tarde- cuenta Muñoz a su homólogo madrileño- díselo y enséñale la foto.
- ¿Conoces a esta persona?
- No, con el rumano tenía que encontrarme en la Estación de Málaga, portando él una mochila roja con la inscripción en ruso: “Amo a Rusia” y me daría cien mil euros a cambio del cilindro.
- Parece que no miente- comenta el malagueño, en un aparte, al madrileño.
- Eso creo. La vamos a acusar de contrabando y de transportar mercancías peligrosas para la salud.
- ¡Qué analicen el virus de inmediato, que me temo que es muy peligroso y aquí en Madrid habrá más medios y biólogos especializados.

A las dos horas era analizado el virus. El informe preliminar, a falta de más pruebas, decía:
“Se trata de un virus miscible con el agua y que los animales que lo ingieren parecen abandonarse a su suerte, sin buscar el alimento. Creemos que si un humano lo bebiera quedaría sin voluntad a merced de alguien que lo controlara, dependiendo física y síquicamente de quien se lo diera.”
- Creo que ya sé el motivo del escrito de Lepovichiv, lo “de algo horrible para la Humanidad”, es que descubrió que pretenden suministrar a ciertas personas, pueden ser científicos, políticos o futbolistas, ¡Vete a saber!, el dichoso virus y dominar el Mundo. El problema es averiguar quién está detrás de todo esto. Si apunta al gobierno ruso, estamos perdidos.
- Y debemos encontrar la relación de la Orellana con los rumanos y rusos- sugiere Labordeta.
- Antes de detenerla, debemos mantener en secreto la detención de este ruso.
Llama de inmediato a Málaga e indica que sea sometida a vigilancia sin ser detenida, pero que el juez sepa lo que se trama, para que no se evada o huya.
Por el camino, el inspector Muñoz medita y toma notas sobre su manoseada agenda.
- ¿Cree, Labordeta, que la asesina pueda ser la abogada?
- Yo creo que hay alguien más, pues al quitarse también al conserje de noche de en medio, me parece poco posible para una mujer, pero ella debe conocer a quien lo hizo.
- Vamos a tenderla una trampa, ¡verá!- y explica cómo van a actuar una vez lleguen a Málaga.
La noche se extiende sobre Málaga, cuando llegan a la capital de la Costa del Sol.

- Sra. Orellana, soy el amigo de Estilov- dice el oficial que sabe perfectamente ruso, de la Comisaría de Málaga- y no encuentro a ese imbécil, para entregarle el cuadro.
- ¿Cómo dice?- se oye expectante la voz de la abogada-en perfecto ruso, también.
- Me dieron su teléfono, por si no encontraba al rumano ese. Yo soy Pietro Menchov. Tenemos que vernos. ¡No sé que hacer con el termo!
- ¿Ha pasado los controles de los aeropuertos?
- Bueno lo puse en la maleta y como es un termo, da el pego de ser un licor o algo así y no me lo han abierto. Yo sé muchos trucos.
- Bien, tenemos que vernos, pero la policía me vigila, porque creen que soy también contrabandista. Tenemos que actuar con mucho cuidado. Déme su teléfono y le llamaré en breve, pues el dinero, que habrán convenido, tengo que obtenerlo antes.
- Sí, son cien mil euros.

El agente cuelga el teléfono, y Muñoz exclama:
- ¡Ha picado! Creo que si actuamos con mucho orden, desenmarañamos esta trama.
- Cuando vuelva a llamar, que supongo que desde su móvil comprobará la existencia de este ruso viajero, la hacemos quedar con el dinero y en ese momento veremos lo que hay detrás- comenta Labordeta.
Continuará…


Publicado por interazul @ 18:07  | Misterio
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S?bado, 08 de septiembre de 2007
EN LA “ESTACADA”


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Estoy volviendo de mi viaje de vacaciones. La carretera está llena de coches, y como siempre por estas fechas, pienso si no hubiese sido mejor haberme quedado en casa.
Voy a contaros como empezó y como seguramente, pues con las mujeres nunca se sabe si terminas del todo, acabó todo.
El día uno de agosto preparamos Lucía y yo las maletas para irnos a Santander. Queríamos pasar diez días, maravillosos- dijo ella- al “fresquito” del Cantábrico. Pasearíamos por las playas del Sardinero e incluso, iríamos a Bilbao a comer sardinas de Santurce.
El dos estábamos en la serpenteante carretera entre montañas que nos lleva de la árida Meseta castellana hasta las frondosas cuestas cántabras. Todo muy bien, hasta que de pronto vemos al salir de una de las curvas un coche, un Toyota Corolla de color rojo intenso al lado del cual, una mujer rubia, hacía señas para que paráramos.
- ¡Para! ¡Frena y ayúdala!- Lucía, siempre tan solícita.
- ¿Y si es un truco para robarnos?- contesté yo.
- Tú ves demasiadas películas. Una mujer sola estará angustiada al ver que su coche no carbura.
- ¡Vale! Yo me bajo y tú te quedas atenta a ver que pasa. No me fío.

Frené mi Audi A4 plateado, justo detrás del rojo despampanante.
- ¿Qué le ocurre señorita?
- Gracias, muchas gracias por parar. Llevo un rato sin saber que hacer con mi coche, que no arranca- me contesta una voz melosa, que sale entre unos labios rojos, que me fascinan, y que alegra unos ojos verde esmeralda que me hipnotizan.
- Ya veo, ¿puedo mirar mejor?- patino- Me refiero ver si arranca con mis manos. Quiero decir, probar yo a ver si arranca- suelto por fin.
- ¡Claro! Las llaves están puestas. Voy mientras a saludar a su esposa.
- ¡Nooo! No es mi esposa. Es mi,…. mi compañera, ¡vaya! – no sé porqué le digo esto. Mientras ella se acerca a la ventanilla de Lucía, no puedo disimular ver su trasero contonearse de forma lujuriosa.
Entro en el Toyota encarnado y un olor a jazmín casi me marea. Giro la llave y ¡clinc!, ¡clinc!, que no hace ni ruido.
- Creo que es la batería. Se ha terminado su energía.
- ¿Cómo dice? Estaba saludando a Lucía, yo me llamo Silvia. No entiendo.
- ¡La batería!- casi grito.
- ¿Y qué hacemos?
- Podemos hacer varias cosas- casi el subconsciente me traiciona- Digo, que podemos llevarla hasta un taller para que le traigan una batería, o podemos intentar arrancar con unos cables que llevo yo, para estos casos.
- Como quieran.
- Voy a decírselo a Lucía. Espere.
Me acerco a mi coche, donde una Lucía, ya no tan solícita, porque las mujeres intuyen la competencia, me mira con gesto mohíno.
- Mejor que llame a su seguro.
- Pero, mujer, ¿Y si el seguro no le cubre la grúa? Podemos llevarla hasta la gasolinera cercana y qué ella se las arregle. Primero intentaremos a ver si arranca.
- Bueno, díselo.
La exuberante rubia teñida, casi me roza con su cadera derecha, al acercarme a su carro.
- Perdone, encanto- se me escapa- podemos intentarlo.
- ¿Qué? ¡Ah! El arranque, ya.

Pongo mi coche al lado del suyo con una Lucía cada vez más hosca, y con los cables, el rojo, al positivo, el negro al negativo, y rozo su mano, al encasquetar el terminal negro, y digo:
- Entre en su coche y de a la llave cuando yo le diga.
- Trátame de tú. Tutéame, Carlos.
- ¿Carlos?
- Si eso me ha dicho Lucía, que te llamas Carlos. Yo, Silvia.
- Ya, ya, sí. De acuerdo, Silvia.
Brugggggggg, brugggggggg, ¡nada! Mi coche empieza a arrancar y el otro: ¡clinc, clinc!, ¡no arranca! No es sólo la batería, pienso.
- Pon los triángulos de avería y vamos rápido a la gasolinera más próxima.
- O. K, Carlos.
La rubia se coloca en el asiento posterior y Lucía le pregunta:
- ¿A dónde ibas, a Santander?
- Sí, a pasar unos días con mis padres, que viven allí.
- Bueno, ya estamos en la gasolinera- digo, dirigiendo el coche por el carril de desvío. Te acompañaré ante el encargado a ver si pueden hacer algo.
- Tienes un “maridito” que es un encanto, ya me gustaría tener a mí, uno así, Lucía.
- Bueno, él es así de solícito- miente mi compañera.

El encargado nos dice, que puede darnos algunos teléfonos de grúas de talleres. Qué en esa gasolinera no tienen taller y no pueden hacer nada.
- Vamos a decir a Lucía lo que hay y no te preocupes, llama a tus padres para que no se impacienten.
- Mira, va a llamar a sus padres y la acompañamos hasta que venga la grúa: ¿Te parece?- le digo a Lucía.
- Se nos va a hacer muy tarde, para llegar al hotel. Ya son más de las dos de la tarde. Vamos a comer algo rápido, mientras, en la cafetería de la gasolinera.
Creo que ahí fue mi perdición de las vacaciones. La bonita Silvia se le ocurrió lo siguiente:
- No quiero estropearos el día. Si quieres acompañarme, mientras viene la grúa, que Lucía se vaya al hotel y luego te llevo yo con ella. Si quiere, claro.
- Es decir, que yo te acompaño con la grúa y luego, tú con tu coche me llevas al hotel, si lo reparan. Bueno y sí no cojo un taxi, ya en Santander. Lucía, ¿qué te parece?
- Sí, pobrecilla, no la vayan a asaltar. Yo me llevo el coche con las maletas, hasta el hotel y te espero. Como ya hemos tomado algo, no hay prisa- Creo que noté algo raro en lo de “pobrecilla”, pero vistas las cosas así, no había otro remedio, ya que estábamos para ayudarla.

Lucía arrancó el coche y cuando me volví para preguntar a Silvia, si ya había llamado al servicio de grúa, me quedé estupefacto, ella me agarró de la mano y de manera casi violenta apretó sus labios contra los míos, mientras su cuerpo se pegaba a mí produciéndome un gozoso escalofrío.
- Eres un “solete”, Carlos. ¿Qué hubiera hecho si no paras? Yo soy muy cariñosa y no puedo frenarme con los hombres amables.
- Bien, no sé, estoy de vacaciones con Lucía, ¿qué hago yo ahora?- deseaba abrazarla, desnudarla, amarla.- En el hostal de al lado he visto: ‘Alquilamos habitaciones’. Mientras llega el ’gruero’, podemos conocernos mejor.
- ¡Vamos!
A la mañana siguiente estábamos aún en la habitación de aquel’hotelucho’ de carretera, a Lucía la llamé. poniendo la excusa de que había empezado una tormenta y me había refugiado en el Hostal, a la segunda llamada de ella, no cogí el móvil y al ver el mismo a la mañana siguiente, tenía el mensaje:
“Sé lo que haces, cabrón, no me vengas a buscar, ya he tirado tu maleta y me vuelvo a casa”.
- Silvia, he roto con Lucía- mentí- vente conmigo de vacaciones. El hotel lo reservé yo, no puede dejarme en la calle, he llamado ya.
- ¡Cielo, vamos! El coche ya está arreglado, según me ha dicho el mecánico. Vamos a pasar unos días de ensueño.
Los dos primeros días en el Hotel fueron sólo para comer, beber y hacer el amor. Ni salimos a la calle. El tercero dimos un paseo, bajo el paraguas, para comprar algo de ropa y el cuarto otro paseo para tomar un café en el Paseo de Pereda.
Los días y las noches se sucedían en un frenesí sin tregua. Silvia no volvió a mencionar a sus padres y al quinto día le pregunté:
- ¿Tus padres no se extrañan de que no vas a verlos?
- Mis padres murieron hace tres años en un accidente de coche. Dije eso, para que tu mujer o amante, o lo que sea, se confiara, porque me gustaste y quería que pasara esto desde que te vi.
- Pero, entonces, ¿con quién ibas a verte?
- Con el tonto de mi novio, del cual ya no quiero saber nada más.
Y así quedaron las cosas, hasta que al sexto día fuimos al Sardinero a meternos en el agua y a tomar el tímido sol que asomaba. Y estarán expectantes, por saber qué ocurrió. Pues que una especie de mula con unos bíceps como el Stallone se puso delante de mí, cuando salía del agua agarrando la cintura de ella, y me soltó:
- Maricón, ¿qué haces con mi novia?
- Hago lo que ella quiere, h. de p.
¡Zas!, me soltó un mamporro que me tiró contra el agua. ¡Y menos mal que caí en el agua! Me levanté, mientras veía a través de mi nublada vista a la tal Silvia abrazar al hombretón y cuando iba a intentar devolver (¡Qué ocurrencia!) el pescozón, oigo:
- No te molestes, Silvia y yo nos vamos a mi casa. Todo ha sido un mal entendido. ¡Gracias por sacarla a la orilla, ya que casi se ahoga, me dice! Acabo de llegar y al verte que la sacabas del agua por la cintura, me temí otra cosa. ¡Perdona, hombre!

Y me dio la mano.
Y ahora de vuelta de todo este lío, pienso: ¿Quién dejó en la “estacada” a quién? ¿Yo a Lucía? ¿Lucía a mí? ¿Silvia a éste que os lo cuenta? Siempre me encuentro yo en la “estacada”.
Lo único claro que saqué, es que ¡efectivamente! El novio de Silvia era un tonto redomado
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Publicado por quijote_1971 @ 18:03  | Amor
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ÉSTE, VOLVIÓ


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No podía dormir. Me sentía terriblemente excitada, nerviosa; no sabía qué iba a pasar al día siguiente: el día de mi segunda cita con un hombre después de lo sucedido.
Los amargos recuerdos de los últimos dos años se agolparon en mi mente. Había sufrido tanto con aquella enfermedad, de la que aún no salía, que prácticamente me sentía inerme ante cualquier acto desagradable que se produjera con respecto a mí.

El infausto diagnóstico apremió al equipo médico a operar lo más rápido posible por miedo a la metástasis. Me dieron muchas esperanzas…’que había sido cogido a tiempo’…’ era muy pequeño’…’que aquello sería como un bache en mi vida’…
¡Sí! Fue un bache. Un terrible bache.
Después de seis meses de pasar por diversos y duros tratamientos, las pruebas que se me hacían en cada revisión, eran cada vez más optimistas. Empecé a pensar que estaba saliendo del maldito bache, aunque me advirtieron que a partir de los cinco años es cuando se podía considerar que estaba curada si las pruebas seguían saliendo bien. ¡Cinco años! ¡Dios mío! Toda una vida para alguien que creyó por días que ya todo estaba perdido.
Mi familia me apoyó con todo su amor en momento tan delicado; me aconsejó que saliera, cuando ya estaba algo repuesta; que tratara de divertirme; que me ayudaría en mi recuperación.
Así lo hice. Cuando ya me encontraba con más fuerzas empecé a salir algún fin de semana con unas amigas.
Un sábado entramos en una discoteca para gente adulta. La música sonaba con tal intensidad que no nos entendíamos cuando intentamos hablar.
“¡Bueno! ¡Qué más daba! A estos lugares no se viene a hablar, parece”- pensé.
De repente, en medio de la multitud vi a un hombre que me miraba intensamente.
Era apuesto: moreno, alto, de cuerpo bien formado y rasgos nobles en su rostro. Me gustó. ¡Sí! Inmediatamente me agradó. Se acercó a mí y percibí como un temblor en mi interior. ¿Qué demonios me pasaba? ¡Claro! Tanto tiempo sin estar con un hombre…
-Hola, ¿qué tal?- dijo con una blanca y bella sonrisa.
-Bien; muy bien. ¡Gracias!- dije aunque no tuve claro si me entendió.
Debido a la imposibilidad de comunicarse en aquel ambiente salimos de allí y tratamos de hablar, de conocernos un poco.
Parece que algo inefable discurrió entre nuestras almas ya que sin pensarlo dos veces quedamos para el siguiente día.
Yo volví a sentirme viva y casi olvidé la terrible experiencia pasada.
Seguimos viéndonos y llegó el momento en que él me besó. Me sentí desfallecer Una sensación placentera recorrió mi cuerpo de los pies a la cabeza. Quiso acariciar mis pechos, pero rápidamente mi mano derecha se lo impidió. Me miró algo asombrado. Seguro que le parecí una estúpida…
Seguimos caminando hasta mi casa. Me preguntó si podía subir a tomar algo…
Yo sabía lo que aquello significaba. Dudé. No me atrevía a invitarle.
-¡Mira! Si te parece lo dejamos para otro día; hoy estoy algo cansada.
Me miró largamente y supe que no le habían agradado mis palabras aunque no dijo nada.
Pasaron algunos días y este hombre al que yo había empezado a amar y según palabras suyas él también a mí, comenzó a insinuarme de manera muy clara que deseaba que hiciéramos el amor. Yo también lo deseaba pero…
Al fin y al cabo eso es lo que todos los hombres quieren de una mujer, y ésta también, cuando está enamorada.
No puede o no quise dilatar más el encuentro; no quería perderle.
¡Había llegado el momento! Quedamos esa noche a cenar.
El local era acogedor y una música latina ponía una nota romántica en el ambiente. Cenamos mirándonos a los ojos. Yo apenas pude probar bocado ya que un montón de mariposas jugaban sobre mi estómago. Pero una viva inquietud se apoderaba de mi ánimo por momentos. Sabía que tenía que sincerarme con él. No podía ni quería llegar al encuentro amoroso sin hablar antes.
A los postres, me atreví:
- ¡Oye! Quería decirte algo…

-¿Sí? ¡Dime!- tomando mis manos entre las suyas.
- Verás, tengo que decirte algo…algo delicado.
- Bueno, no será para tanto, ¿no? - preguntó él algo extrañado por el tono de mi voz.

- Creo que sí es para tanto; al menos, para mí – respondí.
- Bien, pero sea lo que sea ¡Dímelo ya! Creo que nos debemos tener confianza, ¿no?
- Oye bien –dije- ¡Me falta un pecho!
Vi que su semblante mudaba de color. Miró hacia un lado y otro.
- Bueno y, ¿eso cómo ha sido?- preguntó en voz muy baja.
-¡He tenido cáncer de mama! –le espeté sin más preámbulos.
- ¡Oh!, ¡no me digas? Y, ¿cómo te encuentras? - preguntó muy azorado.
- ¡Bien!, Ahora ya estoy bastante bien; aunque aún no sé si estoy curada. Sólo hace dos años.
Me miró muy fijamente a los ojos como queriendo ver en ellos algo que antes no había percibido. Al cabo de unos minutos de abrumador silencio, dijo:
- Perdona un momento; voy a hacer una llamada.
Se levantó muy dignamente y salió tras una puerta que daba al jardín del local.
Yo me quedé allí sentada esperando por largos minutos verle aparecer de un momento a otro.
Pero, ¡no apareció! Nunca más volví a saber de él.

Durante meses caí en una grave depresión de la que no conseguía salir. Yo podía operarme y reestructurarme mi mama, pero aún era pronto, según me dijeron los médicos.
Pasaron otros dos años sin que en mi vida hubiera aliciente alguno, (aunque ahora lo veo injusto; sobrevivir, ya es una victoria ante esta enfermedad).
Yo, en aquellos tiempos, sólo me veía como una mujer a la que se le negaba la posibilidad de serlo.


Un día apareció en mi lugar de trabajo un nuevo compañero. Nos saludamos y enseguida percibí en sus ojos la franqueza que tanto estimaba. Me sentí muy feliz el día de su llegada al centro.
Casi sin darnos cuenta empezamos a quedar. Un día a tomar un café; otro, a ver una película… dar un paseo al lado del mar…
Observé, consternada, que me estaba volviendo a enamorar. Y, ¡no podía!! ¡Otra vez, no!
Aún no me habían reconstruido la mama, y sentía un miedo atroz a un nuevo rechazo. ¡No! Esta vez, si es que me lo pedían, ni escucharía, aunque soñara con sentirme amada.
Seguimos saliendo cada vez más a menudo y una noche sin darme tiempo a reaccionar, me besó. Y yo, como una colegiala sentí que el mundo se movía bajo mis pies…
Cuando llegué a mi casa estaba totalmente turbada. No pude cenar y me acosté lo más pronto que pude para no levantar sospechas en mis padres. No quería que supieran nada de esto, ya que ellos también sufrieron mucho cuando fui rechazada la vez anterior.

A la mañana, al alba, me levanté e hice todos los rituales que normalmente hacía para ir a mi trabajo.
Pero esa mañana tenía miedo. Miedo de ver al hombre que de nuevo había colmado mi corazón de ilusión.
¿Qué iba a pasar ahora? ¿Se quedaría todo en ese maravilloso beso o querría algo más? Yo sí lo quería, pero no podía…
Pensé en llamar al cirujano que me había operado para que me indicara a quién tenía que llamar para que me reestructuraran mi mama. Me sentí algo mejor. Todo no estaba perdido.
Ya en mi trabajo, le vi llegar muy elegante con su traje oscuro, camisa blanca, corbata granate, y brillantes zapatos ¡Era mi tipo!
-¡Hola!, ¿cómo pasaste la noche? – preguntó mientras hundía su mirada en la mía con aquellos ojos de cielo que hacían hervir mi sangre.
-¡Bien! La he pasado bien…- dije sin mucha convicción.
¡Dios mío! ¡Qué ridícula me sentía! Yo allí, temblando.
-Oye, he pensado que… -no terminó, sus ojos hablaron lo que sus labios callaron.
¡Ya! De nuevo; otra vez. Y ahora qué. ¿Qué hago ahora? ¿Le digo?: ¡No! ¡Y ya¡
¿Le cuento la verdad?
- Mira, quería decirte que yo… ¡te quiero! – me aclaró.
Me quedé helada a pesar de que mi sangre acudió con furia a mi rostro que sentí que ardía. ¡Dios! ¡Me quería! ¡Mi sueño!
-Oye, no tienes por qué decir algo que no sientas, ¿eh? –le espeté sin saber muy bien lo que decía.
-¿Cómo que no siento? ¿Acaso no lo has notado? –dijo mientras alargaba los brazos con intención de abrazarme.
-¡Quieto! Estamos en el trabajo. Alguien puede vernos – le dije con pena por la ocasión perdida.
- ¡Oye!, no quiero que lo tomes a mal, pero, ¡estoy loco por estar contigo!
-¡No!; por qué voy a tomarlo a mal; sólo que, ¿no es algo pronto?
- Para estas cosas no hay prontos ni tardes: sólo hay amor, deseo, pasión…
-¡Calla! ¡Calla! – reí loca de contento.
-Bueno esta noche te invito a cenar y hablamos sobre esto. ¿Te parece?
-Bien;luego hablaremos.
Se marchó a su puesto de trabajo. Yo estuve toda la mañana que no daba pie con bola. No sabía lo que hacía y mucho menos cómo lo hacía. Pensé que de ésa me iba a la calle.
Llegó la noche y me compuse lo mejor que supe para gustarle. Tenía un miedo atroz. Pero sabía que no podía quedarme con la duda.
Iría y le diría la verdad.
El local estaba decorado con gusto. Pedí una copa antes de cenar. No suelo beber nunca; quería infundirme valor; me ‘coloqué’ de tal modo que me sentí capaz de todo. ¡Hasta de soportar otro rechazo!
Una vez terminada la cena, me propuso que fuéramos a su piso. ¡Había llegado el momento!
-Perdona, -dije antes de levantarme – quiero que antes sepas algo. No quiero esperar al último momento.
- ¡Dime!, ¿de qué se trata? – preguntó con interés.
- Verás; yo he tenido cáncer y me falta una mama.
Esperé. Le miré fijamente, quería ver su reacción. Sus ojos permanecieron aferrados a los míos. Me tomó las manos y depositó en ellas un dulce beso. Sentí que mis lágrimas pugnaban por salir. Me contuve. Por un momento sentí aquel beso como una despedida.
-Perdona un momento, tengo que ir al baño – dijo levantándose.
¡Vaya, lo mismo! ¡Qué poca originalidad!
Y yo esperaré cinco, diez, quince, veinte minutos; y él no volverá.
Bueno, ya me conocía la historia.
Esperé con el alma en vilo. Cinco, diez, quince, veinte minutos. Iba a marcharme cuando una voz, su voz, a mi espalda:
-¡Oye! ¿Dónde se supone que vas sola?

Dedicado a todas las mujeres que han vivido una experiencia similar y han vencido a la enfermedad.


Publicado por mariangeles512 @ 17:21  | Amor
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Viernes, 07 de septiembre de 2007

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LA MADRE

Salió precipitada, con los ojos nublados por las lágrimas que impertinentes no respetaban el rimel: acababa de dejar a su madre en la residencia de ancianos, y no podía apartar de su mente la mirada de la que le dio la vida, sin estremecerse de dolor.

-¡Mamá, no te preocupes! –le dijo en su última visita- Esta noche volveré a recogerte. No te quedarás aquí más. Voy a dedicar la mañana a buscar una persona que se ocupe de ti en la casa cuando yo no estoy. ¡Tranquila mamita! Sólo un día más. ¡Te lo prometo!

Llevaba varios días discutiendo con su esposo, empeñado éste en que su madre fuera llevada a la citada residencia, ya que no podían atenderla cuando ambos estaban en sus respectivos trabajos. La madre caminaba con extrema dificultad a raíz de una caída, y necesitaba de una persona que le ayudase para caminar. Había tenido hasta pocos días antes, una mujer para este menester, pero ésta tuvo que marcharse por problemas familiares. El resultado fue que tenía que permanecer largas horas sola en el piso que compartía con sus hijos, esperando que una vecina le ‘echase un ojo’ de vez en cuando, para acompañarla al baño. El marido de Clara se oponía tajantemente a esta situación y no cesaba de espolear a la esposa.
Clara no quería que su madre fuese a residencia alguna. En su mente estaban grabados a fuego todos los recuerdos de su infancia y juventud cerca de su madre: los cuidados, las enseñanzas, la ternura, la paciencia, la comprensión, el ejemplo y el amor que nunca dejó de percibir por parte de aquella mujer, le hacían sentir un respeto y un amor por la anciana mucho más grande de lo que su esposo podía ni siquiera imaginar.

Ella era madre de tres niñas y sabía muy bien lo que esto comportaba para una mujer. Tenía muy claro que no se debe ni se puede olvidar cuando se es adulto, al padre o a la madre, cuando poco pueden ofrecer ya, pero que lo dieron todo por sus hijos. ¡No!
No se debe agradecimiento, se debe, ¡amor!


-Mira, Clara; tu madre estará mejor en la residencia con otras personas de su edad; seguro que allí es mucho más feliz que con nosotros
-¡Ni te lo imagines! Para mamá es sumamente importante el ver a las niñas, a nosotros, sus recuerdos; la foto de papá colgada en su habitación; el ambiente familiar. Y estoy segura que, aunque no diga nada, sufrirá mucho si la dejamos en ese lugar.
-Pero, es que es necesario. No tenemos a nadie que se encargue de ella, y, de todas maneras, verás que la casa se ha quedado pequeña. Con las tres niñas ya no hay habitación para ella, y que la comparta con la pequeña no me agrada nada.
-¡Escúchame bien!; mi madre se va a quedar en esa bendita residencia el tiempo exacto que yo tarde en encontrar una persona responsable que se quede en la casa para atenderla. Yo no la voy a dejar ‘tirada’ como algo inservible cuando ella ha dado lo mejor de su vida por mi hermana y por mí ¡No! No lo pienso olvidar por más que ya no pueda hacer nada por nosotros.
-Pues, hija, las residencias de ancianos están a rebosar y no pasa nada…
-Bueno, eso habría que verlo. Habrá de todo. Personas que estarán a gusto, y otras que no. Si a mamá le agradara, a mi no me importaría tanto el dejarla ahí; pero…
-Ya; ya. Que veo que voy a tener suegra para rato- ironizó el esposo.
-¡Oye! Ni en broma te permito que hables así de mi madre. Recuerda que la incitaste a que vendiera su propio piso y repartiera el dinero entre mi hermana y yo; y, ¿qué hiciste con el dinero? Comprarte un cochazo y pagar algunas deudas. ¿No lo recuerdas ya? La obligaste a dejar su casa y a venirse con nosotros; y ahora quieres deshacerte de ella. ¡Eres un ser incoherente e irresponsable!
-Bueno, ¡basta ya, mujer! Tu madre ya ha cumplido su misión, ¿qué hace en realidad aquí?
Dos dardos ardientes se clavaron en el rostro del marido, y, sin poder contenerse, le cruzó la cara con el dorso de su mano.
-¡Cabrón de mierda!- y salió a toda prisa.

Ya en el coche trazó mentalmente el plan: compraría un periódico semanal en que se anunciaban muchas personas buscando y ofreciendo trabajo.
Llamó a su trabajo diciendo que esa mañana no podía ir, y se detuvo en un kiosco próximo; compró el semanario y se metió en una cafetería a ‘estudiar’ la sección de anuncios de demandas de trabajo.
Después de largo rato de seleccionar los más idóneos, comenzó a llamar a los números de los que allí se anunciaban. Las dos primeras ya estaban ocupadas. “ Y, ¿por qué no os borráis del anuncio, idiotas?” ¡Fuera! La siguiente vivía muy lejos “ Te pagaría el bus” ¡Sosa! Otra, pedía más de seiscientos euros por todo el día. ¡Mucho! Una, no hablaba español, sino rumano, apenas si se entendieron por el móvil) ¡Tampoco! “¡Mira que venir a España a trabajar y no conocer una maldita palabra en español!” Por fin, con las yemas de los dedos doloridas de tanto pulsar teclas, dio con alguien que parecía reunir las mínimas condiciones. Quedó con ella en una hora, en la cafetería, para hacerle la entrevista.
La aspirante, boliviana, de unos treinta años apareció por la puerta con una negra coleta anudada en la nuca. Tez oscura y semblante asustadizo. El primer ‘golpe’ de vista no le fue agradable a Clara; pero se dijo que no iba a dejarse influenciar por estos detalles.
-¡Buenos días!; ¿es usted la señora con quien he hablado, no? La que cuida personas mayores…
-Sí; sí señora, yo soy.
-¿Cómo se llama usted?
-Marina, señora- contestó con una voz suave y pausada
_ Ya sabe usted en lo que consistiría su trabajo: en ayudar a mi madre a lavarse, desayunar, sentarla en su sillón; y acompañarla al servicio cuando lo necesite. De limpieza no tiene que hacer nada; ya viene una joven unas horas a ocuparse de eso.
-Sí, señora. Ya lo entendí por teléfono.
-¿Está de acuerdo con lo que le he dicho con respecto al dinero?
-Sí; sí señora, me parece muy bien.
-Vale; entonces, prepare usted lo que necesite; que esta tarde paso a recogerla aquí mismo para mostrarle dónde vivo; y así mañana no tenga problema de perderse. En el camino recogeremos a mi madre de la residencia en la que permanece estos días.
-Como usted diga, señora.
Clara se despidió de su nueva empleada y se dirigió a su trabajo. Ya era mediodía y quería recuperar el trabajo de la mañana. Se tomó unos minutos para comer un bocadillo en la cafetería de la empresa, y, a continuación, se adentró en su oficina a trabajar a fondo, contenta por haber conseguido una persona que permitiría a su madre volver con ellos. Al pensar en ella, un nudo de pena se enroscó en su garganta, imaginándola entre desconocidos durante todo el día, soñando con la llegada de su hija que la llevaría al hogar.

No veía el momento en que llegaran las siete de la tarde para recoger a su madre. Le gustaba pasar con ella y con las niñas las últimas horas del día, hablando de cómo había transcurrido éste; o de recuerdos del pasado, cuando ambas eran muy felices. Se miraba en los azules ojos de la madre, y su rostro garzo, muy chiquito reflejado en ellos, rebosaba ternura.

Miró el reloj de pulsera: las seis cuarenta y cinco. Se acicaló un poco: coloreó de nuevo sus labios, peinó ligeramente su magnífica melena, y tomando su bolso salió con rapidez escaleras abajo.

Tomó el coche y se dirigió al lugar donde había quedado con la nueva acompañante.
Una inesperada lluvia hizo su aparición dificultando momentáneamente la visión. Llegó al punto dónde había quedado con la boliviana que, bajo un paraguas, esperaba a Clara. Se acomodó con toda rapidez en el asiento del copiloto y partieron rumbo a la residencia.
-Vamos a salirnos de la autovía: la residencia está situada en el campo. Mamá estará impaciente; lástima cómo se presenta la noche.- la mirada más allá de las gotas y las luces.
Clara, conducía demasiado rápido para una calzada mojada y resbaladiza por el polvo.
Cuchillos de luces cavaban la noche buscando el asfalto. Las señales de prohibición gritaban: “Menos de 60”. Clara miró el salpicadero; denunciaba: 80 kms/hora.
¡“Bah!; ¡no hay casi tráfico a estas horas!; sólo estas malditas curvas y la lluvia…”

Un camión surgió de la noche ante ella. Al realizar una maniobra para dejarle espacio, un brusco volantazo mandó al coche fuera de la calzada empotrándose en un añoso ciprés. Su cabeza chocó violentamente con el parabrisas. Había olvidado abrocharse el cinturón de seguridad.
Y su pecho quedó sobre la bocina que, oprimida, rompió el silencio con un largo gemido…


Con todo mi cariño y respeto a todas las mujeres que han dado lo mejor de su vida a sus hijos.


Publicado por mariangeles512 @ 23:48  | Familia
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Martes, 04 de septiembre de 2007
El muerto que denunció a su asesino.
Capítulo IV


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La abogada Orellana es reclamada de inmediato para testificar en la Comisaría.
Y además el vecino que debería reconocer en persona a doña Silvia.
- Sabemos que estuvo con Morantin o como se llame, en el apartamento de La Roca. Tenemos un testigo que lo corrobora- dice el Inspector, fijándose en sus uñas, recién cortadas y redondeadas.
- No lo he negado. Dije que me llamó y quedé con él para que directamente me dijera lo que tuviera que decirme, que ya le he dicho lo que es.
- Pero ahora sabemos que usted ha colaborado con los servicios de espionaje rusos en sus tiempos de estudiante. Me parece que usted conoce mucho más de lo que cuenta- Le dice un inspector algo nervioso por lo que ha descubierto.
- Uhhh, de estudiante se cometen muchas locuras- contesta, sin poder ocultar la contrariedad que le produce lo que conoce Muñoz.
- Como viajar a Rusia durante cinco años seguidos, todos los meses de julio.
- ¿Me inculpa de algo?- se pone claramente a la defensiva la extraña abogada.
- Pues tiene que decirme desde que hora hasta que hora estuvo con el supuesto Sr. Morantín.
- Bien, me invitó a cenar a su apartamento. Nada espectacular. Decía que tenía miedo de salir a la calle y que yo misma hiciera el favor de encargar unas raciones de calamares, boquerones, ensalada y vino, que yo misma subí al apartamento.
- Esa no es la forma de comportarse con alguien que no se conoce de nada. ¿No pensó que podía ser peligroso?
- Lo pensé y puse en conocimiento de mis colaboradores en el bufete de que iba a casa de ese señor, como puede comprobar.
- Siga contando.
- No tengo mucho más que decir. Salí a las once y media del apartamento, como puede comprobar llamando a mi marido, que me esperaba impaciente en casa. Llegué a eso de las doce menos cuarto.
- Con lo cual, según el forense, queda libre de sospecha, naturalmente.-comenta Carlos Muñoz con cierta sorna.
- No lo sé, pero es la realidad.

Había que investigar a los conserjes. Si esta mujer estuvo cenando con Morantín, y salió a las once y media del apartamento, el conserje de noche, que apenas había sido interrogado tenía que saber algo más.
¡Sorpresa! El conserje de esa noche había sido un suplente, porque el que estaba contratado avisó de que le era imposible acudir porque le habían llamado desde Ciudad Real, donde residía su madre, con la noticia de que había sido internada en la Clínica porque le había dado una trombosis y tenía que ausentarse. Noticia que resultó falsa. Hizo el viaje de ida y vuelta y pudo comprobar que a su madre no le había pasado nada.
- Veamos, a usted le llamaron a eso de las diez de la noche ¿y no pudo confirmar si le llamaban realmente de la clínica o era un particular?
- Verá no me trato con mi hermana, que reside también en Ciudad Real y supuse que era del hospital. Llamé inmediatamente a la administración de los Apartamentos, y ¡curiosamente!, un supuesto rumano, fue mi sustituto, según me dijeron al día siguiente.
Rápidamente, Muñoz llama a la administración de los apartamentos.
- Denme la dirección y datos del rumano que hace dos noches sustituyó a Isidro Méndez en los apartamentos La Roca.
- Florin Estilov, vive en el barrio de La Palmilla, calle Palma, nº 15.

El barrio de La Palmilla es muy conflictivo y hace falta ir con dos coches patrulla y cinco policías al menos. Se cubren unos a otros, ya que viven muchos delincuentes.

- ¡Somos la policía! No se asusten, sólo queremos hablar con usted, Estilov. Abra la puerta- dice uno de los agentes que acompaña al Inspector.
- ¡Echen, la puerta abajo! ¡Se va a escapar, porque tiene algo que ocultar!- Grita Muñoz.

Dos agentes muy experimentados abren de un sólo golpe la puerta y ven a una persona, supuestamente Estilov, en el suelo con un charco de sangre que brota de su cuello.
Carlos Muñoz corre rápidamente hacia la ventana, pero no se ve a nadie cerca. Quien haya sido el asesino ha podido huir tranquilamente por la escalera, antes de llegar ellos.
- Miren a su alrededor, a ver a quién ven, e identifíquenlos- dice a los policías que hacen guardia en el portal.
- Hemos visto a alguien que ha arrancado una moto cuando ustedes subían, como dos portales más allá. El individuo iba totalmente protegido con traje especial y con casco. Ya no vemos ni rastro.
La ambulancia llega de inmediato y el equipo médico certifica que la persona asaltada, aún vive. Muñoz trata de arrancar alguna frase del malherido.
- ¿Quién le ha hecho esto?
- Brugg…-apenas podía articular palabra-ella, ella.
- ¿La abogada?
- ¡Es inútil, ha muerto!- le dice el enfermero que está a su lado- Tiene un fino puñal en el cuello, que le atraviesa la yugular.
- ¡Me cago en …!- un poco más y nos dice al menos su asesino, pero he entendido que fue “ella”, con lo cual el campo se reduce a mujeres. Aunque en un rumano, vete a saber si ella, significa lo mismo.
Lo que empezaba a estar claro, es que el conserje sabía mucho sobre el tema y era preciso investigar en el círculo de sus amigos y vecinos, ya que desgraciadamente, él ya no podía colaborar nada más.
- ¿Sabes que pienso Labordeta?
- Dime, Jefe.
- Que estamos inmersos en un asunto mafioso. Voy a dar cuenta al Comisario y que el Juez que lleva el caso lo sepa. Me está oliendo a trama internacional, con un trasfondo impredecible.
Continuará…


Publicado por interazul @ 19:08  | Misterio
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