Viernes, 28 de septiembre de 2007
La”tromba”





La”tromba”


Unas nubes negras como velos antiguos, ribeteadas de rojo, adornaban el horizonte. Los montes cercanos apenas se veían por la bruma entre violeta y gris. De pronto el relámpago deslumbrante brilló en el espacio, y cinco segundos más tarde un trueno aterrorizador retumbó en mis oídos.

Gotas gruesas como peñascos rebotaban en los cristales, que pronto se tornaron en cortina de catarata, y las calles hacía unos minutos secas y polvorientas se volvieron primero arroyos, y al poco ríos arrastrando hojas, ramas, bolsas, contenedores, bicicletas, motos y hasta coches, de forma que la corriente zarandeaba contra las paredes de las casas como si de cañas se tratara. Algunas personas pedían auxilio agarradas a las farolas y otras trepaban a los tejados de las casas corriendo el peligro de ser engullidas por la “tromba” de agua.

Recordaba haber visto llover de forma pausada muchas veces. Gustándome notar el fino elemento resbalar por mis mejillas. No hacía mucho tiempo corrí bajo la lluvia alegre queriendo abarcar con mis brazos un ramillete de chorros de agua. Hasta había jugado al fútbol bajo un pequeño aguacero. Disfruté viendo como las alcantarillas tragaban mansamente los pequeños arroyuelos y como jugueteaban con las hojas caídas de los árboles del paseo. Pero ahora, ¡no disfrutaba! Las cortinas de agua duraban de una forma desproporcionada y grosera, convirtiendo el parque cercano en fantasmagórico por el mar que lo inundaba. La calle era como un río infame que se desbocaba y nadie podía parar. La sorpresa, por lo inusual era mayúscula. Las madres querían ir a auxiliar a sus hijos a los Colegios, donde suponían atrapados. Los padres salieron de sus trabajos a por sus esposas. El caos era impresionante.
Pasada una hora, la tormenta dejó paso al arco iris y las calles y parques se vieron convertidos en cementerios de coches y de gentes. Según bajaba la riada el barro dejaba ver familias enteras abrazadas junto a su coche o junto a la puerta de su casa, presas de escorzos increíbles y con el último gesto desgarrador en sus rostros. Los bomberos no dieron abasto durante semanas para desatascar alcantarillas, vaciar garajes y sótanos, abrir portones que escondían tragedias.
Testigo de excepción desde mi ático, desde ese día temí y odié a la lluvia.
Después de diez años, aún me dicen:
- ¡Que importa que llueva!

Y yo respondo:
- Prefiero el sol y la luna clara.








Publicado por Lanzas @ 13:02  | Dramas
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