Martes, 18 de septiembre de 2007
Luminarias.



La feria estaba en su auge. Era el segundo día de fiestas en Málaga. Y la gente corría a las casetas a tomarse la merienda, para coger fuerzas, para soportar al de la tómbola de las bicicletas, con sus chirriantes llamadas para que no dejes el premio en la caseta, a las turbulentas músicas de los carruseles de los niños y sobre todo las luminarias. Los arcos multicolores, los focos potentes que señalaban las entradas de las casetas, las fuentes de los paseos con sus luces cambiantes hacían casi cegadora la estancia.
Cuando se llevan unos cuantos “finos” y algunas “manzanillas”, esas luces ya no son problema. Se acerca uno al hombre que se mantiene como “payaso” sin risa, hasta que le echas una moneda en el gorro a sus pies, inamovible dentro de aquél cúmulo de fanales y fanfarrias. Se observa a unos jóvenes como discuten allá, pues parece, uno de ellos abrazó a la novia del otro mientras se ajustaban en los asientos del “martillo”.
Un poco más allá los autos de choque no dejan de batirse, como en duelo de alguno contra todos o varios contra varios.
La “caseta de los horrores” se engalana con una bruja aterradora a la puerta, reclamando que la gente entre, que va a sufrir dentro como nunca lo ha hecho. ¡Y la cola, para entrar llega hasta la “caseta de los animales salvajes”! Incluso, entramos, en el barracón de los espejos. Vidrios donde te ves cheposo, como un fideo, gordo como un hipopótamo o enano como un gnomo, mientras los acompañantes se destornillan hilarantes de tus deformidades.
La noria. La rueda majestuosa domina todo el paisaje del recinto ferial. Está al final, pero es la guía, el gran monstruo que atrae y desde el cual puedes sentirte como un dios que camina hacia a los cielos.
Los puestos de turrones, mantecados, galletas de cualquier sabor, con grandes caramelos del tamaño de una persona, con diminutas grageas de chocolate y miel, ahí están entre los puestos de los helados de mil sabores y formas. Y también el clásico “algodón” de azúcar blanco o rosa.
Los caballitos con su pausada y a la vez constante subir y bajar mientras giran sin freno. A su lado, aparatosas carrozas que emulan a la de la cenicienta y pesados elefantes de cartón piedra que soportan en su lomo carrozas llenas de niños chillones.
Un poco más y ahí tenemos los ponis reales, con sus cabezales sujetos a la maroma que les orienta en su caminar dentro de un círculo, algunos no llevan jinete, otros a algún niño o niña aprendiz de montador .
Pero todo esto y más, sin las luminarias no sería una feria. Podrían intentar correr todos a las casetas a escuchar a los cantantes, mientras comen los calamares o los pimientos fritos y se encasquetan dos finos “tío Pepe” o se beben dos litros de cerveza, podrían subirse a múltiples látigos de carricoches, incluso a la noria, ¡sin las luces de colores en sus diversas formas, no seria la feria!


Publicado por Lanzas @ 13:38  | Costumbres
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