Jueves, 16 de agosto de 2007
LA CUERDA FLOJA


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¿Cómo he llegado hasta aquí? Tengo que pensar, porque la cuerda no está tensa del todo y seguramente aún puedo descender un poco más. La repisa sobre la que me encuentro es la de un edificio de piedra antigua, y no hay ventanas que pueda ver, y mucho menos balcones o escaleras de incendios. Estoy intentando soportar la sensación de vértigo, pero los coches del fondo son como hormigas, y no de las grandes. Calculo que al menos estoy a unos veinte pisos sobre la calle.

Recuerdo vagamente, mientras intento colocar los pies a lo largo de las desgastadas piedras, que me encontraba durmiendo, cuando una voz me despertó:
- Es mi marido, sal por la ventana y coge esta cuerda para atarte y más tarde intentaré abrir de nuevo la ventana.
- Bueno, espera que me visto y salgo.

¡Ya está! María Rodejas me había encandilado en la oficina y convencido para que la acompañara al rascacielos donde vivía con su huraño marido. Me aseguró que Luis Montalvo, que así se llama su marido y amigo mío de siempre, estaría fuera durante tres días, en Buenos Aires, por el asunto de Telefónica. ¿Por qué volvió el primer día? ¡Ya me iba a oír María!

Casi pierdo el equilibrio y con el pie izquierdo sobre el abismo, aso la jarcia con fuerza para seguir avanzando hacia no sé dónde.

Tengo que intentar descender dos pisos más; ya he podido ver unos suntuosos balcones con unas balaustradas de un metro, dos pisos, dos justos, por debajo de donde me encuentro.
Si logro “planear” sobre uno de ellos, sin saber lo que me espera detrás de las cristaleras, aventuro que al menos los pies los tendré sobre una superficie amplia. Ahora los tengo de perfil, y tiro de la cuerda.

María Rodejas es morena, con unos ojos negros como el carbón y una melena que la llega hasta la cintura. Sus pechos se insinúan siempre debajo de los suéteres apretados que lleva a la oficina. Sus piernas son largas y su marido un imbécil. No la ha hecho un solo hijo durante los ocho años que llevan de casados.
Tiene cuarenta años muy bien llevados y como yo estoy separado desde hace ocho meses, es la mujer que mejor y más a mano me queda. La invité a comer tres veces, para tratar entre horas los asuntos aquellos de los “papeles de Rupérez”, ¡Malditos papeles! Acabé besándola al salir del restaurante, en plena calle y ella me correspondió con un abrazo que me descolocó el pantalón.

¿Por qué pierdo tiempo pensando todo esto? Tengo que ver que la cuerda se alarga, al menos otros cuatro metros. Este edificio de piedra tiene balcones cada tres pisos. ¿De dónde salí, yo? Del veinticuatro. Y los tenía. El veintidós y veintitrés no. El veintiuno, ese es el mío, calculo.
Montalvo me dijo que no quería a su mujer. Qué se casó con ella porque sus padres se la presentaron, pero que a él, lo que le gustaba era salir con los amigos a beber y a jugar al póquer. Y a ella la vida hogareña e ir al teatro. ¿Me la ponía en bandeja? A mi me encantan los estrenos, los reestrenos y la zarzuela. Y comer y cenar en casa con las pantuflas en los pies y con la tele impartiendo películas a mansalva.

Doy un fuerte tirón asegurándome los dos pies sobre la palomilla, para ver si aún puedo alargar la soga y parece que sí. La maroma cae delante de mí unos cinco metros de larga. Pero según voy a cogerla mis pies resbalan y caigo al vacío.
………
- Amor mío, despierta. Te noto muy inquieto-oigo como una voz, que me altera aún más.
- ¡Me has mentido, tu marido ha venido hoy!- contestó, mientras abro los ojos, incrédulo.
- ¿Qué marido?, sinvergüenza, ¿con quién estabas soñando?

Con sigilo me resbalo sobre el borde de la cama y finjo seguir durmiendo sobre la alfombra.
……


Publicado por quijote_1971 @ 18:52  | Misterio
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