Mi?rcoles, 18 de julio de 2007
CU?NTALES

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?Cu?ntales!; s? ?Anda! ?Cu?ntales! No hables siempre de cosas tristes. ?Diles! ?Diles, lo bien que lo pasaste con los ni?os y el cari?o que te han dado? ?Ah!; pero? ?no? ?No es de eso de lo que quieres hablar? ?Ah!; ?es que deseas contar c?mo conociste la muerte! ?Mira, que a tus personajes no les agrada que les hagas vivir siempre tragedias!

La niebla de la ma?ana romp?a perezosamente el alba. Un sordo gemido estremeci? la oscuridad de la alcoba. La joven madre, momentos antes, plet?rica de felicidad por tener ya a tres hermosos hijos; se inclin? sobre la cunita de su ?ltima hija; una nena preciosa a la que hab?a llamado como ella misma. La savia materna alimentar?a a la criaturita aquella ma?ana, como tantas otras veces al d?a. Pero aquel amanecer no seria como los dem?s. No. La madre tom? a su peque?a en los brazos, y al instante, algo extra?o, desconocido, la impeli? a dejarla nuevamente en la cuna. ?Aquel cuerpo no era su cuerpo! ?Aquello no era la vida!
?Nunca, en toda su vida, hab?a percibido tacto como aquel! ?Qu? hab?a ocurrido? No pod?a perder un instante en hacer luz en la estancia; dud? por unos momentos en subir la persiana, o encender la luz. Hizo lo ?ltimo. Sus ojos, de nuevo en la cuna. La peque?a estaba boca abajo con su bella carita pegada a las s?banas. La madre, que a?n no entend?a nada, trat? de hacerla reaccionar. No pudo. Le introdujo su aliento en su boquita, temblando de pies a cabeza, queriendo desesperadamente vivificarla. Pero no lo consigui?. Apret? varias veces su pecho, como le hab?an ense?ado en sus rudimentarias lecciones de resucitaci?n cardio-pulmonar. Pero no respondi?.

-?Juanita, por favor! ?Llama a mi marido; est? en su trabajo!
-?Y el n?mero, se?ora?
-En la libreta que est? al lado del aparato.
Minutos o segundos, no distingu?a el tiempo. La muchacha no acertaba a llamar.
La madre arranc? el tel?fono de las manos de la temblorosa muchacha, y marc? con una serenidad extra?a, como si no fuera ella, el n?mero del trabajo del padre de su hija:-
-?Miguel!. ?Ven a casa! Creo que la ni?a menor ha muerto- la voz sorda, oscura en la habitaci?n.
-Pero, ?Qu? dices? ?Est?s loca, mujer?
-?No; ven a casa!
Dej? el aparato colgando del hilo, bailando una danza imposible y absurda.
Repiti? la terrible llamada; ?sta vez a sus padres pol?ticos.
-?Mujer! ?Qu? dices?- grit? el abuelo en un roto gemido.
-Lo que ha ocurrido- y la voz no era ya la suya.

Fue al dormitorio; la cara de su hija estaba tranquila, como dormida, pero no alentaba. Llam? a su vecina. Ella ten?a cinco hijos. Le podr?a decir.
-Luisa, ?por favor! ?D?game usted! ?Est? mi ni?a muerta?
-?No, no, Do?a Angela! ?No est? muerta!
-?Est? usted segura?- desesperante alivio.
-Yo?bueno; no he visto muchos ni?os as?pero?
En aquel momento lleg? a la casa el padre. La madre deposit? en sus brazos a la hijita envuelta en una leve toquilla.
-?Ll?vala enseguida al ambulatorio!
Salieron el padre y la vecina con toda la rapidez de la que eran capaces.
La madre volvi? a la habitaci?n. D?biles rayos de un sol enfermo alumbraban la cuna. La cuna vac?a. A su mente acudieron viejos versos; versos que la conmovieron en su infancia, y ahora?
?Si vienen enseguida ser? que no hay remedio; pero si tardan, ser? porque est? viva? ?Dios, haz que tarden, haz que tarden?!?- rogaba para s?, mientras recorr?a toda la casa.
La tensi?n que sent?a era tal que no pod?a parar un instante. Fue a la habitaci?n de sus otros dos hijos. Los levant? y les dio su desayuno. Despu?s los llev? a casa de una vecina. No quer?a que presenciaran nada dram?tico. Y esper?. Pero esper? poco tiempo. El mirador del sal?n, que enmarcaba un cielo gris y parte de la plaza por la que aparecer?a el coche, le avis? del desastre, porque el coche apareci?. ?Tan pronto? ?Hab?a pasado muy poco tiempo! Sinti? que las piernas no la sosten?an. ?No era posible! ??Calma, calma, a?n no sabes nada!? Bien, esperar?a.
El padre con la ni?a, envuelta cuidadosamente, en sus brazos, mostraba en su mirada toda la fatalidad del momento.
-?Qu? ha pasado?- pregunt? arrancando la toquilla de su hija.
-No hay nada qu? hacer- murmur? depositando a la peque?a en su cuna.
-?Nada? Pero, ?qu? le ha pasado?- infinita desesperaci?n.
-No se sabe con precisi?n. Puede haber sido un ataque al coraz?n o a la cabeza.
-?Tan peque?a? ?No puedo creerlo! ?No puede ser!- se abalanz? sobre su peque?a, mir?ndola ya por ?ltima vez.
- S?. En los ni?os peque?os tambi?n se dan estos accidentes, me han explicado- la voz muy baja, p?lido, resignado.
-?No puedo creerlo! ?Anoche, cuando la ba??, estaba perfectamente!- el sollozo se perdi? en alg?n lugar de la casa?

?Ves? Ya te lo advert?. No deber?as recordar. La sombra de tu tristeza me vence. Y esa pena tuya, pena de madre; pena que se siente con el cuerpo; pena que sube a tus labios como un fruto amargo y seco. ?sa soledad en tu vida, soledad sin remedio. Si te vieras c?mo est?s, seca de angustia por dentro. Si vieras la luna helada que escurre nieve en tu pecho, tratar?as de olvidar para acallar tu tormento, y no tener en las noches, tan tristes tus pensamientos. Las dos manos tienes ciegas, que su luz era su cuerpo; piensa en los dos hijos que est?n, y que tu luz ser?n sus cuerpos. No tengas el coraz?n tan solo como el mismo viento; no tengas la boca vac?a y sedienta de aquellos besos.

Lo s?. Me dir?s:
- ?Pero la pena, es la pena; y este dolor que yo tengo, no me lo puedo arrancar ni haciendo un gran esfuerzo. Este dolor que yo siento, es como un gran farall?n solitario, en medio de mi tormento.?

Publicado por mariangeles512 @ 17:00  | Familia
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