Martes, 29 de mayo de 2007
Una lección en los albores de mi vida docente.


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Voy a escribir cuatro capítulos sobre mi vida docente. Una vez jubilado veo las situaciones como desde una nube, observando lo que ocurrió. Este primer relato es por los años 70, cuando aún había Enseñanza Primaria, Bachillerato Elemental y Superior y Escuelas de Oficios y Maestría.
Para los que no han conocido o no han recibido noticias de cómo era aquél tipo de Enseñanza, se las resumo, para comprender mejor las situaciones, hoy totalmente diferentes.
Entre los seis y los once años todos los niños seguían la Enseñanza Primaria. Al cumplir los diez años los que despuntaban, o sus padres insistían o pagaban, se les preparaba para el examen de Ingreso en el Bachiller Elemental. A los que no, continuaban de forma obligatoria hasta los catorce años y con el certificado de Escolaridad podían trabajar de aprendices o entrar en las escuelas de Oficios.
Para los que, dichosamente superábamos el examen de Ingreso( nada fácil por otra parte, ya que constaba de parte escrita y oral y con más de cuatro faltas de ortografía en un dictado, ya no pasabas, aparte de conocimientos de geografía, historia y matemáticas) empezábamos el Bachiller Elemental de cuatro cursos, sin especializaciones. Con latín incluido. Y una reválida donde te podían preguntar sobre cualquier tema de los cuatro cursos. Repartidos todos los exámenes en tres ejercicios eliminatorios. El primero era de Lengua, Literatura, Latín e Historia. El segundo de Ciencias, Física y Química y Matemáticas y el tercero, las “Marías” (Religión, Formación del Espíritu Nacional y Educación Física). Como ven casi una oposición. Si se aprobaban los tres, estabas capacitado para seguir el Bachillerato Superior, repartido en dos cursos, con elección de Ciencias o Letras. Al final del sexto, de nuevo otra reválida, que si no aprobabas no podías entrar en el curso Preuniversitario.
El curso Preuniversitario, era el preparatorio para la Universidad. Los alumnos debían aprobarlo y además realizar las pruebas de Madurez en la Universidad, con tres ejercicios eliminatorios. En otro escrito os lo cuento.


Aquella mañana soleada, entré en el aula, donde los alumnos de Preuniversitario, de diecisiete años o alguno más, se levantaron de forma reverente para saludarme.
Recé un padrenuestro, cosa tan normal, como decirse “buenos días”, porque además era un Colegio regentado por una orden religiosa, y el “plaf” de las sillas al abrirse sobre los pupitres pareció casi un cuadre militar.
- Voy a pasar lista. Para ir conociéndonos- Los cuarenta alumnos estaban en sus puestos y aunque alguno tenía un aspecto un poco griposo, lo disimulaba tapándose con una leve bufanda el cuello.
Esos alumnos no gastaban ningún tipo de uniforme, pero todos iban con sus suéteres e incluso algunos con sus trajes completos. Yo por supuesto con un conjunto de pantalón con chaqueta a juego, corbata y zapatos negros, de piel.

- Don Ricardo, le damos la bienvenida y esperamos que nos ponga suficientes problemas para resolver para mañana- me sorprende el que parecía una especie de portavoz de la clase.

- De acuerdo y gracias- respondí escuetamente.

Comencé mi lección sobre los Sistemas de Ecuaciones con varias variables, y de forma resumida, las diferentes formas de resolverlos, antes de introducir matrices y determinantes para ello, lo cual indiqué que sería motivo de otra lección.
A la media hora (las clases eran de una hora rigurosa) quise indagar si habían entendido los aplicados alumnos. Sólo dos levantaron la mano, dudando de haber comprendido el sistema de “en cascada”, para llegar por sucesivas sustituciones a una sola ecuación con una única variable.
Propuse que un alumno saliera a la pizarra y resolviera con mi ayuda un sistema nuevo. Así lo hizo y el timbre tocó el final. Nadie se movió. Hasta que no di la orden de levantarse, nadie lo hizo.
Pero antes indiqué los problemas a resolver: Cinco y a algunos alumnos les parecieron pocos.
- Don Ricardo, que esta noche tenemos tiempo, ponga alguno más.
- Ya está bien. Mañana veremos.
Y salí por un pasillo silencioso y sin nadie en ellos, cruzándome con el Profesor de Historia que entraba a continuación mía.
En la sala de profesores, me esperaba el director para indicarme que unos padres querían hablar conmigo sobre sus hijos de forma breve.
¿Qué creen que me dijeron? Pues esto:
- Sabemos que usted es muy joven y nuestros hijos son poco más. Trátelos con dureza y si hace falta castigarles por no hacer los deberes, o darles un mamporro, no dude en hacerlo. Seguramente les valdrá para aprender.
- No, no. Siempre lo evitaré: Una cosa es que no sepan, que bastante castigo tienen y otra que se comporten de mala forma. Si se esfuerzan no habrá problemas.


Publicado por Lanzas @ 17:28  | Costumbres
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Viernes, 25 de mayo de 2007
EL PRECIO DE LA MISERIA

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El aire era templado. Los enormes eucaliptos se mecían majestuosos dejando que su perfume nos hiciera soñar en un campo abierto.
Las hojas de tonos rojizos y ocres, bailaban dulcemente en el aire volviendo a caer sobre la tierra, los caminos y las personas, no dejando lugar libre de color. Era otoño; y el tiempo aun no se había vestido como tal
. A pesar de ello, el chiquillo que caminaba a mi lado tiritaba de frío. Tosía mucho y se echaba su mano de piel ‘cortada’ por el frío, al pecho.
- ¿Te duele?
-Un poco, pero ahora se pasará.
- ¿Tienes frío?
-Sí; mucho.
- ¡Mira, ven, vamos a ese edificio en construcción; el guarda tiene una hoguera encendida!; ahí podrás calentarte un poco.
Nos acercamos el muchacho y yo a la luz resplandeciente de las llamas. El guarda dormitaba y al ruido de nuestros pasos abrió los ojos.
-¿Qué se les ofrece?
-El muchacho; que está enfermo, y tiene algo de frío.
El viejo miró al crío, que no tendría más de diez años, y meneó la cabeza con gesto reprobador.
-Pero, este niño parece estar muy mal. ¿Le ha visto un médico?
-Sí, si le ha visto.
-¿Y qué les ha dicho?
-Nada de importancia; sólo es un resfriado.
Sentí vergüenza al pronunciar estas palabras. El médico auscultó al chico y en su mirada vi la gravedad de su estado. Nos dio un papel para que fuéramos a una dirección, pero no fuimos, y seguimos un camino hacia ninguna parte. El chico no tenía un céntimo y yo tampoco. ¿Qué podíamos hacer, pues, en una situación así? Si no había dinero, no había nada qué hacer. Así de sencillo; y aunque nos hubiéramos topado con un rico caritativo, tampoco se habría salvado.
-No me parece a mí que sea sólo un resfriado- insistió el viejo.
Decidí que lo mejor era que nos fuéramos de allí.
-¿Te siente ya mejor?
-Sí; ya no me duele- dijo con los labios pálidos.
-¿Y tu familia? ¿Sabe que estás enfermo?
-No; no tengo familia. Me he escapado de un orfanato.
-Y, ¿por qué has hecho eso, estando como estás?
-Nadie me hacía caso y quería ver la calle por última vez. Sé que voy a morir. Mis padres murieron de lo mismo.
-¿De lo mismo?
-¡Sí, tenían SIDA!
-¡No digas boberías! ¡Anda vamos a sentarnos un rato bajo ese árbol!- dije sin saber qué hacer ante tamaño desastre.
Nos acurrucamos allí, y el canto del hilo de agua de una fuente cercana, arrulló nuestro cansancio. Pasé una mano por la cabeza del chico que había sido rapada. Olía a miseria. Bajé mi mano tratando de acariciar su rostro cuando una ardiente lágrima cayó en mi palma; la retiré y mis dedos chocaron con algo duro que sonó en mi bolsillo: eran dos euros; quedé maravillado, no sabía que poseía ese dinero, aunque era tan poco que sólo nos llegaría para un café; pero eso calentaría un poco al chico…
-¡Mira, voy al café de enfrente y traigo unos cafés calentitos para los dos!
No contestó y yo crucé la calle corriendo a por la bebida energizante.
El bar era un lugar de mala muerte donde el abandono campaba por sus fueros.
-¡Déme dos cafés con leche, muy calientes, por favor!- pedí a un viejo dependiente con los pies hinchados de tanta permanencia en pie.
Una vez me los sirvió, los tomé con cuidado y salí hacia donde estaba el muchacho. Lo encontré con la cabeza entre sus brazos; había llorado; el suelo brillaba bajo su rostro. Le toqué un hombro al ver que no me miraba al hablarle, con horror vi que su rapada cabeza caía hacia un lado sobre uno de sus hombros.

El frío había pasado. Y la noche siguió indiferente, atenta sólo a su belleza.


Publicado por interazul @ 21:35  | Dramas
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Domingo, 20 de mayo de 2007
La cita


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Yo era un tanto introvertido y cada vez que me gustaba una chica, en lugar de acercarme a ella e intentar “ligarla”, salía huyendo de dónde se encontrara y rojo de vergüenza me encerraba en mi habitación hasta el día siguiente, poniendo la música a todo volumen hasta que mis padres se cabreaban y me cortaban la corriente.
Así durante todo el Bachiller, mientras mis amigos iban con unas y con otras, yo sólo iba alguna vez al cine con ellos. Con lo cual, acabaron todos por dejarme más tirado que una colilla de porrillo chupeteado.
Ya tenía veinte años y lo más cerca de una chica que había estado era el día que daba un beso a mi prima por su cumpleaños y me ponía colorado como un tomate maduro. No sabía ni que decirle a mi querida primita de toda la vida.
Por otra parte a la muerte de mi padre, mi madre se encargó de los importantes negocios familiares para que yo fuera a la Universidad a estudiar, porque mi ancestro siempre decía: “Aunque nuestros negocios van bien, nunca se sabe y una carrera siempre es un seguro para trabajar.”
Empecé mis estudios universitarios como un loco, una carrera, que pensé me quitaría todos mis complejos, Medicina.
Sabía que no era “gay” porque una vez un chalado de tercero quiso quedar conmigo en la sala de disección y al intentar meterme mano, le di un puñetazo en la mandíbula y una patada en “cierto sitio” que creo que el pobre dejó también de ser “gay” y se dedicó a estudiar y sólo estudiar. Y no tiramos al que nos habían traído de la Morgue, de milagro.

¡No podía seguir así! Cuando me duchaba, me aliviaba lo que podía, soñando con la chica que me encontraba en el portal y que siempre huía para no subir junto a ella en el ascensor. La misma que me hacía soñar con que alguna vez sería mía. Era secretaria de los dueños de Zapaterias “Algorta”.

Consulté durante un mes entero, dos veces por semana, con un psicólogo y finalmente me dio la receta que andaba buscando:
- Tienes que perder el miedo. Una mujer no es más ni menos como un hombre. Necesita que se la adule un poco para que se crea superior. Pero tú eres un hombre guapo, bien parecido. Estás estudiando una carrera estupenda y con notas de sobresaliente.
- ¿Y qué hago para vencer este miedo ridículo a acercarme a la chica que no me deja ni dormir? Tengo que tomar anfetaminas para poder estudiar, y como siga así no termino la carrera, no por ganas, si no por agotamiento.
- Pues vas a hacer lo siguiente, le vas a citar a esa chica de tus sueños para una entrevista de trabajo. Te inventas que buscas una secretaria para llevar tus negocios, que se que tienes, porque tu padre te dejó las papelerías y las imprentas. Y aunque las lleva tu madre aún, para que sigas estudiando lo que gustas, ella no te va a poner problemas para que figures de Administrador.
- Es muy buena idea. ¿Y qué hago?
- Pues como es un asunto de trabajo le pasas una carta a su buzón y quedas con ella en uno de los despachos de tu madre. Una vez allí, ya verás como se te ocurre algo importante. Sobre todo háblale, no dejes de hablarle sobre los negocios y sobre la Medicina.

La escribí la nota en el ordenador: A la atención de Natalia Sánchez:
“Se que eres una estupenda secretaria y los negocios familiares necesitan de una persona de tu valía. Tu sueldo será mejorando el presente sin duda. Acude a la entrevista en el despacho de Papelerías Morata sito en la
calle Pez, 34, pasado mañana, a las once A.M. Confirma tu asistencia en el teléfono impreso al final de la nota:”

Bajé de noche a los buzones y la deposité en el que sabía era el de sus padres, con los que seguía viviendo.

A la tarde siguiente sonó el teléfono.
- ¿Sí? ¿Quién es?
- Soy Natalia, Natalia Sánchez. Llamo por lo del trabajo de secretaria.
- Ah, ya. Yo soy Carlos Morata- casi me desmayo, y de hecho me puse rojo como un tomate.
- Mañana voy a las once en punto. ¿Le parece bien?
- Uhmmmm- Dios mío, es ella, creo que me da algo- Bien, si muy bien. Lleve su currículum- se me ocurrió de pronto. ¡Idiota!( me dije) a ver si lo estropeo- Bueno si quiere- añadí.
- Claro, sí, tengo uno no muy grande, pero tengo otro nuevo.
- UHF, perdón- carraspeé mientras pensaba en sus pechos- los dos, digo, lleve el último.
- Adiós, Don Carlos.
- Carlos, sólo Carlos- sudaba tinta china y colgué.

Esa noche no dormí. Pensaba que todo iba a ser un fracaso. No sabría que decir. Mi madre me animaba. Sabía todo. Lo del psicólogo, lo de la secretaria, lo de mi timidez.
- Mira, hijo, yo te dejo mi despacho. Pon tu foto en la mesa. La de tus padres contigo y dale un ambiente familiar a la entrevista. No seas tímido. La invitas a tomar algo. Tenemos el mueble bar, la cafetera,…
- Bueno haré lo que pueda.

A las once en punto. Alfredito, dependiente de siempre, anuncia su llegada.
- Don Carlos, la señorita de la entrevista está aquí.
- Que pase enseguida.


Una exuberante Natalia, arreglada como no esperaba, con una falda de cuero, cortita, y una blusa roja con un escote generoso estaba delante de mi mesa.
- Carlos. Tienes un despacho maravilloso. Creo que seré una buena secretaria. Me gusta trabajar en un ambiente agradable.
- ¿El currículum?- se me ocurrió como única cuestión, mientras la miraba a los ojos.
- ¿No te parece poco, yo misma?- y de pronto me la encontré entre mis brazos. Y casi nos caemos al suelo, al girar el sillón rotatorio.
- Noooo- mis labios quedaron atrapados entre los suyos y sentí que me desvanecía.
- Vamos, sobre la alfombra y te curaré para siempre.

Me curó. Me amó. Hicimos el amor tres veces. ¡Y nadie nos interrumpió! A las dos horas nos fuimos a tomar un café y cuatro copas a Cafetería Maxin`s
Nos vimos al día siguiente en mi casa. A la semana siguiente en Barcelona. Al mes siguiente en París.
Y allí me enteré que mi madre había preparado todo con el psicólogo y con la chica. Le habían ofrecido tres mil euros, pero supe que ella no los aceptó. Me quería desde niño y se comía las uñas por mi cortedad. Había intentado chocarse conmigo en las puertas del ascensor más de mil veces y yo la había esquivado otras tantas.
¡Ya nunca más la esquivaría! ¡Bienaventurados los psicólogos comprados por las madres!
Terminé mi carrera de Medicina, hice el MIR con nota muy alta, y puse una consulta de Oftalmología, que no me impedía atender a los otros negocios, ya que busqué socios. Me casé con Natalia y con ella sigo.







Publicado por quijote_1971 @ 20:53  | Amor
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Mi?rcoles, 16 de mayo de 2007
¡Abuelo, no te caigas!




Mi nieta tiene apenas tres años y se da cuenta de muchas cosas. A mí me parece muy inteligente. Voy a contaros como me ayudó a salir de una situación muy difícil para mi integridad, no quiero ni pensar que también la suya hubiera estado en peligro.
Una de las tardes que mi hija nos dejó a la suya, por motivos de su trabajo; como hacía muy buen tiempo, salí con ella y la monté en una moto de batería que la habían traído los Reyes Magos. Yo tenía mucho cuidado, aunque la velocidad que adquiría no era mucha, al bajar las cuestas podía embalarse.
Voy a explicaros como funciona el “aparato”. Tiene un pedal que al apretarle con el pie pone en conexión la batería con la tracción de la rueda delantera y ¿freno? No tiene más freno que levantar el pie y ponerlo en la acera. Como mi nieta es aún muy pequeña, ideé un artilugio con una cuerda de nylon, que até alrededor del asiento. Pues a veces se le olvidaba levantar el pie del pedal y el freno era mi mano.

Estábamos en estas, tan animados, subíamos y bajábamos por las aceras de las calles próximas a nuestra vivienda, divirtiéndose ella y yo sudando del esfuerzo de ir al lado con la “cuerdecita” haciendo de freno, cuando al dar una vuelta cuesta abajo, la niña no movió el manillar y la cuerda se enredó en mi brazo, pero tuve la suerte que paramos junto a un árbol que muy oportunamente apareció.
Pero la aventura no terminó allí. De nuevo recompusimos la situación.
- Mira hacia adelante, vete siguiendo la línea de las baldosas de la acera- le decía.
- Abuelo, que viene un gato.
- ¡Levanta el pie!- le grité.

Y levantó el pie y giró el manillar. Y yo pendiente del no atropellar al gatito, tiré de la cuerda para que la niña no se cayera con tan poco “arte” que se me enredó de nuevo en el brazo y casi me caigo, si no es porque mi nieta empujó la moto junto a mí e hizo de auténtico freno.
- ¡Abuelo, no te caigas! ¡Yo te ayudo!
La di un sonoro beso y guardamos la moto para seguir las aventuras cualquier otro día.

Ricardo Curiel. Profesor de Secundaria Jubilado.


UN DÍA EN EL ZOO



Le había prometido a mi nieta que el sábado siguiente la llevaría al Zoo de la localidad.
Pensé que se le habría olvidado, pero como le había hablado de los monos, de los elefantes, de las aves exóticas y de tantos animales que íbamos a ver, cuando llegó el ansiado día me dijo:
- Abuelo, hoy vamos al sitio ese, donde están los animales de los cuentos.
- Sí, claro que sí.

El día estaba radiante, soleado, con una temperatura primaveral excelente. Como todos los elementos nos acompañaban, cogimos una botellita de agua mineral y unas viseras de tela y allí estábamos en la puerta a las diez en punto del sábado 12 de mayo.
Lo primero que vimos fueron unos faisanes muy bonitos que la niña quería coger.
Después unos koalas que entre el ramaje de los árboles apenas se dejaban divisar. Los caimanes en su líquido elemento.
- ¡Abuelo! ¡Qué bocotas tienen!
- Es que comen mucho y no dejan nada- se me ocurrió.
Pasamos al lado de un cercado con jirafas, que nos hizo levantar el cuello para no parecer tan pequeños. Y mi nieta, que se llama Lucía, me dice.
- Abuelo, ¿Por qué tienen las jirafas tantas manchas?- tenía que fijarse la niña, en las manchas y no en lo largo del cuello.
- Pues, porque les da el sol a trozos. ¡Cómo son tan altas!- estoy seguro que la respuesta no la satisfizo, pero había que salir del paso.

Por el camino que nos lleva a donde se encuentran los monos, han puesto un puesto de helados y la niña, que apenas conoce lo que es un helado se acerca al mismo y me mira:
- Tienen galletas, y yogures.
- Lucía, que son helados.
- Pues yo quiero un “lelado”.
- Bueno, como es hora de que tomes algo, te voy a comprar uno de fresa.
- ¡Eso, un “lelado de fresa” como Caillou.
Resulta que se fija en todo y el tal Caillou es una serie de dibujos en la cual niño no tiene un pelo de tonto. Bueno no tiene un pelo. Ya se la he puesto muchas veces en casa y se habrá fijado en que su madre le compra un helado o su abuelo.

Mientras estoy pagando el helado, al darme la vuelta la chica simpática, miro a mi alrededor y no veo a la niña. Un sudor frío me deja casi paralizado. Miro a todos los lados y corro por el camino hasta donde se encuentran los chimpancés detrás de unos vidrios a prueba de bombas.
- ¡Lucía, Lucía!- llamo desesperado.
- ¡Abuelo, estoy dando un poco de “lelado” a este mono, que se parece a uno que tengo en casa!- oigo y veo a mi nieta junto al cristal.
- ¡Qué susto me has dado! No te vayas de mi lado. No ves que te puedes perder.

La cuestión es que la niña es un poco traviesa y creo que ella no dejó de verme a mí, mientras pagaba, pero el susto que me dio aún lo recuerdo y no creo que se me olvide nunca.
Dejamos los monos. Visitamos la piscina de los delfines y allí si que se lo pasó bien la niña.
- Salta otra vez, pez, salta- decía.
- Bueno nos tenemos que ir, que la abuela habrá preparado la comida. Ya es tarde.
- ¡Abuelo, que no tengo hambre! Pero vamos con la abuela.

Y así nos despedimos del Zoo, prometiendo que pronto volveríamos.


Ricardo Curiel. Profesor de Secundaria Jubilado.


Publicado por Lanzas @ 19:46  | Familia
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Martes, 01 de mayo de 2007
Las calculadoras no dejan pensar


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Lo que pasó aquél día de junio en un examen, creo que es para ser contado.
Normalmente, los alumnos que se han preparado un poco están nerviosos porque temen fallar cuando se les presenta el examen delante. Es la hora de la verdad.
Los alumnos se sentaron en las filas, que previamente había distribuido de forma que los intentos de copiar estuvieran controlados.
Algunos, como siempre intentaron colocarse, de forma rápida en mesas contiguas. A estos, les separaba de inmediato.
- ¿Por qué me cambia, Don Roberto?- me dice uno de ellos.
- Pues para que estés más lejos de tu amigo. No os dé la tentación de pasaros alguna “chuletita”- respondí raudo.
- Nosotros nunca copiamos, tenemos en cuenta lo que nos dice usted, sobre que es mejor no intentar engañarle. Si contestamos poco, nos lo valora, si es del propio esfuerzo.
- Vale. Siéntate, que voy a repartir las hojas.


De forma habitual, pasé las hojas fotocopiadas del examen. Constaba de tres problemas y de cuatro cuestiones breves, como casi siempre, para calificar a dos puntos cada problema, como máximo, claro, y a un punto por cuestión.
Y la pregunta de casi siempre. Llegó enseguida:
- ¿Se puede usar la calculadora?
- Sí. Lo que ocurre es que cada uno debe usar la suya- No tenía ningún problema sobre las calculadoras, aunque algunos compañeros se obstinaban en no dejarlas. Yo les decía: Pero si son las máquinas modernas de calcular. Lo más importante es el razonamiento. El que expliquen como hacen el problema, no lo que resulta del cálculo final, que en la vida real siempre van a usar la calculadora o el ordenador.

- No dejan pensar, Roberto- me decía un compañero-las calculadoras no dejan pensar.
- Bueno, yo no lo creo, si en un problema les pregunto el cálculo de la altura del árbol, midiendo el ángulo desde una cierta distancia, tienen que pensar, que si les resulta mil metros de alto, no tiene sentido, que me digan porque utilizan la tangente del ángulo o lo que sea, que es lo importante. No les pongo 30º, les pongo, 32º 15’ para que utilicen la calculadora.
En algunos casos, recuerdo, como en trabajos estadísticos, por ejemplo en el cálculo de la media de la estatura de los alumnos de primero de Bachillerato, les resultó, a un equipo de discentes; 123, 5 metros. ¡No piensan, en sí el resultado tiene sentido o no! Un error de botón en la calculadora les proporciona un resultado erróneo y a algunos les da lo mismo, porque creen que la calculadora es infalible.

Pero les insistía mucho a mis alumnos, que tenían que pensar. Lo primero ver sí el resultado tenía coherencia y después repasar los cálculos.
Ya llevábamos unos quince minutos de tiempo para contestar, y dos alumnos se habían rendido. No les dejaba entregar. Tenían que seguir pensando. Pero de pronto:
- Don Roberto, por favor- oigo, que casi implora, Elvira, una alumna trabajadora, pero que le cuesta mucho el llegar a comprender algunos teoremas- ¡La calculadora se me ha escacharrado!

¡Escacharrado!, quiere decir, rota, destrozada, ¡vamos!, que no calcula nada.
Me acerco a ella y le pregunto:
- ¿Qué le ocurre?
- ¡Que quiero calcular la raíz cuadrada de uno, y no se mueve! ¡Sigue el uno! ¡Sigue el uno, en la pantalla!
No me inmuté. No debía reírme. Tenía que ayudarla, pero pasó por mi mente romperle la calculadora de verdad.
- Piensa, ¿qué operación es la recíproca de la raíz cuadrada?
- Espere, espere,… ¡Ya! Multiplicar un número por sí mismo. ¿No?
- Multiplica uno por uno a ver que te resulta.
- ¿Cómo, uno por uno? ¡Qué tontería! Unoooooooooooo.
- Pues piensa, Elvira, piensa.

Después de un intervalo que me pareció una eternidad, viendo como cambiaba el color de la cara de la alumna, primero lívida, temiendo por el escacharramiento de su máquina infalible y ahora casi roja de vergüenza, por su excitación alocada, escucho:
- ¡Ah! ¡Ya, perdón, perdón!- contestó finalmente.
- Piensa, siempre piensa, antes de dar resultados.

Aquél día pensé en eliminar las calculadoras de los exámenes, pero me contuve. Las máquinas están en la vida real. Y un aula debe preparar para ello.


Publicado por Lanzas @ 21:38  | Costumbres
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