Martes, 29 de mayo de 2007
Una lección en los albores de mi vida docente.


Imagen


Voy a escribir cuatro capítulos sobre mi vida docente. Una vez jubilado veo las situaciones como desde una nube, observando lo que ocurrió. Este primer relato es por los años 70, cuando aún había Enseñanza Primaria, Bachillerato Elemental y Superior y Escuelas de Oficios y Maestría.
Para los que no han conocido o no han recibido noticias de cómo era aquél tipo de Enseñanza, se las resumo, para comprender mejor las situaciones, hoy totalmente diferentes.
Entre los seis y los once años todos los niños seguían la Enseñanza Primaria. Al cumplir los diez años los que despuntaban, o sus padres insistían o pagaban, se les preparaba para el examen de Ingreso en el Bachiller Elemental. A los que no, continuaban de forma obligatoria hasta los catorce años y con el certificado de Escolaridad podían trabajar de aprendices o entrar en las escuelas de Oficios.
Para los que, dichosamente superábamos el examen de Ingreso( nada fácil por otra parte, ya que constaba de parte escrita y oral y con más de cuatro faltas de ortografía en un dictado, ya no pasabas, aparte de conocimientos de geografía, historia y matemáticas) empezábamos el Bachiller Elemental de cuatro cursos, sin especializaciones. Con latín incluido. Y una reválida donde te podían preguntar sobre cualquier tema de los cuatro cursos. Repartidos todos los exámenes en tres ejercicios eliminatorios. El primero era de Lengua, Literatura, Latín e Historia. El segundo de Ciencias, Física y Química y Matemáticas y el tercero, las “Marías” (Religión, Formación del Espíritu Nacional y Educación Física). Como ven casi una oposición. Si se aprobaban los tres, estabas capacitado para seguir el Bachillerato Superior, repartido en dos cursos, con elección de Ciencias o Letras. Al final del sexto, de nuevo otra reválida, que si no aprobabas no podías entrar en el curso Preuniversitario.
El curso Preuniversitario, era el preparatorio para la Universidad. Los alumnos debían aprobarlo y además realizar las pruebas de Madurez en la Universidad, con tres ejercicios eliminatorios. En otro escrito os lo cuento.


Aquella mañana soleada, entré en el aula, donde los alumnos de Preuniversitario, de diecisiete años o alguno más, se levantaron de forma reverente para saludarme.
Recé un padrenuestro, cosa tan normal, como decirse “buenos días”, porque además era un Colegio regentado por una orden religiosa, y el “plaf” de las sillas al abrirse sobre los pupitres pareció casi un cuadre militar.
- Voy a pasar lista. Para ir conociéndonos- Los cuarenta alumnos estaban en sus puestos y aunque alguno tenía un aspecto un poco griposo, lo disimulaba tapándose con una leve bufanda el cuello.
Esos alumnos no gastaban ningún tipo de uniforme, pero todos iban con sus suéteres e incluso algunos con sus trajes completos. Yo por supuesto con un conjunto de pantalón con chaqueta a juego, corbata y zapatos negros, de piel.

- Don Ricardo, le damos la bienvenida y esperamos que nos ponga suficientes problemas para resolver para mañana- me sorprende el que parecía una especie de portavoz de la clase.

- De acuerdo y gracias- respondí escuetamente.

Comencé mi lección sobre los Sistemas de Ecuaciones con varias variables, y de forma resumida, las diferentes formas de resolverlos, antes de introducir matrices y determinantes para ello, lo cual indiqué que sería motivo de otra lección.
A la media hora (las clases eran de una hora rigurosa) quise indagar si habían entendido los aplicados alumnos. Sólo dos levantaron la mano, dudando de haber comprendido el sistema de “en cascada”, para llegar por sucesivas sustituciones a una sola ecuación con una única variable.
Propuse que un alumno saliera a la pizarra y resolviera con mi ayuda un sistema nuevo. Así lo hizo y el timbre tocó el final. Nadie se movió. Hasta que no di la orden de levantarse, nadie lo hizo.
Pero antes indiqué los problemas a resolver: Cinco y a algunos alumnos les parecieron pocos.
- Don Ricardo, que esta noche tenemos tiempo, ponga alguno más.
- Ya está bien. Mañana veremos.
Y salí por un pasillo silencioso y sin nadie en ellos, cruzándome con el Profesor de Historia que entraba a continuación mía.
En la sala de profesores, me esperaba el director para indicarme que unos padres querían hablar conmigo sobre sus hijos de forma breve.
¿Qué creen que me dijeron? Pues esto:
- Sabemos que usted es muy joven y nuestros hijos son poco más. Trátelos con dureza y si hace falta castigarles por no hacer los deberes, o darles un mamporro, no dude en hacerlo. Seguramente les valdrá para aprender.
- No, no. Siempre lo evitaré: Una cosa es que no sepan, que bastante castigo tienen y otra que se comporten de mala forma. Si se esfuerzan no habrá problemas.


Publicado por Lanzas @ 17:28  | Costumbres
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios