Mi?rcoles, 16 de mayo de 2007
¡Abuelo, no te caigas!




Mi nieta tiene apenas tres años y se da cuenta de muchas cosas. A mí me parece muy inteligente. Voy a contaros como me ayudó a salir de una situación muy difícil para mi integridad, no quiero ni pensar que también la suya hubiera estado en peligro.
Una de las tardes que mi hija nos dejó a la suya, por motivos de su trabajo; como hacía muy buen tiempo, salí con ella y la monté en una moto de batería que la habían traído los Reyes Magos. Yo tenía mucho cuidado, aunque la velocidad que adquiría no era mucha, al bajar las cuestas podía embalarse.
Voy a explicaros como funciona el “aparato”. Tiene un pedal que al apretarle con el pie pone en conexión la batería con la tracción de la rueda delantera y ¿freno? No tiene más freno que levantar el pie y ponerlo en la acera. Como mi nieta es aún muy pequeña, ideé un artilugio con una cuerda de nylon, que até alrededor del asiento. Pues a veces se le olvidaba levantar el pie del pedal y el freno era mi mano.

Estábamos en estas, tan animados, subíamos y bajábamos por las aceras de las calles próximas a nuestra vivienda, divirtiéndose ella y yo sudando del esfuerzo de ir al lado con la “cuerdecita” haciendo de freno, cuando al dar una vuelta cuesta abajo, la niña no movió el manillar y la cuerda se enredó en mi brazo, pero tuve la suerte que paramos junto a un árbol que muy oportunamente apareció.
Pero la aventura no terminó allí. De nuevo recompusimos la situación.
- Mira hacia adelante, vete siguiendo la línea de las baldosas de la acera- le decía.
- Abuelo, que viene un gato.
- ¡Levanta el pie!- le grité.

Y levantó el pie y giró el manillar. Y yo pendiente del no atropellar al gatito, tiré de la cuerda para que la niña no se cayera con tan poco “arte” que se me enredó de nuevo en el brazo y casi me caigo, si no es porque mi nieta empujó la moto junto a mí e hizo de auténtico freno.
- ¡Abuelo, no te caigas! ¡Yo te ayudo!
La di un sonoro beso y guardamos la moto para seguir las aventuras cualquier otro día.

Ricardo Curiel. Profesor de Secundaria Jubilado.


UN DÍA EN EL ZOO



Le había prometido a mi nieta que el sábado siguiente la llevaría al Zoo de la localidad.
Pensé que se le habría olvidado, pero como le había hablado de los monos, de los elefantes, de las aves exóticas y de tantos animales que íbamos a ver, cuando llegó el ansiado día me dijo:
- Abuelo, hoy vamos al sitio ese, donde están los animales de los cuentos.
- Sí, claro que sí.

El día estaba radiante, soleado, con una temperatura primaveral excelente. Como todos los elementos nos acompañaban, cogimos una botellita de agua mineral y unas viseras de tela y allí estábamos en la puerta a las diez en punto del sábado 12 de mayo.
Lo primero que vimos fueron unos faisanes muy bonitos que la niña quería coger.
Después unos koalas que entre el ramaje de los árboles apenas se dejaban divisar. Los caimanes en su líquido elemento.
- ¡Abuelo! ¡Qué bocotas tienen!
- Es que comen mucho y no dejan nada- se me ocurrió.
Pasamos al lado de un cercado con jirafas, que nos hizo levantar el cuello para no parecer tan pequeños. Y mi nieta, que se llama Lucía, me dice.
- Abuelo, ¿Por qué tienen las jirafas tantas manchas?- tenía que fijarse la niña, en las manchas y no en lo largo del cuello.
- Pues, porque les da el sol a trozos. ¡Cómo son tan altas!- estoy seguro que la respuesta no la satisfizo, pero había que salir del paso.

Por el camino que nos lleva a donde se encuentran los monos, han puesto un puesto de helados y la niña, que apenas conoce lo que es un helado se acerca al mismo y me mira:
- Tienen galletas, y yogures.
- Lucía, que son helados.
- Pues yo quiero un “lelado”.
- Bueno, como es hora de que tomes algo, te voy a comprar uno de fresa.
- ¡Eso, un “lelado de fresa” como Caillou.
Resulta que se fija en todo y el tal Caillou es una serie de dibujos en la cual niño no tiene un pelo de tonto. Bueno no tiene un pelo. Ya se la he puesto muchas veces en casa y se habrá fijado en que su madre le compra un helado o su abuelo.

Mientras estoy pagando el helado, al darme la vuelta la chica simpática, miro a mi alrededor y no veo a la niña. Un sudor frío me deja casi paralizado. Miro a todos los lados y corro por el camino hasta donde se encuentran los chimpancés detrás de unos vidrios a prueba de bombas.
- ¡Lucía, Lucía!- llamo desesperado.
- ¡Abuelo, estoy dando un poco de “lelado” a este mono, que se parece a uno que tengo en casa!- oigo y veo a mi nieta junto al cristal.
- ¡Qué susto me has dado! No te vayas de mi lado. No ves que te puedes perder.

La cuestión es que la niña es un poco traviesa y creo que ella no dejó de verme a mí, mientras pagaba, pero el susto que me dio aún lo recuerdo y no creo que se me olvide nunca.
Dejamos los monos. Visitamos la piscina de los delfines y allí si que se lo pasó bien la niña.
- Salta otra vez, pez, salta- decía.
- Bueno nos tenemos que ir, que la abuela habrá preparado la comida. Ya es tarde.
- ¡Abuelo, que no tengo hambre! Pero vamos con la abuela.

Y así nos despedimos del Zoo, prometiendo que pronto volveríamos.


Ricardo Curiel. Profesor de Secundaria Jubilado.


Publicado por Lanzas @ 19:46  | Familia
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