Viernes, 27 de abril de 2007
EL NOVIO DE MI AMIGA

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Aquel curso me estaba resultando agotador. Clases por las mañanas; prácticas por la tarde. No tenía tiempo de nada más. Tenía la sensación de que me perdía así algo de mi vida. Mi madre me había dicho en algún momento, que dada nuestra levedad, hay que aprovechar cada instante de nuestra existencia. Pensando en esto me lancé a preparar un viaje a Italia, en la que ya había estado pero con unos tíos míos. Pero, ahora quería ir con unas amigas. Solas. A ver qué pasaba. A ver si encontraba al tipo que andaba buscando sin éxito cada fin de semana.
El problema era como siempre el dinero ¡Qué bárbaro! No se puede hacer nada sin él.
Después de cavilar y cavilar, accedí a quedarme con mi pequeña sobrina, ya que mi hermana se iba de viaje a México y no quería llevarla, y me dijo que si me quedaba cuidando a la nena me daría después algún dinerillo. Pasé una semana terrible cuidando a Silvia, que es una niña preciosa y a la que quiero mucho, pero que no está quieta un instante; pero todo fuera por el dinerillo y lo que pensaba me iba a divertir en Italia.
La verdad era que aquel verano no lo había pasado muy bien. Mis amigas más íntimas salían con dos muchachos, y yo me había quedado un poco sola. Tenía más amigas, pero las anteriores eran con las que yo más confianza tenía y más a gusto me encontraba; así pues, no había salido todo lo que me apetecía ya que más de un fin de semana no tuve con quién salir de marcha.
Cuando se me ocurrió lo de Italia pensé en una prima con la cual me llevo muy bien, casi de mi edad, y otra amiga y compañera de curso. Las tres iríamos en plan de ver muchas cosas y sobre todo las tiendas. ¡Las tiendas! Con lo caro que está todo allí; ¡más que en España! Tenía que reunir unos seiscientos euros por lo menos, para poder irme; así que pensé en buscarme un trabajito que pudiera compaginar con mis clases.
Tuve suerte: el novio de una de mis más queridas amigas, la cual, por cierto estaba en Francia con una Beca para estudiar el francés, era un tipo agradable y parecía buena persona.
Le comenté lo que deseaba y me dijo que conocía a un chico de su facultad que se encargaba de buscar estudiantes para trabajar por horas en Congresos y otros eventos, como camareras, azafatas y cosas por el estilo. Se pagaba por horas, y me dijo que eran siete euros la hora de trabajo. Me pareció bien y acepté el trabajo en el Palacio de Congresos de la ciudad en que resido.
Iba a empezar un jueves a las siete de la tarde y no sabía cuando terminaría.
El novio de mi amiga me dijo que él estaría allí el primer día, para ayudarme en lo que pudiera. La verdad, era una excelente persona.
Entré a las siete, y el trabajo consistía en servir a los asistentes bebida y tapas. Fue un ir y venir sin parar, hasta las diez de la noche. Lo peor fue después de que todos se hubieron marchado, el tener que recoger todos los vasos, platos, copas y restos de lo que allí se había comido y bebido. Álvaro, así se llamaba, me acompañó hasta el final e incluso me ayudó en la recogida del salón.
Cuando hubimos terminado eran las once y media de la noche.
Me disponía a salir cuando el muchacho me dijo:
-¡Cris!, ¿te vas sola?
- Sí; pero voy a llamar a un taxi.
-Mira, si te parece bien, puedo acercarte a tu casa; me he traído el coche…
De repente no supe qué contestar. La amabilidad de ese chico era extraordinaria y me hacía sentir algo molesta, no sabía aún por qué.
-¡Oye, no te preocupes! Ahora mismo llega el taxi. Ve tranquilo –dije apresuradamente algo azorada.
-¡Que no! Que no es ninguna molestia. ¡Anda sube! Y así te ahorras lo del taxi.
Caminé hacia el automóvil y cuando él abrió las puertas, entré al lado del conductor.
Álvaro se acomodó en el asiento del piloto y se abrochó el cinturón. Yo hice lo propio.
Arrancó con cierta brusquedad y los neumáticos nos encaminaron hacia mi casa.
Durante el trayecto apenas cruzamos algunas palabras. Yo sin saber bien el motivo, tenía algo parecido a una sensación de culpabilidad. ¿Estaba haciendo algo indebido, quizás?
Giré mi cara para mirar distraídamente al joven. Era guapo y sobre todo me agradaba enormemente su forma de ser.
¡Qué suerte había tenido mi amiga al encontrarle!
Llegamos a la calle donde resido y aparcó frente a mi casa. Hice el gesto de abrir la puerta, cuando su brazo derecho se posó con firmeza sobre mis hombros. Quedé paralizada. Sentí cómo mi pulso se aceleraba y una oleada de calor invadió mi cuerpo.
Noté cómo su mano izquierda tomaba mi cara y la hacía girar hacia su rostro.
Me vi muy pequeña en sus pupilas y noté su cálido aliento cuando sus labios se acercaban a mi boca. Quise desasirme, pero me lo impidió estrechando más el abrazo.
Su lengua penetró en mi boca y la recorrió suavemente produciéndome sensaciones que nunca antes imaginé. Mi resistencia se derrumbó, y mi lengua acarició la suya con la torpeza que origina la pasión. ¡Dios mío, qué inexperta era!
Sus manos dejaron mi rostro y bajaron suavemente para acariciar mis senos. Comprendí que ya no podía más y haciendo un gran esfuerzo le aparté de mí. Salí del coche y corriendo entré en mi casa jadeando de nervios y placer, al tiempo que me sentía mal por haber cedido.
¡Era el novio de mi mejor amiga!

Entré rápido en mi dormitorio. No quería que mis padres me viesen tan alterada. Cuando me quitaba la ropa de calle sonó mi móvil.
-¡Hola, Cris! Perdona lo que ha pasado. No he podido evitarlo. ¡Escucha!, te seré franco. Me gustas mucho, es más, ¡estoy enamorado de ti!
No pude responder. A mí también me gustaba, me gustaba demasiado; pero no podía. ¡No! No podía aceptarle. Sentía una rabia enorme. ¡Cuando al fin me gustaba un hombre y yo a él! Pero la amistad era para mí algo muy preciado. Colgué. No volvería a aquel palacio de Congresos. Ya me apañaría de otra manera para poder viajar a Italia – pensaba – mientras seguía quitándome la ropa, y una lágrima descendía por mi pecho para morir en mi sujetador


Publicado por mariangeles512 @ 20:44  | Amor
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Mi?rcoles, 25 de abril de 2007
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INCOMPRENSIÓN



Nicolás Donabella, pintor de origen inglés, había sido invitado por la señora Sanducci, a la cual conoció en Madrid, en una exposición, a su finca en la Toscana.
La casona estaba situada a las afueras de un pueblo dormido en el pasado. El tiempo se había detenido allí, y la paz y la calma eran el saludo que se recibía al llegar.
Durante la cena, la señora Sanducci, junto a otros invitados, entre ellos el párroco del pueblo, Don Angelo, hablaban animadamente de los cuadros de Nicolás:
-Usted no sabe, señor mío, lo célebre que este señor es en su país, el Reino Unido; aquí es menos conocido, pero él ama a esta tierra más que a la suya –dijo lanzando una equívoca mirada al pintor.
El sacerdote miró de soslayo al aludido. En su mirada se vislumbraban desconfianza y una buena dosis de malicia. Había oído los rumores que rápidamente barrieron el pueblo sobre la sexualidad del pintor, y le encontraba realmente desagradable.
-Bien; no me puedo quejar; pero trabajo me ha costado. Llevo toda mi vida tratando de pintar algo que merezca la pena.
-Y, ¿lo ha conseguido?- preguntó el sacerdote mirándole a los ojos.
-Creo que lo estoy realizando en estos días.
-¡Ah!, ¿sí?- el interés era obvio.
-Estoy pintando a Paolo, el hijo de Nina, la sirvienta más antigua de nuestra dignísima anfitriona. Le he pedido permiso a su madre y me lo ha dado.
-¡Vaya!, Parece que va directo- exclamó en tono acre el religioso
-¿Cómo?
-¡Oh, nada! No creo que este sea el momento más adecuado para hablar de ciertas cosas.
Nicolás miró al sacerdote, y una vez más sintió el soterrado odio que siempre le produjeron sujetos como aquel.

Una vez que los invitados hubieron abandonado la casa, la señora Sanducci y el pintor tomaban la última copa de un generoso vino toscano.
Él hablaba muy bajo y de su voz se escapaba un halo de ansiedad.
-¡Amiga mía! Le aseguro que mis intenciones con el niño son absolutamente honestas. Es inteligente, tiene grandes capacidades, que aquí, en este pueblo, van a morir sin apenas haber nacido; por eso quiero llevármelo a Londres; allí se podrá educar y formar en todas aquellas materias en las que destaque. ¡se lo ruego, hable con su madre! que sepa por usted que cuento con su beneplácito.
La señora de la casa le miró con los ojos extrañamente abiertos. Parecía querer penetrar en el interior del hombre y leer sus pensamientos. No confiaba demasiado en él: Sabía de sus muchas y no buenas aventuras, y no podía colaborar en la pérdida de la inocencia de un muchacho.
-No sé, amigo mío; no sé. Me pide algo muy grave; la madre confía en mí, pero yo no confío en usted.
-¡´Madonna’! ¡ Nunca le pediría nada que la dejase en mal lugar!; le estoy muy agradecido por su ayuda con mis cuadros! Le aseguro que mi intención con Paolo es como la de un padre.
La ‘Madonna,’ una mujer marchita, rica, sola, la cual protegía su extinguida belleza no permitiendo que ni un rayo de sol rozase su rostro, que sólo se dejaba ver de noche, o dentro de su mansión, con las luces convenientemente tamizadas, miró al azul-grisáceo de los ojos de Nicolás.
-Bien; voy a creer en usted, amigo. Hablaré con Nina; ya le daré su respuesta.
- ¡Gracias! ¡Muchas gracias,‘cara’ mía! ¡No se arrepentirá!

Varios días se sucedieron en una adormecida tranquilidad. El pintor seguía esculpiendo en la tela, el inicio del apolíneo cuerpo que ya se adivinaba en el adolescente.
Una mañana perfumada por los alientos de todas las flores, Nicolás, sentado en una butaca de hierro forjado, tomaba una copa de vino. A su espalda oyó el crujir de unas ramas.
-¡Buenos días, señor Donnabella! ¿Qué tal? ¿Hoy no trabaja usted?- la negra sotana se acercaba.
-No; Paolo ha ido con su madre a arreglar unos papeles a la ciudad.
-¿Unos papeles?
-Sí; Nino viajará conmigo a Londres, donde se hará todo un hombre; y están arreglando los visados- concluyó molesto.
-Así que no ha desistido usted de su canallada.- dijo masticando en voz baja sus palabras el párroco.
¡Señor! ¡No le consiento que me hable usted de esa manera!
-¡Y yo, no voy a consentir que usted envilezca a un niño al que he visto nacer y al que he bautizado!
-¡Ah, ya! ¡Usted ya me ha juzgado, y obviamente me ha condenado!
- Conozco su trayectoria, y le aseguro que para mí es algo deleznable.
-¿Sí? Y ¡dígame, por favor! Según usted a quién debo mi ‘forma de ser.
-¡A usted mismo, naturalmente! Usted se ha desviado del camino de Dios- dijo convencido.
-¿Sabe algo? ¡Yo nací así! Tengo un hermano gemelo y Dios, ¡su Dios!, dispuso que él tuviera todos los atributos de ‘hombre’: fuerte, vigoroso, varonil… y yo no tuviera ninguno. Él lo tiene todo: amor, dos hijos preciosos. ¡Yo, nada! ¡Y nunca lo tendré!. Cuando me dí cuenta de mi ‘naturaleza’ tuve miedo, mucho miedo,…
-¡Ah, miedo!- le cortó incrédulo- pero, a pesar de ese miedo, bien se ha desviado del camino de Dios.
-¿El camino de Dios? Y, ¿cuál es ese camino? ¿No será Él mismo quién me ha puesto en él?- la voz quebrada - Yo nací así; con esta condición, que usted, y muchos como usted, tanto desprecian, desviando los ojos hacia otro lado, cuando saben que entre los suyos también hay homosexuales por cientos…
-¿Cómo se atreve?
-¡Porque es la verdad; por eso me atrevo!
-Decididamente es usted un hombre despreciable- dijo muy serio el sacerdote.
-¿Despreciable? ¿Despreciable dice, porque quiero dar a un niño todo lo que le podría haber dado a mi hijo, si ‘su’ Dios no hubiera cometido conmigo esta terrible ‘equivocación’?, porque ha sido eso, ¿no?
El sacerdote miraba con suspicacia al pintor; éste, sintiendo que la ira se apoderaba de su alma estalló:
-Y le diré algo más: si quiere pedirle explicaciones a alguien del porqué de mi, según usted, perversión, ¡ pregúntele a Dios! ¿No nos hizo, según ustedes, a su imagen y semejanza?
- ¡No blasfeme, señor mío! ¡No meta a Dios en sus turbios asuntos! - atajó airado-. De todos modos, yo le aseguro, que haré todo lo que esté en mi mano, para que usted no tenga la oportunidad de corromper a Paolo.
El inglés sintió, de pronto, un terrible hastío, un desaliento sin medida. Se levantó, y sin despedirse caminó hacia la casa.

La tarde daba paso a una perfumada noche de verano, cuando en la mansión se disponían a cenar.
La señora preguntó a Nina por su amigo, el pintor.
-No le he visto en todo el día. Sube a su habitación, y dile que la cena está servida.
La mujer llegó ante la puerta de la habitación; no estaba cerrada. La empujó suavemente, y vio dos lienzos a medio acabar: el de su hijo, Paolo, y el de una encina de ramas descarnadas que había en lo más alto de la colina donde se asentaba la gran casa.
El inglés no estaba.
-¡Señora, no está el señor en su habitación!
-¡Qué extraño! Veamos.
Subió a la planta donde se encontraba la estancia. Al ver el lienzo con la encina muerta, un presagio la estremeció.
-¡Nina, venga conmigo!
Las dos mujeres salieron de la casa, ligeras, al lugar dónde se hallaba el árbol.
Al llegar, ambas quedaron inmóviles, llevándose las manos a la boca
.
Nicolás Donnabella oscilaba suavemente colgado por su cuello de una cuerda, atada a la rama más gruesa de la encina.


Publicado por mariangeles512 @ 17:26  | Dramas
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Martes, 24 de abril de 2007
MIS PERSONAJES SE REBELAN

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Me senté delante del ordenador dispuesta a comenzar otro relato. Era de noche pero el sueño no aparecía, así que me decidí a escribir algo.
Apenas había comenzado cuando un murmullo de voces empezó a insinuarse en el silencio de la habitación. Estaba sola, pero miré hacia todas partes: el murmullo creció y ya pude distinguir con claridad:
-¡Oiga, señora, que yo no me metí en el agua para ahogarme! Sólo quería darme un baño para relajarme de la tensión que tenía.
Estupefacta miré la pantalla del ordenador. Lo escrito hacía unos minutos había desaparecido, y allí, en medio del azul del mar, estaba el personaje de cabellos mojados, rostro marchito y vestido ajironado, de mi relato: ¡Miradla!
¡Perdona!- balbucí. Creí que deseabas acabar, te veía tan desolada.
-¡Qué desolada, ni qué nada! ¡Usted, que ya veo que le gusta acabar con todos nosotros! Pues sepa, que yo quería vivir, ¿lo oye?, ¡Vivir!

-Sí, señora, y a mí también me hubiera gustado disfrutar un poco más del amor de mi mujer; ya sé que me casé con ella por conveniencia, ¡no tenía un euro! Pero luego me enamoré y va usted y ¡hala, un carcinoma!, ¿no me pudo dar otra enfermedad algo más ‘ligerilla’, para poder seguir viviendo algunos años más?
¡Madre mía! ¡Qué mal me ha sentado la copa de coñac que me he tomado! Claro, hacía tanto tiempo que no bebía nada de alcohol - pensé asombrada.
-¡Oh, sí, tiene usted razón!, pero si todo hubiera terminado bien habría quedado algo meloso, ¿no? - apenas me atreví.
-¡No, señora! ¡Lo siento, pero no! Tenía que haberme dejado saborear un poco más mi única felicidad. Prefiero otra autora cualquiera a una mujer como usted.

-Y, ¿qué me dicen de lo que ha hecho conmigo? Más de veinte años esperando visitar a mi madre y hermana, y luego nada más llegar al pueblo y sólo porque me ve mi madre un fajillo de billetes, hace que me den de martillazos en la cabeza mientras dormía. Se necesita ser perversa, ¿eh?
-No sabe cómo lo siento. Sí, quizá aquí me pasé un poquito. Con el robo hubiera sido suficiente, como me ha dicho un forista. Quizá en otra ocasión…
-¿Qué otra ocasión? ¿Es que sus manos tienen el poder de darme la vida? ¡Ya quisiera usted! ¡Será creída, la tía!
-Bueno yo…
-Nada de bueno ¡Usted que presume de amar tanto a las letras! ¡Vaya encomienda que nos hizo!
Aterrada vi al abecedario en círculo con las grafías en jarras y descompuesto por la ira.
-¡Vaya ‘recaditos’ que nos mandó y encima por ahí, por el espacio! ¡Como si ella no supiera el frío y lo mal que se respira en esas alturas!
-¿Y todo para qué? ¿Es que se cree usted en serio que alguien hace caso de mensajes de esa clase? ¡Parece mentira que una persona que se cree algo culta y ya madura, sea tan ingenua!- dijo la A que parecía se había erigido en portavoz de las demás.
Bueno…yo lo intento en mi trabajo…
-¡En su trabajo! ¡Pero es que ahí está usted sola con sus niños! ¿No sabe, acaso, lo muy distintas que son las personas en cualquier parte del mundo?- gritó la Ñ muy enfadada, añadiendo:
-Y a mí, ¡vaya ridículo mensaje que me hizo dar! Le aseguro que estuve en un ‘tris’ de no ir.
-No me imaginé que les había molestado tanto el encargo; saben que las quiero y no me agrada en absoluto que estén tan molestas conmigo. ¡Aunque, quizá, algún mensaje se haya escuchado!
-¡Nada! ¡Que sigue lo mismo! ¡Nadie! ¿Se entera? Nadie ha hecho el menor caso de lo que las letras les dijimos. ¡Nadie! ¡No tiene más que ver los telediarios!
-No creo que los vea; ella se dedica a acompañar a personas enfermas, cree que las puede ayudar. ¡Perder su tiempo es lo que hace! - dijo la P despectiva, arqueando el pecho.
-Y a mí señora, ¿por qué no me dejó disfrutar un poco más de mis lecturas favoritas, del cuidado de mis rosales y de mis amados gorriones? Podría haberme dejado en el final, sentada al amor del fuego, porque en mi casa yo tenía chimenea, ¿sabe?, ¡claro, cómo no lo va a saber si usted me creó! Sí; eso me hubiera gustado más, y no el resbalón que me hizo dar; ¡ahí tirada toda fría sobre el suelo mojado! Parece que no tuviera usted la más mínima sensibilidad. ¡Y eso que se las da de buena persona!

Vi con horror cómo estos personajes se colocaban en grupo y me decían todos a una, a voz en grito:
-¿Sabe algo? ¡Preferimos a cualquier otro u otra autora del foro donde ‘cuelga’ sus escritos, que a usted!
- Por ejemplo, nos gusta mucho más un señor… no recuerdo ahora su nombre…- se rascaba la cabeza Alexander.
-Yo sí me acuerdo - dijo la J - todos queremos que nuestro autor sea don Aureliano.

Apagué a toda velocidad el ordenador y salí corriendo de la habitación.

¡Qué mal me había sentado el coñac!


Publicado por mariangeles512 @ 21:40  | Misterio
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LA SORPRESA


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Alexander salió de su pueblo el día siguiente de enterrar a su padre. Tenía a la sazón quince años, y quería encontrar nuevos horizontes donde pudiera encontrar un buen trabajo y olvidarse de la mísera vida que había vivido hasta aquel día.
Su madre y hermana regentaban desde hacia tiempo una humilde pensión que no daba para vivir con holgura.
-¡Mamá, hermana!, - les dijo de regreso del cementerio- mañana me voy. Quiero buscar trabajo; aquí no hay nada para mí. Cuando esté colocado os mandaré lo que pueda para que viváis con menos estrecheces.
La madre, una mujer de rostro enjuto, surcado por todas las arrugas que el tiempo y el duro trabajo hendieron en él, pasó un brazo amorosamente por los hombros del hijo y lloró en silencio.-
-¡No llores, madre! ¡Volveré, te lo juro!- dijo besándola cariñosamente.

Pasaron los días, los meses, los años, Alexander se ubicó en una gran ciudad. Trabajó en múltiples empleos; en todos, dio lo mejor de él, hasta que se instaló por su cuenta como comerciante de tejidos.
Desde el primer día en que le sobraron de su paga, después de guardar para su subsistencia, unas monedas, se las envió a su madre y hermana.
El negocio, debido a su capacidad y simpatía, fue en ascenso, y cuando el joven se vio en posición de buscar una esposa y formar una familia, lo hizo, y se casó con una joven bonita y educada, llamada Ofelia, con la que tuvo un hermoso varón al que pusieron el nombre del abuelo paterno.
Alexander acarició siempre el sueño de construir una casa, en la que un día no muy lejano, pudiera vivir en ella toda su familia, que no eran sólo su esposa e hijo, no. Su madre y hermana siempre estaban en su mente. Pasados unos años, el anhelo pudo realizarse. Mandó levantar una hermosa casa de dos plantas con habitaciones para su madre y su hermana, aparte de las que ellos necesitaban. Se encontraba muy feliz y orgulloso de haber podido realizar su preciada ilusión.
Un día, muy alegre, le dijo a la esposa:
-¡Ofelia, cariño; vamos a hacer un viaje!
-¿Sí, y adónde, amor?
-A mi pueblo. Vamos a ir a la casa de mi madre y mi hermana, para que conozcan al niño y a ti. No les envié nunca ninguna fotografía vuestra; bueno, ni mía; así que como hace tanto tiempo que salí de allí les voy a dar una gran sorpresa.- dijo sonriendo para sí gozoso.
-¡Me parece estupendo! Hace tiempo que deseo conocer a tu familia.
Dejaron el negocio al cuidado de un dependiente fiel; e hicieron las maletas cargados de entusiasmo, después de haber rastreado la ciudad buscando los más bellos regalos que encontraron para la madre y la hermana.
En su lujoso automóvil enfilaron la carretera que conducía tras largas horas de trayecto al pueblo natal de Alexander. Durante el camino tuvo un pensamiento que comunicó a su mujer:
-¿Sabes qué pienso hacer cuando lleguemos?
-¡Ni idea! – dijo la esposa sonriendo.
-¡Como te he dicho voy a darles una sorpresa! Me presentaré en la pensión sin avisar y veré qué hacen. ¡Será estupendo la alegría que les voy a dar!
-Sí, va a ser un gran día- exclamó la esposa convencida.
-¡Mira! Iré primero, yo solo. Cuando se den cuenta de que soy su hijo, os llevaré a los dos para que os conozcáis
-Y, ¿dónde nos piensas dejar?
-¡Mujer, hay otras pensiones en el pueblo!, por lo menos, cuando yo vivía en él.
-¡Ah, ya! El niño y yo nos alojaremos en otra, ¿no?
-Sí, ésa es mi idea.
Llegaron al pueblo, que había gozado también con el paso del tiempo, ya que aparecía más hermoso, pasada la medianoche. Alexander dejó instalados a su mujer e hijo en un Hostal situado a dos calles de la pensión de su madre. Ésta se hallaba construida cerca del río, en el que Alexander solía bañarse en los alegres veranos de su infancia.
Emocionado, traspasó el dintel de la puerta de la casa que le vio nacer.
Se acercó al mostrador de la recepción, detrás del cual una mujer de cabellos grises y afilado rostro dormitaba en una butaca. El hombre sintió el impulso de abrazar aquellos menudos hombros, cansado de trabajar, pero se contuvo, y agitó la campanilla colocada sobre el mostrador, la mujer abrió los ojos de inmediato.
-¡Buenas noches! ¿Tiene alguna habitación libre?
La mujer le miró curiosa, sin dar muestra alguna de conocerle.
-¡Claro, que tengo libres! ¿Para cuántos días sería?
-Con el corazón palpitando alocadamente ante la terrible convicción de que su madre ya no le conocía, el hombre dijo:
-De momento, para esta noche.
Por una puerta lateral apareció una mujer joven, de aspecto cansado. Miró a Alexander y ningún músculo de su rostro dio a entender que reconocía a su hermano.
¡Los veinticinco años trascurridos no habían pasado en vano!
El hermano al abrir su billetero para mostrar su identificación, dejó a la vista un gran fajo de billetes. La dueña, al verlo, dijo con precipitación:
-¡Oh, deje; no es necesario que me enseñe sus documentos!
-Bien; ¡gracias, señora!- dijo mostrando una amplia sonrisa.
Entre los ojos de la madre y la hija se deslizó una enigmática mirada, que hubiera helado la sangre en las venas a todo aquel que la hubiera percibido.

La noche extendió su manto el tiempo necesario para que la infamia se consumara.
Al amanecer, Ofelia se levantó y arregló, esperando con su hijo al esposo que les llevaría junto a su familia. Pasadas unas horas que le parecieron eternas, tomó al niño de la mano y se encaminó a la pensión familiar.
Entró, y vio que dos policías hablaban con la patrona:
-Y, ¿no ha llegado algún forastero anoche al pueblo que se alojara aquí, señora Vlasek? -oyó inquieta.
-No. ¿Por qué me hace esa pregunta, agente?- respondió serena.
-Verá. Esta mañana se ha encontrado en una de las márgenes del río, el cadáver de un hombre con el cráneo destrozado, parece que asesinado, que no es del pueblo. Y hemos pensado que quizá se habría alojado en su fonda, ya que en la otra, sólo se alojaron una mujer y un niño.
-Pues no; le aseguro que nadie ha venido por aquí. Siento no poder ayudarles.
Ofelia observó que algo muy grave estaba ocurriendo delante de ella. La madre de su marido, obviamente, mentía. ¿Por qué habría dicho que nadie se hospedó allí?
Sin pensarlo ni un momento más, dijo:
-Perdone, señor agente; pero en esta pensión sí se alojó anoche un hombre de fuera. Era mi marido, el hijo de esta señora. Llegamos de muy lejos para verlas, a ella y a su hija; pero mi marido quiso darles una sorpresa y no avisó de nuestra llegada. Suponía que después de tantos años ausente, quizá, no le reconocerían. Pensaba decirles quién era esta mañana.
- ¿Conocen la identidad del hombre del río?- preguntó temerosa.
-Pues no. Eso ha sido lo primero que hemos tratado de averiguar; pero el cadáver estaba en ropa de dormir y no hemos hallado su documentación. ¿Cuál es el nombre de su esposo?
-Mi marido se llamaba Alexander Vlasek, y, ¡era el hijo de esta mujer!


Publicado por mariangeles512 @ 21:34  | Misterio
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EL TEOREMA DE LOS SENOS


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La mañana había amanecido completamente nublada y la tormenta se centraba sobre el pueblo. Rayos y truenos acompañaron a Don Roberto durante todo el camino hasta el Instituto, en el cual ya hacía más de doce años impartía sus clases de matemáticas.
Abrió el paraguas para salir del coche, aparcando en el patio dónde cada día era más difícil hacerlo, y cogió su cartera con las listas de alumnos y apuntes manoseados mil veces en otros tiempos, apenas consultados ya.
A él le gustaba improvisar en las clases. Deseaba que los alumnos se implicaran en cada una de las deducciones y en cada uno de los problemas que se planteaban.
Por ejemplo, para demostrar el famoso teorema de Pitágoras, les hacía dibujar triángulos rectángulos a los alumnos y les proponía que cada uno midiera la hipotenusa y los catetos y comprobara el teorema.
- D. Roberto, que me salen decimales.- saltaba a veces algún alumno extrañado.
- No importa, Alejandro, no importa, que en la vida las cosas no son exactas, sólo lo son los teoremas de Matemáticas- quería decir que al medir, no se mide exacto, pero los cálculos si lo son.
Aquella mañana tocaba algo más complicado: El teorema de los senos y si podía ser el del coseno. Estos, como todos los estudiantes que hicieron algo en trigonometría saben, tratan de relaciones en los triángulos de cualquier forma, sean rectángulos o no.
Cuando entró en el aula de Primero de Bachillerato, plan del “año vete a saber”, porque ya había conocido tantos, que ni alumnos ni profesores lo sabían bien; el revuelo inicial dentro de lo normal, quedó reducido a la nada, en cuanto el serio, pero gracioso a veces, Don Roberto, pasó lista.
Los treinta y cinco alumnos asignados estaban. Eran veinte alumnas y quince alumnos.
- Sacad el compás, medidor de ángulos, regla y lápiz- les indica el maestro avezado en tantas lides.
- ¿Para qué?- le interpela una jovencita llamada Marisol.
- Vamos a demostrar el teorema de los senos.
- ¡Qué cosas tiene usted, Robert!- le insiste la mujercita traviesa y además le llamó sólo Robert.
- Mi nombre es Roberto, veamos, ¿por qué dice eso?
- Porque los senos no tienen teorema, son deseados y ya está.
- ¡Señorita, no hable de otros senos, más que los de los ángulos! ¡Los senos de Platón! Los de los ángulos.
- ¿Y los cosenos de los chicos? ¿No se puede hablar o qué?- salta un mocetón de la ultima fila, llamado Iván.
- No son de los chicos, son de todos. A todos los ángulos se les puede asignar seno y coseno-responde el paciente profesor.
- Bueno, yo tengo compás y si el ángulo mide 30º ¿qué hago?-Este que hablaba era Pablo, un chico muy estudioso, que los demás le miraban de mala forma.
- Pues dibuja un triángulo rectángulo con ese ángulo, mide el cateto y la hipotenusa- al menos se estaba reconduciendo la clase.

Según estaba notando, el sexo lo invadía todo. Los adolescentes no se cortaban lo más mínimo, dándole a todo un sentido lúdico y divertido derivando hacia lenguajes seudo sexuales hasta las abruptas matemáticas.
Recordaba cuando un día dijo a una señorita:
- Pase a la pizarra y hazlo ahí- refiriéndose al ejercicio que acaba de realizar en la libreta de apuntes.
- ¿Hacerlo?- preguntó- no me atrevo.

Y enseguida comprendió que se refería a hacer lo único importante para ellos: El acto sexual.
Ya no era posible tratar seriamente ningún tema y decidió bromear también:
- Ese problema se puede hacer de al menos doscientas cuarenta formas diferentes- tratando de parodiar al Kamasutra. Ya que tenía advertido a sus alumnos, que muchos problemas se pueden resolver de muy diferentes maneras y que lo importante es llegar al final- pero sólo hace falta que lo hagas por una.


Publicado por Lanzas @ 21:10  | Costumbres
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Domingo, 15 de abril de 2007
LA MAESTRA


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Llegó en septiembre al pueblo de la sierra, en el Sur. Ella creía que en el Sur todos los pueblos eran bellos, con macetas colgadas, llenas de flores, de las paredes; blancos y con un clima maravilloso. Sí, eso creía; pero el lugar donde llegó, casi campo atraviesa, no era ni bello ni blanco, y su clima era parecido al de la Meseta: duro y frío en invierno, tórrido y seco en el estío.
Los campos levemente ondulados con las verde- grises hojas de los olivos, el aliento de la tierra perfumado con el aroma de la oliva prensada, le concedieron tener la sensación de que estaba en el amado Sur.
La decepción fue aumentando cuando vio la casa en la que tendría que habitar: estaba dentro del recinto escolar; un tiempo antes había servido de escuela, y el estado era deplorable. Buscó algo más acogedor para vivir, en el pueblo, pero nada encontró.
No se amilanó. Se dijo para sí que todo aquello lo superaría, sería cuestión de unos meses de adaptación y de unas pinceladas de pintura alegre; porque lo que más valía era su trabajo entre niños muy atrasados, ya que tenían que abandonar la escuela gran parte del curso para acompañar a sus padres que iban cada año a la vendimia, en la vecina Francia.
Aquella gran región, la mayor de su país, estaba muy atrasada, y las diferencias entre los pobres y ricos eran muy acusadas. La ignorancia del pueblo permitía en gran medida tal situación.
La maestra llegó, pues, con grandes ilusiones de formar en la libertad y el respeto a los demás, a todos sus alumnos.
Pasados tres meses de curso, en un aula pequeña sin calefacción, con una pizarra, un mapa, una regla y unas tizas por todo material didáctico; con unos alumnos que muchos de ellos iban a la escuela sin desayunar; una buena mañana asomó la cabeza por el vano de la puerta el director del Centro.
-¡Buenos días, Carmen! ¿Qué tal, cómo van las clases?
-¡Buenos días, Mariano! Bueno, faltan…
-¡Oye, mira!, van a venir unos fotógrafos a hacer una foto a cada niño, ¿te importaría darles permiso para salir del aula unos minutos?
-¡No, en absoluto!- respondió sonriendo aunque en su interior molesta por haber sido interrumpida de manera tan inconveniente.
-El importe de las fotos que te lo entreguen a ti los niños; después cuando lo tengas todo, me lo llevas al despacho –aclaró Mariano.
-Bien, como digas- afirmó sin convicción Carmen.
No le gustaba dejarse llevar por las primeras impresiones, pero en este caso casi estaba segura de que la que percibió con el ‘director’, no era equivocada.
La nueva maestra había hecho cierta amistad con los otros compañeros, cuyas cocinas daban a un patio interior ajardinado por el que se comunicaban a voces.
-¡Carmen!, ¿Quieres pasar a tomar café? –gritaba a voz en grito un compañero de la casa de enfrente.
- ¡Sííiiiiiii; gracias; ahora voyyyyyyyyyyy!- respondía la nueva de la misma guisa.
Con el paso de los días creyó encontrar en aquellas personas, los amigos que había dejado muy lejos en el espacio, que no en su corazón.
La sensación de soledad se diluía.

Una vez que reunió el dinero del importe de las fotos, la maestra, después de terminada la jornada de la tarde, se encaminó al despacho del ‘dire’.
-¡Hola, Mariano! ¡Aquí traigo el dinero de las fotos!
Mariano tomó el sobre que contenía el nombrado peculio, lo extendió sobre la mesa e hizo dos grupos con él.
Carmen miraba extrañada la ‘operación’ pero nada comentó.
-¡Toma, este dinero es para ti!- dijo el hombre.
-¿Para mí?- dijo extrañada la maestra.
-¡Sí, mujer! Las fotos valen menos, pero nosotros les decimos esta cantidad a los niños y luego nos quedamos con un poco.
-Y, ¿eso, por qué?- sintió que la rabia ascendía de allí donde se aposentara.
-Por dejarles salir de clase; sólo por eso -aclaró Mariano algo contrariado por la actitud de la recién llegada.
- Pero, ¿tú crees que yo me voy a quedar con unas pocas monedas ‘robadas’ a esos niños, que vienen sin apenas alimento a la escuela, sólo por dejarles salir del aula?
Unos niños cuyos padres están cortando uvas en otro país para poder pagar la cuenta de la tienda de ultramarinos porque en este lugar no hay trabajo para ellos. ¡No; fíjate que yo no voy a ‘colaborar’ en esto! Los maestros no ganamos grandes salarios. LO sé. Mi madre ya me dijo cuando supo que quería ser maestra el ‘dicho’ que se conocía: “Pasa más hambre que un maestro de escuela”. Eso fue cierto hace algún tiempo. Ahora ya no. Ganamos un jornal para poder vivir dignamente. Nunca nos haremos ricos con la enseñanza, no en el plano económico, aunque quizá nuestra riqueza no sea de esa índole. Considero mi profesión, junto con la del sacerdote y el médico, como las socialmente más importantes. Me siento una educadora, ¿cómo podría seguir sintiéndolo si actuara así? Yo voy a devolver a cada niño la parte que le corresponde- dijo con firme voz.
-Bueno, mujer, no te pongas así. Lo que pasa es que los demás, si saben que lo vas a devolver, van a quedar mal y…
-¡No, no te preocupes por el ‘buen nombre’ de tus amigos! No voy a contar esta miserable verdad. Diré que las fotos han salido más baratas, y que por eso les devuelvo lo que ha sobrado.
La maestra salió del despacho con el rostro como la grana por la vergüenza ajena y la ira más intensa que nunca antes había sentido, ya que tuvo el impulso de abofetear al corrupto que trataba de justificar lo injustificable.
Aquella noche durmió mal, pero el saber que iba a actuar honradamente con aquellos desgraciados la calmó, y el sueño se acercó a ella.
Al día siguiente, una vez que la clase hubo terminado, dio a cada niño lo que le correspondía. ¡Y se sintió en paz!
Ya en su casa, acabada la jornada, salió al patio común a tender una colada que había dejado en la lavadora. Algunos compañeros hablaban entre sí delante de sus puertas. Carmen, en voz alta les dio las buenas tardes, pero nadie le respondió.


Publicado por mariangeles512 @ 20:51  | Costumbres
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Me enamoré de ...


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Caminaba con ella a mi lado. Mis pies dejando sus huellas en la fina arena. El mar soñaba conmigo, a mi lado. Me sentía embriagado de placer. Su cálido aliento, perfumado de jazmín, escanciaba en mis oídos quejidos de amor que confortaban mi alma. Deseé que aquella noche no terminara. Me sentía abrazado, besado, amado de una manera tan sutil, tan como yo siempre soñara, que jamás creí vivirlo. Raudales plateados seguían refulgiendo sobre la cálida arena mientras por el oriente una leve transparencia hacía barruntar un alba imposible.
Cuando la realidad se apoderó de mí, y el viento me trajo la primera luz de la aurora, ella desapareció. La busqué todo el día, pero ¡ella no volvió!
Rendido, me dirigí a mi casa; allí esperé todo el día a que ella volviera; pero, ¡no volvió!
Cuando el cansancio me venció, y me dormí, deseé que el sueño me alejara de aquella fantasía.
De pronto, y desde lo más profundo, sentí que me tocaban y me abrazaban. ¡Era ella!
Todo a mi alrededor se había tornado garzo, y de nuevo, la argentina luz se atrevía a traspasar mi ventana. Me incorporé y la abracé, sintiendo mi ser pletórico de gozo de nuevo.
Mi dicha fue inmensa. Porque yo me enamoré de la noche y, ¡ella me correspondió!


Publicado por mariangeles512 @ 20:43  | Misterio
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Mi?rcoles, 11 de abril de 2007

LA SORPRESA

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Alexander salió de su pueblo el día siguiente de enterrar a su padre. Tenía a la sazón quince años, y quería encontrar nuevos horizontes donde pudiera encontrar un buen trabajo y olvidarse de la mísera vida que había vivido hasta aquel día.
Su madre y hermana regentaban desde hacia tiempo una humilde pensión que no daba para vivir con holgura.
-¡Mamá, hermana!, - les dijo de regreso del cementerio- mañana me voy. Quiero buscar trabajo; aquí no hay nada para mí. Cuando esté colocado os mandaré lo que pueda para que viváis con menos estrecheces.
La madre, una mujer de rostro enjuto, surcado por todas las arrugas que el tiempo y el duro trabajo hendieron en él, pasó un brazo amorosamente por los hombros del hijo y lloró en silencio.-
-¡No llores, madre! ¡Volveré, te lo juro!- dijo besándola cariñosamente.

Pasaron los días, los meses, los años, Alexander se ubicó en una gran ciudad. Trabajó en múltiples empleos; en todos, dio lo mejor de él, hasta que se instaló por su cuenta como comerciante de tejidos.
Desde el primer día en que le sobraron de su paga, después de guardar para su subsistencia, unas monedas, se las envió a su madre y hermana.
El negocio, debido a su capacidad y simpatía, fue en ascenso, y cuando el joven se vio en posición de buscar una esposa y formar una familia, lo hizo, y se casó con una joven bonita y educada, llamada Ofelia, con la que tuvo un hermoso varón al que pusieron el nombre del abuelo paterno.
Alexander acarició siempre el sueño de construir una casa, en la que un día no muy lejano, pudiera vivir en ella toda su familia, que no eran sólo su esposa e hijo, no. Su madre y hermana siempre estaban en su mente. Pasados unos años, el anhelo pudo realizarse. Mandó levantar una hermosa casa de dos plantas con habitaciones para su madre y su hermana, aparte de las que ellos necesitaban. Se encontraba muy feliz y orgulloso de haber podido realizar su preciada ilusión.
Un día, muy alegre, le dijo a la esposa:
-¡Ofelia, cariño; vamos a hacer un viaje!
-¿Sí, y adónde, amor?
-A mi pueblo. Vamos a ir a la casa de mi madre y mi hermana, para que conozcan al niño y a ti. No les envié nunca ninguna fotografía vuestra; bueno, ni mía; así que como hace tanto tiempo que salí de allí les voy a dar una gran sorpresa.- dijo sonriendo para sí gozoso.
-¡Me parece estupendo! Hace tiempo que deseo conocer a tu familia.
Dejaron el negocio al cuidado de un dependiente fiel; e hicieron las maletas cargados de entusiasmo, después de haber rastreado la ciudad buscando los más bellos regalos que encontraron para la madre y la hermana.
En su lujoso automóvil enfilaron la carretera que conducía tras largas horas de trayecto al pueblo natal de Alexander. Durante el camino tuvo un pensamiento que comunicó a su mujer:
-¿Sabes qué pienso hacer cuando lleguemos?
-¡Ni idea! – dijo la esposa sonriendo.
-¡Como te he dicho voy a darles una sorpresa! Me presentaré en la pensión sin avisar y veré qué hacen. ¡Será estupendo el alegrón que les voy a dar!
-Sí, va a ser un gran día- exclamó la esposa convencida.
-¡Mira! Iré primero, yo solo. Cuando se den cuenta de que soy su hijo, os llevaré a los dos para que os conozcáis
-Y, ¿dónde nos piensas dejar?
-¡Mujer, hay otras pensiones en el pueblo!, por lo menos, cuando yo vivía en él.
-¡Ah, ya! El niño y yo nos alojaremos en otra, ¿no?
-Sí, ésa es mi idea.
Llegaron al pueblo, que había gozado también con el paso del tiempo, ya que aparecía más hermoso, pasada la medianoche. Alexander dejó instalados a su mujer e hijo en un Hostal situado a dos calles de la pensión de su madre. Ésta se hallaba construida cerca del río, en el que Alexander solía bañarse en los alegres veranos de su infancia.
Emocionado, traspasó el dintel de la puerta de la casa que le vio nacer.
Se acercó al mostrador de la recepción, donde una mujer de cabellos grises y afilado rostro, dormitaba en una butaca. El hombre sintió el impulso de abrazar aquellos menudos hombros, cansado de trabajar, pero se contuvo, y agitó la campanilla colocada sobre el mostrador, la mujer abrió los ojos de inmediato.
-¡Buenas noches! ¿Tiene alguna habitación libre?
La mujer le miró curiosa, sin dar muestra alguna de conocerle.
-¡Claro, que tengo libres! ¿Para cuántos días sería?
-Con el corazón palpitando alocadamente ante la terrible convicción de que su madre ya no le conocía, el hombre dijo:
-De momento, para esta noche.
Por una puerta lateral apareció una mujer joven, de aspecto cansado. Miró a Alexander y ningún músculo de su rostro dio a entender que reconocía a su hermano.
¡Los veinticinco años trascurridos no habían pasado en vano!
El hermano al abrir su billetero para mostrar su identificación, dejó a la vista un gran fajo de billetes. La dueña, al verlo, dijo con precipitación:
-¡Oh, deje; no es necesario que me enseñe sus documentos!
-Bien; ¡gracias, señora!- dijo mostrando una amplia sonrisa.
Entre los ojos de la madre y la hija se deslizó una enigmática mirada, que hubiera helado la sangre en las venas a todo aquel que la hubiera percibido.

La noche extendió su manto el tiempo necesario para que la infamia se consumara.
Al amanecer, Ofelia se levantó y arregló, esperando con su hijo, al esposo que les llevaría junto a su familia. Pasadas unas horas que le parecieron eternas, tomó al niño de la mano y se encaminó a la pensión familiar.
Entró, y vio que dos policías hablaban con la patrona:
-Y, ¿no ha llegado algún forastero anoche al pueblo que se alojara aquí señora Vlasek? -oyó inquieta.
-No. ¿Por qué me hace esa pregunta, agente?- respondió serena.
-Verá. Esta mañana se ha encontrado en las márgenes del río, el cadáver de un hombre con el cráneo destrozado, parece que asesinado, que no es del pueblo. Y hemos pensado que quizá se habría alojado en su fonda, ya que en la otra, sólo se alojaron una mujer y un niño.
-Pues no; le aseguro que nadie ha venido por aquí. Siento no poder ayudarles.
Ofelia observó que algo muy grave estaba ocurriendo delante de ella. La madre de su marido, obviamente, mentía. ¿Por qué habría dicho que nadie se hospedó allí?
Sin pensarlo ni un momento más, dijo:
-Perdone, señor agente; pero en esta pensión sí se alojó anoche un hombre de fuera. Era mi marido, el hijo de esta señora. Llegamos de muy lejos para verlas, a ella y a su hija; pero mi marido quiso darles una sorpresa y no avisó de nuestra llegada. Suponía que después de tantos años, ausente, quizá, no le reconocerían. Pensaba decirles quién era esta mañana.
- ¿Conocen la identidad del hombre del río?- preguntó temerosa.
-Pues no. Eso ha sido lo primero que hemos tratado de averiguar; pero el cadáver estaba en ropa de dormir y no hemos hallado su documentación. ¿Cuál era el nombre de su esposo?
-Mi marido se llamaba Alexander Vlasek, y, ¡era el hijo de esta mujer!


Publicado por mariangeles512 @ 20:35  | Misterio
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Domingo, 08 de abril de 2007
Mi novia Estela.


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La conocí en el aeropuerto de Málaga. Fue totalmente casual. Cuando agarraba la manivela del taxi, escuché a mi espalda:
- ¡Querendón! ¡Yo le avisé!- sabía que era argentina con su voz melosa y cariñosa.
- ¡Ah, perdón! No le había visto. Hacemos una cosa. ¿Adónde vas?
- Hasta Marbella. ¿No serás un malevo?
- No mujer. Es que llevo mucha prisa y quiero llegar a tiempo a la convención.
- De acuerdo “boludo”. Así, me hablas de Marbella y de Málaga.
- Bien, yo vivo en Sevilla, pero conozco toda Andalucía por mi trabajo.
Así empezó todo. La mujer era encantadora. Morena, delgada, pero con formas maravillosas y muy locuaz por lo oído.
- ¿Cómo te llamas?
- Estela, Estela Forchino, ¿y vos?
- Yo me llamo Manuel Romero. Me dedico a las ventas de electrodomésticos para hoteles y albergues.
- Ah, muy interesante. Yo voy a reunirme con mi novio, que trabaja en un hotel de acá.
Como tenía novio y yo soy un tarambana me excitó aún más la curiosidad por conocerla mejor. Como hasta Marbella desde el aeropuerto de Málaga hay poco más de una hora en taxi, si no hay atasco claro, me picó la curiosidad:
- ¿Sólo te dedicas a tener novio o él te tiene a ti?- Mientras el vehículo se deslizaba por delante del Palacio de Congresos de Torremolinos buscando la autovía de peaje, para ir más rápidos.
- Mira que es un frisón y celosón. Soy modelo de una compañía de ámbito internacional.
No pasó nada, pero cuando llegamos al hotel, resultó ser el mismo que yo también tenía reservado y nos despedimos amablemente hasta la hora de la cena en el comedor, donde, me dijo, que bajaría a las nueve de la noche, pues su novio trabajaba hoy de noche y no le iba a ver prácticamente.
- Mi novio está con otra, Antonio- me soltó de pronto según me levantaba de mi mesa, para saludarla al entrar en el comedor, mientras sollozaba levemente.
- No te preocupes, me tienes a mí. Yo soy fiel con las mujeres que me gustan- bromeé.
Pues así es como nos hicimos novios. Así de fácil.
Se vino conmigo a Sevilla y nos lo pasamos en grande durante dos meses. En la cama era un torbellino y en la casa un aspirador. Me dejaba flácido por las mañanas y limpia la casa por las tardes.
Pero ocurrió lo inevitable cuando se trata de mi vida. Una tarde fuimos al cine con Ana y Evaristo, amigos de toda la vida y que últimamente nos veíamos poco. Y ¡qué casualidad! El antiguo novio de Estela allí estaba, dos filas delante de nosotros, según me comunicó ella misma. A su lado una rubia de bote con menos chicha que una lagartija, pero con aspecto de tener “cuartos” heredados.


Casi no pude enterarme de la película, que trataba de un hombre que asesinó a su mujer, para irse con otra muy rica, y la coartada fue que el anillo de casados cae del lado del río, o algo así. Bueno era de Woody Allen y del filme me enteré del titulo: “Mach Point” y de poco más.
Habíamos programado con mis amigos el ir a tomar unas copas después de terminar en la sala de Cine, pero Estela me sorprendió:
- Te voy a presentar a mi “ex”.
- Pero mujer, no me interesa. ¿Te acuerdas mucho de él?
- Es que quiero que veas qué clase de tipo es. Se las da de bacanazo y de chusco y no vale para nada.
- Ya, ¿bacanazo? ¿qué es eso?
- Ricachón, tonto.
No acababa de aprender tan rico lenguaje argentino. Esta mujer cada día me sacaba una palabra nueva para mí.
¡Y me lo presentó!
- Ven para acá, gauchito- le dice.
- ¿Vos? Estela querida, ¿cómo os va?- responde un enjuto y moreno hombre.
- Yo estoy de maravilla con mi amor, Antonio. Mira es este encanto de hombre, vas a tener que hacerte humo. Antonio, éste es el otro Antonio.

Ahora entendí que nunca se había equivocado de nombre, al llamarme. “Otro Antonio”.
“El otro” se abalanzó hacia mí blandiendo un puño, que por la sorpresa, al no esperarlo me llegó al mentón. Pero yo, que no me arredro fácilmente, le respondí con un derechazo al hígado que le dobló de tal manera, que la rubia platino intentó sujetarle y los dos hechos un ovillo rodaron por el suelo de forma grotesca. Se levantó como pudo y se dirigió como un torete hacia mi, dispuesto a meterme su cabezota, que yo intuía con cuernos y todo, en mi estómago. Le esquivé con tal fortuna, que se precipitó contra la máquina de refrescos y se derrumbó de forma definitiva.
- ¡Paren, paren!- gritaban varios asiduos al cine.
- Pero yo no empecé- decía a los que me sujetaban, creo que lo hacían porque “el otro” estaba k.o.
- ¡Antoniooooo! –gritaba mi Estela.
- ¿Quién, él o yo?
- Mi Antonio Olivera- éste no era yo, evidentemente.
- Pues te salió peleón- le contesté.
- ¡Es que aún me quiere, aún me quiere mi amor!

Allí mismo la dejé dando aire al “otro Antonio” y cogiendo a mis amigos del brazo me precipité hacia la salida con gesto de hastío.

Después de unos días me llamó Estela pidiendo sus cosas para que se las enviara al hotel de Marbella donde residía con su novio, que era recepcionista del mismo. Tome nota de la dirección y por SEUR se las envié el mismo día de la llamada. No me costó nada de esfuerzo, porque lo tenía todo empacado desde el día que fui a ver “Mach Point”.
Ya no he vuelto a saber nada de ella y me pregunto de vez en cuando:
¿Si llega él a tumbarme a mí, se habría quedado conmigo? A las mujeres no hay quien las entienda.


Publicado por quijote_1971 @ 21:21  | Dramas
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LA PSICÓLOGA

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Ann había llegado por fin a la estación de la ciudad, en cuya prisión pretendía ejercer sus conocimientos de psicología y sociología con las presas; había pasado ya por varios establecimientos penitenciarios, y ahora iba a una cárcel de mujeres.
Hacía mucho calor y el polvo rojizo de las calles se pegaba a la piel.

Ya en el andén, Ann vio cómo dos fornidos hombres uniformados llevaban casi a rastras a una mujer negra, vieja, que chillaba como un gato rabioso, que también habían bajado del tren. Iba esposada, llorando y balbuciendo palabras ininteligibles.
Los agentes, al ver la cara de asombro de Ann, explicaron a modo de excusa:
-Señorita; no se sienta mal por esta vieja; es una asesina. Ha matado a su marido. Y ahora probará de su misma medicina.
-Yo… pues…
-¿Dónde se dirige usted, podemos ayudarle?
- Yo también voy a la prisión. Soy Ann Grahan; vengo para instruir a las presas.
-¡Uf, Vaya trabajo el suyo! En ese lugar no hay nadie capaz de aprender nada como no sea a punta de garrote- informo el agente malencarado.
Ann bajó los ojos ante la mirada lasciva del hombre que en un momento dado fue llamado capitán por el otro agente.
-Bien, adiós. Cogeré un taxi - dijo con precipitación.
El taxi, un viejo y polvoriento cacharro, ascendió renqueando la colina en cuyo altozano se encontraba el penal.
Ann se quedó asombrada del aspecto de aquella prisión: un camino bordeado de sicómoros y rosales daba acceso a la puerta principal. Un viejo negro bien uniformado en traje de negra alpaca salió a recibirla:
-Buenos días, señorita Grahan; el señor alcaide la está esperando.
Los dos traspasaron una gran puerta de bronce que daba acceso a un vestíbulo de suelo de mármol blanco, soportado por columnas de mármol rosa y en cuyo fondo una escalinata de mármol amarillo daba al conjunto el aspecto del vestíbulo de un hotel de lujo.
El alcaide, un hombre menudo, pulcro en su vestimenta, de suaves gestos y agradable voz, la saludo efusivamente:
-¡Señorita, no puede usted imaginarse lo contentos que estamos con su llegada! Los del Norte creen que los del Sur y Oeste estamos muy atrasados en cuestión de penales, y esto, le diré, no es cierto. Tratamos con todos los medios a nuestro alcance la recuperación de los criminales y ladrones que están internados, para que cuando salgan puedan comportarse como individuos ‘decentes’. A veces, esto es muy difícil, señorita. Con palabras dulces o diciéndoles que deben comportase de tal manera, no se consigue nada. A veces, y aunque la ley no lo permite, hay que usar la porra en serio, las celdas de aislamiento…en fin, usted ya irá viendo por sí misma lo que es esto.
Ahora hay algunos teóricos que hablan de reformar a los presos con otros medios, pero, opinan así porque no tienen la más mínima idea de la clase de gente que tenemos aquí.
Le aseguro que si nos permitieran castigar al preso cuando no obedece las normas, como antiguamente, su ‘cambio’ se produciría mucho más pronto. La palabra más importante es ‘disciplina’ todo lo demás son puras tonterías. Las ‘reglas,’ hay que obedecer las reglas; pero sólo por el simple hecho de aprender a someterse a las reglas. Esto, les ayudará mucho cuando salgan de aquí. Bueno, perdone que le hable así. Ya sé que usted tiene estudios y cosas de ese tipo, y que ha venido del Norte para ayudar a las presas con ellos, pero le afirmo que se marchará de aquí sin haber conseguido nada.
¡Mire, le certifico que con cinco minutos de mi experiencia le enseñaba yo más, que en los cinco años de universidad que usted ha vivido!
La rabia que Ann sentía ante semejante discurso confería a su rostro una expresión de estúpida complacencia. El alcaide llamó a su segundo, y le ordenó que acompañara a la señorita Ann a sus dependencias para que descansara del largo viaje.
El guardián la condujo a través de una puerta situada en el fondo del lujoso vestíbulo, (que ya nada tenía que ver con el mismo), por un estrecho, húmedo y maloliente pasillo semejante a una alcantarilla, que daba acceso a las celdas y dependencias de las celadoras.
Durante el recorrido le fue enseñando los pabellones de las presas; la habitación dividida en cuatro pequeñas celdas donde estaban las condenadas a muerte. En aquel momento dos mujeres consumían allí sus últimos días. Una de ellas, sería ejecutada esa misma noche. La otra, era la vieja negra que Ann vio en la estación. Ya no llevaba su traje y el sombrerito de paja con el cual la vio, sino un gastado camisón de algodón que más parecía una esterilla de tanto lavado
-¿Puedo hablar… puedo hablar con esa mujer?- se atrevió Ann.
-Señorita, las reglas aquí son de silencio total, menos la hora de paseo. Usted es una oficial de la prisión; hable con el señor alcaide sobre su trabajo y le dirá qué normas debe cumplir.
-Bien, gracias; así lo haré.
No había vivido ni dos horas en aquel lugar, y ya estaba loca por salir de allí. Llegó a lo que pensó sería su ‘refugio.’ Resultó ser una habitación compartida: tres camas, tres comodines, tres sillas y tres borrosos espejos. Un baño con tres desgastadas toallas, y una atmósfera irrespirable a anhídrido carbónico y a dudosa limpieza.
Se cambió su ropa de calle por el uniforme y se dejó caer en una desencajada silla. Se vio a sí misma como un guardián. Esto le revolvió el estómago ya bastante alterado desde que oyera al alcaide.
“Me iría de aquí en este momento, pero he tenido muchos fracasos ya. No soy una niña, tengo treinta y tres años. Debo quedarme y hacer todo lo que esté en mi mano. Quizá, con mi ayuda puedan desaparecer las cárceles, al menos, las cárceles como ésta. “
Cuando se disponía a salir de ‘su habitación’ se cruzó con el médico de la prisión. Le pareció el mejor de los seres que allí había encontrado, la pena, que era alcohólico. Su castigo debía ser estar también allí.
En un tramo de la escalera que conducía a la planta donde se encontraba el despacho del alcaide, oyó lamentos procedentes de alguna celda situada en los sótanos. Retrocedió y trató de averiguar de dónde procedían tales sonidos. Al final del pasillo vio la celda de las penadas con la muerte, que estaba custodiada día y noche por dos celadoras, (de las nueve que había), que vigilaban a la presa dos horas cada vez.
Los criminalistas del Estado habían proclamado que, por fin, se habían librado de la ‘bárbara’ costumbre de ‘vengarse’ de los criminales. Por ello vigilaban a la condenada a muerte, noche y día, para que la penada no pudiera suicidarse y privar así a la comunidad del placer de matarla.
Las dos celadoras de turno, estaban en aquel momento adormiladas en sendas mecedoras. Ann se acercó a la reja y vio a la negra y vieja mujer que, de rodillas, oraba en voz alta con los ojos cerrados.
-¡Hola, soy Ann Grahan; - susurró - la vi ayer en la estación! ¿Cómo se encuentra?
La presa giró su arrugado rostro y miró a la otra con asombro.
-¡Mal, señorita, me encuentro muy mal! ¡Soy una mala mujer!
-¡No lo creo! –dijo mirando con ternura los ojos brillantes de la vieja.
-¡Sí, yo sé lo que le digo! ¡He matado a mi marido! Pegaba a mi hija y a mí, sobre todo cuando me veía rezando. Un día me pegó con el tacón del zapato y yo ya no me atreví a rezar más. Perdí la fe, señorita, y eso ha sido lo peor. ¡Dios me abandonó!; y un día, en que el viejo borrachón pegaba a mi nieto y yo se lo impedí, quiso ahogarme, pero pude coger un hacha y le partí la cabeza. Ya ve usted, que sí soy una mala mujer.
La psicóloga miró la arrugada piel de la mujer. Veintiuna horas más tarde aquellos ojos que aún percibían la maravilla del mundo, aquellas manos que habían amasado maíz y habían lavado ropas ajenas; aquellas manos que alguna vez habían acariciado, aquel útero que había alimentado a cuatro hermosos varones color de bronce; todo aquello, no sería más que un pequeño montón de huesos y carne podrida maloliente, pero, eso sí, el Estado habría hecho ‘justicia,’ seguro de que al matar así a la pobre vieja impediría para siempre los asesinatos.
Las horas que faltaban para la ejecución, las pasó Ann en vela. Todos sus pensamientos estaban concentrados en ella.
A las diez y media de la noche del día señalado, después de haber sido cambiada de atuendo la penada, y cuando el reverendo del penal llegaba para rezar con la condenada las últimas oraciones, Ann vio llegar al doctor de la prisión. Se acercó a él de manera sigilosa y en un murmullo le dijo.
-¡Doctor, por favor! ¿No puede darle alguna droga? ¡Está muy asustada! ¡Mire, óigala cómo reza!
-¡Chistt! No podemos, señorita. En otras épocas el celador emborrachaba al reo, de forma que subía casi contento al cadalso, pero las ‘buenas’ gentes del Estado supusieron que su Dios no ‘gozaba’ suficiente con su ‘venganza,’ si los pecadores no estaban serenos y no podían percibir lo que les estaba pasando.
-Pero no podría…
-Chistt; no se preocupe. Sí, le daré algo; si no lo hiciera acabaría loco y tendría que suicidarme. ¡No se preocupe y aléjese de aquí!
Ann retrocedió unos pasos hacia la pared, pero vio al doctor pasar detrás del reverendo y tomar el pulso a la desgraciada mientras le metía algo en la boca, que hizo que a los pocos minutos, la faz de la infeliz se relajase y cantase con el religioso:
-_¡Oh, sí, Señor, Amén! ¡Aleluya! ¡Bendito y Alabado sea siempre el señor!

Se dejo caer agotada en una desvencijada silla. En la habitación contigua se escuchaban los sonidos de la preparación del cadalso. Nada debía fallar a última hora. Una de las celadoras llamó la atención a la psicóloga:
-¡Señorita! ¿Qué es lo que hace sentada en las últimas oraciones? ¡Y eso que dicen que está usted ‘educada’ y todo! ¡Nunca he visto nada igual!
Ann se levantó por minutos que se le antojaron siglos, y permaneció en esta postura hasta que le pareció que todo giraba y tuvo que ir a un rincón de la habitación a vomitar. A su espalda, unas risas le helaron el corazón.


Publicado por mariangeles512 @ 10:30  | Dramas
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