Viernes, 27 de abril de 2007
EL NOVIO DE MI AMIGA

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Aquel curso me estaba resultando agotador. Clases por las ma?anas; pr?cticas por la tarde. No ten?a tiempo de nada m?s. Ten?a la sensaci?n de que me perd?a as? algo de mi vida. Mi madre me hab?a dicho en alg?n momento, que dada nuestra levedad, hay que aprovechar cada instante de nuestra existencia. Pensando en esto me lanc? a preparar un viaje a Italia, en la que ya hab?a estado pero con unos t?os m?os. Pero, ahora quer?a ir con unas amigas. Solas. A ver qu? pasaba. A ver si encontraba al tipo que andaba buscando sin ?xito cada fin de semana.
El problema era como siempre el dinero ?Qu? b?rbaro! No se puede hacer nada sin ?l.
Despu?s de cavilar y cavilar, acced? a quedarme con mi peque?a sobrina, ya que mi hermana se iba de viaje a M?xico y no quer?a llevarla, y me dijo que si me quedaba cuidando a la nena me dar?a despu?s alg?n dinerillo. Pas? una semana terrible cuidando a Silvia, que es una ni?a preciosa y a la que quiero mucho, pero que no est? quieta un instante; pero todo fuera por el dinerillo y lo que pensaba me iba a divertir en Italia.
La verdad era que aquel verano no lo hab?a pasado muy bien. Mis amigas m?s ?ntimas sal?an con dos muchachos, y yo me hab?a quedado un poco sola. Ten?a m?s amigas, pero las anteriores eran con las que yo m?s confianza ten?a y m?s a gusto me encontraba; as? pues, no hab?a salido todo lo que me apetec?a ya que m?s de un fin de semana no tuve con qui?n salir de marcha.
Cuando se me ocurri? lo de Italia pens? en una prima con la cual me llevo muy bien, casi de mi edad, y otra amiga y compa?era de curso. Las tres ir?amos en plan de ver muchas cosas y sobre todo las tiendas. ?Las tiendas! Con lo caro que est? todo all?; ?m?s que en Espa?a! Ten?a que reunir unos seiscientos euros por lo menos, para poder irme; as? que pens? en buscarme un trabajito que pudiera compaginar con mis clases.
Tuve suerte: el novio de una de mis m?s queridas amigas, la cual, por cierto estaba en Francia con una Beca para estudiar el franc?s, era un tipo agradable y parec?a buena persona.
Le coment? lo que deseaba y me dijo que conoc?a a un chico de su facultad que se encargaba de buscar estudiantes para trabajar por horas en Congresos y otros eventos, como camareras, azafatas y cosas por el estilo. Se pagaba por horas, y me dijo que eran siete euros la hora de trabajo. Me pareci? bien y acept? el trabajo en el Palacio de Congresos de la ciudad en que resido.
Iba a empezar un jueves a las siete de la tarde y no sab?a cuando terminar?a.
El novio de mi amiga me dijo que ?l estar?a all? el primer d?a, para ayudarme en lo que pudiera. La verdad, era una excelente persona.
Entr? a las siete, y el trabajo consist?a en servir a los asistentes bebida y tapas. Fue un ir y venir sin parar, hasta las diez de la noche. Lo peor fue despu?s de que todos se hubieron marchado, el tener que recoger todos los vasos, platos, copas y restos de lo que all? se hab?a comido y bebido. ?lvaro, as? se llamaba, me acompa?? hasta el final e incluso me ayud? en la recogida del sal?n.
Cuando hubimos terminado eran las once y media de la noche.
Me dispon?a a salir cuando el muchacho me dijo:
-?Cris!, ?te vas sola?
- S?; pero voy a llamar a un taxi.
-Mira, si te parece bien, puedo acercarte a tu casa; me he tra?do el coche?
De repente no supe qu? contestar. La amabilidad de ese chico era extraordinaria y me hac?a sentir algo molesta, no sab?a a?n por qu?.
-?Oye, no te preocupes! Ahora mismo llega el taxi. Ve tranquilo ?dije apresuradamente algo azorada.
-?Que no! Que no es ninguna molestia. ?Anda sube! Y as? te ahorras lo del taxi.
Camin? hacia el autom?vil y cuando ?l abri? las puertas, entr? al lado del conductor.
?lvaro se acomod? en el asiento del piloto y se abroch? el cintur?n. Yo hice lo propio.
Arranc? con cierta brusquedad y los neum?ticos nos encaminaron hacia mi casa.
Durante el trayecto apenas cruzamos algunas palabras. Yo sin saber bien el motivo, ten?a algo parecido a una sensaci?n de culpabilidad. ?Estaba haciendo algo indebido, quiz?s?
Gir? mi cara para mirar distra?damente al joven. Era guapo y sobre todo me agradaba enormemente su forma de ser.
?Qu? suerte hab?a tenido mi amiga al encontrarle!
Llegamos a la calle donde resido y aparc? frente a mi casa. Hice el gesto de abrir la puerta, cuando su brazo derecho se pos? con firmeza sobre mis hombros. Qued? paralizada. Sent? c?mo mi pulso se aceleraba y una oleada de calor invadi? mi cuerpo.
Not? c?mo su mano izquierda tomaba mi cara y la hac?a girar hacia su rostro.
Me vi muy peque?a en sus pupilas y not? su c?lido aliento cuando sus labios se acercaban a mi boca. Quise desasirme, pero me lo impidi? estrechando m?s el abrazo.
Su lengua penetr? en mi boca y la recorri? suavemente produci?ndome sensaciones que nunca antes imagin?. Mi resistencia se derrumb?, y mi lengua acarici? la suya con la torpeza que origina la pasi?n. ?Dios m?o, qu? inexperta era!
Sus manos dejaron mi rostro y bajaron suavemente para acariciar mis senos. Comprend? que ya no pod?a m?s y haciendo un gran esfuerzo le apart? de m?. Sal? del coche y corriendo entr? en mi casa jadeando de nervios y placer, al tiempo que me sent?a mal por haber cedido.
?Era el novio de mi mejor amiga!

Entr? r?pido en mi dormitorio. No quer?a que mis padres me viesen tan alterada. Cuando me quitaba la ropa de calle son? mi m?vil.
-?Hola, Cris! Perdona lo que ha pasado. No he podido evitarlo. ?Escucha!, te ser? franco. Me gustas mucho, es m?s, ?estoy enamorado de ti!
No pude responder. A m? tambi?n me gustaba, me gustaba demasiado; pero no pod?a. ?No! No pod?a aceptarle. Sent?a una rabia enorme. ?Cuando al fin me gustaba un hombre y yo a ?l! Pero la amistad era para m? algo muy preciado. Colgu?. No volver?a a aquel palacio de Congresos. Ya me apa?ar?a de otra manera para poder viajar a Italia ? pensaba ? mientras segu?a quit?ndome la ropa, y una l?grima descend?a por mi pecho para morir en mi sujetador

Publicado por mariangeles512 @ 20:44  | Amor
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Mi?rcoles, 25 de abril de 2007
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INCOMPRENSI?N


Nicol?s Donabella, pintor de origen ingl?s, hab?a sido invitado por la se?ora Sanducci, a la cual conoci? en Madrid, en una exposici?n, a su finca en la Toscana.
La casona estaba situada a las afueras de un pueblo dormido en el pasado. El tiempo se hab?a detenido all?, y la paz y la calma eran el saludo que se recib?a al llegar.
Durante la cena, la se?ora Sanducci, junto a otros invitados, entre ellos el p?rroco del pueblo, Don Angelo, hablaban animadamente de los cuadros de Nicol?s:
-Usted no sabe, se?or m?o, lo c?lebre que este se?or es en su pa?s, el Reino Unido; aqu? es menos conocido, pero ?l ama a esta tierra m?s que a la suya ?dijo lanzando una equ?voca mirada al pintor.
El sacerdote mir? de soslayo al aludido. En su mirada se vislumbraban desconfianza y una buena dosis de malicia. Hab?a o?do los rumores que r?pidamente barrieron el pueblo sobre la sexualidad del pintor, y le encontraba realmente desagradable.
-Bien; no me puedo quejar; pero trabajo me ha costado. Llevo toda mi vida tratando de pintar algo que merezca la pena.
-Y, ?lo ha conseguido?- pregunt? el sacerdote mir?ndole a los ojos.
-Creo que lo estoy realizando en estos d?as.
-?Ah!, ?s??- el inter?s era obvio.
-Estoy pintando a Paolo, el hijo de Nina, la sirvienta m?s antigua de nuestra dign?sima anfitriona. Le he pedido permiso a su madre y me lo ha dado.
-?Vaya!, Parece que va directo- exclam? en tono acre el religioso
-?C?mo?
-?Oh, nada! No creo que este sea el momento m?s adecuado para hablar de ciertas cosas.
Nicol?s mir? al sacerdote, y una vez m?s sinti? el soterrado odio que siempre le produjeron sujetos como aquel.

Una vez que los invitados hubieron abandonado la casa, la se?ora Sanducci y el pintor tomaban la ?ltima copa de un generoso vino toscano.
?l hablaba muy bajo y de su voz se escapaba un halo de ansiedad.
-?Amiga m?a! Le aseguro que mis intenciones con el ni?o son absolutamente honestas. Es inteligente, tiene grandes capacidades, que aqu?, en este pueblo, van a morir sin apenas haber nacido; por eso quiero llev?rmelo a Londres; all? se podr? educar y formar en todas aquellas materias en las que destaque. ?se lo ruego, hable con su madre! que sepa por usted que cuento con su benepl?cito.
La se?ora de la casa le mir? con los ojos extra?amente abiertos. Parec?a querer penetrar en el interior del hombre y leer sus pensamientos. No confiaba demasiado en ?l: Sab?a de sus muchas y no buenas aventuras, y no pod?a colaborar en la p?rdida de la inocencia de un muchacho.
-No s?, amigo m?o; no s?. Me pide algo muy grave; la madre conf?a en m?, pero yo no conf?o en usted.
-??Madonna?! ? Nunca le pedir?a nada que la dejase en mal lugar!; le estoy muy agradecido por su ayuda con mis cuadros! Le aseguro que mi intenci?n con Paolo es como la de un padre.
La ?Madonna,? una mujer marchita, rica, sola, la cual proteg?a su extinguida belleza no permitiendo que ni un rayo de sol rozase su rostro, que s?lo se dejaba ver de noche, o dentro de su mansi?n, con las luces convenientemente tamizadas, mir? al azul-gris?ceo de los ojos de Nicol?s.
-Bien; voy a creer en usted, amigo. Hablar? con Nina; ya le dar? su respuesta.
- ?Gracias! ?Muchas gracias,?cara? m?a! ?No se arrepentir?!

Varios d?as se sucedieron en una adormecida tranquilidad. El pintor segu?a esculpiendo en la tela, el inicio del apol?neo cuerpo que ya se adivinaba en el adolescente.
Una ma?ana perfumada por los alientos de todas las flores, Nicol?s, sentado en una butaca de hierro forjado, tomaba una copa de vino. A su espalda oy? el crujir de unas ramas.
-?Buenos d?as, se?or Donnabella! ?Qu? tal? ?Hoy no trabaja usted?- la negra sotana se acercaba.
-No; Paolo ha ido con su madre a arreglar unos papeles a la ciudad.
-?Unos papeles?
-S?; Nino viajar? conmigo a Londres, donde se har? todo un hombre; y est?n arreglando los visados- concluy? molesto.
-As? que no ha desistido usted de su canallada.- dijo masticando en voz baja sus palabras el p?rroco.
?Se?or! ?No le consiento que me hable usted de esa manera!
-?Y yo, no voy a consentir que usted envilezca a un ni?o al que he visto nacer y al que he bautizado!
-?Ah, ya! ?Usted ya me ha juzgado, y obviamente me ha condenado!
- Conozco su trayectoria, y le aseguro que para m? es algo deleznable.
-?S?? Y ?d?game, por favor! Seg?n usted a qui?n debo mi ?forma de ser.
-?A usted mismo, naturalmente! Usted se ha desviado del camino de Dios- dijo convencido.
-?Sabe algo? ?Yo nac? as?! Tengo un hermano gemelo y Dios, ?su Dios!, dispuso que ?l tuviera todos los atributos de ?hombre?: fuerte, vigoroso, varonil? y yo no tuviera ninguno. ?l lo tiene todo: amor, dos hijos preciosos. ?Yo, nada! ?Y nunca lo tendr?!. Cuando me d? cuenta de mi ?naturaleza? tuve miedo, mucho miedo,?
-?Ah, miedo!- le cort? incr?dulo- pero, a pesar de ese miedo, bien se ha desviado del camino de Dios.
-?El camino de Dios? Y, ?cu?l es ese camino? ?No ser? ?l mismo qui?n me ha puesto en ?l?- la voz quebrada - Yo nac? as?; con esta condici?n, que usted, y muchos como usted, tanto desprecian, desviando los ojos hacia otro lado, cuando saben que entre los suyos tambi?n hay homosexuales por cientos?
-?C?mo se atreve?
-?Porque es la verdad; por eso me atrevo!
-Decididamente es usted un hombre despreciable- dijo muy serio el sacerdote.
-?Despreciable? ?Despreciable dice, porque quiero dar a un ni?o todo lo que le podr?a haber dado a mi hijo, si ?su? Dios no hubiera cometido conmigo esta terrible ?equivocaci?n??, porque ha sido eso, ?no?
El sacerdote miraba con suspicacia al pintor; ?ste, sintiendo que la ira se apoderaba de su alma estall?:
-Y le dir? algo m?s: si quiere pedirle explicaciones a alguien del porqu? de mi, seg?n usted, perversi?n, ? preg?ntele a Dios! ?No nos hizo, seg?n ustedes, a su imagen y semejanza?
- ?No blasfeme, se?or m?o! ?No meta a Dios en sus turbios asuntos! - ataj? airado-. De todos modos, yo le aseguro, que har? todo lo que est? en mi mano, para que usted no tenga la oportunidad de corromper a Paolo.
El ingl?s sinti?, de pronto, un terrible hast?o, un desaliento sin medida. Se levant?, y sin despedirse camin? hacia la casa.

La tarde daba paso a una perfumada noche de verano, cuando en la mansi?n se dispon?an a cenar.
La se?ora pregunt? a Nina por su amigo, el pintor.
-No le he visto en todo el d?a. Sube a su habitaci?n, y dile que la cena est? servida.
La mujer lleg? ante la puerta de la habitaci?n; no estaba cerrada. La empuj? suavemente, y vio dos lienzos a medio acabar: el de su hijo, Paolo, y el de una encina de ramas descarnadas que hab?a en lo m?s alto de la colina donde se asentaba la gran casa.
El ingl?s no estaba.
-?Se?ora, no est? el se?or en su habitaci?n!
-?Qu? extra?o! Veamos.
Subi? a la planta donde se encontraba la estancia. Al ver el lienzo con la encina muerta, un presagio la estremeci?.
-?Nina, venga conmigo!
Las dos mujeres salieron de la casa, ligeras, al lugar d?nde se hallaba el ?rbol.
Al llegar, ambas quedaron inm?viles, llev?ndose las manos a la boca
.
Nicol?s Donnabella oscilaba suavemente colgado por su cuello de una cuerda, atada a la rama m?s gruesa de la encina.

Publicado por mariangeles512 @ 17:26  | Dramas
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Martes, 24 de abril de 2007
MIS PERSONAJES SE REBELAN

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Me sent? delante del ordenador dispuesta a comenzar otro relato. Era de noche pero el sue?o no aparec?a, as? que me decid? a escribir algo.
Apenas hab?a comenzado cuando un murmullo de voces empez? a insinuarse en el silencio de la habitaci?n. Estaba sola, pero mir? hacia todas partes: el murmullo creci? y ya pude distinguir con claridad:
-?Oiga, se?ora, que yo no me met? en el agua para ahogarme! S?lo quer?a darme un ba?o para relajarme de la tensi?n que ten?a.
Estupefacta mir? la pantalla del ordenador. Lo escrito hac?a unos minutos hab?a desaparecido, y all?, en medio del azul del mar, estaba el personaje de cabellos mojados, rostro marchito y vestido ajironado, de mi relato: ?Miradla!
?Perdona!- balbuc?. Cre? que deseabas acabar, te ve?a tan desolada.
-?Qu? desolada, ni qu? nada! ?Usted, que ya veo que le gusta acabar con todos nosotros! Pues sepa, que yo quer?a vivir, ?lo oye?, ?Vivir!

-S?, se?ora, y a m? tambi?n me hubiera gustado disfrutar un poco m?s del amor de mi mujer; ya s? que me cas? con ella por conveniencia, ?no ten?a un euro! Pero luego me enamor? y va usted y ?hala, un carcinoma!, ?no me pudo dar otra enfermedad algo m?s ?ligerilla?, para poder seguir viviendo algunos a?os m?s?
?Madre m?a! ?Qu? mal me ha sentado la copa de co?ac que me he tomado! Claro, hac?a tanto tiempo que no beb?a nada de alcohol - pens? asombrada.
-?Oh, s?, tiene usted raz?n!, pero si todo hubiera terminado bien habr?a quedado algo meloso, ?no? - apenas me atrev?.
-?No, se?ora! ?Lo siento, pero no! Ten?a que haberme dejado saborear un poco m?s mi ?nica felicidad. Prefiero otra autora cualquiera a una mujer como usted.

-Y, ?qu? me dicen de lo que ha hecho conmigo? M?s de veinte a?os esperando visitar a mi madre y hermana, y luego nada m?s llegar al pueblo y s?lo porque me ve mi madre un fajillo de billetes, hace que me den de martillazos en la cabeza mientras dorm?a. Se necesita ser perversa, ?eh?
-No sabe c?mo lo siento. S?, quiz? aqu? me pas? un poquito. Con el robo hubiera sido suficiente, como me ha dicho un forista. Quiz? en otra ocasi?n?
-?Qu? otra ocasi?n? ?Es que sus manos tienen el poder de darme la vida? ?Ya quisiera usted! ?Ser? cre?da, la t?a!
-Bueno yo?
-Nada de bueno ?Usted que presume de amar tanto a las letras! ?Vaya encomienda que nos hizo!
Aterrada vi al abecedario en c?rculo con las graf?as en jarras y descompuesto por la ira.
-?Vaya ?recaditos? que nos mand? y encima por ah?, por el espacio! ?Como si ella no supiera el fr?o y lo mal que se respira en esas alturas!
-?Y todo para qu?? ?Es que se cree usted en serio que alguien hace caso de mensajes de esa clase? ?Parece mentira que una persona que se cree algo culta y ya madura, sea tan ingenua!- dijo la A que parec?a se hab?a erigido en portavoz de las dem?s.
Bueno?yo lo intento en mi trabajo?
-?En su trabajo! ?Pero es que ah? est? usted sola con sus ni?os! ?No sabe, acaso, lo muy distintas que son las personas en cualquier parte del mundo?- grit? la ? muy enfadada, a?adiendo:
-Y a m?, ?vaya rid?culo mensaje que me hizo dar! Le aseguro que estuve en un ?tris? de no ir.
-No me imagin? que les hab?a molestado tanto el encargo; saben que las quiero y no me agrada en absoluto que est?n tan molestas conmigo. ?Aunque, quiz?, alg?n mensaje se haya escuchado!
-?Nada! ?Que sigue lo mismo! ?Nadie! ?Se entera? Nadie ha hecho el menor caso de lo que las letras les dijimos. ?Nadie! ?No tiene m?s que ver los telediarios!
-No creo que los vea; ella se dedica a acompa?ar a personas enfermas, cree que las puede ayudar. ?Perder su tiempo es lo que hace! - dijo la P despectiva, arqueando el pecho.
-Y a m? se?ora, ?por qu? no me dej? disfrutar un poco m?s de mis lecturas favoritas, del cuidado de mis rosales y de mis amados gorriones? Podr?a haberme dejado en el final, sentada al amor del fuego, porque en mi casa yo ten?a chimenea, ?sabe?, ?claro, c?mo no lo va a saber si usted me cre?! S?; eso me hubiera gustado m?s, y no el resbal?n que me hizo dar; ?ah? tirada toda fr?a sobre el suelo mojado! Parece que no tuviera usted la m?s m?nima sensibilidad. ?Y eso que se las da de buena persona!

Vi con horror c?mo estos personajes se colocaban en grupo y me dec?an todos a una, a voz en grito:
-?Sabe algo? ?Preferimos a cualquier otro u otra autora del foro donde ?cuelga? sus escritos, que a usted!
- Por ejemplo, nos gusta mucho m?s un se?or? no recuerdo ahora su nombre?- se rascaba la cabeza Alexander.
-Yo s? me acuerdo - dijo la J - todos queremos que nuestro autor sea don Aureliano.

Apagu? a toda velocidad el ordenador y sal? corriendo de la habitaci?n.

?Qu? mal me hab?a sentado el co?ac!

Publicado por mariangeles512 @ 21:40  | Misterio
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LA SORPRESA

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Alexander sali? de su pueblo el d?a siguiente de enterrar a su padre. Ten?a a la saz?n quince a?os, y quer?a encontrar nuevos horizontes donde pudiera encontrar un buen trabajo y olvidarse de la m?sera vida que hab?a vivido hasta aquel d?a.
Su madre y hermana regentaban desde hacia tiempo una humilde pensi?n que no daba para vivir con holgura.
-?Mam?, hermana!, - les dijo de regreso del cementerio- ma?ana me voy. Quiero buscar trabajo; aqu? no hay nada para m?. Cuando est? colocado os mandar? lo que pueda para que viv?is con menos estrecheces.
La madre, una mujer de rostro enjuto, surcado por todas las arrugas que el tiempo y el duro trabajo hendieron en ?l, pas? un brazo amorosamente por los hombros del hijo y llor? en silencio.-
-?No llores, madre! ?Volver?, te lo juro!- dijo bes?ndola cari?osamente.

Pasaron los d?as, los meses, los a?os, Alexander se ubic? en una gran ciudad. Trabaj? en m?ltiples empleos; en todos, dio lo mejor de ?l, hasta que se instal? por su cuenta como comerciante de tejidos.
Desde el primer d?a en que le sobraron de su paga, despu?s de guardar para su subsistencia, unas monedas, se las envi? a su madre y hermana.
El negocio, debido a su capacidad y simpat?a, fue en ascenso, y cuando el joven se vio en posici?n de buscar una esposa y formar una familia, lo hizo, y se cas? con una joven bonita y educada, llamada Ofelia, con la que tuvo un hermoso var?n al que pusieron el nombre del abuelo paterno.
Alexander acarici? siempre el sue?o de construir una casa, en la que un d?a no muy lejano, pudiera vivir en ella toda su familia, que no eran s?lo su esposa e hijo, no. Su madre y hermana siempre estaban en su mente. Pasados unos a?os, el anhelo pudo realizarse. Mand? levantar una hermosa casa de dos plantas con habitaciones para su madre y su hermana, aparte de las que ellos necesitaban. Se encontraba muy feliz y orgulloso de haber podido realizar su preciada ilusi?n.
Un d?a, muy alegre, le dijo a la esposa:
-?Ofelia, cari?o; vamos a hacer un viaje!
-?S?, y ad?nde, amor?
-A mi pueblo. Vamos a ir a la casa de mi madre y mi hermana, para que conozcan al ni?o y a ti. No les envi? nunca ninguna fotograf?a vuestra; bueno, ni m?a; as? que como hace tanto tiempo que sal? de all? les voy a dar una gran sorpresa.- dijo sonriendo para s? gozoso.
-?Me parece estupendo! Hace tiempo que deseo conocer a tu familia.
Dejaron el negocio al cuidado de un dependiente fiel; e hicieron las maletas cargados de entusiasmo, despu?s de haber rastreado la ciudad buscando los m?s bellos regalos que encontraron para la madre y la hermana.
En su lujoso autom?vil enfilaron la carretera que conduc?a tras largas horas de trayecto al pueblo natal de Alexander. Durante el camino tuvo un pensamiento que comunic? a su mujer:
-?Sabes qu? pienso hacer cuando lleguemos?
-?Ni idea! ? dijo la esposa sonriendo.
-?Como te he dicho voy a darles una sorpresa! Me presentar? en la pensi?n sin avisar y ver? qu? hacen. ?Ser? estupendo la alegr?a que les voy a dar!
-S?, va a ser un gran d?a- exclam? la esposa convencida.
-?Mira! Ir? primero, yo solo. Cuando se den cuenta de que soy su hijo, os llevar? a los dos para que os conozc?is
-Y, ?d?nde nos piensas dejar?
-?Mujer, hay otras pensiones en el pueblo!, por lo menos, cuando yo viv?a en ?l.
-?Ah, ya! El ni?o y yo nos alojaremos en otra, ?no?
-S?, ?sa es mi idea.
Llegaron al pueblo, que hab?a gozado tambi?n con el paso del tiempo, ya que aparec?a m?s hermoso, pasada la medianoche. Alexander dej? instalados a su mujer e hijo en un Hostal situado a dos calles de la pensi?n de su madre. ?sta se hallaba construida cerca del r?o, en el que Alexander sol?a ba?arse en los alegres veranos de su infancia.
Emocionado, traspas? el dintel de la puerta de la casa que le vio nacer.
Se acerc? al mostrador de la recepci?n, detr?s del cual una mujer de cabellos grises y afilado rostro dormitaba en una butaca. El hombre sinti? el impulso de abrazar aquellos menudos hombros, cansado de trabajar, pero se contuvo, y agit? la campanilla colocada sobre el mostrador, la mujer abri? los ojos de inmediato.
-?Buenas noches! ?Tiene alguna habitaci?n libre?
La mujer le mir? curiosa, sin dar muestra alguna de conocerle.
-?Claro, que tengo libres! ?Para cu?ntos d?as ser?a?
-Con el coraz?n palpitando alocadamente ante la terrible convicci?n de que su madre ya no le conoc?a, el hombre dijo:
-De momento, para esta noche.
Por una puerta lateral apareci? una mujer joven, de aspecto cansado. Mir? a Alexander y ning?n m?sculo de su rostro dio a entender que reconoc?a a su hermano.
?Los veinticinco a?os trascurridos no hab?an pasado en vano!
El hermano al abrir su billetero para mostrar su identificaci?n, dej? a la vista un gran fajo de billetes. La due?a, al verlo, dijo con precipitaci?n:
-?Oh, deje; no es necesario que me ense?e sus documentos!
-Bien; ?gracias, se?ora!- dijo mostrando una amplia sonrisa.
Entre los ojos de la madre y la hija se desliz? una enigm?tica mirada, que hubiera helado la sangre en las venas a todo aquel que la hubiera percibido.

La noche extendi? su manto el tiempo necesario para que la infamia se consumara.
Al amanecer, Ofelia se levant? y arregl?, esperando con su hijo al esposo que les llevar?a junto a su familia. Pasadas unas horas que le parecieron eternas, tom? al ni?o de la mano y se encamin? a la pensi?n familiar.
Entr?, y vio que dos polic?as hablaban con la patrona:
-Y, ?no ha llegado alg?n forastero anoche al pueblo que se alojara aqu?, se?ora Vlasek? -oy? inquieta.
-No. ?Por qu? me hace esa pregunta, agente?- respondi? serena.
-Ver?. Esta ma?ana se ha encontrado en una de las m?rgenes del r?o, el cad?ver de un hombre con el cr?neo destrozado, parece que asesinado, que no es del pueblo. Y hemos pensado que quiz? se habr?a alojado en su fonda, ya que en la otra, s?lo se alojaron una mujer y un ni?o.
-Pues no; le aseguro que nadie ha venido por aqu?. Siento no poder ayudarles.
Ofelia observ? que algo muy grave estaba ocurriendo delante de ella. La madre de su marido, obviamente, ment?a. ?Por qu? habr?a dicho que nadie se hosped? all??
Sin pensarlo ni un momento m?s, dijo:
-Perdone, se?or agente; pero en esta pensi?n s? se aloj? anoche un hombre de fuera. Era mi marido, el hijo de esta se?ora. Llegamos de muy lejos para verlas, a ella y a su hija; pero mi marido quiso darles una sorpresa y no avis? de nuestra llegada. Supon?a que despu?s de tantos a?os ausente, quiz?, no le reconocer?an. Pensaba decirles qui?n era esta ma?ana.
- ?Conocen la identidad del hombre del r?o?- pregunt? temerosa.
-Pues no. Eso ha sido lo primero que hemos tratado de averiguar; pero el cad?ver estaba en ropa de dormir y no hemos hallado su documentaci?n. ?Cu?l es el nombre de su esposo?
-Mi marido se llamaba Alexander Vlasek, y, ?era el hijo de esta mujer!

Publicado por mariangeles512 @ 21:34  | Misterio
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EL TEOREMA DE LOS SENOS

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La ma?ana hab?a amanecido completamente nublada y la tormenta se centraba sobre el pueblo. Rayos y truenos acompa?aron a Don Roberto durante todo el camino hasta el Instituto, en el cual ya hac?a m?s de doce a?os impart?a sus clases de matem?ticas.
Abri? el paraguas para salir del coche, aparcando en el patio d?nde cada d?a era m?s dif?cil hacerlo, y cogi? su cartera con las listas de alumnos y apuntes manoseados mil veces en otros tiempos, apenas consultados ya.
A ?l le gustaba improvisar en las clases. Deseaba que los alumnos se implicaran en cada una de las deducciones y en cada uno de los problemas que se planteaban.
Por ejemplo, para demostrar el famoso teorema de Pit?goras, les hac?a dibujar tri?ngulos rect?ngulos a los alumnos y les propon?a que cada uno midiera la hipotenusa y los catetos y comprobara el teorema.
- D. Roberto, que me salen decimales.- saltaba a veces alg?n alumno extra?ado.
- No importa, Alejandro, no importa, que en la vida las cosas no son exactas, s?lo lo son los teoremas de Matem?ticas- quer?a decir que al medir, no se mide exacto, pero los c?lculos si lo son.
Aquella ma?ana tocaba algo m?s complicado: El teorema de los senos y si pod?a ser el del coseno. Estos, como todos los estudiantes que hicieron algo en trigonometr?a saben, tratan de relaciones en los tri?ngulos de cualquier forma, sean rect?ngulos o no.
Cuando entr? en el aula de Primero de Bachillerato, plan del ?a?o vete a saber?, porque ya hab?a conocido tantos, que ni alumnos ni profesores lo sab?an bien; el revuelo inicial dentro de lo normal, qued? reducido a la nada, en cuanto el serio, pero gracioso a veces, Don Roberto, pas? lista.
Los treinta y cinco alumnos asignados estaban. Eran veinte alumnas y quince alumnos.
- Sacad el comp?s, medidor de ?ngulos, regla y l?piz- les indica el maestro avezado en tantas lides.
- ?Para qu??- le interpela una jovencita llamada Marisol.
- Vamos a demostrar el teorema de los senos.
- ?Qu? cosas tiene usted, Robert!- le insiste la mujercita traviesa y adem?s le llam? s?lo Robert.
- Mi nombre es Roberto, veamos, ?por qu? dice eso?
- Porque los senos no tienen teorema, son deseados y ya est?.
- ?Se?orita, no hable de otros senos, m?s que los de los ?ngulos! ?Los senos de Plat?n! Los de los ?ngulos.
- ?Y los cosenos de los chicos? ?No se puede hablar o qu??- salta un mocet?n de la ultima fila, llamado Iv?n.
- No son de los chicos, son de todos. A todos los ?ngulos se les puede asignar seno y coseno-responde el paciente profesor.
- Bueno, yo tengo comp?s y si el ?ngulo mide 30? ?qu? hago?-Este que hablaba era Pablo, un chico muy estudioso, que los dem?s le miraban de mala forma.
- Pues dibuja un tri?ngulo rect?ngulo con ese ?ngulo, mide el cateto y la hipotenusa- al menos se estaba reconduciendo la clase.

Seg?n estaba notando, el sexo lo invad?a todo. Los adolescentes no se cortaban lo m?s m?nimo, d?ndole a todo un sentido l?dico y divertido derivando hacia lenguajes seudo sexuales hasta las abruptas matem?ticas.
Recordaba cuando un d?a dijo a una se?orita:
- Pase a la pizarra y hazlo ah?- refiri?ndose al ejercicio que acaba de realizar en la libreta de apuntes.
- ?Hacerlo?- pregunt?- no me atrevo.

Y enseguida comprendi? que se refer?a a hacer lo ?nico importante para ellos: El acto sexual.
Ya no era posible tratar seriamente ning?n tema y decidi? bromear tambi?n:
- Ese problema se puede hacer de al menos doscientas cuarenta formas diferentes- tratando de parodiar al Kamasutra. Ya que ten?a advertido a sus alumnos, que muchos problemas se pueden resolver de muy diferentes maneras y que lo importante es llegar al final- pero s?lo hace falta que lo hagas por una.

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Domingo, 15 de abril de 2007
LA MAESTRA


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Lleg? en septiembre al pueblo de la sierra, en el Sur. Ella cre?a que en el Sur todos los pueblos eran bellos, con macetas colgadas, llenas de flores, de las paredes; blancos y con un clima maravilloso. S?, eso cre?a; pero el lugar donde lleg?, casi campo atraviesa, no era ni bello ni blanco, y su clima era parecido al de la Meseta: duro y fr?o en invierno, t?rrido y seco en el est?o.
Los campos levemente ondulados con las verde- grises hojas de los olivos, el aliento de la tierra perfumado con el aroma de la oliva prensada, le concedieron tener la sensaci?n de que estaba en el amado Sur.
La decepci?n fue aumentando cuando vio la casa en la que tendr?a que habitar: estaba dentro del recinto escolar; un tiempo antes hab?a servido de escuela, y el estado era deplorable. Busc? algo m?s acogedor para vivir, en el pueblo, pero nada encontr?.
No se amilan?. Se dijo para s? que todo aquello lo superar?a, ser?a cuesti?n de unos meses de adaptaci?n y de unas pinceladas de pintura alegre; porque lo que m?s val?a era su trabajo entre ni?os muy atrasados, ya que ten?an que abandonar la escuela gran parte del curso para acompa?ar a sus padres que iban cada a?o a la vendimia, en la vecina Francia.
Aquella gran regi?n, la mayor de su pa?s, estaba muy atrasada, y las diferencias entre los pobres y ricos eran muy acusadas. La ignorancia del pueblo permit?a en gran medida tal situaci?n.
La maestra lleg?, pues, con grandes ilusiones de formar en la libertad y el respeto a los dem?s, a todos sus alumnos.
Pasados tres meses de curso, en un aula peque?a sin calefacci?n, con una pizarra, un mapa, una regla y unas tizas por todo material did?ctico; con unos alumnos que muchos de ellos iban a la escuela sin desayunar; una buena ma?ana asom? la cabeza por el vano de la puerta el director del Centro.
-?Buenos d?as, Carmen! ?Qu? tal, c?mo van las clases?
-?Buenos d?as, Mariano! Bueno, faltan?
-?Oye, mira!, van a venir unos fot?grafos a hacer una foto a cada ni?o, ?te importar?a darles permiso para salir del aula unos minutos?
-?No, en absoluto!- respondi? sonriendo aunque en su interior molesta por haber sido interrumpida de manera tan inconveniente.
-El importe de las fotos que te lo entreguen a ti los ni?os; despu?s cuando lo tengas todo, me lo llevas al despacho ?aclar? Mariano.
-Bien, como digas- afirm? sin convicci?n Carmen.
No le gustaba dejarse llevar por las primeras impresiones, pero en este caso casi estaba segura de que la que percibi? con el ?director?, no era equivocada.
La nueva maestra hab?a hecho cierta amistad con los otros compa?eros, cuyas cocinas daban a un patio interior ajardinado por el que se comunicaban a voces.
-?Carmen!, ?Quieres pasar a tomar caf?? ?gritaba a voz en grito un compa?ero de la casa de enfrente.
- ?S??iiiiiii; gracias; ahora voyyyyyyyyyyy!- respond?a la nueva de la misma guisa.
Con el paso de los d?as crey? encontrar en aquellas personas, los amigos que hab?a dejado muy lejos en el espacio, que no en su coraz?n.
La sensaci?n de soledad se dilu?a.

Una vez que reuni? el dinero del importe de las fotos, la maestra, despu?s de terminada la jornada de la tarde, se encamin? al despacho del ?dire?.
-?Hola, Mariano! ?Aqu? traigo el dinero de las fotos!
Mariano tom? el sobre que conten?a el nombrado peculio, lo extendi? sobre la mesa e hizo dos grupos con ?l.
Carmen miraba extra?ada la ?operaci?n? pero nada coment?.
-?Toma, este dinero es para ti!- dijo el hombre.
-?Para m??- dijo extra?ada la maestra.
-?S?, mujer! Las fotos valen menos, pero nosotros les decimos esta cantidad a los ni?os y luego nos quedamos con un poco.
-Y, ?eso, por qu??- sinti? que la rabia ascend?a de all? donde se aposentara.
-Por dejarles salir de clase; s?lo por eso -aclar? Mariano algo contrariado por la actitud de la reci?n llegada.
- Pero, ?t? crees que yo me voy a quedar con unas pocas monedas ?robadas? a esos ni?os, que vienen sin apenas alimento a la escuela, s?lo por dejarles salir del aula?
Unos ni?os cuyos padres est?n cortando uvas en otro pa?s para poder pagar la cuenta de la tienda de ultramarinos porque en este lugar no hay trabajo para ellos. ?No; f?jate que yo no voy a ?colaborar? en esto! Los maestros no ganamos grandes salarios. LO s?. Mi madre ya me dijo cuando supo que quer?a ser maestra el ?dicho? que se conoc?a: ?Pasa m?s hambre que un maestro de escuela?. Eso fue cierto hace alg?n tiempo. Ahora ya no. Ganamos un jornal para poder vivir dignamente. Nunca nos haremos ricos con la ense?anza, no en el plano econ?mico, aunque quiz? nuestra riqueza no sea de esa ?ndole. Considero mi profesi?n, junto con la del sacerdote y el m?dico, como las socialmente m?s importantes. Me siento una educadora, ?c?mo podr?a seguir sinti?ndolo si actuara as?? Yo voy a devolver a cada ni?o la parte que le corresponde- dijo con firme voz.
-Bueno, mujer, no te pongas as?. Lo que pasa es que los dem?s, si saben que lo vas a devolver, van a quedar mal y?
-?No, no te preocupes por el ?buen nombre? de tus amigos! No voy a contar esta miserable verdad. Dir? que las fotos han salido m?s baratas, y que por eso les devuelvo lo que ha sobrado.
La maestra sali? del despacho con el rostro como la grana por la verg?enza ajena y la ira m?s intensa que nunca antes hab?a sentido, ya que tuvo el impulso de abofetear al corrupto que trataba de justificar lo injustificable.
Aquella noche durmi? mal, pero el saber que iba a actuar honradamente con aquellos desgraciados la calm?, y el sue?o se acerc? a ella.
Al d?a siguiente, una vez que la clase hubo terminado, dio a cada ni?o lo que le correspond?a. ?Y se sinti? en paz!
Ya en su casa, acabada la jornada, sali? al patio com?n a tender una colada que hab?a dejado en la lavadora. Algunos compa?eros hablaban entre s? delante de sus puertas. Carmen, en voz alta les dio las buenas tardes, pero nadie le respondi?.

Publicado por mariangeles512 @ 20:51  | Costumbres
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Me enamor? de ...

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Caminaba con ella a mi lado. Mis pies dejando sus huellas en la fina arena. El mar so?aba conmigo, a mi lado. Me sent?a embriagado de placer. Su c?lido aliento, perfumado de jazm?n, escanciaba en mis o?dos quejidos de amor que confortaban mi alma. Dese? que aquella noche no terminara. Me sent?a abrazado, besado, amado de una manera tan sutil, tan como yo siempre so?ara, que jam?s cre? vivirlo. Raudales plateados segu?an refulgiendo sobre la c?lida arena mientras por el oriente una leve transparencia hac?a barruntar un alba imposible.
Cuando la realidad se apoder? de m?, y el viento me trajo la primera luz de la aurora, ella desapareci?. La busqu? todo el d?a, pero ?ella no volvi?!
Rendido, me dirig? a mi casa; all? esper? todo el d?a a que ella volviera; pero, ?no volvi?!
Cuando el cansancio me venci?, y me dorm?, dese? que el sue?o me alejara de aquella fantas?a.
De pronto, y desde lo m?s profundo, sent? que me tocaban y me abrazaban. ?Era ella!
Todo a mi alrededor se hab?a tornado garzo, y de nuevo, la argentina luz se atrev?a a traspasar mi ventana. Me incorpor? y la abrac?, sintiendo mi ser plet?rico de gozo de nuevo.
Mi dicha fue inmensa. Porque yo me enamor? de la noche y, ?ella me correspondi?!

Publicado por mariangeles512 @ 20:43  | Misterio
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Mi?rcoles, 11 de abril de 2007

LA SORPRESA

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Alexander sali? de su pueblo el d?a siguiente de enterrar a su padre. Ten?a a la saz?n quince a?os, y quer?a encontrar nuevos horizontes donde pudiera encontrar un buen trabajo y olvidarse de la m?sera vida que hab?a vivido hasta aquel d?a.
Su madre y hermana regentaban desde hacia tiempo una humilde pensi?n que no daba para vivir con holgura.
-?Mam?, hermana!, - les dijo de regreso del cementerio- ma?ana me voy. Quiero buscar trabajo; aqu? no hay nada para m?. Cuando est? colocado os mandar? lo que pueda para que viv?is con menos estrecheces.
La madre, una mujer de rostro enjuto, surcado por todas las arrugas que el tiempo y el duro trabajo hendieron en ?l, pas? un brazo amorosamente por los hombros del hijo y llor? en silencio.-
-?No llores, madre! ?Volver?, te lo juro!- dijo bes?ndola cari?osamente.

Pasaron los d?as, los meses, los a?os, Alexander se ubic? en una gran ciudad. Trabaj? en m?ltiples empleos; en todos, dio lo mejor de ?l, hasta que se instal? por su cuenta como comerciante de tejidos.
Desde el primer d?a en que le sobraron de su paga, despu?s de guardar para su subsistencia, unas monedas, se las envi? a su madre y hermana.
El negocio, debido a su capacidad y simpat?a, fue en ascenso, y cuando el joven se vio en posici?n de buscar una esposa y formar una familia, lo hizo, y se cas? con una joven bonita y educada, llamada Ofelia, con la que tuvo un hermoso var?n al que pusieron el nombre del abuelo paterno.
Alexander acarici? siempre el sue?o de construir una casa, en la que un d?a no muy lejano, pudiera vivir en ella toda su familia, que no eran s?lo su esposa e hijo, no. Su madre y hermana siempre estaban en su mente. Pasados unos a?os, el anhelo pudo realizarse. Mand? levantar una hermosa casa de dos plantas con habitaciones para su madre y su hermana, aparte de las que ellos necesitaban. Se encontraba muy feliz y orgulloso de haber podido realizar su preciada ilusi?n.
Un d?a, muy alegre, le dijo a la esposa:
-?Ofelia, cari?o; vamos a hacer un viaje!
-?S?, y ad?nde, amor?
-A mi pueblo. Vamos a ir a la casa de mi madre y mi hermana, para que conozcan al ni?o y a ti. No les envi? nunca ninguna fotograf?a vuestra; bueno, ni m?a; as? que como hace tanto tiempo que sal? de all? les voy a dar una gran sorpresa.- dijo sonriendo para s? gozoso.
-?Me parece estupendo! Hace tiempo que deseo conocer a tu familia.
Dejaron el negocio al cuidado de un dependiente fiel; e hicieron las maletas cargados de entusiasmo, despu?s de haber rastreado la ciudad buscando los m?s bellos regalos que encontraron para la madre y la hermana.
En su lujoso autom?vil enfilaron la carretera que conduc?a tras largas horas de trayecto al pueblo natal de Alexander. Durante el camino tuvo un pensamiento que comunic? a su mujer:
-?Sabes qu? pienso hacer cuando lleguemos?
-?Ni idea! ? dijo la esposa sonriendo.
-?Como te he dicho voy a darles una sorpresa! Me presentar? en la pensi?n sin avisar y ver? qu? hacen. ?Ser? estupendo el alegr?n que les voy a dar!
-S?, va a ser un gran d?a- exclam? la esposa convencida.
-?Mira! Ir? primero, yo solo. Cuando se den cuenta de que soy su hijo, os llevar? a los dos para que os conozc?is
-Y, ?d?nde nos piensas dejar?
-?Mujer, hay otras pensiones en el pueblo!, por lo menos, cuando yo viv?a en ?l.
-?Ah, ya! El ni?o y yo nos alojaremos en otra, ?no?
-S?, ?sa es mi idea.
Llegaron al pueblo, que hab?a gozado tambi?n con el paso del tiempo, ya que aparec?a m?s hermoso, pasada la medianoche. Alexander dej? instalados a su mujer e hijo en un Hostal situado a dos calles de la pensi?n de su madre. ?sta se hallaba construida cerca del r?o, en el que Alexander sol?a ba?arse en los alegres veranos de su infancia.
Emocionado, traspas? el dintel de la puerta de la casa que le vio nacer.
Se acerc? al mostrador de la recepci?n, donde una mujer de cabellos grises y afilado rostro, dormitaba en una butaca. El hombre sinti? el impulso de abrazar aquellos menudos hombros, cansado de trabajar, pero se contuvo, y agit? la campanilla colocada sobre el mostrador, la mujer abri? los ojos de inmediato.
-?Buenas noches! ?Tiene alguna habitaci?n libre?
La mujer le mir? curiosa, sin dar muestra alguna de conocerle.
-?Claro, que tengo libres! ?Para cu?ntos d?as ser?a?
-Con el coraz?n palpitando alocadamente ante la terrible convicci?n de que su madre ya no le conoc?a, el hombre dijo:
-De momento, para esta noche.
Por una puerta lateral apareci? una mujer joven, de aspecto cansado. Mir? a Alexander y ning?n m?sculo de su rostro dio a entender que reconoc?a a su hermano.
?Los veinticinco a?os trascurridos no hab?an pasado en vano!
El hermano al abrir su billetero para mostrar su identificaci?n, dej? a la vista un gran fajo de billetes. La due?a, al verlo, dijo con precipitaci?n:
-?Oh, deje; no es necesario que me ense?e sus documentos!
-Bien; ?gracias, se?ora!- dijo mostrando una amplia sonrisa.
Entre los ojos de la madre y la hija se desliz? una enigm?tica mirada, que hubiera helado la sangre en las venas a todo aquel que la hubiera percibido.

La noche extendi? su manto el tiempo necesario para que la infamia se consumara.
Al amanecer, Ofelia se levant? y arregl?, esperando con su hijo, al esposo que les llevar?a junto a su familia. Pasadas unas horas que le parecieron eternas, tom? al ni?o de la mano y se encamin? a la pensi?n familiar.
Entr?, y vio que dos polic?as hablaban con la patrona:
-Y, ?no ha llegado alg?n forastero anoche al pueblo que se alojara aqu? se?ora Vlasek? -oy? inquieta.
-No. ?Por qu? me hace esa pregunta, agente?- respondi? serena.
-Ver?. Esta ma?ana se ha encontrado en las m?rgenes del r?o, el cad?ver de un hombre con el cr?neo destrozado, parece que asesinado, que no es del pueblo. Y hemos pensado que quiz? se habr?a alojado en su fonda, ya que en la otra, s?lo se alojaron una mujer y un ni?o.
-Pues no; le aseguro que nadie ha venido por aqu?. Siento no poder ayudarles.
Ofelia observ? que algo muy grave estaba ocurriendo delante de ella. La madre de su marido, obviamente, ment?a. ?Por qu? habr?a dicho que nadie se hosped? all??
Sin pensarlo ni un momento m?s, dijo:
-Perdone, se?or agente; pero en esta pensi?n s? se aloj? anoche un hombre de fuera. Era mi marido, el hijo de esta se?ora. Llegamos de muy lejos para verlas, a ella y a su hija; pero mi marido quiso darles una sorpresa y no avis? de nuestra llegada. Supon?a que despu?s de tantos a?os, ausente, quiz?, no le reconocer?an. Pensaba decirles qui?n era esta ma?ana.
- ?Conocen la identidad del hombre del r?o?- pregunt? temerosa.
-Pues no. Eso ha sido lo primero que hemos tratado de averiguar; pero el cad?ver estaba en ropa de dormir y no hemos hallado su documentaci?n. ?Cu?l era el nombre de su esposo?
-Mi marido se llamaba Alexander Vlasek, y, ?era el hijo de esta mujer!

Publicado por mariangeles512 @ 20:35  | Misterio
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Domingo, 08 de abril de 2007
Mi novia Estela.

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La conoc? en el aeropuerto de M?laga. Fue totalmente casual. Cuando agarraba la manivela del taxi, escuch? a mi espalda:
- ?Querend?n! ?Yo le avis?!- sab?a que era argentina con su voz melosa y cari?osa.
- ?Ah, perd?n! No le hab?a visto. Hacemos una cosa. ?Ad?nde vas?
- Hasta Marbella. ?No ser?s un malevo?
- No mujer. Es que llevo mucha prisa y quiero llegar a tiempo a la convenci?n.
- De acuerdo ?boludo?. As?, me hablas de Marbella y de M?laga.
- Bien, yo vivo en Sevilla, pero conozco toda Andaluc?a por mi trabajo.
As? empez? todo. La mujer era encantadora. Morena, delgada, pero con formas maravillosas y muy locuaz por lo o?do.
- ?C?mo te llamas?
- Estela, Estela Forchino, ?y vos?
- Yo me llamo Manuel Romero. Me dedico a las ventas de electrodom?sticos para hoteles y albergues.
- Ah, muy interesante. Yo voy a reunirme con mi novio, que trabaja en un hotel de ac?.
Como ten?a novio y yo soy un tarambana me excit? a?n m?s la curiosidad por conocerla mejor. Como hasta Marbella desde el aeropuerto de M?laga hay poco m?s de una hora en taxi, si no hay atasco claro, me pic? la curiosidad:
- ?S?lo te dedicas a tener novio o ?l te tiene a ti?- Mientras el veh?culo se deslizaba por delante del Palacio de Congresos de Torremolinos buscando la autov?a de peaje, para ir m?s r?pidos.
- Mira que es un fris?n y celos?n. Soy modelo de una compa??a de ?mbito internacional.
No pas? nada, pero cuando llegamos al hotel, result? ser el mismo que yo tambi?n ten?a reservado y nos despedimos amablemente hasta la hora de la cena en el comedor, donde, me dijo, que bajar?a a las nueve de la noche, pues su novio trabajaba hoy de noche y no le iba a ver pr?cticamente.
- Mi novio est? con otra, Antonio- me solt? de pronto seg?n me levantaba de mi mesa, para saludarla al entrar en el comedor, mientras sollozaba levemente.
- No te preocupes, me tienes a m?. Yo soy fiel con las mujeres que me gustan- brome?.
Pues as? es como nos hicimos novios. As? de f?cil.
Se vino conmigo a Sevilla y nos lo pasamos en grande durante dos meses. En la cama era un torbellino y en la casa un aspirador. Me dejaba fl?cido por las ma?anas y limpia la casa por las tardes.
Pero ocurri? lo inevitable cuando se trata de mi vida. Una tarde fuimos al cine con Ana y Evaristo, amigos de toda la vida y que ?ltimamente nos ve?amos poco. Y ?qu? casualidad! El antiguo novio de Estela all? estaba, dos filas delante de nosotros, seg?n me comunic? ella misma. A su lado una rubia de bote con menos chicha que una lagartija, pero con aspecto de tener ?cuartos? heredados.


Casi no pude enterarme de la pel?cula, que trataba de un hombre que asesin? a su mujer, para irse con otra muy rica, y la coartada fue que el anillo de casados cae del lado del r?o, o algo as?. Bueno era de Woody Allen y del filme me enter? del titulo: ?Mach Point? y de poco m?s.
Hab?amos programado con mis amigos el ir a tomar unas copas despu?s de terminar en la sala de Cine, pero Estela me sorprendi?:
- Te voy a presentar a mi ?ex?.
- Pero mujer, no me interesa. ?Te acuerdas mucho de ?l?
- Es que quiero que veas qu? clase de tipo es. Se las da de bacanazo y de chusco y no vale para nada.
- Ya, ?bacanazo? ?qu? es eso?
- Ricach?n, tonto.
No acababa de aprender tan rico lenguaje argentino. Esta mujer cada d?a me sacaba una palabra nueva para m?.
?Y me lo present?!
- Ven para ac?, gauchito- le dice.
- ?Vos? Estela querida, ?c?mo os va?- responde un enjuto y moreno hombre.
- Yo estoy de maravilla con mi amor, Antonio. Mira es este encanto de hombre, vas a tener que hacerte humo. Antonio, ?ste es el otro Antonio.

Ahora entend? que nunca se hab?a equivocado de nombre, al llamarme. ?Otro Antonio?.
?El otro? se abalanz? hacia m? blandiendo un pu?o, que por la sorpresa, al no esperarlo me lleg? al ment?n. Pero yo, que no me arredro f?cilmente, le respond? con un derechazo al h?gado que le dobl? de tal manera, que la rubia platino intent? sujetarle y los dos hechos un ovillo rodaron por el suelo de forma grotesca. Se levant? como pudo y se dirigi? como un torete hacia mi, dispuesto a meterme su cabezota, que yo intu?a con cuernos y todo, en mi est?mago. Le esquiv? con tal fortuna, que se precipit? contra la m?quina de refrescos y se derrumb? de forma definitiva.
- ?Paren, paren!- gritaban varios asiduos al cine.
- Pero yo no empec?- dec?a a los que me sujetaban, creo que lo hac?an porque ?el otro? estaba k.o.
- ?Antoniooooo! ?gritaba mi Estela.
- ?Qui?n, ?l o yo?
- Mi Antonio Olivera- ?ste no era yo, evidentemente.
- Pues te sali? pele?n- le contest?.
- ?Es que a?n me quiere, a?n me quiere mi amor!

All? mismo la dej? dando aire al ?otro Antonio? y cogiendo a mis amigos del brazo me precipit? hacia la salida con gesto de hast?o.

Despu?s de unos d?as me llam? Estela pidiendo sus cosas para que se las enviara al hotel de Marbella donde resid?a con su novio, que era recepcionista del mismo. Tome nota de la direcci?n y por SEUR se las envi? el mismo d?a de la llamada. No me cost? nada de esfuerzo, porque lo ten?a todo empacado desde el d?a que fui a ver ?Mach Point?.
Ya no he vuelto a saber nada de ella y me pregunto de vez en cuando:
?Si llega ?l a tumbarme a m?, se habr?a quedado conmigo? A las mujeres no hay quien las entienda.

Publicado por quijote_1971 @ 21:21  | Dramas
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LA PSIC?LOGA

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Ann hab?a llegado por fin a la estaci?n de la ciudad, en cuya prisi?n pretend?a ejercer sus conocimientos de psicolog?a y sociolog?a con las presas; hab?a pasado ya por varios establecimientos penitenciarios, y ahora iba a una c?rcel de mujeres.
Hac?a mucho calor y el polvo rojizo de las calles se pegaba a la piel.

Ya en el and?n, Ann vio c?mo dos fornidos hombres uniformados llevaban casi a rastras a una mujer negra, vieja, que chillaba como un gato rabioso, que tambi?n hab?an bajado del tren. Iba esposada, llorando y balbuciendo palabras ininteligibles.
Los agentes, al ver la cara de asombro de Ann, explicaron a modo de excusa:
-Se?orita; no se sienta mal por esta vieja; es una asesina. Ha matado a su marido. Y ahora probar? de su misma medicina.
-Yo? pues?
-?D?nde se dirige usted, podemos ayudarle?
- Yo tambi?n voy a la prisi?n. Soy Ann Grahan; vengo para instruir a las presas.
-?Uf, Vaya trabajo el suyo! En ese lugar no hay nadie capaz de aprender nada como no sea a punta de garrote- informo el agente malencarado.
Ann baj? los ojos ante la mirada lasciva del hombre que en un momento dado fue llamado capit?n por el otro agente.
-Bien, adi?s. Coger? un taxi - dijo con precipitaci?n.
El taxi, un viejo y polvoriento cacharro, ascendi? renqueando la colina en cuyo altozano se encontraba el penal.
Ann se qued? asombrada del aspecto de aquella prisi?n: un camino bordeado de sic?moros y rosales daba acceso a la puerta principal. Un viejo negro bien uniformado en traje de negra alpaca sali? a recibirla:
-Buenos d?as, se?orita Grahan; el se?or alcaide la est? esperando.
Los dos traspasaron una gran puerta de bronce que daba acceso a un vest?bulo de suelo de m?rmol blanco, soportado por columnas de m?rmol rosa y en cuyo fondo una escalinata de m?rmol amarillo daba al conjunto el aspecto del vest?bulo de un hotel de lujo.
El alcaide, un hombre menudo, pulcro en su vestimenta, de suaves gestos y agradable voz, la saludo efusivamente:
-?Se?orita, no puede usted imaginarse lo contentos que estamos con su llegada! Los del Norte creen que los del Sur y Oeste estamos muy atrasados en cuesti?n de penales, y esto, le dir?, no es cierto. Tratamos con todos los medios a nuestro alcance la recuperaci?n de los criminales y ladrones que est?n internados, para que cuando salgan puedan comportarse como individuos ?decentes?. A veces, esto es muy dif?cil, se?orita. Con palabras dulces o dici?ndoles que deben comportase de tal manera, no se consigue nada. A veces, y aunque la ley no lo permite, hay que usar la porra en serio, las celdas de aislamiento?en fin, usted ya ir? viendo por s? misma lo que es esto.
Ahora hay algunos te?ricos que hablan de reformar a los presos con otros medios, pero, opinan as? porque no tienen la m?s m?nima idea de la clase de gente que tenemos aqu?.
Le aseguro que si nos permitieran castigar al preso cuando no obedece las normas, como antiguamente, su ?cambio? se producir?a mucho m?s pronto. La palabra m?s importante es ?disciplina? todo lo dem?s son puras tonter?as. Las ?reglas,? hay que obedecer las reglas; pero s?lo por el simple hecho de aprender a someterse a las reglas. Esto, les ayudar? mucho cuando salgan de aqu?. Bueno, perdone que le hable as?. Ya s? que usted tiene estudios y cosas de ese tipo, y que ha venido del Norte para ayudar a las presas con ellos, pero le afirmo que se marchar? de aqu? sin haber conseguido nada.
?Mire, le certifico que con cinco minutos de mi experiencia le ense?aba yo m?s, que en los cinco a?os de universidad que usted ha vivido!
La rabia que Ann sent?a ante semejante discurso confer?a a su rostro una expresi?n de est?pida complacencia. El alcaide llam? a su segundo, y le orden? que acompa?ara a la se?orita Ann a sus dependencias para que descansara del largo viaje.
El guardi?n la condujo a trav?s de una puerta situada en el fondo del lujoso vest?bulo, (que ya nada ten?a que ver con el mismo), por un estrecho, h?medo y maloliente pasillo semejante a una alcantarilla, que daba acceso a las celdas y dependencias de las celadoras.
Durante el recorrido le fue ense?ando los pabellones de las presas; la habitaci?n dividida en cuatro peque?as celdas donde estaban las condenadas a muerte. En aquel momento dos mujeres consum?an all? sus ?ltimos d?as. Una de ellas, ser?a ejecutada esa misma noche. La otra, era la vieja negra que Ann vio en la estaci?n. Ya no llevaba su traje y el sombrerito de paja con el cual la vio, sino un gastado camis?n de algod?n que m?s parec?a una esterilla de tanto lavado
-?Puedo hablar? puedo hablar con esa mujer?- se atrevi? Ann.
-Se?orita, las reglas aqu? son de silencio total, menos la hora de paseo. Usted es una oficial de la prisi?n; hable con el se?or alcaide sobre su trabajo y le dir? qu? normas debe cumplir.
-Bien, gracias; as? lo har?.
No hab?a vivido ni dos horas en aquel lugar, y ya estaba loca por salir de all?. Lleg? a lo que pens? ser?a su ?refugio.? Result? ser una habitaci?n compartida: tres camas, tres comodines, tres sillas y tres borrosos espejos. Un ba?o con tres desgastadas toallas, y una atm?sfera irrespirable a anh?drido carb?nico y a dudosa limpieza.
Se cambi? su ropa de calle por el uniforme y se dej? caer en una desencajada silla. Se vio a s? misma como un guardi?n. Esto le revolvi? el est?mago ya bastante alterado desde que oyera al alcaide.
?Me ir?a de aqu? en este momento, pero he tenido muchos fracasos ya. No soy una ni?a, tengo treinta y tres a?os. Debo quedarme y hacer todo lo que est? en mi mano. Quiz?, con mi ayuda puedan desaparecer las c?rceles, al menos, las c?rceles como ?sta. ?
Cuando se dispon?a a salir de ?su habitaci?n? se cruz? con el m?dico de la prisi?n. Le pareci? el mejor de los seres que all? hab?a encontrado, la pena, que era alcoh?lico. Su castigo deb?a ser estar tambi?n all?.
En un tramo de la escalera que conduc?a a la planta donde se encontraba el despacho del alcaide, oy? lamentos procedentes de alguna celda situada en los s?tanos. Retrocedi? y trat? de averiguar de d?nde proced?an tales sonidos. Al final del pasillo vio la celda de las penadas con la muerte, que estaba custodiada d?a y noche por dos celadoras, (de las nueve que hab?a), que vigilaban a la presa dos horas cada vez.
Los criminalistas del Estado hab?an proclamado que, por fin, se hab?an librado de la ?b?rbara? costumbre de ?vengarse? de los criminales. Por ello vigilaban a la condenada a muerte, noche y d?a, para que la penada no pudiera suicidarse y privar as? a la comunidad del placer de matarla.
Las dos celadoras de turno, estaban en aquel momento adormiladas en sendas mecedoras. Ann se acerc? a la reja y vio a la negra y vieja mujer que, de rodillas, oraba en voz alta con los ojos cerrados.
-?Hola, soy Ann Grahan; - susurr? - la vi ayer en la estaci?n! ?C?mo se encuentra?
La presa gir? su arrugado rostro y mir? a la otra con asombro.
-?Mal, se?orita, me encuentro muy mal! ?Soy una mala mujer!
-?No lo creo! ?dijo mirando con ternura los ojos brillantes de la vieja.
-?S?, yo s? lo que le digo! ?He matado a mi marido! Pegaba a mi hija y a m?, sobre todo cuando me ve?a rezando. Un d?a me peg? con el tac?n del zapato y yo ya no me atrev? a rezar m?s. Perd? la fe, se?orita, y eso ha sido lo peor. ?Dios me abandon?!; y un d?a, en que el viejo borrach?n pegaba a mi nieto y yo se lo imped?, quiso ahogarme, pero pude coger un hacha y le part? la cabeza. Ya ve usted, que s? soy una mala mujer.
La psic?loga mir? la arrugada piel de la mujer. Veintiuna horas m?s tarde aquellos ojos que a?n percib?an la maravilla del mundo, aquellas manos que hab?an amasado ma?z y hab?an lavado ropas ajenas; aquellas manos que alguna vez hab?an acariciado, aquel ?tero que hab?a alimentado a cuatro hermosos varones color de bronce; todo aquello, no ser?a m?s que un peque?o mont?n de huesos y carne podrida maloliente, pero, eso s?, el Estado habr?a hecho ?justicia,? seguro de que al matar as? a la pobre vieja impedir?a para siempre los asesinatos.
Las horas que faltaban para la ejecuci?n, las pas? Ann en vela. Todos sus pensamientos estaban concentrados en ella.
A las diez y media de la noche del d?a se?alado, despu?s de haber sido cambiada de atuendo la penada, y cuando el reverendo del penal llegaba para rezar con la condenada las ?ltimas oraciones, Ann vio llegar al doctor de la prisi?n. Se acerc? a ?l de manera sigilosa y en un murmullo le dijo.
-?Doctor, por favor! ?No puede darle alguna droga? ?Est? muy asustada! ?Mire, ?igala c?mo reza!
-?Chistt! No podemos, se?orita. En otras ?pocas el celador emborrachaba al reo, de forma que sub?a casi contento al cadalso, pero las ?buenas? gentes del Estado supusieron que su Dios no ?gozaba? suficiente con su ?venganza,? si los pecadores no estaban serenos y no pod?an percibir lo que les estaba pasando.
-Pero no podr?a?
-Chistt; no se preocupe. S?, le dar? algo; si no lo hiciera acabar?a loco y tendr?a que suicidarme. ?No se preocupe y al?jese de aqu?!
Ann retrocedi? unos pasos hacia la pared, pero vio al doctor pasar detr?s del reverendo y tomar el pulso a la desgraciada mientras le met?a algo en la boca, que hizo que a los pocos minutos, la faz de la infeliz se relajase y cantase con el religioso:
-_?Oh, s?, Se?or, Am?n! ?Aleluya! ?Bendito y Alabado sea siempre el se?or!

Se dejo caer agotada en una desvencijada silla. En la habitaci?n contigua se escuchaban los sonidos de la preparaci?n del cadalso. Nada deb?a fallar a ?ltima hora. Una de las celadoras llam? la atenci?n a la psic?loga:
-?Se?orita! ?Qu? es lo que hace sentada en las ?ltimas oraciones? ?Y eso que dicen que est? usted ?educada? y todo! ?Nunca he visto nada igual!
Ann se levant? por minutos que se le antojaron siglos, y permaneci? en esta postura hasta que le pareci? que todo giraba y tuvo que ir a un rinc?n de la habitaci?n a vomitar. A su espalda, unas risas le helaron el coraz?n.

Publicado por mariangeles512 @ 10:30  | Dramas
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