Mi?rcoles, 25 de abril de 2007
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INCOMPRENSI?N


Nicol?s Donabella, pintor de origen ingl?s, hab?a sido invitado por la se?ora Sanducci, a la cual conoci? en Madrid, en una exposici?n, a su finca en la Toscana.
La casona estaba situada a las afueras de un pueblo dormido en el pasado. El tiempo se hab?a detenido all?, y la paz y la calma eran el saludo que se recib?a al llegar.
Durante la cena, la se?ora Sanducci, junto a otros invitados, entre ellos el p?rroco del pueblo, Don Angelo, hablaban animadamente de los cuadros de Nicol?s:
-Usted no sabe, se?or m?o, lo c?lebre que este se?or es en su pa?s, el Reino Unido; aqu? es menos conocido, pero ?l ama a esta tierra m?s que a la suya ?dijo lanzando una equ?voca mirada al pintor.
El sacerdote mir? de soslayo al aludido. En su mirada se vislumbraban desconfianza y una buena dosis de malicia. Hab?a o?do los rumores que r?pidamente barrieron el pueblo sobre la sexualidad del pintor, y le encontraba realmente desagradable.
-Bien; no me puedo quejar; pero trabajo me ha costado. Llevo toda mi vida tratando de pintar algo que merezca la pena.
-Y, ?lo ha conseguido?- pregunt? el sacerdote mir?ndole a los ojos.
-Creo que lo estoy realizando en estos d?as.
-?Ah!, ?s??- el inter?s era obvio.
-Estoy pintando a Paolo, el hijo de Nina, la sirvienta m?s antigua de nuestra dign?sima anfitriona. Le he pedido permiso a su madre y me lo ha dado.
-?Vaya!, Parece que va directo- exclam? en tono acre el religioso
-?C?mo?
-?Oh, nada! No creo que este sea el momento m?s adecuado para hablar de ciertas cosas.
Nicol?s mir? al sacerdote, y una vez m?s sinti? el soterrado odio que siempre le produjeron sujetos como aquel.

Una vez que los invitados hubieron abandonado la casa, la se?ora Sanducci y el pintor tomaban la ?ltima copa de un generoso vino toscano.
?l hablaba muy bajo y de su voz se escapaba un halo de ansiedad.
-?Amiga m?a! Le aseguro que mis intenciones con el ni?o son absolutamente honestas. Es inteligente, tiene grandes capacidades, que aqu?, en este pueblo, van a morir sin apenas haber nacido; por eso quiero llev?rmelo a Londres; all? se podr? educar y formar en todas aquellas materias en las que destaque. ?se lo ruego, hable con su madre! que sepa por usted que cuento con su benepl?cito.
La se?ora de la casa le mir? con los ojos extra?amente abiertos. Parec?a querer penetrar en el interior del hombre y leer sus pensamientos. No confiaba demasiado en ?l: Sab?a de sus muchas y no buenas aventuras, y no pod?a colaborar en la p?rdida de la inocencia de un muchacho.
-No s?, amigo m?o; no s?. Me pide algo muy grave; la madre conf?a en m?, pero yo no conf?o en usted.
-??Madonna?! ? Nunca le pedir?a nada que la dejase en mal lugar!; le estoy muy agradecido por su ayuda con mis cuadros! Le aseguro que mi intenci?n con Paolo es como la de un padre.
La ?Madonna,? una mujer marchita, rica, sola, la cual proteg?a su extinguida belleza no permitiendo que ni un rayo de sol rozase su rostro, que s?lo se dejaba ver de noche, o dentro de su mansi?n, con las luces convenientemente tamizadas, mir? al azul-gris?ceo de los ojos de Nicol?s.
-Bien; voy a creer en usted, amigo. Hablar? con Nina; ya le dar? su respuesta.
- ?Gracias! ?Muchas gracias,?cara? m?a! ?No se arrepentir?!

Varios d?as se sucedieron en una adormecida tranquilidad. El pintor segu?a esculpiendo en la tela, el inicio del apol?neo cuerpo que ya se adivinaba en el adolescente.
Una ma?ana perfumada por los alientos de todas las flores, Nicol?s, sentado en una butaca de hierro forjado, tomaba una copa de vino. A su espalda oy? el crujir de unas ramas.
-?Buenos d?as, se?or Donnabella! ?Qu? tal? ?Hoy no trabaja usted?- la negra sotana se acercaba.
-No; Paolo ha ido con su madre a arreglar unos papeles a la ciudad.
-?Unos papeles?
-S?; Nino viajar? conmigo a Londres, donde se har? todo un hombre; y est?n arreglando los visados- concluy? molesto.
-As? que no ha desistido usted de su canallada.- dijo masticando en voz baja sus palabras el p?rroco.
?Se?or! ?No le consiento que me hable usted de esa manera!
-?Y yo, no voy a consentir que usted envilezca a un ni?o al que he visto nacer y al que he bautizado!
-?Ah, ya! ?Usted ya me ha juzgado, y obviamente me ha condenado!
- Conozco su trayectoria, y le aseguro que para m? es algo deleznable.
-?S?? Y ?d?game, por favor! Seg?n usted a qui?n debo mi ?forma de ser.
-?A usted mismo, naturalmente! Usted se ha desviado del camino de Dios- dijo convencido.
-?Sabe algo? ?Yo nac? as?! Tengo un hermano gemelo y Dios, ?su Dios!, dispuso que ?l tuviera todos los atributos de ?hombre?: fuerte, vigoroso, varonil? y yo no tuviera ninguno. ?l lo tiene todo: amor, dos hijos preciosos. ?Yo, nada! ?Y nunca lo tendr?!. Cuando me d? cuenta de mi ?naturaleza? tuve miedo, mucho miedo,?
-?Ah, miedo!- le cort? incr?dulo- pero, a pesar de ese miedo, bien se ha desviado del camino de Dios.
-?El camino de Dios? Y, ?cu?l es ese camino? ?No ser? ?l mismo qui?n me ha puesto en ?l?- la voz quebrada - Yo nac? as?; con esta condici?n, que usted, y muchos como usted, tanto desprecian, desviando los ojos hacia otro lado, cuando saben que entre los suyos tambi?n hay homosexuales por cientos?
-?C?mo se atreve?
-?Porque es la verdad; por eso me atrevo!
-Decididamente es usted un hombre despreciable- dijo muy serio el sacerdote.
-?Despreciable? ?Despreciable dice, porque quiero dar a un ni?o todo lo que le podr?a haber dado a mi hijo, si ?su? Dios no hubiera cometido conmigo esta terrible ?equivocaci?n??, porque ha sido eso, ?no?
El sacerdote miraba con suspicacia al pintor; ?ste, sintiendo que la ira se apoderaba de su alma estall?:
-Y le dir? algo m?s: si quiere pedirle explicaciones a alguien del porqu? de mi, seg?n usted, perversi?n, ? preg?ntele a Dios! ?No nos hizo, seg?n ustedes, a su imagen y semejanza?
- ?No blasfeme, se?or m?o! ?No meta a Dios en sus turbios asuntos! - ataj? airado-. De todos modos, yo le aseguro, que har? todo lo que est? en mi mano, para que usted no tenga la oportunidad de corromper a Paolo.
El ingl?s sinti?, de pronto, un terrible hast?o, un desaliento sin medida. Se levant?, y sin despedirse camin? hacia la casa.

La tarde daba paso a una perfumada noche de verano, cuando en la mansi?n se dispon?an a cenar.
La se?ora pregunt? a Nina por su amigo, el pintor.
-No le he visto en todo el d?a. Sube a su habitaci?n, y dile que la cena est? servida.
La mujer lleg? ante la puerta de la habitaci?n; no estaba cerrada. La empuj? suavemente, y vio dos lienzos a medio acabar: el de su hijo, Paolo, y el de una encina de ramas descarnadas que hab?a en lo m?s alto de la colina donde se asentaba la gran casa.
El ingl?s no estaba.
-?Se?ora, no est? el se?or en su habitaci?n!
-?Qu? extra?o! Veamos.
Subi? a la planta donde se encontraba la estancia. Al ver el lienzo con la encina muerta, un presagio la estremeci?.
-?Nina, venga conmigo!
Las dos mujeres salieron de la casa, ligeras, al lugar d?nde se hallaba el ?rbol.
Al llegar, ambas quedaron inm?viles, llev?ndose las manos a la boca
.
Nicol?s Donnabella oscilaba suavemente colgado por su cuello de una cuerda, atada a la rama m?s gruesa de la encina.

Publicado por mariangeles512 @ 17:26  | Dramas
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