Martes, 24 de abril de 2007
MIS PERSONAJES SE REBELAN

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Me senté delante del ordenador dispuesta a comenzar otro relato. Era de noche pero el sueño no aparecía, así que me decidí a escribir algo.
Apenas había comenzado cuando un murmullo de voces empezó a insinuarse en el silencio de la habitación. Estaba sola, pero miré hacia todas partes: el murmullo creció y ya pude distinguir con claridad:
-¡Oiga, señora, que yo no me metí en el agua para ahogarme! Sólo quería darme un baño para relajarme de la tensión que tenía.
Estupefacta miré la pantalla del ordenador. Lo escrito hacía unos minutos había desaparecido, y allí, en medio del azul del mar, estaba el personaje de cabellos mojados, rostro marchito y vestido ajironado, de mi relato: ¡Miradla!
¡Perdona!- balbucí. Creí que deseabas acabar, te veía tan desolada.
-¡Qué desolada, ni qué nada! ¡Usted, que ya veo que le gusta acabar con todos nosotros! Pues sepa, que yo quería vivir, ¿lo oye?, ¡Vivir!

-Sí, señora, y a mí también me hubiera gustado disfrutar un poco más del amor de mi mujer; ya sé que me casé con ella por conveniencia, ¡no tenía un euro! Pero luego me enamoré y va usted y ¡hala, un carcinoma!, ¿no me pudo dar otra enfermedad algo más ‘ligerilla’, para poder seguir viviendo algunos años más?
¡Madre mía! ¡Qué mal me ha sentado la copa de coñac que me he tomado! Claro, hacía tanto tiempo que no bebía nada de alcohol - pensé asombrada.
-¡Oh, sí, tiene usted razón!, pero si todo hubiera terminado bien habría quedado algo meloso, ¿no? - apenas me atreví.
-¡No, señora! ¡Lo siento, pero no! Tenía que haberme dejado saborear un poco más mi única felicidad. Prefiero otra autora cualquiera a una mujer como usted.

-Y, ¿qué me dicen de lo que ha hecho conmigo? Más de veinte años esperando visitar a mi madre y hermana, y luego nada más llegar al pueblo y sólo porque me ve mi madre un fajillo de billetes, hace que me den de martillazos en la cabeza mientras dormía. Se necesita ser perversa, ¿eh?
-No sabe cómo lo siento. Sí, quizá aquí me pasé un poquito. Con el robo hubiera sido suficiente, como me ha dicho un forista. Quizá en otra ocasión…
-¿Qué otra ocasión? ¿Es que sus manos tienen el poder de darme la vida? ¡Ya quisiera usted! ¡Será creída, la tía!
-Bueno yo…
-Nada de bueno ¡Usted que presume de amar tanto a las letras! ¡Vaya encomienda que nos hizo!
Aterrada vi al abecedario en círculo con las grafías en jarras y descompuesto por la ira.
-¡Vaya ‘recaditos’ que nos mandó y encima por ahí, por el espacio! ¡Como si ella no supiera el frío y lo mal que se respira en esas alturas!
-¿Y todo para qué? ¿Es que se cree usted en serio que alguien hace caso de mensajes de esa clase? ¡Parece mentira que una persona que se cree algo culta y ya madura, sea tan ingenua!- dijo la A que parecía se había erigido en portavoz de las demás.
Bueno…yo lo intento en mi trabajo…
-¡En su trabajo! ¡Pero es que ahí está usted sola con sus niños! ¿No sabe, acaso, lo muy distintas que son las personas en cualquier parte del mundo?- gritó la Ñ muy enfadada, añadiendo:
-Y a mí, ¡vaya ridículo mensaje que me hizo dar! Le aseguro que estuve en un ‘tris’ de no ir.
-No me imaginé que les había molestado tanto el encargo; saben que las quiero y no me agrada en absoluto que estén tan molestas conmigo. ¡Aunque, quizá, algún mensaje se haya escuchado!
-¡Nada! ¡Que sigue lo mismo! ¡Nadie! ¿Se entera? Nadie ha hecho el menor caso de lo que las letras les dijimos. ¡Nadie! ¡No tiene más que ver los telediarios!
-No creo que los vea; ella se dedica a acompañar a personas enfermas, cree que las puede ayudar. ¡Perder su tiempo es lo que hace! - dijo la P despectiva, arqueando el pecho.
-Y a mí señora, ¿por qué no me dejó disfrutar un poco más de mis lecturas favoritas, del cuidado de mis rosales y de mis amados gorriones? Podría haberme dejado en el final, sentada al amor del fuego, porque en mi casa yo tenía chimenea, ¿sabe?, ¡claro, cómo no lo va a saber si usted me creó! Sí; eso me hubiera gustado más, y no el resbalón que me hizo dar; ¡ahí tirada toda fría sobre el suelo mojado! Parece que no tuviera usted la más mínima sensibilidad. ¡Y eso que se las da de buena persona!

Vi con horror cómo estos personajes se colocaban en grupo y me decían todos a una, a voz en grito:
-¿Sabe algo? ¡Preferimos a cualquier otro u otra autora del foro donde ‘cuelga’ sus escritos, que a usted!
- Por ejemplo, nos gusta mucho más un señor… no recuerdo ahora su nombre…- se rascaba la cabeza Alexander.
-Yo sí me acuerdo - dijo la J - todos queremos que nuestro autor sea don Aureliano.

Apagué a toda velocidad el ordenador y salí corriendo de la habitación.

¡Qué mal me había sentado el coñac!


Publicado por mariangeles512 @ 21:40  | Misterio
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