Martes, 24 de abril de 2007
EL TEOREMA DE LOS SENOS


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La mañana había amanecido completamente nublada y la tormenta se centraba sobre el pueblo. Rayos y truenos acompañaron a Don Roberto durante todo el camino hasta el Instituto, en el cual ya hacía más de doce años impartía sus clases de matemáticas.
Abrió el paraguas para salir del coche, aparcando en el patio dónde cada día era más difícil hacerlo, y cogió su cartera con las listas de alumnos y apuntes manoseados mil veces en otros tiempos, apenas consultados ya.
A él le gustaba improvisar en las clases. Deseaba que los alumnos se implicaran en cada una de las deducciones y en cada uno de los problemas que se planteaban.
Por ejemplo, para demostrar el famoso teorema de Pitágoras, les hacía dibujar triángulos rectángulos a los alumnos y les proponía que cada uno midiera la hipotenusa y los catetos y comprobara el teorema.
- D. Roberto, que me salen decimales.- saltaba a veces algún alumno extrañado.
- No importa, Alejandro, no importa, que en la vida las cosas no son exactas, sólo lo son los teoremas de Matemáticas- quería decir que al medir, no se mide exacto, pero los cálculos si lo son.
Aquella mañana tocaba algo más complicado: El teorema de los senos y si podía ser el del coseno. Estos, como todos los estudiantes que hicieron algo en trigonometría saben, tratan de relaciones en los triángulos de cualquier forma, sean rectángulos o no.
Cuando entró en el aula de Primero de Bachillerato, plan del “año vete a saber”, porque ya había conocido tantos, que ni alumnos ni profesores lo sabían bien; el revuelo inicial dentro de lo normal, quedó reducido a la nada, en cuanto el serio, pero gracioso a veces, Don Roberto, pasó lista.
Los treinta y cinco alumnos asignados estaban. Eran veinte alumnas y quince alumnos.
- Sacad el compás, medidor de ángulos, regla y lápiz- les indica el maestro avezado en tantas lides.
- ¿Para qué?- le interpela una jovencita llamada Marisol.
- Vamos a demostrar el teorema de los senos.
- ¡Qué cosas tiene usted, Robert!- le insiste la mujercita traviesa y además le llamó sólo Robert.
- Mi nombre es Roberto, veamos, ¿por qué dice eso?
- Porque los senos no tienen teorema, son deseados y ya está.
- ¡Señorita, no hable de otros senos, más que los de los ángulos! ¡Los senos de Platón! Los de los ángulos.
- ¿Y los cosenos de los chicos? ¿No se puede hablar o qué?- salta un mocetón de la ultima fila, llamado Iván.
- No son de los chicos, son de todos. A todos los ángulos se les puede asignar seno y coseno-responde el paciente profesor.
- Bueno, yo tengo compás y si el ángulo mide 30º ¿qué hago?-Este que hablaba era Pablo, un chico muy estudioso, que los demás le miraban de mala forma.
- Pues dibuja un triángulo rectángulo con ese ángulo, mide el cateto y la hipotenusa- al menos se estaba reconduciendo la clase.

Según estaba notando, el sexo lo invadía todo. Los adolescentes no se cortaban lo más mínimo, dándole a todo un sentido lúdico y divertido derivando hacia lenguajes seudo sexuales hasta las abruptas matemáticas.
Recordaba cuando un día dijo a una señorita:
- Pase a la pizarra y hazlo ahí- refiriéndose al ejercicio que acaba de realizar en la libreta de apuntes.
- ¿Hacerlo?- preguntó- no me atrevo.

Y enseguida comprendió que se refería a hacer lo único importante para ellos: El acto sexual.
Ya no era posible tratar seriamente ningún tema y decidió bromear también:
- Ese problema se puede hacer de al menos doscientas cuarenta formas diferentes- tratando de parodiar al Kamasutra. Ya que tenía advertido a sus alumnos, que muchos problemas se pueden resolver de muy diferentes maneras y que lo importante es llegar al final- pero sólo hace falta que lo hagas por una.


Publicado por Lanzas @ 21:10  | Costumbres
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