Domingo, 15 de abril de 2007
LA MAESTRA


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Llegó en septiembre al pueblo de la sierra, en el Sur. Ella creía que en el Sur todos los pueblos eran bellos, con macetas colgadas, llenas de flores, de las paredes; blancos y con un clima maravilloso. Sí, eso creía; pero el lugar donde llegó, casi campo atraviesa, no era ni bello ni blanco, y su clima era parecido al de la Meseta: duro y frío en invierno, tórrido y seco en el estío.
Los campos levemente ondulados con las verde- grises hojas de los olivos, el aliento de la tierra perfumado con el aroma de la oliva prensada, le concedieron tener la sensación de que estaba en el amado Sur.
La decepción fue aumentando cuando vio la casa en la que tendría que habitar: estaba dentro del recinto escolar; un tiempo antes había servido de escuela, y el estado era deplorable. Buscó algo más acogedor para vivir, en el pueblo, pero nada encontró.
No se amilanó. Se dijo para sí que todo aquello lo superaría, sería cuestión de unos meses de adaptación y de unas pinceladas de pintura alegre; porque lo que más valía era su trabajo entre niños muy atrasados, ya que tenían que abandonar la escuela gran parte del curso para acompañar a sus padres que iban cada año a la vendimia, en la vecina Francia.
Aquella gran región, la mayor de su país, estaba muy atrasada, y las diferencias entre los pobres y ricos eran muy acusadas. La ignorancia del pueblo permitía en gran medida tal situación.
La maestra llegó, pues, con grandes ilusiones de formar en la libertad y el respeto a los demás, a todos sus alumnos.
Pasados tres meses de curso, en un aula pequeña sin calefacción, con una pizarra, un mapa, una regla y unas tizas por todo material didáctico; con unos alumnos que muchos de ellos iban a la escuela sin desayunar; una buena mañana asomó la cabeza por el vano de la puerta el director del Centro.
-¡Buenos días, Carmen! ¿Qué tal, cómo van las clases?
-¡Buenos días, Mariano! Bueno, faltan…
-¡Oye, mira!, van a venir unos fotógrafos a hacer una foto a cada niño, ¿te importaría darles permiso para salir del aula unos minutos?
-¡No, en absoluto!- respondió sonriendo aunque en su interior molesta por haber sido interrumpida de manera tan inconveniente.
-El importe de las fotos que te lo entreguen a ti los niños; después cuando lo tengas todo, me lo llevas al despacho –aclaró Mariano.
-Bien, como digas- afirmó sin convicción Carmen.
No le gustaba dejarse llevar por las primeras impresiones, pero en este caso casi estaba segura de que la que percibió con el ‘director’, no era equivocada.
La nueva maestra había hecho cierta amistad con los otros compañeros, cuyas cocinas daban a un patio interior ajardinado por el que se comunicaban a voces.
-¡Carmen!, ¿Quieres pasar a tomar café? –gritaba a voz en grito un compañero de la casa de enfrente.
- ¡Sííiiiiiii; gracias; ahora voyyyyyyyyyyy!- respondía la nueva de la misma guisa.
Con el paso de los días creyó encontrar en aquellas personas, los amigos que había dejado muy lejos en el espacio, que no en su corazón.
La sensación de soledad se diluía.

Una vez que reunió el dinero del importe de las fotos, la maestra, después de terminada la jornada de la tarde, se encaminó al despacho del ‘dire’.
-¡Hola, Mariano! ¡Aquí traigo el dinero de las fotos!
Mariano tomó el sobre que contenía el nombrado peculio, lo extendió sobre la mesa e hizo dos grupos con él.
Carmen miraba extrañada la ‘operación’ pero nada comentó.
-¡Toma, este dinero es para ti!- dijo el hombre.
-¿Para mí?- dijo extrañada la maestra.
-¡Sí, mujer! Las fotos valen menos, pero nosotros les decimos esta cantidad a los niños y luego nos quedamos con un poco.
-Y, ¿eso, por qué?- sintió que la rabia ascendía de allí donde se aposentara.
-Por dejarles salir de clase; sólo por eso -aclaró Mariano algo contrariado por la actitud de la recién llegada.
- Pero, ¿tú crees que yo me voy a quedar con unas pocas monedas ‘robadas’ a esos niños, que vienen sin apenas alimento a la escuela, sólo por dejarles salir del aula?
Unos niños cuyos padres están cortando uvas en otro país para poder pagar la cuenta de la tienda de ultramarinos porque en este lugar no hay trabajo para ellos. ¡No; fíjate que yo no voy a ‘colaborar’ en esto! Los maestros no ganamos grandes salarios. LO sé. Mi madre ya me dijo cuando supo que quería ser maestra el ‘dicho’ que se conocía: “Pasa más hambre que un maestro de escuela”. Eso fue cierto hace algún tiempo. Ahora ya no. Ganamos un jornal para poder vivir dignamente. Nunca nos haremos ricos con la enseñanza, no en el plano económico, aunque quizá nuestra riqueza no sea de esa índole. Considero mi profesión, junto con la del sacerdote y el médico, como las socialmente más importantes. Me siento una educadora, ¿cómo podría seguir sintiéndolo si actuara así? Yo voy a devolver a cada niño la parte que le corresponde- dijo con firme voz.
-Bueno, mujer, no te pongas así. Lo que pasa es que los demás, si saben que lo vas a devolver, van a quedar mal y…
-¡No, no te preocupes por el ‘buen nombre’ de tus amigos! No voy a contar esta miserable verdad. Diré que las fotos han salido más baratas, y que por eso les devuelvo lo que ha sobrado.
La maestra salió del despacho con el rostro como la grana por la vergüenza ajena y la ira más intensa que nunca antes había sentido, ya que tuvo el impulso de abofetear al corrupto que trataba de justificar lo injustificable.
Aquella noche durmió mal, pero el saber que iba a actuar honradamente con aquellos desgraciados la calmó, y el sueño se acercó a ella.
Al día siguiente, una vez que la clase hubo terminado, dio a cada niño lo que le correspondía. ¡Y se sintió en paz!
Ya en su casa, acabada la jornada, salió al patio común a tender una colada que había dejado en la lavadora. Algunos compañeros hablaban entre sí delante de sus puertas. Carmen, en voz alta les dio las buenas tardes, pero nadie le respondió.


Publicado por mariangeles512 @ 20:51  | Costumbres
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