Mi?rcoles, 11 de abril de 2007

LA SORPRESA

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Alexander salió de su pueblo el día siguiente de enterrar a su padre. Tenía a la sazón quince años, y quería encontrar nuevos horizontes donde pudiera encontrar un buen trabajo y olvidarse de la mísera vida que había vivido hasta aquel día.
Su madre y hermana regentaban desde hacia tiempo una humilde pensión que no daba para vivir con holgura.
-¡Mamá, hermana!, - les dijo de regreso del cementerio- mañana me voy. Quiero buscar trabajo; aquí no hay nada para mí. Cuando esté colocado os mandaré lo que pueda para que viváis con menos estrecheces.
La madre, una mujer de rostro enjuto, surcado por todas las arrugas que el tiempo y el duro trabajo hendieron en él, pasó un brazo amorosamente por los hombros del hijo y lloró en silencio.-
-¡No llores, madre! ¡Volveré, te lo juro!- dijo besándola cariñosamente.

Pasaron los días, los meses, los años, Alexander se ubicó en una gran ciudad. Trabajó en múltiples empleos; en todos, dio lo mejor de él, hasta que se instaló por su cuenta como comerciante de tejidos.
Desde el primer día en que le sobraron de su paga, después de guardar para su subsistencia, unas monedas, se las envió a su madre y hermana.
El negocio, debido a su capacidad y simpatía, fue en ascenso, y cuando el joven se vio en posición de buscar una esposa y formar una familia, lo hizo, y se casó con una joven bonita y educada, llamada Ofelia, con la que tuvo un hermoso varón al que pusieron el nombre del abuelo paterno.
Alexander acarició siempre el sueño de construir una casa, en la que un día no muy lejano, pudiera vivir en ella toda su familia, que no eran sólo su esposa e hijo, no. Su madre y hermana siempre estaban en su mente. Pasados unos años, el anhelo pudo realizarse. Mandó levantar una hermosa casa de dos plantas con habitaciones para su madre y su hermana, aparte de las que ellos necesitaban. Se encontraba muy feliz y orgulloso de haber podido realizar su preciada ilusión.
Un día, muy alegre, le dijo a la esposa:
-¡Ofelia, cariño; vamos a hacer un viaje!
-¿Sí, y adónde, amor?
-A mi pueblo. Vamos a ir a la casa de mi madre y mi hermana, para que conozcan al niño y a ti. No les envié nunca ninguna fotografía vuestra; bueno, ni mía; así que como hace tanto tiempo que salí de allí les voy a dar una gran sorpresa.- dijo sonriendo para sí gozoso.
-¡Me parece estupendo! Hace tiempo que deseo conocer a tu familia.
Dejaron el negocio al cuidado de un dependiente fiel; e hicieron las maletas cargados de entusiasmo, después de haber rastreado la ciudad buscando los más bellos regalos que encontraron para la madre y la hermana.
En su lujoso automóvil enfilaron la carretera que conducía tras largas horas de trayecto al pueblo natal de Alexander. Durante el camino tuvo un pensamiento que comunicó a su mujer:
-¿Sabes qué pienso hacer cuando lleguemos?
-¡Ni idea! – dijo la esposa sonriendo.
-¡Como te he dicho voy a darles una sorpresa! Me presentaré en la pensión sin avisar y veré qué hacen. ¡Será estupendo el alegrón que les voy a dar!
-Sí, va a ser un gran día- exclamó la esposa convencida.
-¡Mira! Iré primero, yo solo. Cuando se den cuenta de que soy su hijo, os llevaré a los dos para que os conozcáis
-Y, ¿dónde nos piensas dejar?
-¡Mujer, hay otras pensiones en el pueblo!, por lo menos, cuando yo vivía en él.
-¡Ah, ya! El niño y yo nos alojaremos en otra, ¿no?
-Sí, ésa es mi idea.
Llegaron al pueblo, que había gozado también con el paso del tiempo, ya que aparecía más hermoso, pasada la medianoche. Alexander dejó instalados a su mujer e hijo en un Hostal situado a dos calles de la pensión de su madre. Ésta se hallaba construida cerca del río, en el que Alexander solía bañarse en los alegres veranos de su infancia.
Emocionado, traspasó el dintel de la puerta de la casa que le vio nacer.
Se acercó al mostrador de la recepción, donde una mujer de cabellos grises y afilado rostro, dormitaba en una butaca. El hombre sintió el impulso de abrazar aquellos menudos hombros, cansado de trabajar, pero se contuvo, y agitó la campanilla colocada sobre el mostrador, la mujer abrió los ojos de inmediato.
-¡Buenas noches! ¿Tiene alguna habitación libre?
La mujer le miró curiosa, sin dar muestra alguna de conocerle.
-¡Claro, que tengo libres! ¿Para cuántos días sería?
-Con el corazón palpitando alocadamente ante la terrible convicción de que su madre ya no le conocía, el hombre dijo:
-De momento, para esta noche.
Por una puerta lateral apareció una mujer joven, de aspecto cansado. Miró a Alexander y ningún músculo de su rostro dio a entender que reconocía a su hermano.
¡Los veinticinco años trascurridos no habían pasado en vano!
El hermano al abrir su billetero para mostrar su identificación, dejó a la vista un gran fajo de billetes. La dueña, al verlo, dijo con precipitación:
-¡Oh, deje; no es necesario que me enseñe sus documentos!
-Bien; ¡gracias, señora!- dijo mostrando una amplia sonrisa.
Entre los ojos de la madre y la hija se deslizó una enigmática mirada, que hubiera helado la sangre en las venas a todo aquel que la hubiera percibido.

La noche extendió su manto el tiempo necesario para que la infamia se consumara.
Al amanecer, Ofelia se levantó y arregló, esperando con su hijo, al esposo que les llevaría junto a su familia. Pasadas unas horas que le parecieron eternas, tomó al niño de la mano y se encaminó a la pensión familiar.
Entró, y vio que dos policías hablaban con la patrona:
-Y, ¿no ha llegado algún forastero anoche al pueblo que se alojara aquí señora Vlasek? -oyó inquieta.
-No. ¿Por qué me hace esa pregunta, agente?- respondió serena.
-Verá. Esta mañana se ha encontrado en las márgenes del río, el cadáver de un hombre con el cráneo destrozado, parece que asesinado, que no es del pueblo. Y hemos pensado que quizá se habría alojado en su fonda, ya que en la otra, sólo se alojaron una mujer y un niño.
-Pues no; le aseguro que nadie ha venido por aquí. Siento no poder ayudarles.
Ofelia observó que algo muy grave estaba ocurriendo delante de ella. La madre de su marido, obviamente, mentía. ¿Por qué habría dicho que nadie se hospedó allí?
Sin pensarlo ni un momento más, dijo:
-Perdone, señor agente; pero en esta pensión sí se alojó anoche un hombre de fuera. Era mi marido, el hijo de esta señora. Llegamos de muy lejos para verlas, a ella y a su hija; pero mi marido quiso darles una sorpresa y no avisó de nuestra llegada. Suponía que después de tantos años, ausente, quizá, no le reconocerían. Pensaba decirles quién era esta mañana.
- ¿Conocen la identidad del hombre del río?- preguntó temerosa.
-Pues no. Eso ha sido lo primero que hemos tratado de averiguar; pero el cadáver estaba en ropa de dormir y no hemos hallado su documentación. ¿Cuál era el nombre de su esposo?
-Mi marido se llamaba Alexander Vlasek, y, ¡era el hijo de esta mujer!


Publicado por mariangeles512 @ 20:35  | Misterio
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