Domingo, 08 de abril de 2007
LA PSICÓLOGA

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Ann había llegado por fin a la estación de la ciudad, en cuya prisión pretendía ejercer sus conocimientos de psicología y sociología con las presas; había pasado ya por varios establecimientos penitenciarios, y ahora iba a una cárcel de mujeres.
Hacía mucho calor y el polvo rojizo de las calles se pegaba a la piel.

Ya en el andén, Ann vio cómo dos fornidos hombres uniformados llevaban casi a rastras a una mujer negra, vieja, que chillaba como un gato rabioso, que también habían bajado del tren. Iba esposada, llorando y balbuciendo palabras ininteligibles.
Los agentes, al ver la cara de asombro de Ann, explicaron a modo de excusa:
-Señorita; no se sienta mal por esta vieja; es una asesina. Ha matado a su marido. Y ahora probará de su misma medicina.
-Yo… pues…
-¿Dónde se dirige usted, podemos ayudarle?
- Yo también voy a la prisión. Soy Ann Grahan; vengo para instruir a las presas.
-¡Uf, Vaya trabajo el suyo! En ese lugar no hay nadie capaz de aprender nada como no sea a punta de garrote- informo el agente malencarado.
Ann bajó los ojos ante la mirada lasciva del hombre que en un momento dado fue llamado capitán por el otro agente.
-Bien, adiós. Cogeré un taxi - dijo con precipitación.
El taxi, un viejo y polvoriento cacharro, ascendió renqueando la colina en cuyo altozano se encontraba el penal.
Ann se quedó asombrada del aspecto de aquella prisión: un camino bordeado de sicómoros y rosales daba acceso a la puerta principal. Un viejo negro bien uniformado en traje de negra alpaca salió a recibirla:
-Buenos días, señorita Grahan; el señor alcaide la está esperando.
Los dos traspasaron una gran puerta de bronce que daba acceso a un vestíbulo de suelo de mármol blanco, soportado por columnas de mármol rosa y en cuyo fondo una escalinata de mármol amarillo daba al conjunto el aspecto del vestíbulo de un hotel de lujo.
El alcaide, un hombre menudo, pulcro en su vestimenta, de suaves gestos y agradable voz, la saludo efusivamente:
-¡Señorita, no puede usted imaginarse lo contentos que estamos con su llegada! Los del Norte creen que los del Sur y Oeste estamos muy atrasados en cuestión de penales, y esto, le diré, no es cierto. Tratamos con todos los medios a nuestro alcance la recuperación de los criminales y ladrones que están internados, para que cuando salgan puedan comportarse como individuos ‘decentes’. A veces, esto es muy difícil, señorita. Con palabras dulces o diciéndoles que deben comportase de tal manera, no se consigue nada. A veces, y aunque la ley no lo permite, hay que usar la porra en serio, las celdas de aislamiento…en fin, usted ya irá viendo por sí misma lo que es esto.
Ahora hay algunos teóricos que hablan de reformar a los presos con otros medios, pero, opinan así porque no tienen la más mínima idea de la clase de gente que tenemos aquí.
Le aseguro que si nos permitieran castigar al preso cuando no obedece las normas, como antiguamente, su ‘cambio’ se produciría mucho más pronto. La palabra más importante es ‘disciplina’ todo lo demás son puras tonterías. Las ‘reglas,’ hay que obedecer las reglas; pero sólo por el simple hecho de aprender a someterse a las reglas. Esto, les ayudará mucho cuando salgan de aquí. Bueno, perdone que le hable así. Ya sé que usted tiene estudios y cosas de ese tipo, y que ha venido del Norte para ayudar a las presas con ellos, pero le afirmo que se marchará de aquí sin haber conseguido nada.
¡Mire, le certifico que con cinco minutos de mi experiencia le enseñaba yo más, que en los cinco años de universidad que usted ha vivido!
La rabia que Ann sentía ante semejante discurso confería a su rostro una expresión de estúpida complacencia. El alcaide llamó a su segundo, y le ordenó que acompañara a la señorita Ann a sus dependencias para que descansara del largo viaje.
El guardián la condujo a través de una puerta situada en el fondo del lujoso vestíbulo, (que ya nada tenía que ver con el mismo), por un estrecho, húmedo y maloliente pasillo semejante a una alcantarilla, que daba acceso a las celdas y dependencias de las celadoras.
Durante el recorrido le fue enseñando los pabellones de las presas; la habitación dividida en cuatro pequeñas celdas donde estaban las condenadas a muerte. En aquel momento dos mujeres consumían allí sus últimos días. Una de ellas, sería ejecutada esa misma noche. La otra, era la vieja negra que Ann vio en la estación. Ya no llevaba su traje y el sombrerito de paja con el cual la vio, sino un gastado camisón de algodón que más parecía una esterilla de tanto lavado
-¿Puedo hablar… puedo hablar con esa mujer?- se atrevió Ann.
-Señorita, las reglas aquí son de silencio total, menos la hora de paseo. Usted es una oficial de la prisión; hable con el señor alcaide sobre su trabajo y le dirá qué normas debe cumplir.
-Bien, gracias; así lo haré.
No había vivido ni dos horas en aquel lugar, y ya estaba loca por salir de allí. Llegó a lo que pensó sería su ‘refugio.’ Resultó ser una habitación compartida: tres camas, tres comodines, tres sillas y tres borrosos espejos. Un baño con tres desgastadas toallas, y una atmósfera irrespirable a anhídrido carbónico y a dudosa limpieza.
Se cambió su ropa de calle por el uniforme y se dejó caer en una desencajada silla. Se vio a sí misma como un guardián. Esto le revolvió el estómago ya bastante alterado desde que oyera al alcaide.
“Me iría de aquí en este momento, pero he tenido muchos fracasos ya. No soy una niña, tengo treinta y tres años. Debo quedarme y hacer todo lo que esté en mi mano. Quizá, con mi ayuda puedan desaparecer las cárceles, al menos, las cárceles como ésta. “
Cuando se disponía a salir de ‘su habitación’ se cruzó con el médico de la prisión. Le pareció el mejor de los seres que allí había encontrado, la pena, que era alcohólico. Su castigo debía ser estar también allí.
En un tramo de la escalera que conducía a la planta donde se encontraba el despacho del alcaide, oyó lamentos procedentes de alguna celda situada en los sótanos. Retrocedió y trató de averiguar de dónde procedían tales sonidos. Al final del pasillo vio la celda de las penadas con la muerte, que estaba custodiada día y noche por dos celadoras, (de las nueve que había), que vigilaban a la presa dos horas cada vez.
Los criminalistas del Estado habían proclamado que, por fin, se habían librado de la ‘bárbara’ costumbre de ‘vengarse’ de los criminales. Por ello vigilaban a la condenada a muerte, noche y día, para que la penada no pudiera suicidarse y privar así a la comunidad del placer de matarla.
Las dos celadoras de turno, estaban en aquel momento adormiladas en sendas mecedoras. Ann se acercó a la reja y vio a la negra y vieja mujer que, de rodillas, oraba en voz alta con los ojos cerrados.
-¡Hola, soy Ann Grahan; - susurró - la vi ayer en la estación! ¿Cómo se encuentra?
La presa giró su arrugado rostro y miró a la otra con asombro.
-¡Mal, señorita, me encuentro muy mal! ¡Soy una mala mujer!
-¡No lo creo! –dijo mirando con ternura los ojos brillantes de la vieja.
-¡Sí, yo sé lo que le digo! ¡He matado a mi marido! Pegaba a mi hija y a mí, sobre todo cuando me veía rezando. Un día me pegó con el tacón del zapato y yo ya no me atreví a rezar más. Perdí la fe, señorita, y eso ha sido lo peor. ¡Dios me abandonó!; y un día, en que el viejo borrachón pegaba a mi nieto y yo se lo impedí, quiso ahogarme, pero pude coger un hacha y le partí la cabeza. Ya ve usted, que sí soy una mala mujer.
La psicóloga miró la arrugada piel de la mujer. Veintiuna horas más tarde aquellos ojos que aún percibían la maravilla del mundo, aquellas manos que habían amasado maíz y habían lavado ropas ajenas; aquellas manos que alguna vez habían acariciado, aquel útero que había alimentado a cuatro hermosos varones color de bronce; todo aquello, no sería más que un pequeño montón de huesos y carne podrida maloliente, pero, eso sí, el Estado habría hecho ‘justicia,’ seguro de que al matar así a la pobre vieja impediría para siempre los asesinatos.
Las horas que faltaban para la ejecución, las pasó Ann en vela. Todos sus pensamientos estaban concentrados en ella.
A las diez y media de la noche del día señalado, después de haber sido cambiada de atuendo la penada, y cuando el reverendo del penal llegaba para rezar con la condenada las últimas oraciones, Ann vio llegar al doctor de la prisión. Se acercó a él de manera sigilosa y en un murmullo le dijo.
-¡Doctor, por favor! ¿No puede darle alguna droga? ¡Está muy asustada! ¡Mire, óigala cómo reza!
-¡Chistt! No podemos, señorita. En otras épocas el celador emborrachaba al reo, de forma que subía casi contento al cadalso, pero las ‘buenas’ gentes del Estado supusieron que su Dios no ‘gozaba’ suficiente con su ‘venganza,’ si los pecadores no estaban serenos y no podían percibir lo que les estaba pasando.
-Pero no podría…
-Chistt; no se preocupe. Sí, le daré algo; si no lo hiciera acabaría loco y tendría que suicidarme. ¡No se preocupe y aléjese de aquí!
Ann retrocedió unos pasos hacia la pared, pero vio al doctor pasar detrás del reverendo y tomar el pulso a la desgraciada mientras le metía algo en la boca, que hizo que a los pocos minutos, la faz de la infeliz se relajase y cantase con el religioso:
-_¡Oh, sí, Señor, Amén! ¡Aleluya! ¡Bendito y Alabado sea siempre el señor!

Se dejo caer agotada en una desvencijada silla. En la habitación contigua se escuchaban los sonidos de la preparación del cadalso. Nada debía fallar a última hora. Una de las celadoras llamó la atención a la psicóloga:
-¡Señorita! ¿Qué es lo que hace sentada en las últimas oraciones? ¡Y eso que dicen que está usted ‘educada’ y todo! ¡Nunca he visto nada igual!
Ann se levantó por minutos que se le antojaron siglos, y permaneció en esta postura hasta que le pareció que todo giraba y tuvo que ir a un rincón de la habitación a vomitar. A su espalda, unas risas le helaron el corazón.


Publicado por mariangeles512 @ 10:30  | Dramas
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